Diario de un soldado: el infierno de Zeluan

El veintitrés de julio de 1921 no pintan bien las cosas para el ejército español en la zona oriental del Protectorado, un reguero de hombres en retirada recorren el camino hacia Melilla, pasan heridos, aspeados, rotos, desfondados, el capitán Serrano de la Policía Indígena se prepara en Zeluán para lo que se avecina, el teniente Cantalapiedra del regimiento Alcántara le confirma la debacle del ejército de Silvestre, la retirada de Navarro a duras penas hacia Monte Arruit, la caída de todas las posiciones españolas como fichas de dominó en el tablero marroquí y el avance de la morisma hacia la misma Melilla parece imparable.

La defensa de Zeluán se va articular en torno a dos puntos: La alcazaba y el aeródromo, distante tres kilómetro de la ciudad, este último solo cuenta con un par de oficiales y veinte soldados del servicio de aeronáutica para su defensa, una sección del Alcántara al mando del alférez Maroto se encargará de esta labor.

Justo ese día llega a Zeluán procedente de Arruit en busca de municiones el teniente de Veterinaria Tomás López Sánchez, el cual, no podrá regresar a Arruit y se integrará en la defensa de Zelúan.

El día veinticinco desertan los soldados indígenas de la policía y regulares, son descubiertos por sus oficiales y ante los gritos de alarma caen muchos de ellos abatidos:
-¡A las armas, todos a las armas!
-¡No dejéis que escapen!
-¡Fuego sobre ellos!

Dos oficiales españoles morirán en la refriega, los desertores se unen a los rebeldes, desde el día veinticinco unos cuatrocientos españoles quedaban cercados, estos junto a algunos soldados nativos fieles, quedaran totalmente rodeados por varios miles de rifeños.

Zeluán no iba a ser presa fácil para los rifeños, acostumbrados a victorias rápidas y rendiciones fáciles, Zeluán iba a presentar batalla bajo la bandera española, desde un primer momento los mandos y la tropa se conjuran para defender Zeluán a sangre y fuego frente a las constantes y suicidas acometidas de los indígenas. Los soldados junto a sus mandos se mantendrán firmes como leones en la defensa de sus puestos, abortando todos los intentos enemigos por apoderarse de las posiciones españolas:

-¡A mi orden, fuego!

  • ¡Pun, pun, pun…!
  • ¡No dejéis que se acerquen!

El teniente López es un hábil tirador, él junto a los jinetes del Alcántara defenderan el sector del cementerio, por cada disparo producía una baja segura al enemigo.

El día veintiséis comienzan los problemas, no queda ni una gota de agua en la alcazaba, en la posición hay mujeres y niños, los cuales precisan agua, el teniente López se ofrece voluntario para salir a realizar la aguada, él junto a varios soldados, se preparan con varias carricubas para apoderarse del precioso líquido:

-¡Vamos, en silencio, que no nos han oído!
-¡Los atacaremos por sorpresa!
-¡Vamos a por ellos!

Los hombres de López atacan de flanco, sorprenden a los rifeños y se apoderan del pozo, a bayonetazos y disparos a bocajarro consiguen que estos huyan del lugar, al caer la tarde regresan a la alcazaba. El día treinta el teniente consiguió repetir su acción de nuevo con gran éxito, también conseguiría una noche sorprender a los moros que cavaban unas trincheras, apoderándose de las palas y los picos. Al final del asedio, el teniente volvió a intentar su heroica acción en el pozo, pero ya no volvería con vida a la alcazaba.

El asedio se ha convertido en una pesadilla, el calor del estío marroquí, la falta de agua, vivieres, el nauseabundo olor de los cadáveres insepultos en descomposición se había apoderado del lugar y creaba un ambiente tétrico para los defensores.

En el aeródromo de Zeluán faltan municiones, a través de un mensajero se concierta un intercambio de agua por municiones con los de la alcazaba, un camión aljibe llevaría agua del aeródromo a la alcazaba a cambio de víveres y municiones, es una misión suicida de todas a todas luces, se presentan dos soldados voluntarios, el soldado Eguiluz de aeronáutica acompañado del soldado mecánico Martínez Puche, los voluntarios rechazan la escolta que les ofrecen los del Alcántara.

El conductor y su acompañante se miran, arrancan el vehículo:
-¡Vamos Eguiluz, acelera!

Se lanzan por la pista hacia la alcazaba, Eguiluz pisa el acelerador, los moros totalmente desprevenidos no se lo esperan, disparan sobre ellos, pero milagrosamente el camión consigue su objetivo entre las aclamaciones de los soldados de la alcazaba, tras hacer el intercambio queda lo más difícil, volver al aeródromo, los moros les esperan han colocado una barricada de piedra en la pista, un torrente de disparos se ceba en el vehículo, los dos españoles se miran, saben que el final se acerca y van a morir, los rifeños acaban con los españoles, estos morirán luchando.

Los jinetes del Alcántara salen del aeródromo y rechazan a los rebeldes, consiguiendo arrancar el vehículo e introducirlo en el recinto.

El fin se aproxima, el dos de agosto los nativos han tomado el aeródromo, matan a sus defensores y queman los aeroplanos en las pistas, las municiones y víveres se han terminado en la alcazaba, el día tres el capitán Carrasco tiene que capitular, no queda otra, los nativos sedientos en sangre no respetarán lo acordado y tras apoderarse de las armas de los soldados y sus efectos personales los conducirán a la casa de la Ina, y tras insultarlos, vejarlos y humillarlos los fusilaran, quemando vivos a los supervivientes, también asesinarán en la alcazaba a las mujeres y niños, el capitán Carrasco y el teniente Fernández fueron atados juntos recibieron varios disparos y siendo quemados vivos.

Nueve días ha durado el infierno en la tierra, nueve días de bayonetazos, disparos, angustias, gumiazos, nueve días en la que España se olvidó de sus héroes, no envió socorro para ayudar a estos martires, los cuales hicieron todo para ser salvados.

Solo el soldado Martínez Puche recibió la Cruz Laureada, en la vorágine del desastre nadie se acordó del teniente López, ni del conductor Eguiluz, pero aquí si los vamos a recordar, no quedarán en el olvido, el ejemplo de estos héroes debe ser nuestra guía diaria y debe presidir nuestro camino, el recuerdo de todos ellos, debe ser constante, y los ideales por los que lucharon estos soldados deben volver a ser nuestra guía.

Somos herederos de una larga historia y debemos sentirnos orgullosos de ella, una historia que muchos hoy en día se dedican a mancillar y pisotear, pero no lo conseguirán, somos la nación más antigua de Europa, el recuerdo de estos defensores de Zeluán debe perdurar para las futuras generaciones, el ejemplo de unos hombres que eran muchísimos mejores que somos todos nosotros, nunca olvidaremos su abnegación, su entrega, su heroísmo y su valor.

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