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El Estado cuesta a cada español 10.500 euros

  • Rajoy y sus ministros. | EFE

    Sostener la estructura pública de España sigue siendo insostenible. Además, la brecha entre los ingresos y los gastos continúa distanciándose.

  • Desde el principio de la crisis económica en 2007 los costes del Estado español han crecido de manera constante hasta hoy. Los ciudadanos se tienen que enfrentar a un mayor desembolso para sostener la estructura pública de España.

    A cierre de 2012, el Estado ha costado de media a cada español con empleo casi 10.500 euros, mientras que en 2007 era de algo más de 9.000 euros. No obstante, el momento álgido lo alcanzó en 2009 cuando cada ciudadano debía desembolsar 10.500 euros. Las cifras son más alarmantes si se comparan con los cifras de hace diez años. En 2002, la carga estatal era de casi 7.000 euros por habitante.

    Por CCAA, los habitantes del País Vasco se colocan a la cabeza, con 16.353 euros aportados al ente público; Navarra con 10.645 euros; y Asturias con 8.981 euros son los que tienen mayor coste por habitante del gasto público.

    En el lado opuesto, Canarias con 6.237 eurosMadrid con 6.361 euros y Andalucía con 6.819 euros de gasto en Administración pública por habitante son las regiones que menos gastan en sus administraciones.

    Las cifras reflejan el empeño de los Gobiernos de mantener una larga lista de empresas públicas, organismos y entidades ligados a todas ellas y sus respectivos trabajadores, en este caso funcionarios.

    A ello hay que sumarle las dudosas gestiones en la Administración central y en lasadministraciones autonómicas con sus alarmantes duplicidades. Los expertos cifran que  las duplicidades del Estado de las autonomías cuesta anualmente entre un 0,7% y un 2,3% del PIB nacional. Es decir, que si se acabara con esos excesos la Administración central se podría ahorrar un mínimo de 24.000 millones de euros.

    Las corporaciones locales, entre ellas ayuntamientos, diputaciones, cabildos, etc, también pesan en la factura gubernamental. A este extenso entramado estatal se le suman los costes de la abultada deuda que arrastra España.

    Los costes del Estado ha provocado que los gastos se hayan incrementado en los últimos años. La brecha entre los ingresos y los gastos se ha ido distanciado cada vez más desde 2007 dando lugar a unas cifras desorbitadas de déficit. En 2011, los gastos alcanzan casi los 500.000 millones de euros, mientras que los ingresos no llegan a los 400.000 millones de euros.

    Con motivo del Debate sobre el Estado de la Nación, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, anunció que el déficit público se situó por debajo del 7% del PIB en 2012, lo que ha supuesto un recorte de 21.000 millones de euros, frente al objetivo del 6,3% acordado con Bruselas. Cabe recordar que el porcentaje no cuenta con las ayudas a la banca. En 2011, el déficit de las administraciones públicas acabó en el 8,9%.

    El continúo aumento del gasto público ha dado lugar a millonarias subastas de deuda por parte del Tesoro español. Está previsto que organismo realice en 2013 emisiones brutas por valor de207.173 millones de euros. De esa cantidad, 48.020 millones corresponden a las necesidades de financiación neta, un 30% más que en 2012.

    Parte de esas emisiones se destinará a afrontar los vencimientos de 121.780 millones pendientes para el presente año, un 6,3% menos que los 130.344 millones del pasado 2012 . De ellos, 61.419 millones corresponden a letras y el resto, 60.361 millones, a bonos y obligaciones.

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MarianoDigital

Ada Colau, con su discurso infame, explicó punto por punto por qué hemos fracasado, por qué nos hemos hundido en este pozo de relativismo y de miseria

Ada Colau es la portavoz de la plataforma Afectados por la Hipoteca y hace unos días compareció ante el Congreso practicando todas las formas -especialmente las más bajas- de demagogia y de populismo. Si España está sumida en esta crisis, que es principalmente moral, con sus consiguientes ramificaciones económicas, es porque muchos españoles han vivido mucho tiempo pensando y actuando como esta mujer. El alud de elogios y simpatías que su discurso desencadenó constata que continuamos siendo una sociedad enferma de pretextos y de escusas en que la queja ha devorado el honor y el victimismo la tensión y el sentido del deber que convierten a las personas y a los pueblos en libres. ‘Where have you gone, Joe di Maggio? A nation…

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El blog de Santiago González

Testigo de cargo peli

Pie de foto.-Sir Wilfrid Roberts (Charles Laughton) enseña al testigo de cargo, Jorge Trías, los papeles de Bárcenas.

Es preciso ocuparse hoy del editorial publicado ayer por El País sobre ‘los papeles secretos de Bárcenas’. Y hay que hacerlo desde el título del comentario: ‘Testigo de cargo’, en referencia a la declaración de Jorge Trías ante el fiscal Anticorrupción, Antonio Romeral. El título es forzosamente una metáfora. No puede haber un testigo de cargo cuando no hay un proceso penal abierto contra nadie a propósito de los famosos papeles. Ha de tratarse forzosamente de una metáfora, una referencia literaria y/o cinematográfica.

Se trata de esto último. ‘Testigo de cargo’ es el título de una gran película de Billy Wilder, basada en una novela menor (como casi todas las suyas) de Agatha Christie.

Nos encontramos así con que el editorial de El País vulnera las normas que El País fijó en…

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“Ese atentado es la Guerra”

“Tras el entierro del líder de la oposición y diputado  D. Jose Calvo Sotelo, asesinado por el escolta del socialista Prieto,  los congregados en el funeral trataron de marchar en manifestación hacia el centro de Madrid. Tras haber sido cacheados varios veces por guardias de Asalto fueron tiroteados por las fuerzas de seguridad cuando se hallaban en la confluencia de las calles Goya y Alcalá. Hubo cinco muertos y treinta y cuatro heridos. 

El capitán Gallego, y los tenientes España y Artal, de la guardia de Asalto, fueron detenidos por atreverse a protestar contra la brutal represión ejercida sobre manifestantes desarmados.”

 

Llegada del Frente Popular

Ya antes de que se convocasen las elecciones de 1936 Calvo Sotelo pensó que era muy posible que se perdieran, y que en tal caso se produjera una sublevación militar, por lo que mantuvo una entrevista con Franco en la que le pidió que los militares se alzasen antes de la consulta electoral. “Yo lo que creo es que, en resumidas cuentas, el Ejército debe soportar lo que salga de las urnas”, fue la respuesta del general.

El resultado de la primera vuelta de las elecciones de 1936 fue adverso a las derechas, y las masas del Frente Popular se lanzaron de inmediato a la calle para celebrar el triunfo y poner en libertad a los encarcelados como consecuencia de la revolución de octubre de 1934. La situación del Gobierno de Portela no era fácil, pues si se reprimían los desórdenes podía haber víctimas mortales de las que se le pidiera cuentas cuando después de la segunda vuelta de las elecciones se reuniesen las Cortes y se formase un nuevo ejecutivo. Tanto Franco, como Gil-Robles, Calvo Sotelo y el propio Alcalá Zamora pidieron a Portela Valladares que se mantuviese en su puesto hasta pasada la segunda vuelta electoral, promulgando para ello, si era necesario, el Estado de Guerra, que es lo que se hizo en 1933; pero Portela optó por presentar su dimisión, por lo que el 19 de febrero Alcalá Zamora encargó a Azaña formar Gobierno.

Una vez celebrada la segunda vuelta de las elecciones, la comisión de actas de las nuevas Cortes procedió a estudiar la forma en que se habían desarrollado los comicios en cada circunscripción, y anuló numerosas actas de las derechas, incrementando así el Frente Popular su mayoría parlamentaria. Entre las actas que inicialmente se proponían anular las izquierdas se hallaban las dos obtenidas por Calvo Sotelo, pero la enérgica defensa que hizo éste ante la cámara, y las presiones ejercidas sobre Azaña por varios políticos del centro y de su propio partido (especialmente Mariano Ansó), hicieron que la comisión cambiase su primer dictamen y que pese a la oposición de socialistas y comunistas, y de los gritos de “¡Justicia para los asesinos del pueblo!” lanzados por la Pasionaria, el acta se aprobase por ciento once votos contra setenta y nueve. El ejemplo sirvió para que también se respetase el acta de Gil-Robles por Salamanca, igualmente cuestionada, pero entre las anuladas quedó la de Antonio Goicoechea, jefe de Renovación Española, lo que aumentó el protagonismo de Calvo Sotelo, que pasó a convertirse en el jefe parlamentario de la minoría monárquica.

Cuando el 15 de abril Azaña compareció ante las Cortes para defender su programa de Gobierno, el primero de los discursos de réplica corrió a cargo de José Calvo Sotelo, quien hizo una relación de incidentes acaecidos desde las elecciones de febrero, afirmando que habían causado más de cien muertos y quinientos heridos. Acto seguido señaló las diferencias existentes en el seno del Frente Popular, donde coexistían elementos burgueses y marxistas, y pidió a Azaña que se esforzase en conseguir el mantenimiento del orden, petición en la que fue secundado por un durísimo discurso de Gil-Robles. La respuesta de Azaña dejó en evidencia que el Gobierno estaba dispuesto a primar la cohesión del Frente Popular sobre el mantenimiento del orden.

Dada la censura a que se veía sometida la prensa, la reproducción de los discursos de Calvo Sotelo sobre las perturbaciones del orden público (táctica en seguida copiada por Gil-Robles) era la única forma de que los periódicos de derechas dieran a conocer a sus lectores lo que ocurría en España. Unido ello a sus reiteradas incitaciones para que el ejército, “columna vertebral de la patria”, restableciese el orden que, a su juicio, el Gobierno no podía o no quería imponer, el ex-ministro se convirtió en el centro de los ataques de la izquierda, siendo además uno de los políticos derechistas cuyos teléfonos estaban intervenidos por orden de Azaña.

La sesión parlamentaria del 16 de junio de 1936

En la sesión parlamentaria del 16 de junio, José Calvo Sotelo protagonizó unos enfrentamientos verbales muy acalorados y polémicos con Casares Quiroga, Presidente del Gobierno y Ministro de Guerra. Calvo Sotelo comenzó ofreciendo su opinión sobre el desorden económico y el desorden militar que, a su juicio, imperaban en España. El líder monárquico se opuso a las huelgas, a los cierres patronales, a las “fórmulas financieras de capitalismoabusivo”, a la libertad anárquica, defendiendo que la “producción nacional” está por encima de todas las clases sociales, partidos e intereses. Concluyó su alegato sobre la organización social y económica del Estado, afirmando que si esa idea de Estado era la de un estado fascista, él mismo se declaraba como tal.

Puesto que Casares Quiroga había anunciado medidas para tratar de controlar el Ejército, Calvo Sotelo expresó veladamente la posibilidad de un golpe de Estado militar, afirmando que sería “loco el militar que no estuviese dispuesto a sublevarse a favor de España y en contra de la anarquía, si esta se produjera”, palabras que generaron grandes protestas. El presidente de las Cortes, Martínez Barrio, le advirtió de que no hiciese “invitaciones” que pudiesen ser “mal traducidas”, pero Calvo Sotelo insistió en demostrar que las autoridades daban un trato preferente a las milicias del Frente Popular frente al ejército y las fuerzas de seguridad. También criticó que se permitiese “poner verde” a la Guardia Civil mientras se prohibía informar sobre determinados sucesos como el de un guardia que supuestamente habría sido degollado en la Casa del Pueblo, afirmación esta última que dio lugar a un intercambio de expresiones gruesas entre Calvo Sotelo y Wenceslao Carrillo y que Martínez Barrio ordenó borrar del Diario de Sesiones.

Casares Quiroga consideró tan graves las afirmaciones de Calvo Sotelo sobre el Ejército que pidió la palabra y le acusó de simpatizar con los grupos que llamaban al golpe de estado. Quiroga dijo que el ejército estaba “al servicio de España y de la república”, pero le advirtió de que si parte del ejército se sublevase, le haría a él el máximo responsable. Acto seguido, Casares también defendió las medidas tomadas por el gobierno para restablecer el orden público contra manifestaciones hechas por grupos violentos, disparos y ataques a centros públicos, pero diputados como Gil Robles o Ventosa, líder de laminoría regionalista, le acusaron de falta de equidad a la hora de reprender a derechas e izquierdas.

En la contestación a Casares, Calvo Sotelo afirmó que la afirmación del presidente del gobierno de hacerle “máximo responsable” de una posible sublevación, eran “palabras de amenaza” en las que se le había convertido en sujeto no solo activo, sino pasivo, de hechos que decía desconocer. Sin embargo, acto seguido afirmó que aceptaba “con gusto” las responsabilidades que se pudiesen derivar de sus actos, si eran para el bien de su “patria” y para “gloria de España”, tras lo cual lanzaría una advertencia a Casares para que también midiese sus responsabilidades, puesto que en sus manos estaría el “destino de España”:

“Yo tengo, Sr. Casares Quiroga, anchas espaldas. Su señoría es hombre fácil y pronto para el gesto de reto y para las palabras de amenaza. Le he oído tres o cuatro discursos en mi vida, los tres o cuatro desde ese banco azul, y en todos ha habido siempre la nota amenazadora. Bien, Sr. Casares Quiroga. Me doy por notificado de la amenaza de S.S. Me ha convertido su señoría en sujeto, y por tanto no sólo activo, sino pasivo de las responsabilidades que puedan nacer de no sé qué hechos. Bien, Sr. Casares Quiroga. “Lo repito, mis espaldas son anchas; yo acepto con gusto y no desdeño ninguna de las responsabilidades que se puedan derivar de actos que yo realice, y las responsabilidades ajenas, si son para bien de mi patria (exclamaciones) y para gloria de mi España, las acepto también. ¡Pues no faltaba más! Yo digo lo que Santo Domingo de Silos contestó a un rey castellano: ‘Señor, la vida podéis quitarme pero más no podéis”. Y es preferible morir con gloria a vivir con vilipendio. (Rumores.).

Extracto del Diario de Sesiones de las Cortes Españolas del 16 de junio de 1936.

La diputada del Partido Comunista de España Dolores Ibárruri (conocida como Pasionaria) afirmó en esta sesión, refiriéndose a Calvo Sotelo y Martínez Anido, que era una vergüenza que en la República todavía no se les hubiese juzgado, refiriéndose a sus responsabilidades como ministro de la dictadura de Primo de Rivera y como organizador de la guerra sucia contra el sindicalismo anarquista, respectivamente. Tarradellas, en una entrevista, acusó también a Dolores Ibárruri de exclamar en esta sesión, dirigiéndose al diputado monárquico: “Este hombre ha hablado por última vez”. Sin embargo, la controvertida frase no aparece en el Diario de Sesiones e Ibárruri siempre negó haberla proferido.

El ambiente en las Cortes era tal que al terminar la intervención de Calvo Sotelo, Julián Besteiro comentó: “Si el gobierno no cierra el Parlamento hasta que se aquieten las pasiones, seremos nosotros mismos los que desencadenaremos, aquí dentro, la guerra civil”.

[editar]La sesión parlamentaria del 1 de julio de 1936

José Calvo Sotelo también tomó la palabra el 1 de julio para opinar acerca de la situación, a su juicio caótica, que se vivía en las zonas rurales, denunciando que la base del problema estaría en que las ciudades vivían a costa del campo, y atacando también las medidas de reparto de tierras del Gobierno, cuyo resultado, decía, era crear “explotaciones antieconómicas”. Su discurso, desarrollado inicialmente con relativa paz, comenzó a provocar duras reacciones de los diputados de la izquierda cuando afirmó que el auge del fascismo se había producido por un intento de “proletarización”, por parte del marxismo y de la Rusia Soviética, de lo que denominaba “nuevas clases medias”.

En un ambiente ya muy exaltado Calvo Sotelo leyó un informe según el cuál la fuerza del fascismo italiano se debía a la “anarquía” que supuestamente existía en el campo en 1920-1922, y que daría lugar a que las clases medias agrarias engrosasen sus filas. Tras ello, afirmaría, en el medio de grandes protestas, que el remedio a los problemas del campo que atravesaban los agricultores, la pequeña y media burguesía rural, los arrendatarios y los campesinos, no estaría en el Parlamento ni en el gobierno ni en ningún otro partido, sino en un Estado corporativo.

Ante la inutilidad de las llamadas al orden del Presidente de las Cortes, el diputado monárquico optó por un “He terminado, señor Presidente” y se sentó en su escaño en medio de los aplausos de las derechas, lo que dio lugar a que Martínez Barrio se considerarse desairado: “Si esos aplausos al señor Calvo Sotelo quieren significar que el momento en que han de terminarse los discursos en la Cámara corresponde señalarlo a SS. SS., de esos aplausos se tendrán SS. SS. que arrepentir inmediatamente que recapaciten sobre la forma en que se producen”. La respuesta del cedista Bernardo Aza“Significan un homenaje al valer del Sr. Calvo Sotelo”, dio lugar a que las páginas de ABC ofrecieran la siguiente versión: “los diputados de la mayoría, puestos en pie, saltan al hemiciclo y pretender agredir al Sr. Aza. Los secretarios se interponen y lo evitan. El presidente da fuertes campanillazos, y en medio del griterío ensordecedor ordena la expulsión del salón del señor Aza. Este se resiste al principio, pero sus propios compañeros le invitan a que salga. Así lo hace. Ello encalma la actitud de socialistas y comunistas, que pasan a sus escaños”.

Una dura intervención de Gil-Robles, que amenazó con que las derechas abandonarían la Cámara si no se permitía la vuelta de Aza, hizo que Martínez Barrio permitiese su regreso, continuando el debate con la misma virulencia que hasta entonces. Para el socialista Ángel Galarza el uso de la violencia era legítimo contra quien utilizaba el escaño “para erigirse en jefe del fascismo y quiere terminar con el Parlamento y con los partidos […] Pensando en S.S. encuentro justificado todo, incluso el atentado que le prive de la vida”“En medio del escándalo inenarrable que se produjo, podía oírse la voz de Dolores Ibarruri, que gritaba hacia nuestros escaños: «Hay que arrastrarlos»”, escribió Gil-Robles.27 “La violencia, Sr. Galarza, -intervino Martínez Barrio- no es legítima en ningún momento ni en ningún sitio; pero si en alguna parte esa ilegitimidad sube de punto es aquí. Desde aquí, desde el Parlamento, no se puede aconsejar la violencia. Las palabras de S.S., en lo que a eso respecta, no constarán en el Diario de Sesiones”. La respuesta del diputado socialista fue: “Yo me someto, desde luego, a la decisión de la Presidencia, porque es mi deber, por el respeto que le debo. Ahora, esas palabras, que en el Diario de Sesiones no figurarán, el país las conocerá, y nos dirá a todos si es legítima o no la violencia”.

Calvo Sotelo participó en diversas votaciones los días 2, 9 y 10 de julio. Durante este tiempo preparó febrilmente el discurso que pensaba pronunciar el día 14 en el debate que debía celebrarse sobre la situación del orden público. Fue asesinado en la madrugada del 13.

Asesinato y repercusiones

El 12 de julio de 1936José Castillo, teniente de la Guardia de Asalto y militante socialista fue asesinado a tiros en la puerta de su casa. Las tesis apuntan a falangistas según los historiadores Paul Preston y Gabriel Jackson, aunque otros autores como Ian Gibson apuntan a carlistas pertenecientes al Tercio de requetés de Madrid. En respuesta a este asesinato, los compañeros de Castillo asesinaron a José Calvo Sotelo. Años después, el régimen franquista llevaría a cabo la Causa General (CG), que sería utilizada como instrumento para la represión y que tenía fines propagandísticos como la legitimización de la sublevación en contra del Gobierno de la República, en la que se trató de demostrar que el asesinato de Calvo Sotelo había sido planificado con anterioridad por el gobierno de la II República.

Según la declaración de Lorenzo Aguirre Sánchez de 11 de marzo de 1941 para la Causa General, el 29 de junio de 1936, el Director general de Seguridad, José Alonso Mallol, le llamó para pedirle que se cambiase la escolta de Calvo Sotelo, ya que los anteriores serían “demasiado afectos” a éste, sustituyéndola por dos agentes que lo vigilasen. Según dichas declaraciones, Aguirre habría encomendado la tarea al agente José Garriga Patomasón y partidario del Frente Popular, y éste tendría libertad para elegir a su compañero, optando por el policía, también masón, Rodolfo Serrano de la Parte, hecho del que no tendría constancia la brigada de vigilancias políticas.

Según la declaración de Serrano ante los tribunales franquistas de la Causa General, el 2 de febrero de 1942, Aguirre habría transmitido a los nuevos escoltas, en nombre de Alonso Mallol, que en caso de atentado contra Calvo Sotelo, no debían protegerle, solo simular que lo hacían en caso de ser en un sitio céntrico, o rematarle en caso de ser en un descampado y la agresión fracasara. Según la declaración de Joaquín Bau Nolla para la Causa General, las nuevas instrucciones habrían escandalizado a Serrano de la Parte, quien el 7 de julio se entrevistaría con él ya que era íntimo amigo de Calvo Sotelo.

En su libro de memorias, Gil-Robles afirma que Bau habría informado a Calvo Sotelo de que conspiraban para asesinarle, y éste se lo habría comentado a él, quien afirma que también tenía noticias similares sobre su propia escolta. Gil-Robles le habría aconsejado cambiarse de escolta en unas declaraciones de las que presumiblemente fue testigo Ventosa y en las que se advertía que se pretendía dejar impune el asesinato. El día 8 Calvo Sotelo cambiaba de escolta, aunque al parecer no estaría esta formada por agentes de su confianza.

Julián Cortés Cavanillas, ex-vicesecretario general del partido conservador Renovación Española, declaró en su libro sobre la muerte de Calvo Sotelo, que fue a visitarlo el 10 de julio para advertirle de un supuesto plan de asesinato que un agente suyo infiltrado en las filas del PSOE habría descubierto. Julián Cortés afirma en su libro que le pidió a Calvo Sotelo que aceptase una guardia personal de jóvenes paramilitares de su partido, pero que este lo rechazaría porque creía que era inútil, ya que supuestamente veía más probable que lo asesinase el gobierno a que lo hiciese un partido de izquierdas y que los guardias personales no podrían ir armados ya que serían detenidos por los propios agentes de la Policía que le daban escolta.

El 12 de julio de 1936, asesinan a teniente José del Castillo. Auxiliado por el periodista Juan de Dios Fernández Cruz, que casualmente pasaba por el lugar, es trasladado a una casa de socorro cercana donde ingresa cadáver. Clara Campoamor no consideró especial dicho asesinato, al que calificó como un episodio más en la lucha entre radicales que actuaban al margen de la ley. Sin embargo, sí consideró importante que, para vengar su muerte, los compañeros de Castillo asesinasen al jefe de una minoría parlamentaria, algo que hasta entonces no había ocurrido durante la Segunda República. Algunos compañeros de José Castillo, como Fernando Condés, juraron vengarse y organizaron un grupo con el propósito, al parecer, de matar al líder de la CEDA José María Gil-Robles. En una camioneta, y junto a algunos guardias de Asalto, subieron media docena de militantes del PSOE, en su mayoría pertenecientes a La Motorizadamilicia paramilitar de los socialistas madrileños, que no se había integrado en las Juventudes Socialistas Unificadas, y que estaba alineada con el sector de Prieto, a quien daba servicio de escolta. Según la declaración de José del Rey ante los tribunales franquistas, dos de los militantes de La Motorizada que marchaban en la camioneta eran Francisco Ordóñez y Santiago Garcés, “individuos de la absoluta confianza de Indalecio Prieto, a cuya escolta particular pertenecían”, y que luego habrían ocupado cargos de gran responsabilidad durante la guerra, pues Garcés habría sido jefe nacional del SIM (Servicio de Información Militar) y Ordóñez jefe del Servicio de Informaciones del Estado, que tendría a su cargo las labores de espionaje y contraespionaje.

Al no encontrar a Gil-Robles en su domicilio, se encaminaron al de José Calvo Sotelo, líder de Renovación Española, donde Condés encargó a varios guardias y paisanos que vigilasen los alrededores, y seguido por algunos otros penetró en el edificio con una orden de detención falsa del diputado monárquico, a quien pidieron les acompañase a la Dirección General de Seguridad. Su hija Enriqueta, describió una minuciosa y emotiva relación de los hechos, narrando la inicial oposición a la detención (“¿Detenido? ¿Pero por qué?; ¿y mi inmunidad parlamentaria? ¿Y la inviolabilidad de domicilio? ¡Soy Diputado y me protege la Constitución!”) y de como finalmente optó por acompañar a los guardias sin oponer resistencia, entre reiteradas peticiones de su esposa de que no se lo llevasen.

De lo ocurrido a partir del momento en que Calvo Sotelo entró en la camioneta consta en el proceso extraordinario incoado bajo el régimen franquista el relato de un testigo presencial, el guardia de asalto Aniceto Castro, quién se colocó al lado de Calvo Sotelo:

En el banco delantero se sentaron el chofer, el Capitán Condés y José del Rey; en el segundo, algunos paisanos y guardias; en el tercero, que era de espaldas a la dirección, no iba nadie; en el cuarto, el declarante, el Sr. Calvo Sotelo y el guardia del Escuadrón de Seguridad, y, en el quinto, ‘el pistolero’ [Cuenca] y otros paisanos. Se encaminó la camioneta calle de Velázquez abajo, y a los pocos momentos de emprender la marcha, cree fue al llegar al cruce con la calle de Ayala, sonó un tiro, y al momento vio que el Sr. Calvo Sotelo caía hacia la derecha y ‘el pistolero’ esgrimía detrás de él una pistola con la que, indudablemente, había disparado sobre la nuca de aquél. Al instante, vio como ‘el pistolero’ hizo un segundo disparo sobre la cabeza del Sr. Calvo Sotelo, cuando ya éste estaba cabeza abajo. Entonces el guardia del Escuadrón se pasó al asiento de atrás. ‘El pistolero’ exclamó: ‘Ya cayó uno de los de Castillo’, y al mismo tiempo Condés y José del Rey se cruzaron miradas y sonrisas de inteligencia.

Al llegar a la confluencia de Velázquez con Alcalá, les detuvo otra camioneta de Asalto allí apostada, al mando del Teniente Barbeta. Les dejó pasar y siguieron en la camioneta 17 hasta el Cementerio del Este, al llegar al cual el Capitán Condés, José del Rey y algunos otros se apearon, y, tras de hablar breves palabras con dos guardas del Cementerio, dieron orden de apear el cadáver, el que extrajeron de la camioneta entre varios y le dejaron dentro del recinto del Cementerio, bajo los cobertizos, en una acera próxima a la puerta de entrada.

A continuación volvieron en la camioneta sus ocupantes hacia Pontejos. Por el camino dijo el chofer: ‘Supongo que no me delataréis’ y Condés respondió: ‘No te preocupes que nada te pasará’. Cuando pasaban junto a la Plaza de Toros, dijo José del Rey: ‘El que diga algo de todo esto se suicida. Lo mataremos como a este perro’.

Llegado al cuartel de Pontejos, ‘el pistolero’ entró en él, llevando el maletín del Sr. Calvo Sotelo y el comandante Burillo, al verle, le abrazó. Ambos subieron a la Comandancia, juntamente con el Capitán Condés, José del Rey y otros oficiales de Asalto de Pontejos. Algo más tarde vio llegar y subir allí también al teniente Coronel de Asalto Sánchez Plaza.

Aunque la propaganda franquista presentó el asesinato como un crimen de Estado perpetrado por la Guardia de Asalto, lo cierto es que los integrantes de este cuerpo policial no fueron los únicos participantes en el hecho. Fernando Condés, quien parece estuvo al mando de la operación, no era guardia de asalto, sino capitán de la Guardia Civil e instructor de La Motorizada; y el autor del disparo, Luis Cuenca, pertenecía también a La Motorizada, habiéndose distinguido por la protección prestada a Indalecio Prieto durante el mitin de Écija, en que fue agredido por los partidarios de Largo Caballero.

A las ocho de la mañana un personaje cuyo nombre no cita, pero que muy probablemente no era otro que Cuenca, informó al diputado y director de El SocialistaJulián Zugazagoitia, del crimen cometido. “Ese atentado es la guerra”, declaró Zugazagoitia, que llamó inmediatamente a Prieto, que se hallaba en Bilbao, para darle la noticia y aconsejarle que cogiese el primer tren hacia Madrid. A las ocho y media fue el capitán Condés quien llamó desde la sede del PSOE al diputado Juan Simeón Vidarte pidiéndole una entrevista para comunicarle “algo grave, muy grave”. Cuando Vidarte llegó a la sede del PSOE le espetó sin más preámbulos: “Anoche matamos a Calvo Sotelo”. Vidarte, que le reprochó su comportamiento, le pregunto si disponía de un escondite seguro: “Si, puedo ocultarme en casa de la diputada Margarita Nelken. Allí no se atreverán a buscarme. El guardia que le acompaña, como vigilante, iba también en la camioneta.” Condés, quien siguió moviéndose por Madrid con la más absoluta impunidad pese a haber sido identificado fotográficamente en la mañana del día 13 por la mujer de Calvo Sotelo, tuvo también ocasión de hablar con Prieto tras su regreso a Madrid, a quien manifestó que estaba pensando en suicidarse: “Suicidarse –respondió Prieto– sería una estupidez. Van a sobrarle ocasiones de sacrificar heroicamente su vida en la lucha que, de modo ineludible, comenzará pronto, dentro de días o dentro de horas.” El hecho de que tres diputados del partido socialista encubriesen a los autores del asesinato de otro parlamentario y se preocupasen por que pudieran permanecer escondidos, confesándolo sin tapujos en sus memorias, es buena prueba de hasta qué punto la España de 1936 se hallaba muy lejos de la normalidad política. A los pocos días de comenzar la guerra, el 25 de julio, el sumario instruido con motivo del asesinato fue sustraído del Tribunal Supremo, a punta de fusil, por miembros de las Milicias Socialistas.


No te ofrecemos que rogaremos a Dios por ti; te pedimos que ruegues tú por nosotros. Ante esa bandera colocada como una cruz sobre tu pecho, ante Dios que nos oye y nos ve, empeñamos solemne juramento de consagrar nuestra vida a una triple labor: imitar tu ejemplo, vengar tu muerte y salvar a España, que todo es uno y lo mismo; porque salvar a España será vengar tu muerte, e imitar tu ejemplo será el camino más seguro para salvar a España.

En el entierro de Calvo Sotelo, Antonio Goicoechea pronunció un sentido discurso como epitafio a su compañero de partido:

Tras el entierro los congregados trataron de marchar en manifestación hacia el centro de Madrid, y tras haber sido cacheados varios veces por guardias de Asalto fueron tiroteados por las fuerzas de seguridad cuando se hallaban en la confluencia de las calles Goya y Alcalá. Hubo cinco muertos y treinta y cuatro heridos. El capitán Gallego, y los tenientes España y Artal, de la guardia de Asalto, fueron detenidos por atreverse a protestar contra la brutal represión ejercida sobre manifestantes desarmados.

La falta por parte del Gobierno de una reacción enérgica contra los autores del crimen, y la persecución que acto seguido desató contra múltiples activistas de derechas para evitar sus posibles represalias, sirvió para decidir a muchos de quienes aún no se habían acabado de decidir a tomar parte en la sublevación organizada por el general Mola, y entre ellos, según cuenta su primo y ayudante Francisco Franco Salgado-Araujo, al general Franco: “Con gran indignación, mi primo afirmó que ya no se podía esperar más y que perdía por completo la esperanza de que el gobierno cambiase de conducta al realizar este crimen de Estado, asesinando alevosamente a un diputado de la nación valiéndose de la fuerza de orden público a su servicio”.

José Calvo Sotelo – Wikipedia, la enciclopedia libre.

Valle de los Caídos (La leyenda de Cuelgamuros).

Antes de que fuera señalado por la izquierda española como un «museo de los horrores» el Valle de los Caídos era, descontados los museos, el monumento del Estado más visitado de España. Ahora, colocado en el centro de una virulenta polémica política, ha pasado a ser el tercero en el ranking.

Un sábado cualquiera por la mañana. Centenares de personas entran y salen de la Basílica y deambulan por el interior mirándolo todo. Son en su mayoría hombres y mujeres de 30 ó 40 años, parejas con hijos pequeños y veinteañeros con aspectos variadísimos. Rodean el altar sin prestar casi atención a la tumba de José Antonio Primo de Rivera pero deteniéndose todos largo rato ante la lápida de granito en la que pone Francisco Franco. Los mayores de 50 guardan un especial silencio al pasar ante la lápida. Uno de ellos puede incluso que esté rezando. El resto parece sentir sólo una vaga y lejana curiosidad ante lo que tiene delante. Todo esto sucede después de que los monjes benedictinos que guardan el Valle de los Caídos y atienden al culto de la Basílica concelebraran la Misa, todos alrededor del altar presidido por un magnífico Cristo clavado en un tronco de enebro que Franco eligió personalmente entre los que había en el monte y a cuya corta también asistió.

Porque resulta que este impresionante monumento sí que tiene la huella indeleble de Franco. Y no porque el general tenga allí otra presencia que la de sus puros huesos guardados bajo la lápida con su nombre. Tiene la huella de Franco porque fue él quien ideó que hubiera un Valle de los Caídos; fue él quien eligió personalmente el lugar donde había de levantarse el monumento; él quien supervisó directísimamente el proyecto, las obras, las esculturas de Juan de Ávalos –un republicano con carné de las Juventudes Socialistas– y hasta el diseño de la gigantesca cruz de piedra de 150 metros que preside la abadía. Y fue también Franco quien definió su cometido. Por eso es imposible, históricamente hablando, desligar el nombre de Franco del Valle de los Caídos. Ésta es su obra, sencillamente.

Desde 1937, mucho antes de que ganara la Guerra Civil, Franco tenía, según cuenta Diego Méndez, uno de los dos arquitectos del Valle, la obsesión de levantar un monumento con el que «honrar a los muertos cuanto ellos nos honraron». Desde luego, en aquel momento Franco estaba pensando en honrar a sus muertos, a los de su bando. Y eso queda claro en el decreto del 1 de abril de 1940, al año de terminada la guerra, que dispone que «se levante un templo grandioso […] en el que reposen los héroes y mártires de la Cruzada».

Pero 18 años después las cosas ya eran de otra manera. En 1958, un año antes de su inauguración, los gobiernos civiles informaban oficialmente a todos los ayuntamientos que el propósito del monumento era «dar sepultura a cuantos cayeron en nuestra cruzada, sin distinción del campo en el que combatieron, […] con tal de que fueran de nacionalidad española y de religión católica» puesto que se trataba de sepultarles en un lugar sagrado. E invitaban a que, quienes lo desearan, llevaran a enterrar allí a los suyos. La segunda condición para que los restos identificados fueran depositados en Cuelgamuros fue que ello contara con el consentimiento pleno de los familiares. A partir de 1958 empezaron a llegar a la cripta de la basílica las primeras cajas.

Ahora mismo la Basílica cobija en la cripta los restos identificados de alrededor de 35.000 caídos en el frente y en las retaguardias, la mayoría de los cuales, asegura el abad, pertenecen al bando republicano. De los que faltan hasta sumar la totalidad de los restos guardados allí, casi 100.000, procedentes la mayor parte de las fosas comunes abiertas en los frentes de batalla, no se conocen las identidades y sería hoy ya muy difícil su identificación. Esta es la realidad demostrable y documentada de los muertos en la Guerra Civil española que descansan en este Valle de los Caídos, objeto hoy de tan agria polémica.

Por lo que se refiere a los presos políticos que construyeron el Valle, estos son los datos. Durante los casi 19 años que duró su construcción trabajaron allí entre 800 y 1.000 presos políticos, nada de decenas de miles como quiere la leyenda negra divulgada. Nunca acudieron en régimen de trabajos forzados, como dice esa leyenda. Todo lo contrario: para ir a trabajar a Cuelgamuros los reclusos políticos tenían que solicitarlo oficialmente. Porque ocurría que las perspectivas penales, económicas y personales eran mucho mejores allí que en cualquier prisión.

En lo personal, porque los presos fueron autorizados a llevar a sus mujeres y a sus hijos, que se quedaron en muchos casos a vivir con ellos. En lo penal, porque los reclusos políticos podían redimir de dos a seis días de condena por cada día de trabajo. Los primeros presos llegaron a finales de 1942, dos años y medio después de comenzadas las obras, y al terminar 1950 no quedaba ninguno porque todos habían redimido ya sus penas y estaban en libertad. Muchos de ellos, sin embargo, optaron por seguir en el Valle como personal contratado. Y en lo económico porque las condiciones de los presos políticos eran idénticas a las de los trabajadores libres. Cobraban el mismo salario, aunque a los reclusos se les retenían las tres cuartas partes de la paga, un dinero que se les ingresaba en la Caja Postal de Ahorros para entregárselo a sus mujeres e hijos, si los tenían, o a ellos mismos cuando recuperaban la libertad. Cobraban los «puntos» por cargas familiares, las horas extraordinarias y estaban asegurados. Todo esto está documentado, además de avalado por los testimonios directos de quienes trabajaron allí.

Tampoco existieron nunca esos miles de muertos en el tajo que cuenta la leyenda negra ahora revivida y admitida como buena por casi todos. En los casi 20 años que duró la construcción se registraron exactamente 14 accidentes mortales. Y la mayor parte de las víctimas, si no la totalidad, fueron obreros libres que, por razón de la especialización de las tareas, eran la mayoría de los que estaban allí trabajando.

Ni siquiera está claro que Franco quisiera ser enterrado en el Valle de los Caídos, como se sostiene. El único testimonio existente en ese sentido es el del arquitecto Diego Méndez quien cuenta que, durante las obras, Franco le señaló a él un lugar junto al altar mayor y le dijo: «Yo, aquí». Nada más. No existe constancia escrita de este deseo ni nadie lo supo nunca: ningún miembro de su familia, ni tampoco el presidente del Gobierno. En los últimos días de la enfermedad del general, Arias Navarro le preguntó a su hija Carmen exactamente eso, y la respuesta fue «No».

Lo que sí consta es que las obras para acondicionar una tumba al otro lado del altar se realizaron a toda prisa estando el dictador ya irremediablemente enfermo. Consta también, y hay testimonio de ello, que a comienzos de los 70 Franco envió a su mujer a visitar la cripta de la ermita del cementerio de El Pardo, que está adornada por los mismos artistas que participaron en la decoración del Valle de los Caídos. Y consta que en esa cripta había una urna funeraria con capacidad sobrada para dos cuerpos y que, una vez enterrado Franco en Cuelgamuros, esa urna fue retirada. Y, finalmente, consta que allí reposan ahora en solitario los restos de su viuda, Carmen Polo.

Entre tantas conjeturas y tanta leyenda, hay, eso sí, una certeza: la de que el Valle de los Caídos es uno de los pocos lugares de España donde la huella física de Franco existe todavía. Y la de que sólo la destrucción del monumento, estilo Budas de Bamiyán, sería capaz de borrarla.

 

Victoria Prego, El Mundo, 16 de Septiembre de 2006.

Ben-Tieb y el menu de huevos – 19 de Julio de 1924

Caballero legionario, Tte. Luis Saliquet. Melilla, 1923
Caballero legionario, Tte. D Luis Saliquet.Navarro y Alonso de Celada  –  Melilla, 1921

 

Cuando el día de la Pascua militar del año 1924 el jefe militar de Ceuta, General Montero, conocedor de los rumores de una inminente retirada española del Protectorado de Marruecos, pide a los oficiales que están bajo sus órdenes que den su palabra de honor que obedecerán cualquier mandato que se les de, el Tte. Coronel Franco responde que no aceptará ninguno contrario al reglamento militar.

Cuando la noticia llega a los oídos del general y dictador Primo de Rivera, este decide ir personalmente hasta Marruecos para valorar la situación, reclama la presencia de Franco y junto a él revisas las posiciones militares españolas de la zona. Al término de ésta se produce el incidente de Ben Tieb que se relata.

Segun las memorias de Cambo:

Las sucesivas manifestaciones publicas de Primo de Rivera, conocidas sus convicciones de siempre, produjeron en marruecos la creencia firmisima de que el plan del dictador suponía un semi-abandono, una evacuación de buena parte de la zona, un repliegue que rectificaría por lo pronto todos los frentes.

Sanchez de Arco escribe: “anunciar un plan de modificación de linea a la vista misma de las costas africanas era muy peligroso… de áfrica se puede ir cualquiera, pero no anunciar que se va. Fácil era decir: Nos retiramos. Ello era popular. Lo difícil era retirarse sin provocar una catástrofe esta vez, no por flaqueza ni fatiga del instrumento de combate, sino por la disposición estratégica.. Lo mas arriesgado y costoso que podía realizarse  a aquellas alturas era disponer un repliegue. Y lo que ya alcanzaba los lindes de lo temerario era anunciar dicho repliegue.. El anuncio alentaría a los rebeldes, pero sobre todo, haría rebeldes a los sometidos. Porque los moros avenidos con España que, en la retirada, quedarían bajo el dominio de Ab-El-Krim o de El Jeriro, solo obtendrían el favor de estos si se levantaban a tiempo contra los españoles”

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El 10 de Julio de 1924 Primo de Rivera salio de Madrid hacia Marruecos. Quería conoce directamente la situación y abrir camino a su plan: estuvo primero en la parte oriental, en Tetuan, ante el jarifa interino hablo de la reducción al mínimo de la ocupación militar. En un banquete popular afirmo su voluntad de “resolver el problema dignamente, si bien evitar mas derroche de oro y sangre”.

Luego recorrió la parte oriental de la zona acompañado por Sanjurjo. El 19 de Julio de 1924, en el campamento de la legión de Ben-Tieb, jefes y oficiales de esa fuerza y de los regulares, le ofrecieron el banquete que se haría famoso.

la noticia de lo ocurrido en el motivo la detención de 2 periodistas: Victor Ruiz Albeniz y Emilio Herero. Lo ocurrido fue muy duro. Hoy como entonces se impone la distinción  de un lado estaba la convicción sincerisima de los reunidos respecto al desastre de la retirada en la parte oriental de la zona que formaba parte del plan del dictador. De otro lado estuvo la forma en que le hicieron presente la convicción  No es esta la ocasión de reconstruir el banquete de Ben-Tieb a la vista de varios testimonios orales utilizables. Fue muy duro – insistimos – este encuentro del dictador con el ejercito de África  “Lo que si me consta – escribió Calvo Sotelo – es que el general Sanjurjo, que me lo ha contado, paso instantes de trágica preocupación, y con la mano en la culata de su revolver, temió durante unos segundos llegar a verse en la horrenda necesidad de tener que defender  la persona del General (Primo de Rivera). Al marcharse – contó un testigo al autor de estas paginas – Primo de Rivera se volvió hacia el jefe, a quien creía principal responsable del suceso, y le dijo: Muy mal, teniente coronel, muy mal. esto no se hace ni con el jefe ni con el huesped.” Hasta aqui el comedido Cambo.

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Franco enalteciendo a los soldados recién llegados a Melilla con destino a la guerra de 1921 en Marruecos.

El mayor incidente de esta gira se produjo el 19 de julio entre Melilla y Annual, en el campamento de Ben-Tieb en el que tenían su base tres Banderas de la Legión y varios Tabores de Regulares.
Franco había ido a recibir al dictador a Melilla. Sanjurjo, que le acompañaba y conocía demasiado bien el sentimiento de sus camaradas, se mostraba muy inquieto. No se equivocaba.
Cuando Primo de Rivera y su séquito llegaron a Ben-Tieb donde debían ofrecerles un banquete, encontraron el comedor de oficiales decorado con grandes banderolas que proclamaban entre otras cintas tomadas del «Credo del legionario»: «La Legión no retrocede nunca.»
Aunque Franco lo haya desmentido ulteriormente, se comentaba entonces por todas partes que la mesa de honor estaba igualmente adornada con grandes platos de mimbre repletos de huevos frescos y que el mismo menú sacrificado exageradamente al gusto, por otra parte muy pronunciado de los españoles, por este alimento. ¡Hablando de gustos, éste era bastante dudoso! Cuando se conoce la significación vulgar que reviste la palabra huevo, no le resultaba difícil a Primo de Rivera ver en este despliegue insolente una alusión demasiado directa a la deficiencia de sus atributos viriles… . Decididamente el Ejército español podía permitirse bastantes cosas en aquella época. El general-marqués fingió no comprender y sin decir palabra devoró su ración. Luego en una atmósfera extremadamente tensa, llegó la hora de los discursos. Le tocaba a Franco abrir el fuego:

«¡Cuánto hubiésemos deseado», declaró en un estilo bastante ampuloso, «que para esta primera visita de un jefe de gobierno a nuestra Legión, nuestros corazones pudiesen serenamente rebosar alegría!… Desgraciadamente, confesémoslo, una terrible duda invade nuestras almas…»
«Los oficiales de la Legión», prosiguió, «rechazan toda idea de retirada. ¡Este suelo marroquí es para nosotros el suelo mismo de España, pues, lo hemos pagado —y ha resultado costoso— con el precio de nuestra sangre!La política de Franco produjo su efecto. Se oyeron gritos de: «¡Viva la Legión!», e incluso, a lo que parece, un «¡Abajo el dictador!». Primo de Rivera se alzó por fin, y en un silencio cargado de electricidad comenzó a explicar tranquilamente el sentido de las medidas que pensaba tomar.

La campaña de Marruecos se desarrollaría hasta su éxito final, pero los oficiales del ejército de Africa se equivocaban si creían tener el monopolio del patriotismo. No les correspondía discutir la validez de la estrategia adoptada y deberían doblegarse a ella incluso si implicaba repliegues… Contrariamente a lo que acababa de oír, el verdadero honor del Ejército residía, pesase a quien pesase, en una estricta observancia de la disciplina…

«¡Muy bien!…» interrumpió entonces un ayuda de campo del general.
«¡No!… ¡Muy mal!…» replicó el comandante Enrique Varela, el futuro general de la Guerra Civil. El clima era cada vez más tenso.
«¡Qué ese caballero haga el favor de callarse!» gritó el dictador. Y vuelto hacia Franco:
«Había creído conveniente hablarle de hombre a hombre pero me doy cuenta de que es inútil. ¡En estas condiciones, más valía no haberme invitado!»
«No le hemos invitado», replicó Franco, «he obedecido una orden del comandante jefe. ¡Si esto no le resulta agradable, tampoco lo es para mí!»
«Pues bien, debo considerar que el estado de espíritu de este cuerpo de oficiales es deplorable.»
«Era excelente cuando tomé el mando, mi general. ¡Si es “malo” hoy, seré yo el responsable!»
Cuando Primo de Rivera se hubo marchado, todos los oficiales presentes se preguntaban lo que iba ahora a caerles sobre sus espaldas. Franco, cuenta La Cierva, los tranquilizó diciéndoles que podían dormir tranquilamente:
«Yo he provocado este incidente, y yo respondo de sus consecuencias.»
Es posible que, como se rumoreaba en aquella época, consciente de haber ido un poco lejos, y al llegar a la conclusión del divorcio evidente entre las miras del dictador y las suyas, Franco hubiese presentado su dimisión después de aquel incidente. Si así fue, es evidente en cualquier caso que esta dimisión no fue aceptada. Pero el jefe de la Legión estaba demasiado irritado para quedarse ahí.

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“Francisco Franco, la conquista del poder”
Philippe Nourry. Ediciones Jucar. 1976

Ricardo de la Cierva, ofrece la version mas rigurosa, contrastada y fideligna:

EL INCIDENTE DE BEN TIEB 

Para oponerse abiertamente a la política abandonista de los anteriores gobiernos constitucionales y después a la de Primo de Rivera, un grupo de jefes del ejércitode África los generales Queipo de Llano y Cabanellas, el teniente coronel Franco crearon en el verano de 1923 un interesante órgano profesional, la “Revista de Tropas coloniales” de la que Franco fue miembro del consejo de redacción, colaborador y luego director.

En esa revista Franco publicó 29 artículos firmados y algunos editoriales. En el número de abril de 1924 Franco dio a conocer allí el quizá más famoso de sus artículos, significativamente titulado “Pasividad e inacción” con una forma vibrante y una tesis clara: la política de pacificación resulta inútil si antes no son reducidos militarmente los focos rebeldes. El dictador y el Rey leyeron el artículo de Franco, como todo el Ejército de África.

El sábado 1 de julio de 1972 Franco leyó detenidamente los capítulos 5 al 10 del borrador de mi primera biografía, en que se trataban los hechos de 1924. El tema le interesó extraordinariamente y dictó bastantes notas de puntualización, basadas en hechos concretos. Cuando yo calificaba los hechos como gravísimo incidente político puso una cruz señal de atención pero aceptó esa calificación.

Citaba yo a Arturo Barea y a Rafael García Serrano que coinciden en que los legionarios, para la comida que ofrecieron a Primo de Rivera en Ben Tieb, le sirvieron varios platos pero todos confeccionados con huevos. Réplica de Franco:  No hubo tal menú a base de huevos

Negó Franco otras difundidas versiones del suceso y entonces dejó a un lado las notas y dictó, de arriba abajo su versión personal delos sucesos. Dos autores famosos la han aceptado, aunque de forma diversa.

El célebre periodista y académico Luis María Anson me ha dicho muchas veces que se trata de uno de los momentos más importantes de la historia de España en este siglo. El igualmente célebre escritor comunista Manuel Vázquez Montalbán estimó tanto esta versión personal de Franco que la incluyó íntegramente en su libro Autobiografía del general Franco, pero sin la mínima atención de citarme como fuente. He aquí la versión íntegra de Franco:

“En el año 1924 el general Primo de Rivera, que a mi pregunta sobre el desembarco en Alhucemas había contestado que los tiros no iban por ahí y que posiblemente había hecho unas manifestaciones abandonistas, dio orden o instrucciones al alto comisario sobre un repliegue de posiciones en toda la zona. De ello tuve noticia por un oficial de Estado Mayor que había intervenido, lo que dio motivo a una conversación mía con el alto comisario: solamente que esa orden o pensamiento se hiciese publico conduciría a un alzamiento en toda la zona contra nosotros y la gravedad de la situación que crearía a todo el ejército de operaciones que se comprometería en un segundo Annual.

Le dije al alto comisario (general Aizpuru, n. del A.) que pensase que ante una orden tal y ante el convencimiento de que su cumplimiento produjese un desastre pensase en su incumplimiento. El alto comisario me respondió que él había llegado adonde había llegado porque en toda su vida militar solamente había aprendido a obedecer (Franco añadió luego:  se me echó a llorar, n. del A.).

Esta conversación dio lugar a que en la visita del día de Reyes a la comandancia general de Ceuta, el comandante general, Montero, nos pidiese que empeñásemos nuestra palabra de honor de cumplirlas órdenes del gobierno, fuesen las que fuesen. Empezando a continuación a interrogar a los jefes de Cuerpo de mayor a menor antigüedad. Todos fueron prometiendo la obediencia hasta llegar a mí, que contesté que era norma de toda mi conducta la de obedecer a mis superiores pero por la calidad de la pregunta fuesen las que fuesen las órdenes de los superiores me atenía a la respuesta de las Ordenanzas de que en los casos de duda haría lo que me dictase mi honor, que el Código de Justicia Militar asimismo me amparaba en el caso de que se ordenase una rendición que castigan los códigos.

Entonces todos los jefes cambiaron de opinión para manifestar que estaban conformes con mi exposición e incluso el auditor de la región apostilló Y el que se sumase a una rebelión por otro planteada yo me encargaría de meterle en la cárcel con lo cual se disolvió enseguida la región, pretendiendo el general restarle importancia a la pregunta.

El alto comisario lo comunicó al gobierno lo que dio lugar al viaje de Primo de Rivera a Marruecos

. El viaje del dictador se retrasó hasta el mes de julio como hemos dicho y nada más llegar a Ceuta se trasladó al sector amenazado de Uad Lau y revistó cerca de la posición recién liberada de Cobba Darsa a las fuerzas de la columna Serrano, entre lasque figuraba Franco al frente de la quinta bandera del Tercio. Reclama Primo de Rivera la presencia continua de Franco en su séquito. El dictador designa al general Castro Girona como asesor del alto comisario y se embarca para Melilla acompañado, entre otros jefes militares, por los tenientes coroneles Franco, jefe de la Legión, y Luis Pareja, joven jefe del grupo de Regulares de Lara-che, que había seguido una brillante carrera semejante a la de Franco. Los dos se habían comprometido secretamente poco antes a que si el dictador persistía en la retirada general después de su visita, pedirían el traslado a la Península.

Franco visita a los primeros heridos del Tercio, casi todos voluntarios catalanes

El 5 de julio de ese año 1954 Franco enviaba a Pareja una carta en la que persistía en su compromiso, pero pide cautela para que ese traslado no ponga en peligro más grave la situación militar de España en África. El 19 de julio, a bordo del crucero Reina Victoria Primo de Rivera, con los tenientes coroneles Franco y Pareja entre sus acompañantes, realiza su travesía de Ceuta a Melilla. Al día siguiente, 20 de julio, Franco (con Pareja) le acompaña en su inspección al campamento legionario de primera línea en Ben Tieb, donde el dictador pasa revista a tres banderas del Tercio, la segunda, tercera y cuarta, y a los tábores del grupo de Regulares de Melilla.

Los oficiales de la Legión y Regulares admiran el valor de Primo de Rivera, que sin la menor vacilación se ha presentado en el mismo núcleo adversario de su política abandonista. Acepta después el banquete que le ofrece el teniente coronel Franco en el acuartelamiento de la Legión.

El comandante general de Melilla, Sanjurjo, que está perfectamente informado de lo que piensan el dictador y los oficiales de la Legión y los Regulares que se sientan con él ala mesa, ocupa su lugar a la derecha de don Miguel. Casi medio siglo después Franco recordaba con suma viveza lo sucedido:

La verdad es que Sanjurjo y Aizpuru se inhibieron. El almuerzo en Ben Tieb fue por orden de Sanjurjo, quien me ordenó también en él: Franco, ofrezca usted la comida. Esta tenía lugar en un barracón que era dormitorio de la tropa y que se había preparado al efecto. Las paredes estaban llenas de inscripciones tomadas del credo de la Legión y las mandé quitar en la revista que pasé oportunamente, pero quedó una, más difícil de quitar, que estaba sobre una ventana que se refería al espíritu de fiera y ciega acometividad de la Legión. Este letrero que quedó le sirvió a Primo de Rivera después para decir en sus palabras que él lo cambiaría por otro que aludiese a la disciplina como virtud fundamental.

En mis palabras de ofrecimiento de la comida le dije que estas comidas se caracterizaban siempre por una especial alegría y un ambiente de sana camaradería; pero que suponía que no se le había escapado que en esta ocasión no sucedía así porque pesaba sobre la oficialidad el temor de que se llevasen a cabo los planes de abandono. Que si estábamos allí no era por nuestro capricho sino porque así lo habían ordenado los planes del gobierno y los de nuestros superiores. Y que lo mismo que cuando el general (Primo de Rivera) mandaba la brigada de cazadores escuchaba a sus oficiales y les tranquilizaba, yo esperaba que el contacto con las inquietudes de todos los generales, jefes y oficiales tuviera la reacción que siempre había tenido y que los tranquilizaría también. Y que en esa idea sólo podía condensar mis pensamientos en un grito de ¡Viva España! ¡Viva España! ¡Viva España! que continuaron hasta que se quedaron roncos

Primo de Rivera agradeció las palabras amables dando las gracias por la confianza que le merecía y que aquel letrero que había allí lo cambiaría por otro que aludiese a la férrea disciplina

. En el martillo de la mesa había unos coroneles y tenientes coroneles del séquito de Primo de Rivera y cuando estaba diciendo eso, uno de ellos, ante el silencio sepulcral, dijo con voz fuerte ¡bien, muy bien! Y Varela, que estaba enfrente, lo agarró a través de la mesa y chilló: ¡Mal, muy mal! Diciendo entonces Primo de Rivera: ¡Ese señor, que se calle! Acabó entonces el discurso y al sentarse no hubo ni un solo aplauso.

Se levantó entonces violentamente, volcando un poco el café, y nos dijo: Para eso no debiera usted haberme invitado.

A lo que contesté: Yo no le he invitado a usted, a mí me lo ha ordenado el comandante general. Si no es agradable para usted, menos lo es para mi. A pesar de todo he de considerar que es una oficialidad (iba a decir buena pero rectificó) mala. Mi general, yo la he recibido buena. Si la oficialidad ahora es mala, la he hecho mala yo.

Al salir el general les dije a los oficiales que podían dormir tranquilos por el incidente, pues yo lo había provocado y yo respondía de él. Poco después me citó Primo de Rivera en la comandancia general a la una de la noche, pues iba al teatro después de cenar. Cuando yo estaba esperando en el antedespacho entró con el general Aizpuru quien con evidente pelotilla al general me dijo: Lo que ha hecho usted con el general no tiene nombre a lo que le contesté: Lo que no tiene nombre es que me diga usted eso. Primo de Rivera intervino entonces diciéndome: No se preocupe usted. Ha hecho usted bien. Pasé inmediatamente al despacho donde tuve una conversación con él de dos horas, en la que hablé yo casi todo el tiempo.

Poco después, o días después, invitó Primo de Rivera a los oficiales a un acto y dijo que en la visita a Marruecos había aprendido muchas cosas. Que no se haría nada sin consultar a los mandos caracterizados

. El propio Franco, al ser preguntado tras dictar este testimonio si Primo de Rivera le había guardado algún resentimiento por el banquete legionario respondió:

No, era un caballero.

Por lo que después sucedió parece claro que Primo de Rivera y Franco se entendieron durante su larga conversación. El dictador se comprometió a defenderla línea exterior de Melilla, que había demostrado sobradamente su capacidad de resistencia ante los embates rifeños, pero persistió en ordenar la retirada de Xauen porque las largas líneas defensivas intermitentes que garantizaban los accesos a la ciudad interior le parecían indefendibles ante un ejército numeroso, bien armado y bien dirigido como ya era el de Abd el Krim. Los dos interlocutores consiguieron, pues, sus objetivos tras su accidentado encuentro. Quien quedó frustrado fue el teniente coronel Pareja, que regresó a la zona central y tomó de nuevo el mando de su Grupo de Regulares de Larache, encargado de defender la importante posición de Dar Acoba, un cerro desde el que se dominaban los accesos a Xauen, a Uad Lau y el camino de Tetuán.

Pareja pidió destino a la Península y cuando le fue concedido en agosto entregó su mando en Dar Acoba al teniente coronel Emilio Mola Vidal. Franco, tras su satisfactorio contacto con Primo de Rivera, dejó en la estacada a su compañero. El jefe de la Legión actuaba por primera vez no sólo como militar sino como político

El oso Magán y el menú de huevos

Leyenda de la Legión es la de la mascota del cuerpo, que antes que la cabra fue el oso Magán, al que llevaron tres tenientes de la IV Bandera a un baile en el casino militar de Ceuta y el bicho se cagó en mitad del salón y disolvió el festejo. Famosa fue también la cena que Franco ofreció al dictador Primo de Rivera en Ben Tieb el 19 de julio de 1924. Franco era en aquella época teniente coronel y jefe de la Legión y Primo de Rivera estaba considerando la retirada de España de Marruecos y estaba empeñado en reducir el gasto militar. Aunque Franco lo desmintió en 1972, la leyenda cuenta que ordenó servir un menú consistente exclusivamente en huevos para mostrarle al dictador que era eso lo que hacía falta en África y le sobraba a la Legión.

El primer legionario caído en combate fue el cabo Baltasar Queija de la Vega, cuya muerte inspiró un cuplé que acabó siendo himno. Millán Astray dijo su historia de diferentes maneras, adornándola según su estado de ánimo, con lo que probablemente la infló al gusto legionario y le quedó un cuento entre naif y macho que disfrutó de mucho predicamento. Baltasar Queija de la Vega nació el 21 de mayo de 1902 en Minas de Riotinto, en Huelva, y se alistó en el Tercio Duque de Alba después de reñir con su novia. Le destinaron a la II Bandera el 9 de octubre de 1920 y ocupó plaza en Tetuán, en una guarnición acechada por el moro. Cuando llevaba poco tiempo en el campo recibió una carta de casa en la que le decían que su novia había muerto. Tenía prestigio de bravo y, sin embargo, lloró y le dijo a Millán: “Mi teniente coronel, ojalá que la primera bala que se pierda sea para mí”. No se sabe el criterio por el que Dios se rige a la hora de conceder las plegarias pero al cabo Queija se la atendió y la noche del 7 de enero de 1921, una bala de la cabila le mató cuando su escuadra replegaba la posición hacia los cuarteles del Zoco el Arbaá de Beni Hassán, al sur de Tetuán. El cabo Queija no rindió su arma al moro y la conservó, y en el bolsillo de su guerrera encontraron un poema que había escrito glosando a la Legión: “Somos los extranjeros legionarios/ El Tercio de hombres voluntarios/ Que por España vienen a luchar”.

Un relato de Krasni Bor. Los Españoles contra el comunismo.

Para aquellos que no sienten vergüenza de haber sido el primer país en oponerse y derrotar al comunismo.

El 10 de Febrero de 1943, los voluntarios falangistas de la División Azul libraron el que fue, sin duda, el combate más encarnizado protagonizado por soldados españoles en todo el siglo XX. Ese día, en el sector del Frente de Leningrado 4.500 españoles neutralizaron la ofensiva de todo un ejército soviético que atacó con 44.000 hombres, 100 carros y 800 cañones.

La relación de bajas da una idea de la brutalidad del choque: 2.253 bajas españolas y 11.000 bajas soviéticas.
La ofensiva estalinista fracasó quedando el frente estabilizado durante un año más.

“Si en el frente os encontráis un soldado mal afeitado, sucio, con las botas rotas y el uniforme desabrochado, cuadraos ante el:  es un héroe Español.”

 General Jürgens. Comandante General del XXXVIII Cuerpo de Ejército de la Wehrmacht – Heer

La batalla de Krasni (o Krasñi) Bor apenas era recordada más que por algunos especialistas y aficionados a la guerra de Rusia, pero tuvo importancia extraordinaria, ya que evitó a los alemanes un segundo Stalingrado, gracias a la División Azul. Últimamente  la DA ha sido objeto de varios estudios, como el de Salvador Fontenla sobre la batalla citada, y también de novelas, entre ellas la de Blanco Corredoira, la de Prada y la mía Sonaron gritos y golpes a la puerta. He aquí un relato relacionado con el choqu de Krasni Bor. Es algo largo pero creo que vale la pena:

“Cuando llegaron los otros tres camiones, un suboficial me dio varias voces haciéndome señas desde uno de ellos. Era Tomatito que me indicaba que subiese a su camión. Como mi mochila se había quedado en Villarelevo (Viarlevo) tenía poco bagaje y salté de la caja de mi camión subiendo al del suyo en el que estaban solamente él y cuatro alemanes. Después de abrazarme, se entristeció cuando le comuniqué la muerte de Santillana. “Joder, Pepe, yo me fui con los otros porque un Alférez me dijo que mi compañía había sido enviada a reforzar a los del 263 en el margen del Ishora y que íbamos a ir hacia allí. Luego resultó ser la 1ª y la Sección de Aslto los que estaban. Joder, Pepe, nunca había visto tantos muertos juntos, ni sumando todos los combates en los que había participado desde la Campaña Española”, me dijo on la cara pálida como si fuese un muerto más de los que él hablaba. “Dicen que más de siete o más rusos por cada español y ya llevábamos contados más de mil de los nuestros, Verato, para, llorar”.

“Varios SS alemanes subieron a los camiones. Al nuestro subió un cabo segundo con su máquina (ametralladora) MG-34 que empujó a Tomatito sin miramientos y se fue al fondo levantando una buena porción de la lona del techo. Sujeté a mi amigo que se levantó con cara de mala leche, no estábamos para borncas.

“Dos horas después caímos en una emboscada rusa. En nuestro camión, un soldado alemán murió, pero los SS se portaron y los partisanos también llevaron lo suyo; cuando asistimos como pudimos a los heridos y reanudamos la marcha, ya cerca de Viarlevo, tuvimos la mala suerte de toparnos con dos aviones Yak-3 que no nos dieron tiempo a descender de los camiones y ocultarnos entre los árboles. Cuando terminó el bombardeo del primer avión, a mi alrededor solamente había sangre y humo, no veía a Tomatito e intenté buscarle, pero los aviones rusos estaban dando la vuelta y corrí a la arboleda. Desde otro camión alguien respondió a los aviones con una ametralladora, fue entonces cuando el segundo avión disparó su cañón ametrallador y soltó su bomba sobre nosotros, sentí cómo todo se oscurecía más de lo normal a mi alrededor y mis oídos dejaban de sentir el menor ruido, cuando pude recuperarme del golpe me encontraba a diez metros de mi camión que estaba destrozado; toda la nieve alrededor estaba llena de rosetones de sangre y cuerpos destrozados. Oí un grito de angustia y caminé como pude hasta el otro camión, el que había respondido a los aviones. Parecía tener menos desperfectos pero también estaba lleno de muertos. Vi a un muchacho español y me acerqué a él, justo a tiempo para ver en sus ojos su última luz de vida y cerrárselos. Un SS, casi un niño, me agarró del bajo del capote y me pidió ayuda con la mano levantada, me acerqué a él y le cogí la mano, pero no la tenía levantada hacia mí; se trataba de un brazo clavado en la nieve a su lado, no era su brazo sino de cualquier otro soldado que lo había perdido en el ataque; me agaché al lado del alemán , me dijo “bitte, helfen si mir,Feldwebel”, algo así como “ayúdame, Sargento”. Tenía un agujero espantoso en el pecho y apenas  le coloqué la cabeza sobre una de las mochilas, se fue sin ningún ruido. Le hice la señal de la cruz en la frente y recogí su subfusil MP-40 que estaba a su lado sobre la nieve.

“No veía a los del 263 y pensé que su camión debía de ser uno de los dos que escaparon a los aviones. Oí voces pidiendo ayuda en español detrás de los restos de mi camión, me acerqué y vi a Tomatito , ¡me había olvidado de él! Se encontraba en el centro de una zona de nieve teñida de rojo, y al verlo me hundí en un pozo de tristeza; el pobre montañés había perdido una pierna cuatro dedos por encima de la rodilla tenía un gesto horrible, enloquecido por el dolor. Le quité el cinturón y le até el muñón del muslo con fuerza hasta que dejó de salir sangre. ¿Dónde estarían los otros dos camiones? Me puse a gritar, chillando con insistencia, para que alguien me prestase ayuda pero, o no había nadie cerca o tenían otros heridos entre las manos; miré otra vez la pierna de mi compañero y volví a llamar pidiendo ayuda a cualquiera que pudiese oír, pero allí solamente había gente en mal estado, alemanes y españoles. Tomatito me tiró de la manga. “Deja de chillar, Verato, que me vas a dejar más sordo de lo que me ha dejado ese puto avión”. Me dijo con una voz ronca y silbante que nunca le había oído. Le dije que sí con la cabeza y di una vuelta para comprobar que los únicos tres españoles, además denosotros dos, ya no vivían, y que los alemanes parecían encontrarse en las últimas, o muertos. Como no podía atender a todos me decidí por Tomatito que para eso era español y nos conocíamos desde lo del campamento en Grafenwöhr. Mierda de fortuna que lo ha hecho salir vivo del infierno de estos días para golpearlo cuando se dirigía a su casa. Me lo cargué a la espalda hasta llegar a una isba abandonada que estaba próxima y allí cogí una carretilla de las de transportar heno, donde lo deposité

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“Volví a los camiones para recoger todos los capotes que pude de los cuerpos de los cadáveres ; y retrocedía hacia la casa cuando me acordé de las ametralladoras de los alemanes, por lo que me acerqué a comprobar su estado, la de mi camión se encontraba bajo dos cadáveres, y estaba retorcida. “Tú, amigo, ya no empujarás a nadie”, le dije al cadáver del cabo SS que había empujado a Tomatito; y me acerqué al otro camión. Allí si que había una máquina en condiciones, era una de las máquinas nuevas, una MG-42 que comprobé, cargué con una cinta llena y la trasladé al carro donde estaba mi amigo, a quien cubrí con todos los capotes. Intenté tirar del pequeño carro, pero las ruedas estaban soldadas al hielo y yo tenía pocas fuerzas.

Estaba a punto de desistir cuando una mano me tocó el hombro, era un sargento alemán que por señas me dijo que lo dejase a él y apuntó su MP-40 al suelo y disparó varias ráfagas alrededor de cada rueda, luego me indicó por señas que él se encargaba de uno de los lados de la lanza. Tiramos y conseguimos arrancar las ruedas, me volví para darle las gracias y lo reconocí, del campamento, era un hombrón alto y muy fuerte. De intendencia, el que nos había dado los equipos cuando llegamos y al que sus compañeros apodabanGoffhi en Grafenwöhr, qué casualidad que los tres que allí estábamos habíamos coincididoen el campamento. Pude ver que tenía la otra mitad de la cara, la que yo no había visto, totalmente abrasada; le pregunté por señas cómo estaba y se encogió de hombros con un gesto de dolor, miré su brazo y me percaté de que la manga de su capote estaba llena de sangre que le corría por la mano hasta el palo de la carreta, le indiqué su brazo y volvió a encogerse de hombros.

  “Me ayudó tirando del caro por un camino helado durante una hora, hasta que cayó de rodillas y comprendí que estaba agotado por las heridas, por lo que le tanteé hasta que hizo un gesto de dolor al tocarle el hombro; le abrí el capote y la guerrera y pude comprobar que tenía un fuerte desgarro en la zona interior del brazo, por debajo del sobaco, que había dejado de sangrar. No podía dejarlo allí, y menos después de haber intentado ayudarme, así que decidí echarlo en el carro junto al otro. Pero era más fácil decirlo que hacerlo, pues yo soy bajo y aquel gigante me sacaba dos cabezas, pero lo conseguí. Ahora aquello pesaba una tonelada, pero tiré del carro sin pensármelo dos veces. Pude avanzar así ciento cincuenta o doscientos metros, me crucé con una ambulancia alemana a la que hice señas, pero no me hicieron caso y pasaron a mi lado casi atropellando el carro, y de tal forma que tuve que tirarme fuera del camino. Juro a Dios que me faltó muy poco para no soltarles todo el cargador de mi pistola ametralladora MP-40.

“Continué con mi carga hasta que llegó la noche de la continua noche en que estábamos metidos, entonces saqué el carro del camino y me introduje en un pequeño bosque, los bajé a los dos poniéndolos bajo el carro y luego los cubrí con los capotes, arranqué ramas y tapé todo el carro con ellas como abrigo, pero también para ocultarlo a cualquier partida partisana; luego eché algo de nieve por encima de todo y me metí debajo del refugio entre los otros dos. Ahora estoy aquí bajo el carro, con un frío que me hiela la sangre y con dos hombres que ya están llamando a San Pedro. (…)

(El relato lo completa al llegar a Viarlevo, un día después)

 “Apenas pude dormir entre los gemidos de los heridos y el frío que me hacía crujir los huesos cuando me movía. De madrugada, cuando la oscuridad se convirtió en penumbra, salí de debajo del carro, encendí un buen fuego y los coloqué alrededor, ya daba igual que nos decubriesen o no las partidas de partisanos; mantuve la lumbre hasta que, cuando ya la luz comenzaba a filtrarse entre los árboles, nuestros capotes comenzaron a echar un humo que no era el de la humedad al evaporarse. Entonces volví  a subirlos al carro y lo saqué otra vez al camino por el que continué como pude con mi carga, unas veces tirando de ella, otras veces empujándola otro centenar de metros, hasta que unos gritos desaforados me hicieron detener la marcha para ver qué sucedía a Tomatito. Su pierna herida tenía muy mal aspecto y olía muy mal, la temperatura había descendido bastante pero él ardía y no me gustaba nada el color de su carne. Lo bajé del carro y me senté en el suelo con su cabeza en mi pecho, lo abracé para darle algo de calor, y sus gritos fueron decayendo en intensidad. Su mano tanteó hasta encontrar la mía y ahora su voz era casi inaudible, me indicó que me acercase a su boca y me dijo que mirase en la lata de la máscara antigás. Abrí la tapa y no me sorprendí al ver que menos la máscara debía de haber de todo. Saqué un paquete envuelto en trapos con sus condecoraciones y una cartera. “Pepe, esto es para mi madre, dile que la quiero”, dijo cuando se lo mostré . Luego dijo que mirase más, lo que hice encontrando unos calcetines y una caja de cartón como las utilizadas para guardar pañuelos y entonces volvió a hablar. “Para ti, Verato”, dijo con un hilo de voz, entregándome la caja con manos temblorosas. Yo le dije que no quería nada, sin saber qué era lo que contenía la caja, pero él me dijo que no, moviendo la cabeza con sus ya agotadas fuerzas. “Es para ti, una cruz vieja, al fin de cuentas me la encontré escondida en un hueco de la casa de Yuri, el padre de la rusa guapa; no creo que tenga ningún valor, pero es un bonito recuerdo”, dijo, y con la otra mano se agarró a los solapones de mi capote. “No me dejes para los lobos, Verato, por tu madre. Ya no siento ningún dolor, solo un frío que me está durmiendo el alma. Cuando muera, reza un Padrenuestro por mí, y entiérrame si no puedes llevarme”, dijo con mucho esfuerzo. “Abrázame, amigo, adiós, te veré en el cielo de los españoles”. Fueron sus última palabras. Me mantuve abrazado a él llorando como un niño, había visto miles de muertos y presenciado todo tipo de espantosas muertes, pero ninguno me había dicho como aquel tiarrón tan grande como una casa, que después de abrazarlo rezase por él y lo enterrase; ni siquiera pude hacerlo con el bueno de Santillana, tan religioso él.

  “Pero no lo enterré allí, en pleno bosque nevado, decidí continuar y pocos minutos después oí el ruido de un motor, cogí del carro la máquina y me dispuse a pararlo, me daba igual que fuese alemán o ruso, la herida de mi pierna estaba abierta y me pareció que se estaba volviendo a congelar; ya llevaba el pie a rastras y no estaba dispuesto a dejar pasar otra oportunidad. Era un coche pequeño, de los alemanes, uno de esos Kübelwagen que detuve amenazando con la MG-42 que ya me pesaba como el diablo. El conductor era un cabo y a su lado iba un teniente de segunda del “Jía” (Heer, el ejército de tierra). El cabo comenzó a protestar a gritos con una retahíla de la que no entendí casi nada y aumentó las luces del coche, pero el oficial lo hizo callar con una seca orden. Me miró la manga y al fijarse en los colores de la bandera de España en mi brazo preguntó: “Was geht, Feldwel?” Y entendí que había dicho ¿qué pasa, sargento? Yo le señalé la carga del carro. Entonces el oficial, sin hacer caso del arma, bajó del vehículo y tras mirar lo que ocultaban los capotes, él mismo, sin ayuda de su conductor, me ayudó a cargar al sargento alemán y a Tomatito en su coche. Luego nos llevó hasta el Batallón de Repatriación, donde entregué el cuerpo de mi amigo y compañero al Páter (…) Solo me quedé con la cruz que me dio y que dijo que había cogido de la casa de Anya (…) Esta misma noche un Comandante alemán con el unoiforme negro de las unidades de carros, acompañado por el segundo teniente que nos trajo en su Kübelwagen y de otro soldado, se ha presentado en el barracón donde me alojo y después de cuadrarse y saludarme con exagerado respeto me ha hablado en alemán que el otro soldado iba traduciendo (…) Me ha dado las gracias por haber salvado la vida de su sobrino, el Sargento Lutz Von Gloeckner, ese al que llaman Goffhi y que se pondrá bien gracias a mí; que siempre su familia estaría en deuda conmigo”

Reproducido en el boletín “Blau División” de este febrero. El autor es José de la Iglesia Parras, que había sido de las Juventudes Socialistas, habiéndose pasado a la Falange en 1936 y escribió un diario, como hicieron otros divisionarios . Él y sus amigos “Tomatito” y “Santillana” debían volver a España desde el pueblo de Viarlevo, al que llamaban “Villa Relevo”, pero fueron movilizados de nuevo en el último momento, debido a la ofensiva rusa por Krasni Bor. José de la Iglesia sobrevivió.

Un relato de Krasni Bor | Intereconomía | 935864.

Imagen del cuerpo del teniente general Quintana Lacacci, heroe de la Division azul, asesinado a traicion,  cobardemente y por la espalda en Madrid por 2 pistoleros marxistas de ETA. Triste fin para un hombre valiente.

Barcelona recibe emocionada a los heroes de la division azul.