En el aniversario de la Batalla de las Navas de Tolosa


Monumento conmemorativo de la batalla

La mayor Batalla Medieval. Los reyes españoles unidos en Las Navas de Tolosa
El preludio :
Aquel lunes 16 de julio, La bruma de la mañana comenzaba a disolverse y dejaba adivinar ya a un nutrido ejército encabezado por los Reyes Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra. Frente a ellos un inmenso ejército de guerreros del Al-Andalus y norteafricanos agrupados bajo el estandarte del Califa almohade Abu Abd-Allah Muhammad al-Nasir.

Se supone que el número total de guerreros allí reunidos estaría en torno a los doscientos mil hombres, quizá el ejército más numeroso que nunca se había reunido en la Península Ibérica, se vaticinaba por tanto un enorme choque, brutal y sangriento que iba a decidir el futuro de los reinos que componían España.


Pero ¿cómo se había llegado a esta situación? es sencillo de entender, el imperio Almohade, Al-Muwahhidun, en lengua árabe: الموَحدون, se extendía por el norte de Africa y controlaba la mayor parte de la Península Ibérica, era un enemigo muy poderoso, con un ejército devastador y que tenía en jaque a los pequeños reinos cristianos del resto de España, ninguno de ellos (Castilla, León, Aragón, Navarra y Portugal) por separado hubiera osado plantarle cara a semejante fuerza, el futuro por tanto pasaba por la unión o la desaparición paulatina bajo las garras almohades de todos ellos.


El Imperio Almohade, se sustentaba en el fanatismo religioso, tenían una interpretación rigorosísima del Islam y un ejército capaz de difundir la nueva doctrina, controlaban gran parte del norte de Africa y habían incorporado Al-Andalus bajo su órbita. En este contexto, los monarcas cristianos de la Península evitaron a toda costa los choques frontales, más aún después de la terible derota que sufrieron en Alarcos.


La catástrofe de Alarcos :
Durante la segunda mitad del siglo XII, los reinos cristianos pasaban por una grave crisis, la tradicional coalición y amistad que los unia siempre que estuvieran frente al enemigo común del Islam, se había diluido debido a rencillas internas y a enfrentamientos dinásticos, lo que dio pie a que los almohades tuvieran el camino más despejado que de costumbre.


El detonante fue que en el año 1190 un ejército cristiano procedente de Toledo, se atrevió de manera unilateral e incomprensible a saquear el valle del Guadalquivir, muy cerca de Sevilla que era por entonces la capital Almohade en la Península. Este desafío del reino de Castilla provocó la ira del califa almohade Abu Yusuf Yaqub que abandonó incluso su capital en el Norte de Africa para responder sin paliativos con todas sus fuerzas a semejante provocación.
En junio de 1195 desembarcó en Tarifa para dirigirse a Sevilla y reunió a un formidable ejército para dirigirse a Toledo. Cuando las noticias de su avance llegaron al rey castellano Alfonso VIII , éste organizó como pudo un ejército para frenar el avance de las tropas musulmanas. Contó con la ayuda de Alfonso IX de León y de Sancho VII de Navarra, pero cometió otro error, el de no esperar la llegada de la ayuda leonesa y navarra que estaba de camino y enfrentarse él solo al califa en los alrededores de Alarcos.

La derrota fue incontestable, confió en la fuerza de su caballería pesada y menospreció a la más ágil caballería norteafricana, la caballería acorazada de los castellanos no tuvo nada que hacer frente a los arqueros montados a caballo que siguieron la táctica llamada de Tornafuye, es decir fingir la huida para atraer al enemigo que caía desorganizado y sorprendido bajo un repentino ataque posterior,. No había posibilidad de huida porque a esta maniobra de huida le seguía otra maniobra envolvente. Así inmovilizado el ejército castellano fue practicamente masacrado.
Como consecuencia, los almohades se adueñaron de las tierras entonces controladas por la Orden de Calatrava y llegaron hasta las proximidades de Toledo, donde se refugiaron los combatientes cristianos que habían sobrevivido a la batalla.

La derrota desestabilizó al Reino de Castilla durante años. Todas las fortalezas de la región cayeron en manos almohades: Malagón, Benavente, Calatrava, Caracuel, etc., y el camino hacia Toledo quedó despejado. Afortunadamente para Castilla, Abu Yusuf volvió a Sevilla para restablecer sus numerosas bajas y tomó el título de al-Mansur Billah (el victorioso por Alá).


La tregua :
Se firmó una tregua entre ambos contendientes, de una década, necesaria para que ambos pues Castilla necesitaba reponerse del golpe y los almohades volvieron para sofocar otras amenazas del norte de Africa.
Alfonso VIII aprovechó esta tregua para resolver sus disputas y estrechar lazos con el resto de reinos cristianos. Pactó treguas con Alfonso IX de León para asegurarse el flanco oeste de su reino, también firmó tregua con Sancho I de Portugal y guerreó contra Sancho VII de Navarra al que obligaría a firmar un tratado de paz. Con Pedro II de Aragón también mantuvo una intensa diplomacia que desembocó en alianza, todo con el objetivo de resarcirse de la humillante derrota de Alarcos. De este modo los cinco reinos hispánicos estuvieron en paz y crearon el caldo de cultivo necesario para formar una alianza contra el enemigo común.
Mientras, en el bando almohade, había muerto el califa vencedor de Alarcos y fue sucedido por Muhammad al-Nasir que confiado, mantenía sus ojos puestos en los problemas de su imperio en el norte de Africa.

Mientras tanto el rey castellano siguió intentando avanzar la frontera de Castilla a costa de territorio musulman, fueron progresos pequeños, no resultado de grandes campañas militares sino de esfuerzos aislados y heroicos, todo ello en el marco de la idea que se estaba fraguando, la de la unidad de todos los reinos para acabar con el invasor.

El espaldarazo a esta idea vino finalmente del Papa Inocencio III y del Arzobispo de Toledo don Rodrigo Ximénez de Rada que enmarcaron la idea de la unión con el aura de Guerra Santa.
Faltaba ya unicamente la provocación al enemigo, cuando finalmente expiraron las treguas con los musulmanes en 1209, el rey de Castilla atravesó el rio Tajo y atacó las tierras de Jaén y Baeza mientras que los caballeros de la Orden de Calarava marchaban contra Andújar. Pedro II de Aragón por su parte penetró en tierras de Castellón ocupando varias poblaciones.


La guerra estaba servida, ambos bandos se prepararon con todas sus fuerzas para una guerra abierta. En los púlpitos de toda Europa Occidental se predicaba la Cruzada contra los almohades, avisando de que quien participase en la misma obtendría la plena absolución se sus pecados. Además el papa amenazó con la excomunión a todo aquel que pactase o ayudase a los musulmanes, ordenando a su vez a todos los reinos cristianos de la Península que aparcaran sus diferencias para combatir al enemigo común y continuar la Reconquista.
Por parte del bando musulmán, el Califa Muhammad Al-Nasir abandona el Norte de Africa y entra en sus posesiones del Al-Andalus reuniendo un formidable ejército.


En esta contienda no sólo se enfrentarían más de 200.000 soldados, también se enfrentaban dos argumentos religiosos, a la Reconquista y a la Cruzada Santa de los cristianos se opondría la Yihad o Guerra Santa del Imperio Almohade formado por norteafricanos y andalusíes.
La batalla más grande que jamás se había visto en España y que decidiría su futuro, estaba a punto de comenzar………


El 20 de Junio de 1212 un inmenso ejército cristiano parte de Toledo hacia Sierra Morena en busca de los almohades, esta fuerza estaba compuesta por las tropas castellanas al mando del rey Alfonso VIII de Castilla, el alma de la batalla y el coordinador, junto con 20 milicias de Concejos Castellanos, entre ellas las de Medina del Campo, Madrid, Soria, Palencia, Almazán, Medinaceli, Béjar y San Esteban de Gormaz. Constituían el grueso de las tropas cristianas. Su abanderado era Diego López II de Haro, quinto señor de Vizcaya. A este caballero encomendó Alfonso VIII el reparto del botín tras la batalla, del que dicen las crónicas castellanas que no se quedó nada para su propio provecho.
Las tropas de los reyes Sancho VII de Navarra, Pedro II de Aragón y Alfonso II de Portugal.Sumaban otro importante contingente, en su mayoría aragoneses almogávares que al año siguiente lucharían en la Batalla de Muret. Las tropas portuguesas acudieron a la llamada de la cruzada, pero no contaron con la presencia de su rey.
También se encontraban allí las tropas de Órdenes Militares de Santiago, Calatrava, Orden de San Lázaro, Temple y San Juan (Malta).
Hubo representación de un gran número de cruzados provenientes de otros estados europeos o ultramontanos, llamados así por haber llegado desde más allá de los Pirineos. Su número es discutible, si bien muchos de ellos no llegaron a participar en la batalla. Entre los convocados extranjeros figuraban también tres obispos, los de las ciudades francesas de Narbona, Burdeos y Nantes.


Al igual que el portugués, tampoco participó en la contienda el rey de León Alfonso IX; aunque ansiaba acudir a la batalla. Convocó una Curia Regia que le recomendó que exigiera condiciones para participar en la campaña, y así, Alfonso IX respondió a su homólogo castellano que acudiría gustoso en cuanto se le devolvieran los territorios que le pertenecían. Por ello, Alfonso VIII pidió la mediación del Papa, para evitar cualquier ataque leonés. Inocencio III accedió y amenazó con la excomunión a todo aquel que se atreviera a violar la paz mientras los castellanos lucharan contra los musulmanes. Este hecho contrasta con lo sucedido años atrás, cuando el mismo Papa había obligado al monarca castellano, sin éxito, a devolver esos castillos a Alfonso IX.
Ante esto, para no romper el edicto del Papa y evitar la excomunión, el rey leonés se dedicó a recuperar sólo aquellas plazas que estaban dentro de las fronteras de León, evitando así el enfrentamiento en tierras castellanas. No obstante, y a pesar de ir en contra de sus intereses a corto plazo, consintió que acudieran a la batalla contra los almohades tropas y caballeros leoneses, gallegos y asturianos, de los cuales destacan: don José Bernaldo de Quirós, Vizconde de las Quintanas y Señor de Quirós, don Manuel de Valdés, don Fernando Lamuño y Lamuño, Señor de Salas y don Francisco de la Buelga, Caballero de la Orden de Santiago.
Tomaron la fortaleza de Calatrava el día 1 de junio, el rey de Castilla tuvo especial cuidado en que no hubiera saqueos lo que disgustó enormemente a los cruzados europeos que eran en gran parte auténticos soldados de fortuna. Debido a ello estas fuerzas abandonaron en su mayor parte al ejército del rey y marcharon a sus respectivos paises. Afortunadamente el hueco que dejaron no fue tan grande pues vino para ayudar en la cruzada el rey Sancho VII de Navarra aunque con un limitado contingente de caballeros.
Las fortalezas fueron cayendo: Alarcos, Caracuel, Benavente y Piedrabuena. Los musulmanes se apostaron fuertemente en el paso de Losa (actual Despeñaperros), un angosto desfiladero que debían atravesar las huestes cristianas.

En este punto, cuenta Ximenez de Rada en el libro “Historia de los Hechos de España” que :
“Sólo mil hombres podrían defenderla de cuantos pueblan la tierra”
Providencialmente, un pastor, conocedor como nadie de aquellas gargantas, les indicó un paso alternativo para evitar el de Losa, y de esta forma pudieron cruzar sin mayores contratiempos, el paso por el que cruzaron se llamó “Paso del Rey” por este motivo. Así llegaron al otro lado, a la meseta de Las Navas y comprobaron con estupefacción que allí estaba acampado el enorme ejército almohade en un terreno elevado y en posición de combate.
Los cristianos, agotados por los largos días de marcha, se instalaron a su vez en otro terreno elevado, llamado desde entonces “La Mesa del Rey”.

Los almohades intentaron provocarles para que entraran en combate con la ya descrita técnica del Tornafuye, pero esta vez los caballeros cristianos optaron por la prudencia y los reyes no cayeron en el juego, repelgando todo el ejército y esperando un momento más oportuno. Por otra parte, esta vez el ejército cristiano era más numeroso que en Alarcos con lo que una maniobra envolvente no hubiera surtido efecto.


La Batalla:
Las crónicas islámicas hablan de 600.000 combatientes cristianos y las crónicas cristianas hablan de 500.000 efectivos musulmanes, sin embargo y por conclusiones a las que han llegado estudios actuales, lo más probable es que no llegaran a 200.000 efectivos en total, aún así es una cifra inmensa para un ejército de la época, entre todos ellos formarían un enorme mar de espadas, armaduras y caballos. Este choque debió de ser uno de los más espectaculares de la historia medieval de Europa.


Los caballeros cristianos estaban armados con pesados escudos, caballos de batalla, cotas de malla, yelmos de metal y de cuero, lanzas y espadas, la infantería con alabardas, espadas, arcos y cuchillos. La parte musulmana iba armada con escudos más ligeros de cuero y madera y los peones, muy numerosos, con lanzas, espadas, cuchillos y sobretodo arcos para frenar las embestidas de los caballeros cristianos.


Al amanecer del lunes 16 de junio de 1212, los contendientes se encontraban frente a frente. En el centro del ejército cruzado se situaron el Rey Alfonso VIII y el arzobispo Rodrigo Ximénez de Rada por parte de Castilla; El Rey Pedro II de Aragón se colocó con sus tropas en el flanco izquierdo, y el Rey Sancho VII de Navarra con sus caballeros y junto a la milicia municipal castellana en el flanco derecho. A la batalla no acudieron los reyes de León ni de Portugal, pero permitieron que sus vasallos se incorporaran a la batalla. De este modo, muchos leoneses, asturianos y gallegos participaron en el combate.
Los musulmanes pusieron a sus tropas de élite a la vanguardia, los temibles beréberes (llamados voluntarios de la fe) compuestos en su mayor parte por arqueros cuya misión era desordenar los embites cristianos y sembrar la muerte bajo su luvia de flechas. En los flancos laterales se situaron las caballerías ligeras almohade y andalusí con la misión de hostigar por los flancos al grueso cristiano. Destacar los contingentes de arqueros a caballo turcos conocidos como Agzaz. Esta unidad de mercenarios de élite había llegado a la Península tras haber sido capturados en lo que ahora es Libia durante la guerra que mantenían los almohades del Magreb con los ayubíes de Egipto.


Comenzó la encarnizada batalla, la llanura se llenó de polvo, de gritos de muerte y rabia, de corazas destrozadas, lluvias de flechas, hombres que caían por doquier haciendo nacer allí mismo un río de sangre que tiñó la tierra. Un aparente caos que no lo era tanto pues los caballeros cristianos resistian a duras penas los embates de forma organizada y a la vez lanzaban coordinadas oleadas al centro musulman evitando las maniobras envolventes que pretendían atraparles. Esta estrategia del cuerpo a cuerpo favorecía al ejército cristiano, pues hacía inoperantes a los temibles arqueros bereberes que necesitaban distancia para ser efectivos.


La carga inicial de la vanguadia cristiana arrolló a los bereberes de la primera linea almohade, pero fue detenida al alcanzar el cuerpo central del enemigo. Carga entonces la segunda linea cristiana para auxiliar a la primera y a esta le sucede una tercera carga ordenada por el mismísimo Rey de Castilla. Su carga fue respaldada entonces por el embate del Rey de Aragón y también por la del Rey de Navarra, fue la de este último la que llegaría incluso hasta la línea de esclavos armados con lanzas que protegían el palenque del califa (era la llamada Guardia Negra o imesebelen, integrada por soldados-esclavos fanáticos procedentes del Senegal)
Era la guardia personal de Mohamed Al-Nasir, constituida por miles de esclavos negros encadenados entre si (para que no les quedara otra alternativa que luchar o morir) que formaban con sus picas un verdadero muro de hierro en torno a la tienda real. En medio de todos ellos estaba el califa que observaba la batalla con un Corán en la mano.


En lo más duro del combate, el Rey Sancho de Navarra y parte de sus caballeros, consiguieron romper el infranqueable muro de esclavos y lanzas, rompió las cadenas que rodeaban la tienda, desde entonces y hasta hoy en día esas serían las cadenas que representan el escudo de Navarra. En este caos de sangre y destrucción el califa pudo junto a algunos de sus más leales hombres emprender la huida hacia Baeza, abandonando a sus propias tropas.
Con la huida del califa empezó una verdadera masacre que terminó al caer la noche. El degüello dentro de la empalizada del califa fue terrible. El hacinamiento de defensores y atacantes en este punto y la conciencia de estar dilucidando la suerte suprema de la batalla, espolearía el desesperado valor de unos y otros. En las Navas, los arqueros musulmanes, principal y temible enemigo de los caballeros, sobre todo por la vulnerabilidad de sus caballos, no podrían actuar debidamente cogidos ellos mismos en medio del tumulto. La carnicería en aquella colina fue tal que después de la batalla, los caballos apenas podían circular por ella, de tantos cadáveres como había amontonados. El ejército de Al-Nasir se desintegró. En la terrible confusión cada cual buscó su propia salvación en la huida, incluido el propio califa.


Los cristianos dieron caza sin piedad a los musulmanes fugitivos, hasta el propio Rey Alfonso VIII al escribir al papa dijo :
“Matamos más durante la persecución que durante la batalla”


Consecuencias :
Pocos días después de la batalla y sin apenas resistencia, los cristianos entraban ya en Andalucía, entraban en Vilches, Baeza fue incendiada y Úbeda fue tomada al asalto por las tropas de Aragón convirtiéndola en un montón de ruinas humeantes. Posteriormente el Rey de Castilla abandonaba Sierra Morena. La Reconquista se ponía, tras más de 500 años, del lado de los reinos cristianos, pero todavía faltaban casi 300 años de lucha para llegar al final de esta epopeya que duró 800 años. Esta batalla definió el inicio de la superioridad militar, económica y política de los reinos cristianos y marcó definitivamente el inicio de la decadencia de la civilización árabe en la Peninsula Ibérica.


La unión de los reinos cristianos de la Península logró una vistoria sin paliativos sobre el Imperio Almohade, a partir de este momento se produjo el momento de inflexión en la Reconquista, la balanza se inclinó a favor de los cristianos 500 años después de la invasión musulmana).


Me permito poner en estas páginas el relato que Arturo Pérez Reverte hizo sobre este acontecimiento de vital importancia para la historia de España.
“En el cerro de los Olivares, cerca de Santa Elena, los cristianos dieron el asalto ladera arriba bajo una lluvia de flechas de los temibles arcos almohades, intentando alcanzar el palenque fortificado donde Al Nasir, que sentado sobre un escudo leía el Corán, o hacía el paripé de leerlo -imagino que tendría otras cosas en la cabeza-, había plantado su famosa tienda roja. La vanguardia cristiana, mandada por el vasco Diego López de Haro, con jinetes e infantes castellanos, aragoneses y navarros, deshizo la primera línea enemiga y quedó frenada en sangriento combate con la segunda.

Milicias como la de Madrid fueron casi aniquiladas tras luchar igual que leones de la Metro Goldwyn Mayer. Atacó entonces la segunda oleada, con los veteranos caballeros de las órdenes militares como núcleo duro, sin lograr romper tampoco la resistencia moruna. La situación empezaba a ser crítica para los nuestros que, imposibilitados de maniobrar, ya no peleaban por la victoria, sino por la vida. Junto a López de Haro, a quien sólo quedaban cuarenta jinetes de sus quinientos, los caballeros templarios, calatravos y santiaguistas, revueltos con amigos y enemigos, se batían como gato panza arriba. Fue entonces cuando el rey Alfonso, visto el panorama, desenvainó la espada, hizo ondear su pendón, se puso al frente de la línea de reserva, tragó saliva y volviéndose al arzobispo Jiménez de Rada gritó:
«Aquí, señor obispo, morimos todos».

Luego, picando espuelas, cabalgó hacia el enemigo. Los reyes de Aragón y de Navarra, viendo a su colega, hicieron lo mismo. Con vergüenza torera y un par de huevos, ondearon sus pendones y fueron a la carga espada en mano. El resto es Historia:
Tres reyes españoles cabalgando juntos por las lomas de Las Navas, con la exhausta infantería gritando de entusiasmo mientras abría sus filas para dejarles paso. Y el combate final en torno al palenque, con la huida de Al Nasir, el degüello y la victoria. “
(Arturo Pérez Reverte).


Curiosidades :
La batalla de las Navas de Tolosa contribuyó nuevamente al desmembramiento de Al-Ándalus en reinos de Taifas, lo que favoreció que fuesen cayendo uno tras otro ante el empuje cristiano, hasta quedar como último vestigio musulmán el reino de Granada (actuales provincias españolas de Granada, Málaga y Almería), gobernado por la dinastía nazarí. El reino sobreviviría precariamente hasta que Boabdil “el Chico”, último rey musulmán español, entregó las llaves del reino a los Reyes Católicos y se retiró a África. Era el 2 de febrero de 1492.
»Actualmente existe un museo en el mismo lugar donde se desarrolló la batalla, más información en : http://www.dipujaen.es/…/museo_navas_tolosa/el_museo.html

La precipitada huida del califa del campo de batalla proporcionó a los cristianos un ingente botín de guerra. De este botín se conserva la bandera o pendón de Las Navas en el Monasterio de Las Huelgas en Burgos. Se considera el mejor tapiz almohade de los que hay actualmente en España.
Cuando Carlos III colonizó estas tierras siglos después, fundó La Carolina y una aldea dependiente de ella, llamada «Venta de Linares» por existir allí dicha venta. Posteriormente se le cambió el nombre inicial por el de «Navas de Tolosa» en honor a la célebre batalla, hecho que ha creado confusión, frecuentemente, en la situación del lugar auténtico de celebración de la batalla.
»Los trofeos de la Batalla de Las Navas de Tolosa se encuentran en la iglesia de San Miguel Arcángel de Vilches y están compuestos por la Cruz del Arzobispo D. Rodrigo Ximénez de Rada, una bandera, una lanza de los soldados que custodiaban al califa y la casulla con que el arzobispo ofreció misa el mismo día de la batalla. Actualmente están expuestos en esta iglesia para que puedan ser visitados sin ningún tipo de problema.
»La fortaleza de Calatrava la Nueva, cerca de Almagro, fue construida por los Caballeros de la Orden de Calatrava, utilizando prisioneros musulmanes de la batalla de Las Navas de Tolosa, de 1213 a 1217.


En el Monasterio de Santa María de Huerta, en la provincia de Soria, se conserva una imagen románica de la Virgen que según la tradición es la que llevaba en su silla de montar Ximénez de Rada en la batalla de las Navas de Tolosa. El maravilloso receptorio, único en el mundo, de este monasterio se construyó en agradecimiento a la victoria en las Navas de Tolosa.
España Eterna

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