Wenceslao Fernández Flórez en el ‘satánico’ Madrid de la Guerra Civil

Recuperan la novela ‘Una isla en el mar rojo’, en la que Fernández Flórez rememora cómo los republicanos lo buscaron para matarlo en julio de 1936, al estallar la contienda – Jaime G. Mora

Jaime G. Mora SEGUIR MADRID Actualizado :13/09/2021 14:28h

No pudo ser más claro Wenceslao Fernández Flórez en el preámbulo de la novela que publicó en 1939, recién huido de los republicanos que lo persiguieron en el Madrid de la Guerra Civil. «No sé clasificar este libro», escribe en ‘Una isla en el mar rojo’. «¿Novela? Es más bien hijo de mi memoria que de mi fantasía. No son ensueños los que traje al papel, sino un ancho brazado de recuerdos atroces que segué ampliamente en mi alma, para lección de los que no saben, y también con la esperanza absurda de que no retoñen en ella». Al autor gallego la fábula no le fatigó demasiado la imaginación, apunta: «Al escribir estas páginas inventé hombres y trances, pero no dolores».

La guerra, como a tantos otras firmas vinculadas a ABC, persiguió a quien hasta hacía no tanto se había consolidado como el mejor cronista parlamentario del país. Proclamado por Azorín como su sucesor, con sus ‘Acotaciones de un oyente’ el escritor se hizo extraordinariamente popular en la capital. Con un humor que bebía del estilo de Azorín, apunta José Carlos Mainer, Fernández Flórez aunaba en sus crónicas el progresismo laicista y avanzado en lo moral con un firme conservadurismo en lo político. Esa fue su condena: exponer en sus artículos la situación en las calles y en las Cortes durante ese periodo, haberse desencantando de la República.

De nada sirvió que antes hubiera criticado duramente a Primo de Rivera. Que incluso acogiera con esperanza el advenimiento de la República. «De la ilusión y la esperanza fue pasando al desencanto y a la oposición con la misma energía que mostró con el régimen anterior, ante la corrupción y desmanes que trajo, en lugar de las tan ansiadas reformas», recuerdan sus herederos. «En un bando y en otro, encontró elementos a ensalzar y cuestiones que denunciar y criticar. Su supuesto posicionamiento político nunca fue tal». No hay lugar para sutilezas en tiempos de revanchas, y cuando estalló la guerra fueron a por él.

Si no lo cogieron, en julio de 1936, fue porque se anticipó a sus perseguidores. «Fue cuestión de minutos que no se cruzaran en las escaleras con los que venían en su busca», cuentan sus descencientes. Ya no pudo regresar a su casa hasta pasado mucho tiempo. Recorrió Madrid sin destino y hubo de refugiarse durante meses en dos embajadas para resguardarse, primero en la argentina y luego en la holandesa. Fue precisamente el Gobierno holandés quien, gracias a la intermediación del ministro de Gobernación de la República, lo ayudó a embarcar desde Valencia para salir de España.

Ya a salvo, se dispuso a contar su experiencia en la novela ‘Una isla en el mar rojo’, que en 1939 publicó Ediciones Españolas y llegó a tener varias reimpresiones, pero no ha vuelto a ser reeditado desde entonces. Ediciones 98 se ha propuesto recuperarla, con dos epílogos, uno de los herederos del escritor y otro de Miguel Pardeza. «Este libro desgarrado, escrito desde las entrañas, que puede ser muchos libros a la vez, es también una suerte de elegía por un pasado borrado a golpe de cañones, odios fraticidas y la toxicidad de las ideologías que no vinieron a solucionar nada, sino a embarrar el tablero de juego con mendaz propaganda y utopías sanguinarias», señala el exfutbolista que estudió la obra del columnista César González Ruano.

‘Una isla en el mar rojo’ es una novela porque el protagonista se llama Ricardo y es abogado, pero muchas de sus desgracias son las que vivió Fernández Flórez. La angustia «incomparablemente torturadora del terror», la sensación de que Madrid se había convertido en una ciudad «satánica», la amenaza de la chusma enfurecida… Los fusilamientos, las sacas, el hacinamiento… Lo que narra el autor de ‘Una isla’ lo vivió él en sus propias carnes. «Yo creo saberlo bien, porque lo he sentido en mí mismo. Hay un instante en el que se da todo por perdido, y cuesta grandes angustias llegar a él», escribe.

No es esta una obra neutral. Wenceslao hace hablar a Ricardo en nombre de las clases altas, convencido de que con el marxismo todo se haría pedazos; cuya única salvación, en el Madrid tomado por los rojos, era la llegada de los nacionales. El alma liberal del autor solo se aprecia en las primeras páginas, cuando aún confía en las garantías del derecho, pero todas las convenciones desaparecen cuando la ciudad es una guerra a vida o muerte. Quien habla es un hombre que ha visto cómo otras sesenta personas de ABC, entre colaboradores y trabajadores, han sido asesinados por los republicanos.

‘Una isla en el mar rojo’ integra junto a ‘El terror rojo’ –que Ediciones 98 publicará próximamente– y ‘La novela número 13’ una suerte de trilogía sobre la Guerra Civil. En ellos, señalan sus herederos, se aprecia un «proceso de asombro y negación, rabia y asimilación que todo ser humano atraviesa para poder resolver y superar unos acontecimientos semejantes». Wenceslao, que aún escribió su afamado ‘El bosque animado’, ya nunca fue el mismo.

«Su talento se desperdigó en obras menores, en abundantes colaboraciones periodísticas y un creciente interés por temas de actualidad como el fútbol, el toreo o los platillos volantes, que nada tenían que ver ya, por ejemplo, con la hipocresía moral, las contradicciones de la identidad o las vacuidades altisonantes del parlamentarismo de su primera etapa», apunta Pardeza. «Duró lo suficiente para ver cómo sus viejos ideales iban siendo sustituidos por otros nuevos, totalitarios, rancios, clericales, con los que poco o nada tenía que ver».

Perseguidos por trabajar en ABC

El de ABC es un caso único en la historia del periodismo porque, en plena Guerra Civil, se publicó bajo la misma cabecera, con la misma numeración, en los dos bandos contendientes. En Madrid fue incautado por los republicanos, y durante 32 meses fueron estos quienes publicaron un diario que nada tenía que ver con la edición de Sevilla, controlada por la familia Luca de Tena. Al tiempo que controlaban el diario como un órgano propagandístico, persiguieron a quienes habían trabajado antes en él. A Wenceslao Fernández Flórez no lo cogieron a tiempo, pero sí a sesenta personas, entre trabajadores y colaboradores, relacionadas con el periódico. Fueron asesinados, entre otros, el subdirector Alfonso R. Santamaría, el redactor jefe Julio Duque o el secretario del Director, Alfredo Miralles. También los redactores Andrés Travesí, José Asenjo, Miguel Ruiz y Julián Blanco, y los colaboradores Ramiro de Maeztu, Manuel Bueno, Álvaro Alcalá Galiano, Honorio Maura, Víctor Pradera, Rufino Blanco, José Polo Benito y Federico Santander. Durante años, una placa presidió la redacción de Serrano con los nombres de todos los periodistas muertos. En la nave de máquinas se colocó otra con los nombres de obreros y administrativos.

Fuente

esta web esta abierta al debate, no al insulto, estos seran borrados y sus autores baneados.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s