España imperial: Méjico – Gustavo Guardiola

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Por Gustavo Guardiola (Mejicano e hispanista)

Si hay algo que nos da estudiar a los aztecas, a los mayas, a las tribus prehispánicas, es un entendimiento básico de cómo fue el neolítico, y la conclusión a la que llega cualquier persona que aspire a un mínimo de objetividad, es que el neolítico fue un período de crueldad extrema, al menos en Mesoamérica.

En este lugar desde donde te estoy contestando esta pregunta, hoy está repleto de bares y restaurantes, de gimnasios, consultorios médicos, jardines y parques y muchas casas donde vive gente que lo que más quisiera es no tener nunca que enfrentar ninguna forma de violencia. Pero hace 600 años, aquí­, en este mismo lugar, habitaban un montón de tribus que se pasaban los siglos peleándose a muerte entre sí­. Y de todas ellas, la tribu dominante, los mexicas, era extremadamente sangrienta y llevaba la crueldad a extremos difíciles de imaginar ahora, incluso para el habitante de un país en guerra.

Los arqueólogos hablan de entre 30.000 a 80.000 sacrificios humanos por año realizados por los mexicas. Sacrificios, dicen. Estamos hablando de asesinatos en los que a cada víctima se le sacaba el corazón, mientras la víctima estaba viva. Luego, el sacrificado moría por supuesto, y era comido. Canibalismo para alimentar a una clase de nobles, sacerdotes y generales de unas 1.500 personas.

Eso fue la vida en lo que hoy es Méjico.

Lo aterrador de todo esto evita que me pueda burlar de quienes lo defienden. De los románticos que dicen que los españoles vinieron a quitarnos nuestras tradiciones. No puedo burlar porque esto no puede mover a la risa. Estamos hablando de ríos de sangre, de decenas y decenas de miles de guerreros, niños y doncellas asesinadas en cuestión de días para satisfacer una casta de infames.

Es inexplicable la condescendencia de los indigenistas. «Eran sus tradiciones», «los inquisidores tampoco eran unos santos». Carajo, qué miopía es la que no puede ver en ello la que puede ser considerada la máxima aberración de la historia humana.

Hay una película premiada, estupenda, que se llama «Retorno a Aztlán». Es mejicana, está en náhuatl. Es una joya. Véanla.

Bueno, pues eso era la vida por acá.

Llegaron los españoles. Llegó Cortés con 300 hombres, 13 caballos muertos de hambre y algunos arcabuces. Entendió en unos cuantos días lo que las tribus subyugadas no habían podido entender en 200 años.

Vini, vidi, vici.

Vio, negoció, convenció. Se hizo de aliados, tejió un plan. Peleó, perdió, resistió. Consiguió refuerzos que no llegaron a sumar 1000 españoles. Invadió una ciudad que en ese momento tenía al menos una población de un millón de mexicas. Sólo la clase militar tení­a más de 1.500 generales.

Como decí­a Luis González de Alba: «Si este paí­s hubiera sido conquistado por los trescientos españoles de Cortés, con diez caballos hambreados y unos arcabuces viejos, vergüenza debería de darnos andarlo diciendo».

Y, sí­, Cortés jugó bien sus cartas, con maestría, y la destrucción de Tenochtitlan la realizaron miles de indígenas aliados a él que entraron con la furia y el odio de los humillados con la brutal ferocidad mexica.

Lo que hizo España fue que en una sola generación, esos indígenas que vivían en la edad de piedra, en la más brutalidad más feroz, se instalaron en pleno renacimiento.

Se pusieron a construir catedrales, a hacer puentes, puertos, caminos, astilleros. Esos indí­genas que no pasaban de hacer canoas, se volvieron constructores de barcos.

Universidades, hospitales, plazas, acueductos.

La América Novohispana tuvo a algunos de los mejores tipógrafos del mundo, en un lugar donde hasta apenas unas décadas atrás, no existía la escritura.

La Nueva España se convirtió en el centro de la primer globalización transoceánica, la primer gran globalización.

Comerció con la India, Indonesia y Filipinas. Abolió la esclavitud de los indígenas y más tarde de los negros. Dio a sus ciudadanos indígenas algo que nunca habí­an tenido: Derechos. Los hizo súbditos de la corona de Castilla y les reconoció las obligaciones y derechos de los súbditos peninsulares.

Contrario a lo que se dice, España no realizó la evangelización forzada. Ésta fue prohibida por la Reina Isabel. Se convirtieron al cristianismo los que quisieron, y ni modo, si a los entusiastas del indigenismo les duele, tendrán que sobarse, porque eso está documentado.

¿Y cómo no se iban a convertir, si sus dioses los habían abandonado? Tanto pinche sacrificio humano, y a la mera hora sus nobles y sacerdotes acojonándose. Y que conste que no lo digo nomás yo. Al Moctezuma su pueblo mismo le pegó una pedrada, por cobarde.

Siglo XVIII y la Nueva España es una provincia floreciente, próspera, que paga sus impuestos, que defiende sus fronteras, que tiene una flota que hace correr a los ingleses, que tiene jueces, tribunales, que imprime libros y partituras, que desarrolla ciudades hermosas que aún están en pie.

Las cosas no duran para siempre. Los conflictos en Europa y la mala leche de los ingleses contra los españoles, terminó por de debilitar a ese gran imperio español, que mantuvo su hegemonía por 300 años. Vinieron los movimientos de independencia y el inicio de una nueva era, que también ha dado sus frutos, que también ha tenido sus logros, aunque viéndola desde adentro a algunos les parezca que merecemos mejor fortuna.

Ni modo, la historia es la que es. No sé si realmente la merezcamos. En lo individual, habrá quien la merezca. Como países, tras las guerras de independencia han sido muchas las veces que hemos fallado al defender nuestros intereses. La voracidad de Estados Unidos nunca ha sido fácil de enfrentar.

Pero de ese pasado novihispano, si somos honestos no nos queda más que reconocer que España emprendió la mayor aventura en términos de civilización que se haya logrado.

Un brinco del neolítico al renacimiento en una sola generación, no está nada mal.

Hispanoamérica no necesita un psicoanálisis colectivo para hacer las paces con su pasado. Necesita una clase política que deje de buscar chivos expiatorios para justificar sus fracasos, y aprender a leer su historia aspirando a la mayor objetividad.

La hispanidad es lo mejor que le pudo haber pasado a América, y aún hoy, a 500 años de la conquista, su importancia es crucial para oponerse a otras visiones del mundo, que ésas sí­ que son puritanas, xenófobas, racistas, segregacionista, intolerantes y autoritarias.

Para AME

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