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Memorias y Confusiones: La nueva imagen de Ibiza, Palma 1974 – Mariano Planells

En Última Hora (Palma de Mallorca) me entrevista Toni Torres y quizás llevado por la exuberancia de mi atuendo hippy de Ibiza titula con entusiasmo: Mariano Planells, la nueva imagen de Ibiza. En realidad es totalmente cierto que Ibiza esta conformando una nueva imagen en el exterior, y muy poderosa. Y es cierto que yo contribuí con mis libros a que Ibiza dejara de ser un reducto olvidado sometido a un caciquismo atroz, después de una guerra civil que fue espantosa. Pero no fue mi imagen personal sino mi trabajo lo que se proyectó de mil formas y lo que llegó a obtener una extraordinaria popularidad.

Reproduzco la entradilla de la entrevista, donde casi todo es cierto, en especial lo de polémico y lo de egocéntrico, y eso me salvó de morir tragado por los lobos. No me tragaron y muchos todavía no me han digerido, pero con el tiempo he mandado una carta de dimisión -o de discreción- a mi ego. Como dice Pániker, pasados los cuarenta años, hay que desprenderse del ego. Pero hacerlo antes, sería suicida. La entrevista es con motivo de mi primer librito sobre el pintor ibicenco Vicente Calbet, en 1974. Como dice Toni, tres meses después, me incorporaría a filas con destino al Aaiún, en pleno proceso de descolonización.

Publico estas dos fotos porque no tengo otras copias. Para mi son un pequeño documento de la época. Un tiempo después, a comienzos de los años 80, Toni Torres desapareció en el mar con su velero. Salió de Ciudadela con destino a Mallorca. Nunca llegó. MP ***

Presentación. Anuncio del 30 de junio de 1974 en Diario de Ibiza Quince días antes habíamos culminado la edición y la presentación del libro o catálogo (lo que ustedes gusten) de Vicente Calbet -al que unos años más tarde los catalanistas rebautizarían como Vicent, Vicenç en Mallorca; lo cierto es que en Ibiza decimos Vicent. Por cierto los catalanistas de hoy, muchos de ellos conversos y neofanáticos a la causa catalana, harían bien en anotar que este anuncio de la presentación quizás sea el primero que se ha publicado jamás en catalán en la isla, al menos a este tamaño (media página). Predominaba el castellano, lo cual no era óbice para se publicara a voluntad en catalán. Hoy podrían tomar nota y dejar en paz a la gente, que cada cual escriba como quiera o como le convenga

Origen: Memorias y Confusiones: La nueva imagen de Ibiza, Palma 1974

Cáñamo | Memorias de Ibiza (V)

Memorias de Ibiza (V)

ANTONIO ESCOHOTADO

Pensador, ensayista y profesor universitario español. Obtuvo notoriedad pública por sus investigaciones acerca de las drogas, y son conocidas sus posiciones antiprohibicionistas.

Antonio Escohotado junto a su primera esposa Cristina Álvarez de Lorenzana, su hijo Román, la francesa Dany (con su hijo Cedric en brazos) y Daniel, su primogénito, en la puerta de la casa payesa de Can Sala.
Antonio Escohotado junto a su primera esposa Cristina Álvarez de Lorenzana, su hijo Román, la francesa Dany (con su hijo Cedric en brazos) y Daniel, su primogénito, en la puerta de la casa payesa de Can Sala.

Dejé el relato en la primera parte de la robinsonada, un 31 de diciembre de 1970, tras desembarcar en una casa payesa cochambrosa por dentro, cuando una chimenea traidora y una tromba de agua conmovieron el plan de empezar una vida en la dirección del explorador, tras un lustro de funcionario en el ICO con un firmamento espiritual donde Sartre y Guevara se alternaban como estrella polar. No sé qué exigua proporción aprovechó entonces lo simultáneo del Mayo francés y los festivales de rock para tomar partido por lo segundo, aunque fuimos más de uno y quizá la mayoría terminamos en Ibiza, trocando la casaca de Robespierre por el taparrabos de Tarzán, al sentir de una forma u otra que la revolución no pasaba por cambiar la vida del prójimo sino la propia. Fuese como fuese, mi proyecto revolucionario incluía un primogénito de ocho años a la sazón, con el que iba a celebrar la llegada de 1971 en términos pacíficamente heroicos –tras habilitarnos el austero confort reservado a las gentes de frontera–, aunque la distancia entre aspiraciones y logros estuviese a punto de abrirse como la boca en un bostezo, ofreciendo una película independiente de su guion.

Nuestro gozo se fue al pozo básicamente porque de todas las casas rústicas que conozco ninguna ignora las debidas proporciones entre plato y tiro, y la ley de Murphy –según la cual todo irá del peor modo imaginable si no atamos cada cabo– nos metió justamente en la única casa chapucera aquella noche de temporal. También cabía la posibilidad de que algo bloquease el tubo, aunque estaba fuera de cuestión subirse al tejado para inspeccionar entre tinieblas y chuzos. Las cenizas volátiles de cualquier chimenea rebotan un momento mientras caldean su paso, pero aquella era una hija de su madre que soltaba humo como un carburador desajustado, y en pocos minutos toda la parte alta del cuarto era una nube parda. Apenas alivió darle una corriente de aire exterior a través del pequeño y único ventano, que en vez de tener cristal se cerraba y abría con una rústica puertecita de madera, y por ella se coló poco después una ráfaga de viento lo bastante furiosa como para apagar casi todas las velas y parte de los quinqués, mientras la lluvia arreciaba con rumores de trueno. De hecho, no había tenido tiempo para recoger los folios y calcos desperdigados cuando nos deslumbró un rayo lo bastante cercano como para no sonar a trueno sino a desgarradura del cielo y la tierra, añadiendo al humo el olor punzante del ozono.

Era el momento de abandonar aquella penumbra fría y a la vez sofocante, usando el coche para salir en busca de algún hotel o pensión, y todavía no entiendo por qué resistí la tentación. Supongo que pesó la pereza de ponerse a buscar un nuevo refugio en plena noche, desconociendo por completo la isla, aunque quizá fue más fuerte mirar la cama con sábanas nuevas que nos habíamos montado frente a la chimenea, y el proyecto de cena triunfal en el seno de una naturaleza domada y a la vez respetada, como la que rodea al explorador cuando monta su campamento en torno a una hoguera. El chico me tomó de la mano, sin decir palabra, y puedo recordar lo siguiente como si hubiese sido ayer, porque el amor filial nos sostuvo en el trance extraño y ambiguo, a él sacando arrestos de la confianza en su viejo, y a mí con la resolución de cuidarle sin echar a perder la aventura.

–¡Maldita sea!, ¿seguimos peleando?

–Como te parezca.

Su respuesta tardó lo bastante como para sugerir un mar de dudas, y otra cosa me habría inquietado por temeraria. Sin embargo, bastó volver a prender las velas y quinqués recién apagados para devolverle al recinto la calidez que regala ese tipo de luz; ningún rayo volvió a caer remotamente tan cerca, y lo absurdo del caso –un recinto gélido donde solo nuevas corrientes de aire frío mantenían el humo a raya– empezó a mitigarse cuando la conversión de los troncos en brasas mermó su tasa, y la condenada chimenea empezó a irradiar lo que debía en vez de aire irrespirable. La leña de algarrobo se reveló casi tan noble como la de encina y olivo, convirtiéndose en carbones de llama azulada, y el problema técnico de evitar nuevas nubes con cada recarga fue solventándose con abrir entonces un rato la gran puerta de doble hoja.

Cristina y Antonio, un 24 de julio de 1964, un poco antes de la revolución sexual
Cristina y Antonio, un 24 de julio de 1964, un poco antes de la revolución sexual.

Seguía siendo ridículo, desde luego, pero ya no temblábamos de frío, y volvió la idea de reorganizar la cena contando con la condición impuesta por la humareda, que dejaba metro y medio respirable y una capa cada vez más asfixiante hasta el techo. Había esperanzas de que su densidad fuese decreciendo, o al menos no aumentando, y movernos agachados de allá para acá permitió acabar sentándonos sobre cojines frente al fuego, y sustituir los previstos huevos fritos con patatas por algunas latas que supieron a gloria: de primero maíz el Hombre Verde, y de segundo calamares en su tinta. Me consoló ver que el rostro del chaval se iluminaba con la humilde pitanza, y aunque no suele faltarme capacidad para improvisar bromas, ni una sola de las que se me pasaron por la cabeza pareció oportuna, y solo ocasionales “qué rico” de Daniel jalonaron el silencio de aquella cena, donde me abrumaba lo cutre y mediocre de nuestra circunstancia. Quería disculparme por esa mísera Nochevieja, pero habría contribuido a su sensación de desamparo en vez de mitigarla, y preferí ni mirar el reloj ni recordarle la fecha.

Era más bien hora de meternos juntos en la cama improvisada –por supuesto, con parte de la ropa puesta, incluyendo el pantalón–, donde las emociones y la energía desplegada desde primera hora de la mañana no tardaron en rendir al muchacho. Tras apagar unas luces y reducir otras, me quedé algunas horas insomne, contemplando la pequeña montaña de brasas que finalmente nos había permitido entrar en calor, y no tardaron en oírse las breves carreras de una o quizá más ratas, último toque siniestro de la aventura comenzada con tan mal pie. Ibiza se había mostrado arisca, y al despuntar la mañana vimos que había dos dedos de nieve, algo lo bastante anómalo como para no repetirse en las dos décadas siguientes.

Un cielo sin rastro de nubes derritió enseguida la escarcha acumulada sobre el coche, nuestra más flamante pertenencia, y me aseguré de que la próxima noche sería confortable alquilando un apartamento en San Miguel de una senecta dama alemana, viuda del doctor Oetker y administradora de sus famosas y nutritivas papillas. Nunca más me iba a pillar desprevenido el frío, y cuando pude hacerme con la primera casa payesa en condiciones instalé una estufa noruega de hierro colado que sería la envidia de todos, y permitió pasar los inviernos en camiseta, como tan insensatamente había prometido a mi chico el primer día. Para entonces traducía como una ametralladora, rondando las diez holandesas diarias, y en los siguientes trece años cayeron unos cuarenta libros, que daban para vivir con relativo desahogo la bohemia elegida. Tardé unos seis meses en conocer a las primeras personas fascinantes y frecuentar La Tierra, el bar más sensacional de cuantos haya visto, donde era raro no ligar amistosa o carnalmente, y poco a poco entré en los círculos que abastecían a la tribu de sus alimentos espirituales.

Una noche de luna llena en junio fui capaz por primera vez de copular en plena subida de ácido con una joven dama a quien acababa de conocer.

Hacia 1975 la isla alcanzó quizá el pináculo de su madurez, y una noche de luna llena en junio fui capaz por primera vez de copular en plena subida de ácido, en un aprisco perdido sobre los altos del valle de Morna, cerca de San Carlos, con una joven dama a quien acababa de conocer, sellando con la experiencia casi veinte años de amor apasionado. Cinco años antes, al dejar Madrid, solía justificar la aventura ibicenca por la asignatura pendiente de una “revolución sexual”, aunque para entonces esa extravagancia se había convertido en una especie de mano invisible que reunía a unos pocos centenares de personas, convencidas de que buscarse a sí mismo pasaba por combinar ese empeño ético con desobediencia civil ante el atropello de la Prohibición. Casi todos nos conocíamos más o menos de cerca, y que La Tierra hubiese perdido su alma con la marcha de Eileen, la dueña, fue una de las razones para abrir un bar en el campo con equipo para hacer música en vivo, donde siguiésemos viéndonos, y así nació Amnesia, una criatura de 1976. Una serie de casualidades me convirtieron en director y primer accionista del invento, pero unos meses como empresario del sector sobraron para entender que era incompatible con seguir estudiando y escribiendo, y me di por contento con recuperar el dinero puesto al comienzo.

Mucho más acorde con la vocación era entrar en la UNED, donde pude ser profesor a distancia hasta febrero de 1983, cuando el periódico de mayor tirada puso mi nombre bajo el titular “El catedrático de Ética es un traficante de droga dura”, y di con los huesos en la cárcel, para empezar con un trimestre de prisión preventiva. Se me imputaba dirigir una mafia hippie monopolizadora del negocio en la isla, cosa halagadora para quien había llegado allí queriendo contribuir como fuese al rechazo de la Prohibición, pero nada compatible con ser el padre de cuatro hijos o siquiera seguir viviendo, y el embrollo terminó con un año de vacaciones humildes aunque pagadas en el penal de Cuenca. Por fortuna, llevaba tiempo investigando la materia, y antes de cumplir estaba en las librerías el mamotreto llamado Historia general de las drogas, que me sacó de pobre al convertirse en obra de referencia. Muchos decidieron entonces que tenía razón acusando a la policía de montarme una trampa, cuyos amenos detalles quizá cuente algún día. Aquella etapa en una mal llamada celda de castigo –cuando se trata más bien de un cuarto tan incomunicado como conviene, dada la compañía disponible– fue una de las mejores en toda mi vida, porque oponer las armas del entendimiento al arsenal del energúmeno resultó un gustazo cotidiano.

Quizá la tenacidad paciente empezó a templarse durante la Nochevieja de 1970, cuando todo salía rematadamente mal y el gusanillo de la conciencia sugería retirada, volviendo al ICO y a la condición de intelectual transgresor sin necesidad de romper un plato, como los literastas. El humo, el frío y las ratas, sin olvidar el apoyo del primogénito, contribuyeron a algo tan poco frecuente como cambiar de rumbo en mitad de la travesía, crucial para quien solo podía encontrarse no separando la aventura y el proceso de acumular conocimientos. Eso lo sé ahora, cuando se acerca el medio siglo de aquello, y bendigo vivir estudiando la mayor parte de cada día, con la euforia de quien tiene la libido puesta en un objeto tan fiel e inmortal como el devenir de esto y aquello, qué pasó aquí y allá. Descubrí que lo imaginario nunca se acerca en audacia e inventiva a lo real, y aquella noche me puso en camino hacia la escritura donde sobran casi todos los adjetivos, comprendiendo que nombres y verbos son suficientes para describir. Las ristras de epítetos quedan reservadas a profetas, propagandistas y demás embaucadores, todos volcados en evitar que el lector saque sus propias conclusiones de la información disponible.

Origen: Cáñamo | Memorias de Ibiza (V)

Memorias de Ibiza (IV) – Antono Escohotado / Cáñamo

Memorias de Ibiza (IV)

ANTONIO ESCOHOTADO

Pensador, ensayista y profesor universitario español. Obtuvo notoriedad pública por sus investigaciones acerca de las drogas, y son conocidas sus posiciones antiprohibicionistas.

Ibiza, 1960. Una sociedad apartada del circuito comercial y cultural.
Ibiza, 1960. Una sociedad apartada del circuito comercial y cultural.

He estado varias entregas sugiriendo al lector aspectos rara vez mencionados, sin omitir tampoco algunos de los repetidos ad nauseam –como ir ligeros de ropa o pasados de pastillas–, y supongo que el caso estrictamente personal puede contribuir también a la ilustración, con datos directos e indirectos, sobre lo misterioso en última instancia del lugar, una sociedad apartada del circuito cultural y comercial hasta los años setenta. Su endogámica comparsa desconfiaba como pocas del foraster, sin perjuicio de necesitarle para salir de una miseria sobre todo física y espiritual, cuando llenar los montes de terrazas apenas daba para ir tirando en términos nutritivos.

Mi primogénito Daniel y yo llegamos a Valencia en un flamante R-12 al atardecer del 30 de diciembre de 1970, y cuando lo tuvimos metido en el transbordador aproveché para presentarle el mar, que no veía desde la primera infancia. Aquí tienes la inmensidad sin sombras, creo haberle dicho, mientras miraba desde cubierta la extensión oscura punteada por luces tenues y móviles, tan distintas del haz regular proyectado por dos faros. Con ocho años y medio, absorbía boquiabierto la novedad de dejar Madrid y el pijo colegio de Los Rosales por la aventura de reencontrar la naturaleza –¿qué querrían decir con eso los mayores?– en una isla perfecta para quienes buscaban una alternativa al asfalto y la aglomeración, todo ello tan difuso también como la trigonometría o el Tíbet, cuando lo único capital y tangible era ver dividida a la familia. Mientras él y su jefe iban hacia el sur, para establecer una cabeza de playa en otra vida cotidiana, su madre y su hermano menor palpaban las virtudes del norte en Múnich, planeando reunirse todos tras despejar las incertidumbres de la instalación en Ibiza.

Dormimos en un camarote con cuatro literas, acompañados por un marroquí y una fricona1 guapa y muy desenvuelta, primer indicio de que íbamos por el buen camino, y a primera hora de la mañana estábamos ya dando vueltas en busca de Can Neus, la casa payesa donde viviríamos, sobre la cual solo sabíamos que andaba por la salida hacia Santa Eulalia y tenía su llave bajo una piedra pintada de amarillo. No fue nada fácil encontrarla, y el cárter del coche estuvo a punto de sucumbir en los diversos caminos de tierra que acabaron desembocando allí. Aunque hacía frío, el sol de mediodía nos mostró una construcción humilde y encantadora, de una sola planta, con techos planos y ventanos pequeños –justo como esperaba–, que en vez de cisterna adosada tenía un pozo a treinta pasos de la puerta. Los conocidos de Madrid que la alquilaron –en realidad, amigos de amigos– estaban pasando unos días en Formentera, y nada más entrar comprobamos que no eran espíritus domésticos. El mobiliario de la sala se reducía a un bargueño bien bruñido, una mesa de cocina y otra baja situada frente a la chimenea, con algunas sillas diminutas de madera como las típicas de la isla, una alfombra raída de tono claro frente al hogar y tres o cuatro jergones rellenos alternativamente (unos de lana y otro de paja) levantados del suelo por palés y adecentados por cobertores de tela más o menos gruesa, con algunos almohadones de colores chillones en la parte alfombrada.

Esperando la llegada del progreso
Esperando la llegada del progreso

Levantando el paño que cubría la mesa baja apareció un tablón de formica con tres ladrillos apilados en cada ángulo a modo de patas, el mismo material usado para el conato de cocina que creaba una pequeña bombona azul de butano con hornillo, sostenida sobre dos tablas que sobresalían lo bastante a cada lado para sostener algunas sartenes y cazos. El vano creado por ellas ofrecía espacio para una olla de esmalte marrón, una paellera pequeña y cacharros adicionales, rematando esa esquina con dos anaqueles del invento que luego me serviría para mil cosas –entre ellas hacer estantes para libros–, pues paredes blandas y un par de clavos permiten sostener cualquier tabla con simple cordel envolviendo sus extremos. En una de las baldas había pimentón, sal, romero, tomillo y algunos botes de especias, confirmando que alguien estuvo allí no mucho tiempo atrás, y en otra más ancha había platos y un cajón con cubiertos.

Aparte de la sala, que en vez de cuadros o algo con moldura exhibía grandes pósteres sujetos con chinchetas, un mínimo pasillo daba a dos pequeñas habitaciones comparativamente más lujosas, una con cama de matrimonio y otra con dos camas individuales, todas provistas de somier y colchones de muelles, y ambas adornadas con mesillas de noche, armario y espejo. Algunos quinqués sujetos con clavos a las paredes recordaban la ausencia de electricidad, por si no bastasen a esos efectos montones de cera petrificados aquí y allá, aunque una primera inspección no deparó paquetes de velas ni petróleo para cargar los quinqués.

Lo recuerdo como la foto de primera comunión, porque nunca había visto por dentro una casa de campesinos pobres, ni tampoco una vivienda tan descuidada. Lo tentador era mandar el sitio al carajo, aunque habíamos dejado Madrid pasando por el escalón intermedio de algunos meses en una casita de campo en Ávila, donde aprendí algo de jardinería, otro tanto sobre lámparas no eléctricas y ante todo pasé a ser competente como ojeador de leña seca y leñador, todo ello pensando por supuesto en la robinsonada que emprenderíamos2. Llevaba hacha y sierra en el coche, y le sugerí al chico que tomase nota de cuanto le pareciese oportuno comprar, comprobando detalles como sábanas, mantas, toallas y cualquier otra cosa encontrada por cajones y rincones, mientras me ponía a inspeccionar los alrededores.

Ibiza, 1960

–Podemos comprar todo lo que necesitemos, y dormir en un hotel si no logramos montar un buen campamento. Pero ¿qué tal abrirnos paso como pioneros?

–Lo que yo quiero es estar contigo, padre. Donde sea.

Comprobé que el agua del pozo olía bien, vi que faltaba cualquier cosa parecida a un retrete y me costó más de lo previsto encontrar leña seca, de manera que cuando logré reunir una carga colmada quedaban tres horas escasas de luz. Volamos

por eso a hacer una compra grandiosa en la pequeña tienda del camino, donde nos hicimos con escobas duras y suaves, naftalina, detergentes, un limpiabiberones para los cristales de todos los quinqués y cinco de ellos nuevos, paquetes de distintas velas, dos juegos de sábanas, petróleo y, fundamentalmente, lo que el chico eligió en materia de comida y bebida. Nos aplicamos de vuelta a limpiar, reponer y organizar los elementos disponibles, urgidos por el condenado frío y la oscuridad que surgía al cerrar la puerta de doble hoja; pero el entusiasmo rinde frutos, y poco antes de oscurecer teníamos una cama apetitosa para los dos, con tres jergones reunidos cerca de la chimenea, por supuesto usando las sábanas nuevas para aislarnos de sus telas. La mesa baja abundaba en toda suerte de viandas, y yo había convertido la de cocina en mesa de trabajo, con la máquina de escribir, el papel, los calcos y el par de diccionarios flanqueados por cuatro quinqués relucientes. Renunciamos a los dormitorios, donde dos pequeñas estufas de galleta incandescente nos habrían sometido a un calor no solo insano sino falso, que en vez de templar un recinto abrasan el metro y medio situado delante, humedecen aún más el aire y acaban asfixiando por consumir su oxígeno. Con el crepúsculo avanzado cerramos la puerta, terminamos de encender los diez quinqués, quizá el triple de velas, y cuando todo quedó nimbado por una luz incomparablemente acogedora, la autocomplacencia empezó a hacer de las suyas y acerqué una cerilla a la chimenea, exclamando:

–¡Preparémonos para un yantar medieval, hijo, pronto nos quedaremos en camiseta!

Teníamos troncos de diámetro suficiente para diez o doce horas de fuego vivo, y había preparado el que nunca se apaga, con un núcleo de leña muy fina y ramas progresivamente gruesas, evitando que la cercanía ciegue corrientes. Y, en efecto, las primeras lenguas de fuego empezaron a serpentear desde la base, anunciando su fiesta de luz y calor; pero no tardó en llegar el humo y fue inútil abrir el ventano para que respirase, e incluso la puerta, porque aquella chimenea era de las mal paridas. Hacer una ensalada de tomate y huevos fritos con patatas se tornó absurdo en una casa llena de humo, donde el desconcierto creció con la irrupción de un aguacero que impuso cerrar la puerta, cuya ventolera acabó entrando por el ventano como un soplo capaz de apagar bastantes luces. No sé si me invento retrospectivamente que a ambos nos entraron ganas de usar el servicio. En todo caso, el par de horas siguiente tuvo algunos momentos como de repetición a cámara ultralenta, en los que entraré.

  • 1. El femenino de fricón o freak, que puede traducirse por mutante. Aprovecho para recordar que dentro del movimiento hip hubo siempre una distinción entre el buenismo de orientalistas veganos, seguidores de gurús indios opuestos a “las drogas” –los hippies–, y el sector menos edificante de los freaks, que preferían alimentar a la tribu con substancias psicoactivas, insumisión y prácticas libertarias. Para estos segundos, la parafernalia de flores, campanitas, cánticos a Krisna y “espiritualismo trascendental” de los primeros era cuando menos una ñoñería de incautos, dispuestos a encontrar sabiduría insondable en tópicos como que “la felicidad es muy importante”, motto del archimillonario Maharishi Mahesh, con su permanente sonrisa y ramo de flores. Solía fotografiársele sentado o tumbado, al superar poco el metro y medio.
  • 2. Quizá no sea ocioso recordar que había pedido excedencia en el ICO, donde estuve seis años dedicado al servicio de fusión y concentración de empresas, empleo bien remunerado pero no acorde con la sed de aventuras que compartía con mi esposa. Decidimos que la familia podría vivir de traducciones –yo dictando y ella mecanografiando cuando el libro consintiera ese ritmo, y sin perjuicio de que ella tuviera ingresos por otro lado–, básicamente en f

Origen: Cáñamo | Memorias de Ibiza (IV)

Memorias de Ibiza (II) – Antonio Escohotado / Cáñamo

Memorias de Ibiza (II)

ANTONIO ESCOHOTADO

Pensador, ensayista y profesor universitario español. Obtuvo notoriedad pública por sus investigaciones acerca de las drogas, y son conocidas sus posiciones antiprohibicionistas.

Imágenes de la película "More", rodada en Ibiza por Barbet Schroeder en 1969. La música la puso Pink Floyd

Elmyr de Hory, primera fulguración de la ambigüedad ibicenca, pintaba especialmente bien cuando se salía de su realismo originario para fantasear con los ojos y la mano de otro, digamos Modigliani, como muestra el retrato de su biógrafo Clifford Irving, cuya pandilla fue la primera en ser flashy y captar la atención del curioso como un imán las limaduras de hierro. Cuando Welles retrató a ambos, en su F para Fraude, la charla sobre falsificadores se amplió a los galeristas y críticos de arte, dándole ocasión para sugerir que estos últimos son la cresta misma del camelo, aunque por entonces fuesen incomparablemente más usuales las exposiciones que las instalaciones. El adalid del arte experimental en aquella época era John Cage, autor de obras tan comentadas como 4:33, pieza en tres movimientos para uno o varios concertistas, cuya interpretación se logra evitando tocar instrumento alguno durante cuatro minutos y treintaitrés segundos exactamente.

Cage había pagado algunas clases con Schönberg, padre del dodecafonismo, que intentó disuadirle de cualquier dedicación a la música, pues “la armonía es para ti un muro irrebasable”. Lejos de ceder, Cage repuso que se pasaría “la vida topando de cabeza contra ese muro”, y descubrió como primera chichonera la composición silenciosa. Ibiza iba a ser una especie de cotolengo para creadores análogos, dispuestos a pintar, esculpir y componer sin especial don para esas cosas, pero compensados por la inspiración del entorno: una isla regida astrológicamente por Escorpio y teológicamente por Tanit, deidad cartaginesa que el Museo Arqueológico de Barcelona exhibe en una estatua a mi juicio falsa, aunque no tanto como el “santuario internacional descubierto en la cueva de Es Culleram”, donde había “numerosísimos” objetos sin que reste uno solo, in situ o en colecciones públicas y particulares. La Tanit barcelonesa exhibe un collar típicamente hippie, como adquirido en el mercadillo de Las Dalias, y mueve a sorpresa oír que ese santuario (qué casualidad, cegado por ulteriores derrumbamientos) fue objeto de una concienzuda pesquisa arqueológica en 1907, cuyo registro permanece inédito. Tras el lacónico e indocumentado artículo de la Wiki española, seguir navegando nos redirige precisando que Tanit es más bien “la auténtica moda adlib: elegancia, comodidad y sencillez en un mismo estilo”, así como cierto complejo turístico de medio pelo en San Antonio. También cuentan que Ulises fue tentado por las sirenas precisamente a la altura de Es Vedrà, y que Aníbal nació en el desolado peñasco de Conejera, pues cuanto menos estudiamos algo más abierto está a fantasías, sobre todo si pueden venderse a alguien en forma de artículo o folleto.

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Sexo, drogas y rock

Al rarito aunque genial Elmyr, y a la explotación de cuentos chinos, la isla añadió el grupo aristocrático-psiquedélico de San Juan mencionado en la entrega previa, y salió disparada como un misil hacia la gloria mediática gracias al “Ibiza Bar” de Pink Floyd, su tema más próximo al heavy metal, que comienza con una alusión a los riesgos del psiconauta (“I’m so afraid / Of mistakes that I’ve made”), electrizando a todos cuantos buscábamos allá por mayo del 68 una rebeldía distinta de manipular asambleas universitarias, o tirar piedras y ladrillos a la policía al calor de manifestaciones pacíficas. En el verano del 67, su miembro más inestable, Syd Barrett, acudió a Formentera para hacerse tratar por un médico inglés alternativo –tan alternativo como para tener su propia banda de rock y ser un psiconauta avezado–, y semanas después iniciaba Barbet Schroeder los trámites para poder rodar una película en ambas islas, basada en jóvenes descarriados por la libertad sexual y farmacológica.

Para cuando se presentó a filmar cómo la ociosidad lleva a consentirse paraísos artificiales, y estos al desenfreno suicida, venía con un equipo de melenudos y melenudas apolíneos, empezando por él mismo y los propios Pink Floyd, que estaban saltando a la madurez con la incorporación de Gilmour. Ese equipo se fundió con el pequeño grupo de bohemios establecido poco antes, defendiéndose todos con un sentimiento de hermandad no sectaria, y mostrar los peligros de pedir siempre más –More se llamó la película– sirvió de motivo para una banda sonora acorde con los interiores y exteriores descritos: palacios payeses abandonados, tríos sexuales que empezaban o terminaban junto a calas cristalinas, esplendor solar, ácido, caballo y hash del mejor. Me encantaría poder preguntar hoy a Schroeder qué peso respectivo tuvieron el mensaje ético y un retrato de lo más in entonces, pero no hay duda de que su moraleja fue poco disuasoria para parte de la audiencia. Más bien predispuso a visitar un sitio tan sugestivo por paisajes, bondades climáticas, compañía y baratura, como ocurrió con los capaces de ver la película, e incluso con hispanos privados de ella por el censor nacionalcatólico. Unos estuvieron dispuestos a surcar las carreteras a lomos de 600 o 2CV hasta Biarritz o Perpiñán, y a otros les bastó ver alguna foto.

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No se sabe en virtud de qué inspiración los Pink Floyd complementaron la cesta de paja y las espardeñas locales con el boto de tacón y sombreros de western, añadiendo un toque de Búfalo Bill al perfil homérico de ninfas y faunos cubiertos por clámides blancas. Y en un abrir y cerrar de ojos las Pitiusas añadieron a una población castigada por siglos de endogamia –los Marí, Costa, Tur, Cardona y poco más– una hornada exogámica de gente diametralmente distinta. Además de pobres y analfabetos, los isleños eran muy bajos y exhibían a menudo cráneos neandertalianos, definidos por frente huidiza y gran arco superciliar, mientras los inmigrantes traían consigo no solo diversidad étnica sino un culto a la belleza corporal, que redondeaba el agravio comparativo celebrando la promiscuidad y el derecho a la extravagancia. Pero algo conviene añadir sobre la herencia cartaginesa.

Intercambiar y conquistar

De la cultura púnica sabemos muy poco, porque no fue aficionada ni a la escritura ni a legar monumentos. De niño me fascinaba la proeza de Aníbal, que cruzó los Alpes con elefantes, jinetes númidas y honderos baleares para derrotar hasta tres veces a las invencibles legiones. Mucho después Saint-Simon me abrió los ojos, y empecé a percibir en las guerras de cartagineses y romanos el principio del fin para la vieja civilización comercial mediterránea, herida de muerte por pueblos hechos a guerrear como Esparta y Roma. Su triunfo trajo sociedades donde la competencia del esclavo acabaría con el trabajador libre, imponiendo economías cerradas a la innovación que fueron retrocediendo demográficamente durante algo más de mil años, hasta redescubrir la alternativa al señorío y la servidumbre representada por el profesional, un depósito de saberes útiles para terceros que sustituyó la inmovilidad de las castas por la movilidad de las clases. Saint-Simon vio en la civilización industrial la revancha de Cartago sobre Roma, una alternativa que ciertamente no nos enseñaron en el colegio, donde con mayor o menor inconsciencia sigue primando el conquistador sobre el empresario, y una u otra indoctrinación sobre la creación de empleo.

MOre

Por otra parte, los cartagineses fueron un ejemplo pobre de las virtudes comerciales, pues un pueblo sin mitógrafos e historiadores es tan sospechoso de ocultación como el anciano que nunca se embriagó, y algunos indicios –solo indicios– sugieren ritos monstruosos como el sacrificio de niños y adolescentes, costumbre por lo demás habitual y bien documentada en la sociedad celta, maya, azteca e incaica. Aunque fuese merced a ingenieros y arquitectos griegos, los romanos legaron a Ibiza una obra inmortal como las salinas, que siguen siendo rentables, y de todos los siglos púnicos el paisaje apenas conserva algunas piedras fúnebres y una aclimatación del algarrobo, con cuyas vainas obtenían una harina nutritiva aunque algo fétida. Sus papillas no son lo idóneo para el buen aliento, y un ibicenco muy culto correlaciona esto con el cortejo tradicional, donde lo común no era tanto besarse como palpar a la novia con ayuda de un falso bolsillo en su saya.

Las Pitiusas no pudieron tomar de Roma el espíritu comercial que informaba e informa a sus gentes, y aquí es donde la herencia de Cartago se hace sentir. Limitada por una deficiencia crónica de agua, añadida a valles muchas veces angostos, cultivar las laderas talló literalmente la isla con terrazas para frutales que aún subsistían cuando llegué. Por entonces una economía de subsistencia mantenía a duras penas las importaciones vendiendo sal, higos y almendras, porque el resto del producto –incluyendo algo de aceite y vino– apenas daba para cubrir la demanda. Su cabaña se ceñía a ovejas y cerdos, y a despecho de la frugalidad reinante, un porcentaje considerable llevaba tiempo inmemorial emigrando. Pero sigo con ello el próximo día.

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Origen: Cáñamo | Memorias de Ibiza (II)

Memorias de Ibiza – Antonio Escohotado / Cáñamo

Memorias de Ibiza

ANTONIO ESCOHOTADO

Pensador, ensayista y profesor universitario español. Obtuvo notoriedad pública por sus investigaciones acerca de las drogas, y son conocidas sus posiciones antiprohibicionistas.

Ibiza en 1960 retratada por el fotógrafo Paco Gómez
Ibiza en 1960 retratada por el fotógrafo Paco Gómez

Cómo dejó atrás la isla su miseria, para convertirse en meca del multimillonario, no es independiente de los melenudos y melenudas que empezaron a reproducirse allí hacia 1965, ellos portando pantalones de terciopelo sin trabilla y ellas con faldas largas floreadas, prescindiendo de sostén cuando esa prenda equivalía a decencia elemental. Décadas de moda habían ido afilando las protuberancias mamarias como conos puntiagudos desprovistos de pezón, mientras el pelo se recogía en moños con remolino –como el de Kim Novak en Vértigo–, cuando no aprovechando el cardado y la laca para componer cascos variados, todos ellos de vastas proporciones.

Para la playa se llevaban trajes enteros o dos piezas, con bragas por encima del ombligo como las de las abuelas, pues alguna fuerza invisible impedía aprovechar el hueso de cadera como soporte. Languidecía lentamente el modelo avispa asegurado por corpiños, aunque ambos sexos coincidían en ceñirse justo por debajo de las costillas, y en ciertos casos –como el de Obelix y Camilo José Cela– las calzas acomodaban el vientre acercándose a las axilas.

No recuerdo cómo obtuve mi primer pantalón de terciopelo negro aligerado de la franja dedicada a sostener el cinto, que empezaba dos o tres dedos por debajo de lo normal, y poco después su análogo en verde, una colección con la cual me sentí bien adaptado a un círculo de señoras que se soltaban el pelo y presumían de no portar ropa interior. Debí obtenerlos, como el resto del atuendo, de que mi mujer y algunas amigas se dedicaban a hacer patrones cosidos luego por payesas con su Singer eléctrica o de pedal, y producían mucho por poco dinero. Pero estoy adelantando detalles accidentales, como si ayudasen a entender por qué Ibiza dejó de ser pobre, cuando mi llegada se postergó a 1970 y fue a todas luces tardía, sobre un terreno ya colonizado por pioneros rurales y urbanos, sobre los cuales no sobran dos palabras.

La aristocracia campestre foránea se instaló en los altos de San Juan, la zona más recóndita, y de alguna manera asumió los primeros movimientos masivos de hash afgano y LSD por Europa, con la fachada cubierta por buenas familias inglesas y gentlemen como Blind George, que a despecho de ser ciego dormía con dos huríes, adornado por largas melenas blancas y una combinación de ropa con abalorios que evocaba viajes con y sin desplazamiento. Bastantes eran propietarios de sus respectivas casas payesas, y quienes se encargaban de traficar lo hacían en términos altruistas, para asegurar un menú farmacológico alternativo al mundo. El suministro de afgano dependía de contactos en Kandahar establecidos poco antes por la Fraternidad del Amor Eterno, un grupo de jóvenes californianos a caballo entre el surf y el atraco, cuyo último atropello fue obtener algunas dosis de ácido a punta de pistola –irrumpiendo en la fiesta de un psiquiatra muy conocido, terapeuta de Cary Grant y Marlon Brando–, hasta que tomarlo les convenció de estar ante un sacramento.

Desde entonces pensaron que su deber era asegurar un suministro a la Humanidad, sufragando el par de laboratorios requeridos con el tráfico de cannabis, un plan de perfiles delirantes que funcionó muy bien. La Fraternidad tenía al menos un miembro viviendo en las lindes de San Juan y cala San Vicente, que recibía partidas de ambos fármacos a través de yates cuando no de los ferris, pues furgonetas VW surcaban la ruta de la seda acondicionadas de modo muy ingenioso, lo bastante como para no ser descubierto hasta bien entrados los años setenta.

Ibiza

Los alimentos de la tribu

Desde el puerto partía hacia las capitales europeas un afgano de aroma quizá insuperado, en tabletas finas de un material entre marrón y gris por la abundancia de puntos blancos, que dejaba en ridículo los tabletones de producto marroquí, tanto polen como goma, siempre cargados con un adulterante u otro. Tres caladas llevaban donde varios canutos no conseguían acercarse, y aunque fuese mucho más caro siempre dejaba a su portador un margen de beneficio comparable al de la henna mezclada con polvo de flores que ascendía desde Ketama. Por lo demás, el chollo se acabó pronto, cuando el envenenamiento de John Griggs –el Farmer, como se hacía llamar– resquebrajó la Fraternidad, y hasta su galante coordinador en Ibiza acabó cayendo. El afgano pasó a ser muy escaso, y desapareció por completo tras la invasión soviética en 1979, que supuso sustituir los cultivos de cáñamo por adormidera, planta no menos inmemorial en aquellas latitudes pero más capaz de resistir las inclemencias térmicas, y mucho menos requerida de agua.

La red montada por algunos freaks de Laguna Beach, un distrito de Los Ángeles, desafió todo lo verosímil y apenas aguantó un lustro, pero pudo hacer y repartir unos quinientos millones de hostias lisérgicas, que modificaron el sentido de lo real en bastantes casos, y fortalecieron quizá un sentimiento de rechazo ante recursos a la violencia. Eso serían ya palabras mayores, que afectan al espíritu del mundo, pero estoy sugiriendo troqueles reducidos a Ibiza, donde el difuso entramado de gran tráfico y peregrinación rural no tardó en frenarse por un lado y crecer por otro: el foco de San Juan se extendió a San Carlos y Santa Eulalia, mientras la efímera chispa de Griggs y su hombre en la isla se convertían en pequeño tráfico combinado con un experimento sistemático de vida rural, consolidado al inaugurarse en Es Canar el primer mercadillo alternativo. Cuando terminaban los años sesenta, centenares de hippies –anglosajones, en su mayoría– se habían establecido en el noroeste de la isla, y los menos considerados con el huerto del payés acabaron provocando en Santa Eulalia el único enfrentamiento entre forasteros e indígenas del que tengo noticia, donde la guardia civil intervino para frenar la bronca y comenzó una política de expulsión interrumpida al poco, porque incluso siendo pobres los recién llegados eran agua de mayo para ibicencos mucho más pobres.

Otro edén para buscavidas

Sin embargo, un sello no menos indeleble que el haz el amor y no la guerra, y probar a vivir en el campo sin luz eléctrica y agua corriente, debe localizarse en la vieja ciudadela de Ibiza, donde el húngaro Elmyr de Hory (1906-1976) catalizó una combinación de marchantes, galerías y primeros famosos, cuyo broche acabaría siendo el documental de Orson Welles F for Fake. Tras esforzarse por vivir de sus óleos, que parecieron demasiado tradicionales a la crítica, De Hory descubrió que podía hacerlo como Picasso, Matisse, Modigliani o Renoir, entre otros, y dejando a sus agentes la parte delictiva del asunto –que era falsificar la firma de cada cuadro–, produjo al menos mil obras, muchas de ellas colgadas aún en los más prestigiosos museos y colecciones privadas como originales. El colosal escándalo resultante sigue coleando medio siglo después, pues cada nueva tela descubierta funciona como un altavoz para el “¿quién preferiría un mal original a un buen fraude?”, en la expresión de Elmyr de Hory.

Formentera, 1970

Lejos de reconocer que albergaba al falsificador más eximio –y por tanto, a un prócer ilustre–, la policía y el juzgado maquinaron recluirle dos meses en 1968 por “homosexual relacionado con delincuentes”, mientras en Dalt Vila empezaban a aparecer galerías de arte; en la zona del puerto, boutiques de ropa ad lib, y el bar La Tierra hacía de centro estratégico. Una noche de suerte encontrabas allí a la troupe de More –una historia trágica de ácido, jaco y sexo libre con música de Pink Floyd, filmada en 1968–; a Ursula Andress, la primera chica Bond, y a la pandilla del inquieto Clifford Irving, inmortalizado por De Hory en una de sus telas, que había dado con sus huesos en la cárcel por una biografía no autorizada del magnate Howard Hughes, y preparaba otro superventas contando la historia del falsificador supremo. A Ibiza ciudad se le quedaría el colmillo retorcido por esa bohemia específica, que rumiaba preguntas turbadoras sobre lo original y dio a Welles el argumento para su última película, una larga ironía sobre la ilusión y el truco en los procesos creativos.

Junto a la sencillez de costumbres buscada por los emigrados al campo, la ambigüedad vanguardista prosperó sola en el medio urbano, con una apuesta por los buenos fraudes que funcionaría como segundo imán. La isla empezó a presumir de sí misma, y el atropello padecido por De Hory a cuenta de su sexualidad iba a ser vengado por una mezcla imbatible de ingenuos y ambiguos, que aprovechando los años de dictablanda y la eventual muerte de Franco creó el medio menos represivo del planeta, donde la libertad sería nodriza y sudario para faunos y ménades ceñidos por orgasmos, parafraseando el poema de un amigo. Algunos accidentes más precipitaron las bodas de Eros y Pharmakeia, un evento tan estimulante para el corazón aventurero como desolador para autoritarios y eunucos vocacionales, del cual iba a seguir viviendo.

Conocí –sin darme cuenta hasta mucho después– al freedom fighter delegado por la Fraternidad, y por supuesto a un Elmyr que adoraba sentarse en los cafés a charlar con cualquiera, aunque ellos se iban y yo llegaba. Fíjense en esta foto de 1969, donde no hay manera de saber si los cuatro jóvenes vivían en la ciudadela o en el campo, y tres payesas diminutas se cogen de la mano al verles pasar, entre violadas y deslumbradas por mutantes que les doblan en tamaño. La grey dionisíaca siguió creciendo, sostenida sobre la alegría de acumular belleza, pero se me acaba el espacio. Continuará.

Origen: Cáñamo | Memorias de Ibiza

IBIZA ya es VENEZUELA: Armengol PODEMOS-PSOE El ibicenco volverá a ser proletario

Hay una frase que John Dos Passos, que define muy bien la esencia de lo que ya ha empezado a pasar en baleares: “El marxismo no sólo fallo en promover la libertad humana, también ha fallado en producir comida” En baleares, no sin mucho esfuerzo, teson e imaginación, nos reinventamos tras la durísima crisis de la que hemos empezado a salir. Apostamos por proyectos innovadores que han logrado diferenciarnos del resto. Calidad. El modelo funciona y crecemos, generando impuestos con los que pagar los sueldazos de nuestra incompetente, corrupta y ruinosa clase política, hasta decir basta.

También se aprobó una amnistía a las infracciones urbanísticas PRESCRITAS: que significa esto. Son aquellas que al no haberse denunciado en tiempo, NO PUEDEN DERRIBARSE, pero TAMPOCO GENERAN IMPUESTOS, viven a costa de los servicios que pagamos todos, al no existir legalmente. Cual fue la Solución: legalízarlas, previo proyecto de arquitecto (dinero que paga el defraudador), mejoras del constructor (dinero que paga el defraudador) y las obligadas tasas municipales (dinero que paga el defraudador). Se llama generar Riqueza, empleo, TRABAJO, impuestos, eso que tanto gusta al socialismo pero jamás crean, solo destruyen (no se equivoquen, el PP es un socialismo, travestido y también depredador)

Desde que se aprobó dicha amnistía se recaudaron DIECIOCHO MILLONES “de vellón” y se generó trabajo. A ver si lo pillan, se llama RIQUEZA para todos. Bueno, pues todo esto y mucho mas lo ha tirado por la borda nuestra progresista presidente Francina Armengol. Lo llaman CRECIMIENTO CERO, y de facto es el fin de dicha amnistía solo para los delitos urbanísticos prescritos, también una moratoria de 2 años, y lo más grave, PROHIBE al ibicenco CONSTRUIR EN RUSTICO. ¿Los impuestos? muy bien, los han subido y han puesto nuevos.. y si no recaudamos generamos deuda y que pague el siguiente, ya lo han hecho 3 veces.

La perdedora socialista Armengol, (si, perdió las elecciones, aquí gano el corrupto PP), apoyada por los marxistas leninistas de Podemos, esa “bendición de derechos y democracia Irani-Venezolana” se preparan para destruir el incipiente crecimiento: El socialismo necesita de los parias de la tierra, esos que dicen proteger y rescatar. A los propietarios extranjeros les acaban de doblar el valor de sus propiedades y de hacerlos millonarios, esos perseguidos y odiados especuladores capitalistas inmobiliarios (léanme bien, son honrados europeos como Ud. y yo, y que invierten, aun, sus ahorros aquí)

Con el marxista “Decreto Ley 1-2016”, los precios de las casi inexistentes parcelas con licencia para edificar en Ibiza cotizan ya un 26%, más caros. El ibicenco sigue siendo el dueño de la isla y de la tierra, pero gracias a este decreto lo acaban de arruinar. Sus tierras pasan a destinarse a “parque temático” modelo reserva de sioux americanos, la visitaran los giris, buscando la Ibiza mítica llena de hippies (aquí los llamaban los peluts – peludos) quizás hasta les pongan pelucas y les exijan a participar en las populares Flower-Power” que se subvencionan desde las instituciones. Porrito progre, pareo y a fipar.

De momento sus tierras solo valdrán para plantar cebada y hortalizas. El “pages” seguirá reventándose el lomo en destripar terrones, Los políticos socialistas los quieren ahí, enterrados en la intrahistoria, y PROLETARIOS. La tan necesaria lucha de clases “antifascista” se protege y pervivirá. De ello se ocuparan los habituales departamentos de propaganda, redes sociales, etc.. y demás agitadores la culpa será del especulador fascista

Ayer, lunes, unos mil especuladores, todos fascistas, nos manifestamos ante nuestra casa, el Consell Insular, revestido de mármol travertino (costo 7 millones de euracos semejante mansion de lujo asiático) para decirle a los políticos que están jugando con lo que jamás fue suyo, nuestra prosperidad, nuestras vidas, nuestras tierras y e futuro de nuestros hijos, y no lo vamos a permitir. Sus dogmas, sus consignas y su demagogia no crean riqueza, solo trae pobreza y nos envía al paro.

CRECIMIENTO CERO y por DECRETO. Se llama “Leninismo amable” y ya ha llegado a las Pitiusas. Los precios de alquiler o venta de apartamentos, hoy imposibles, serán prohibitivos en semanas.

Este es el GOL que nos ha metido la ARMENGOL,

DECRETO LEY 1-2016

EFECTOS INMEDIATOS:

El “PAGES” NO PODRA CONSTRUIR EN SUS TIERRAS.

1. Este decreto no solo anula la posibilidad de construir nuevas viviendas en SUELO RUSTICO, también NIEGA cualquier actuación en suelo ANEI (Mallorca 10%, en Ibiza el 35% del suelo ya es ANEI (Area Natural de Protección Especial). Además, deja en fuera de ordenación las existentes sin posibilidad de rehabilitación o ampliación, y deja en manos de la discrecionalidad de la comisión de urbanismo el resto del suelo rústico que este afectado por alguno de los APR, en la práctica significa la TOTALIDAD de las fincas rústicas. ¿qué significa esto?

a. Simplemente, interrumpe de forma TACITA Y DIRECTA cualquier actuación en suelo rústico. Con la tapadera de proteger los ANEIS, que ya de por sí estaban suficientemente protegidos y que solo e han concedido 35 casas nuevas en los últimos cuatro años… van a prohibir de facto TODAS las construcciones, reformas y/o ampliaciones de vivienda en suelo rústico.

b. Dejan en suspenso TODAS las ampliaciones en suelo rústico… En cualquier tipo de suelo, y que en su momento no se hayan agotado los parámetros urbanísticos.

c. Equiparan a Ibiza con Palma de Mallorca, cuando en Mallorca la superficie de ANEIS supone el 10% del territorio, y en Ibiza más del 35%. Lo mismo ocurre con las zonas APR, donde Ibiza está mucho más afectada por estas calificaciones que Mallorca.

d. Bloquea la legalización de los núcleos rurales, dejando más de 2.500 viviendas en situación de fuera de ordenación, que no se pueden legalizar, ni reformar, ni NADA.

e. Atentan contra un derecho histórico de los propietarios de fincas en Ibiza para el uso de vivienda.

f. Con la excusa de la protección de los ANEIs, tratan de enmascarar la enorme afectación que supone esta ley sobre la totalidad del suelo rústico.

g. DURANTE DOS AÑOS NO SE VAN TRAMITAR NINGUNA LICENCIA EN SUELO RUSTICO… ¿Y a ver qué pasará después…? Esto es la antesala de la prohibición total de construcción en suelo rústico.

2. Porque suspender la Disposición Adicional 10 de la ley del suelo, supone directamente dejar de legalizar miles de casas que todavía se encuentran en fuera de ordenación, que a pesar de lo que diga el conceller Joan Bonet, no se pueden rehabilitar, ni reformar, ni demoler, ni NADA… ¿qué repercusiones tiene esto?

a. Vuelta a la situación anterior, en la que las infracciones en suelo rústico era la práctica habitual.

b. Aumento de las infracciones, ya no solo sobre las casas en fuera de ordenación, sino también sobre el resto.

c. Pérdida directa de miles de puestos de trabajo que se generan al reformar y mejorar las viviendas legalizadas.

d. Dejar de ingresar millones de euros para los ayuntamientos en concepto de infracción… Que durante el plazo de 1,5 años que ha estado en vigor esta ley, se han ingresado 18 millones de euros (más de que se prevé ingresar con la Ecotasa). Dinero que se debería usar para programas reales de reversión de grandes agresiones realizadas sobre el suelo rústico, de las que nadie habla y parecen asumidas por todos como válidas: canteras, ruinas en zonas de costas y protegidas, resolver el problema del agua… etc.

3. Porque los cambios introducidos en la Ley 8/2012 de Turismo supone directamente atentar contra la inversión en el motor de la economía de las islas. Gracias a esta ley se ha regenerado parte del sector turístico en los últimos años, que tantos puestos de trabajo ha generado y que tanta riqueza aporta para las islas. ¿qué repercusiones tiene esta medida?

a. Huida de inversiones y reformas en el sector hotelero.

b. Pérdida de calidad y competitividad del sector.

c. Pérdida directa de miles de puestos de trabajo.

4. Porque la Regulación de Usos en suelo rústico, directamente deja fuera de ordenación todas aquellas actividades comerciales y/o turísticas que se llevan a cabo en suelo rústico y que suponen un enorme sector económico y de servicios complementarios para el turismo, que son esenciales para la isla y no podemos permitir que se queden en el “limbo” de la ilegalidad.

5. Porque esta ley no trata de enmendar nada, no va a servir para proteger el suelo rústico, sino que es la antesala de futuras actuaciones que quieren llevar a cabo el gobierno actual para llevarnos a la completa paralización y crecimiento cero de la economía de la isla.

6. Porque supone una destrucción directa de miles de puestos de trabajo, que unos de ellos puede ser el tuyo o el de algún familiar o amigo tuyo que trabaje en el sector de la construcción o el sector hotelero. Justo ahora, cuando el sector se empieza recuperar después de una terrible crisis, con esta ley van a provocar una debacle más profunda aún si cabe.

7. Porque así no se hacen las cosas. Esta ley se ha urdido en el más absoluto de los oscurantismos. No se ha consultado A NINGUNO de los agentes sociales, ni se ha valorado el tremendo efecto negativo que va a tener sobre la sociedad.

8. Porque si realmente hubiese voluntad de proteger el suelo rústico de Ibiza, antes se requiere una profunda reforma del concepto de desarrollo urbano de la isla, que proporcione respuesta a las necesidades reales de la sociedad, con un gran acuerdo social y voluntad real de cambio…. Y no a base de parches que no sirven de para nada.

9. Porque todos estamos hartos de esta forma de hacer política, tanto de este nuevo gobierno como del anterior, con un toma y daca de decretazos que solo sirve para crear inseguridad jurídica y efecto llamada de proyectos para evitar que “nos pille la nueva ley…” BASTA YA, queremos que se legisle con rigor y coherencia, con implicación REAL de la ciudadanía y agentes sociales, escuchando a TODOS Y DE FORMA PROPORCIONADA, y con votación ciudadana de estos aspectos tan importantes y que tanta repercusión social tienen.

Dos sacerdotes con distinto final » Ibiza » Pitiusas – Juan A. Torres / Diario de Ibiza

Los milicianos que recuperaron el poder tras la sublevación del 18 de julio tuvieron como objetivo los religiosos de la isla. Uno de ellos, Antoni Roig Juan, fue asesinado en sa Carrossa mientras era conducido al Castell de Dalt Vila. Otro, Vicent Ferrer Guasch, se salvó milagrosamente dels ‘Fets del Castell’ el fatídico 13 de septiembre de 1936.

 | Eivissa 17-07-2016

Portada ‘ABC, diario de republicano de izquierdas’, con el capitán Uribarry saludando a una payesa. Foto: HEMEROTECA MUNICIPAL D’EIVISSA

Mañana, 18 de julio, se cumplen 80 años del golpe de estado contra el gobierno de la Segunda República. El fracaso de esta sublevación militar de 1936, conocida como el Alzamiento nacional, y que estuvo apoyada por los partidos de derechas y fascistas además de la Iglesia, condujo al país a una guerra civil de casi tres años que dividió España en dos bandos y que tras la derrota de los republicanos desembocó en cuatro décadas de dictadura del general Franco, uno de los militares sublevados junto a Emilio Mola y José Sanjurjo.

Las noticias del golpe de estado también llegaron a las Pitiüses y un día después, el 19 de julio, el capitán Rafael García Ledesma, la máxima autoridad militar en las Pitiüses, declaró el estado de guerra y se unió a la sublevación. La represión contra la izquierda no se hizo esperar y alrededor de unas sesenta personas fueron encarceladas en el castillo de Dalt Vila. A García Ledesma le sustituyó el comandante de infantería Juli Mestre Martí, un militar catalán de rango superior que se encontraba de vacaciones en la isla.

Resultado de imagen de José Luis Mir

Tres semanas tardaron los republicanos en recuperar el control. Fue después del desembarco del 8 de agosto en Santa Eulària y Pou des Lleó de la denominada Columna de Baleares, una expedición comandada por Alberto Bayo que tres días antes había salido del puerto de Barcelona con el objetivo de recuperar el control de las Islas para el bando republicano y que contó con la ayuda de guardias civiles llegados desde Valencia al mando de Manuel Uribarry.

Desde que pisaron la isla, los milicianos fueron en busca de las personas relacionadas con el golpe, entre ellos el banquero Abel Matutes Torres y el mismo comandante Mestre, que fue fusilado el 15 de agosto. García Ledesma ya se había quitado la vida un día después de la llegada de los republicanos. Pero el gran objetivo de los republicanos fue la Iglesia. Hasta 21 eclesiásticos de la isla fueron asesinados a manos de los milicianos, que también destrozaron y quemaron iglesias por toda la isla. Uno de ellos fue el párroco de Sant Francesc Xavier, Antoni Roig Juan. Un joven de 39 años que había nacido en Santa Eulària y que fue asesinado en sa Carrossa cuando era conducido preso hacia el Castell. Enrique Fajarnés Cardona narró este episodio en su libro ‘Lo que Ibiza me inspiró’: «Parece que los milicianos le compelían a que vitorease la República; pero él, fortalecido ya por el espíritu del martirio, replicaba vitoreando a Cristo Rey. Exasperados los otros, le dispararon los fusiles a mitad de la cuesta. El prisionero no pudo llegar a la cárcel».

Paco, un joven testigo

Presenciando aquella escena estaba Paco, un joven vilero que entonces contaba con trece años de edad acompañado por otro chaval del que sólo recuerda que era hijo de Consuelo Cuevas, «una artista de segunda». Cuenta Paco que prefiere mantener su apellido en el anonimato al hablar de una época que todavía hoy, a sus casi 94 años, le produce mucho dolor. Aquel día su amigo y él, que vivía en la entonces calle Tamarit del Poble Nou de la Marina (ahora bautizada como Bisbe Torres) subieron a la Catedral para ver los destrozos que los republicanos habían provocado en el templo. Al bajar de allí y a su paso por sa Carrossa se encontraron con la trágica comitiva. «Fue una escena dantesca: aquel sacerdote no quería caminar y un bravucón de aquellos le disparó por detrás y lo mató», explica Paco de manera pausada y con el pesar que los años no han conseguido borrar.

Resultado de imagen de BOMBARDEO DE IBIZA 1936

Mossènyer Cama

Otra suerte muy distinta corrió Vicent Ferrer Cama, sacerdote originario de Sant Joan y que sobrevivió a la masacre de ‘Els fets des Castell’ del 13 de septiembre, donde 93 personas (entre ellas 18 religiosos) perdieron la vida masacrados por los milicianos que emprendían su huida de la isla tras el bombardeo que sufrió la ciudad por parte de la aviación fascista italiana. Don Vicent, que aquella noche perdió a su hermano Josep, también sacerdote, se mantuvo con vida tras la primera embestida con ametralladoras y granadas de mano que los milicianos utilizaron para acabar con los prisioneros.

Los republicanos encontraron a don Vicent sentado en la esquina donde pudo esquivar los proyectiles y rodeado de cadáveres. Le ordenaron que se levantara y ante la negativa del sacerdote le dispararon el tiro de gracia, que no fue tal. Mossènyer Cama se tapó la cara con el brazo derecho, que fue atravesada por la bala que le impactó en la cara del sacerdote y le salió junto a la oreja, sin llegar a matarlo. Malherido, salió de Dalt Vila por el Portal de ses Taules y llegó a la desaparecida Clínica Alcántara, en la actual avenida Ignasi Wallis, donde fue curado de sus heridas.

Don Vicent fue un auténtico enamorado de la música pero el balazo que recibió en el brazo le impidió volver a tocar el violín. Mossènyer Camafalleció en 1986 y desde 2007 tiene una estatua que le recuerda junto a la iglesia de su pueblo natal.

Tras la recuperación del poder por parte del bando nacional, empezó la represión más sangrienta de todo el conflicto armado alentada por Arconovaldo Bonaccorsi, autoproclamado Conde Rossi, un fascista italiano que luchó contra las tropas de Bayo en Mallorca liderando a los Dragones de la muerte.

Origen: Dos sacerdotes con distinto final » Ibiza » Pitiusas » El periódico de Ibiza y Formentera