Archivo de la categoría: Historia

El dia en que “La Pasionaria” señalo y condeno a Calvo Sotelo

La portavoz del grupo parlamentario del PCE, Dolores IbarruriLa Pasionaria” arremetió en el congreso de los diputados contra los principales líderes de la derecha, el jefe de la CEDA, José Maria Gil Robles y el del bloque Nacional, José Calvo Sotelo, considerado como el jefe de la oposición. La Pasionaria Les culpo personalmente de los ataques violentos de Los falangistas:

“Señores de Las derechas, vosotros venís aquí a rasgar vuestras vestiduras escandalizados y a cubrir vuestras frentes de ceniza, mientras, alguien que vosotros conocéis y que nosotros no desconocemos tampoco, manda elaborar uniformes de la Guardia Civil con intenciones que vosotros sabéis y que nosotros no ignoramos”

-A Gil Robles: “Fueron tan miserables los hombres a los que usted encargo aplastar el movimiento (la revolución de Octubre), y llegaron a extremos de ferocidad tan terribles que no son conocidos en la historia de la represión en ningún país”.

-A Calvo Sotelo: “Cómplice de miserables asesinos de ahora y de antes, para vergüenza de la Republica aún no se ha echo justicia con él. Y si hay generalatos reaccionarios que, en un momenta determinado azuzados par Calvo Sotelo pueden levantarse contra el Poder del Estado, habrá soldados del pueblo que sabrán meterlos en cintura”

Tras la arrogante contestación del Sr. Calvo Sotelo, que fue considerada por los diputados de la izquierda como un ataque directo al sistema parlamentario y un manifestó a favor de la dictadura (Calvo Sotelo llega ha asegurar que no Le molesta que le considerasen “fascista”) se produjeron fuertes abucheos.

Varios diputados de la derecha aseguraron que “La Pasionaria” comento desde su escaño “este hombre ha pronunciado su ultimo discurso”. Salvador de Madariaga (Ministro de la Republica, diplomático y candidato a nobel de la paz) y el diputado de ERC Jose Tarradellas, presentes en el hemiciclo aquel día, así lo cuentan en sus memorias.

“Me acuerdo del día que Dolores Ibarruri le dijo a Calvo Sotelo aquello de «has hablado por última vez», porque yo me sentaba en un escaño muy cercano al de Calvo Sotelo”.

 Josep Tarradellas (entrevista por Pilar Urbano); Revista “Época“, nº 33; 1985; p. 26.)

“Dolores Ibarruri, la Pasionaria, del partido comunista de las Cortes, le gritó: «Este es tu último discurso» Y así fue”Salvador de Madariaga, diputado republicano en cortes; España: ensayo de historia contemporánea; 1979, pg. 384.


El día 5 de octubre,  la UGT havbia declarado la huelga general. Lerroux reaccionó proclamando el estado de guerra. Así pues, comenzó el movimiento huelguístico e insurreccional decretado por el Comité Revolucionario socialista presidido por Francisco Largo Caballero, aunque en la mayor parte del país fracasó. En Madrid destacó la inactividad, al igual que ocurrió en Extremadura, Andalucía y Aragón. En las Provincias vascongadas hubo alguna otra actividad destacada que fue rápidamente sofocada, como también ocurrió en Barcelona y el resto de Cataluña, pero en Asturias la alianza obrera triunfó.

A lo largo de la noche del 4 se suceden los ataques a los cuarteles de la Guardia Civil y de Asalto de Olloniego, Mieres, Ujo, Santullano, Turón, Sama, Ciaño, El Entrego, Barredos, Pola de Laviana y otros. Fueron enviados refuerzos urgentes a Mieres y a Sama, pero los primeros no pudieron pasar de Manzaneda, donde los de Asalto primero, y unidades del Ejército después, fueron incapaces de vencer la resistencia que varios grupos de mineros ofrecieron a su avance, y regresaron a Oviedo temiéndose lo peor. El manifiesto firmado por el Comité de Alianzas Obreras y Campesinas de Asturias lo dejaba claro:

«Tras nosotros el enemigo sólo encontrará un montón de ruinas. Por cada uno de nosotros que caiga por la metralla de los aviones, haremos un escarmiento con los centenares de rehenes que tenemos prisioneros”. Así fue. Oviedo quedó destrozado, pero hubo  insurrecciones también en el concejo de Pola de Siero, donde los comités revolucionarios de mayoría socialista atacaron y rindieron los cuarteles de la Guardia Civil, y a continuación se distribuyeron armas y se organizó la defensa. En Trubia, los obreros de la fábrica de armas actuaron con rapidez y contundencia rindiendo a la Guardia Civil y a la guarnición militar que custodiaba la factoría; en Grado, el comité de mayoría comunista dominó la población e izó la bandera roja en el Ayuntamiento; en Avilés, los insurrectos consiguieron hundir el buque Agadir en la bocana del puerto para impedir la arribada de unidades de la flota. En Luarca la localidad más poblada del oeste de Asturias, no hubo insurrección porque la Guardia Civil detuvo al comité revolucionario antes de iniciarse el movimiento.

A los tres días de iniciada la insurrección buena parte de Asturias ya se encontraba en manos de los mineros, incluidas las fábricas de armas de Trubia y La Vega que se pusieron a trabajar día y noche. En toda la provincia se organizó un Ejército Rojo, que al cabo de diez días llegó a alcanzar unos 30.000 efectivos, en su mayoría obreros y mineros. Además de los principales líderes sindicales y obreros, destacó Francisco Martínez Dutor, antiguo sargento que había participado en la Guerra de África y estaba afiliado a la UGT, el cual se convirtió en el asesor militar de la dirección revolucionaria, aunque su participación no es tan recordada como la de otros líderes.

Desde el gobierno consideraron que la revuelta asturiana es una guerra civil en toda regla, −aún desconociendo que los mineros empiezan a considerar en Mieres la posibilidad de una marcha sobre Madrid−, por lo que el gobierno adopta una serie de medidas enérgicas. Ante la comunicación de Gil-Robles a Lerroux exponiéndole que no se fíaba del jefe de Estado Mayor, general Masquelet, los generales Goded y Franco (que tenían experiencia al haber participado en la represión de la huelga general de 1917 en Asturias) son llamados para que dirijan la represión de la rebelión desde el Estado Mayor en Madrid. Estos recomiendan que se traigan tropas de la Legión y de Regulares desde Marruecos.

El gobierno acepta la propuesta de los generales Franco y Goded y el radical Diego Hidalgo, ministro de la Guerra, justifica formalmente el empleo de estas fuerzas profesionales porque eran las únicas fuerzas militares españolas experimentadas por sus combates en África, (aprovechaban con ello el pánico que causaban los soldados marroquíes). Lo cierto también es que con la utilización de esas tropas, evitaban el problema que podían crearle las posibles muertes de jóvenes peninsulares.

Pero para entender bien esta época, y en especial el tumultuario periodo que transcurre desde el 16 de febrero al 15 de junio de 1936, remitimos a la sesión parlamentaria celebrada el 16 de junio de 1936 en el Congreso de los Diputados, cuyo tema de discusión, precisamente, fue una propuesta defendida por el grupo de Gil Robles con el expresivo título de «El estado subversivo de España». Se encabezaba con las siguientes palabras: «Las Cortes esperan del Gobierno la rápida adopción de las medidas necesarias para poner fin al estado de subversión en que vive España». En su discurso enumeró, entre otros, los siguientes sucesos: «Iglesias totalmente destrozadas, 160; asaltos de templos, incendios sofocados, destrozos, intentos de asalto, 251; muertos, 269; heridos de diferente gravedad, 1.287: agresiones personales frustradas o cuyas consecuencias no constan, 215; atracos consumados, 138; tentativas de atraco, 23; centros particulares y políticos destruidos, 69; idem. asaltados, 312; huelgas generales, 113; huelgas parciales, 228; periódicos totalmente destruidos, 10; asaltos a periódicos, intentos de asalto y destrozos, 33; bombas y petardos explotados, 146; recogidas sin explotar, 78»[2].

En el Acta de la Sesión quedaron reflejadas estas cifras. No existió discrepancia alguna acerca de ellas, ni ese día ni en las siguientes sesiones, por tanto, se pueden considerar como exactas las cifras aportadas, aunque ahora, como siempre,  se quiera convencer de lo contrario.

Gil Robles era consciente de que el plan de actuación del Frente Popular estaba totalmente supeditado a las órdenes dictadas por la  Internacional Comunista. Por ellas, el Frente Popular debería suspender durante el periodo electoral la violencia contra la Iglesia, la burguesía y los políticos de la derecha, para una vez lograda la asociación con los partidos republicanos que no se habían adherido previamente al Frente Popular creado el año anterior, cumplir con el programa pensado y aprobado, regresando a las agresiones, aumentándolas, para así obtener “el dominio total del poder, al cual hay que llegar utilizando todos los medios” Al Frente Popular, en esas fechas sólo le faltaba controlar al ejército, de ahí que en la Sesión de Cortes del 16 de junio la institución castrense estuviese en “el ojo del huracán”.

El programa oficial estalinista del Frente Popular incluíala independencia del Marruecos español; la liberación de las “naciones oprimidas”: Cataluña, Vascongadas y Galicia; la confiscación de todas las tierras de la Iglesia y de los terratenientesarmar a obreros y paisanos del Frente Popularla confiscación o control de bienes y empresas y anular todas las deudas adquiridas por campesinos y pequeños comerciantes con la banca, que, en siguientes etapas, sería nacionalizada[3]. Valiéndose de los Sindicatos, movilizaban las masas adictas para lograr los fines proyectados, creando el clima propicio para dar paso a paso el último giro a la izquierda, consistente en llegar a regirse por un régimen estalinista, como bien se expresó ese deseo en el Parlamento el día de proclamación del triunfo del Frente Popular. En ese momento la Internacional fue cantada en él, puño en alto, mientras  Dolores Ibárruri, “Pasionaria“, diputada por el Partido Comunista de España, PCE, arengaba: “Hay que comenzar por encarcelar a los patronos que se niegan a aceptar los laudos del gobierno, hay que encarcelar a los que con cinismo sin igual, llenos de sangre de la represión de octubre, vienen a exigir responsabilidades (…)“.

Por si fuera poco, definió la revolución de octubre de 1934  como romántica (1500-2000 muertos y 15 000-30 000 detenidos) y acusó  a Calvo Sotelo de “azuzar a los generalitos para levantarse contra el Poder del Estado (…) el estallido de octubre, octubre glorioso, significó la defensa instintiva del pueblo frente al peligro fascista… miserables los hombres encargados de aplastar el movimiento“. (De ahí que al general Eduardo López Ochoa, no le perdonaran su misión de pacificar dicha revolución y aprovechando que, indefenso, estaba hospitalizado en el Hospital Gómez Ulla,le cortaran la cabeza, y la pasearan por el barrio). Cerró su discurso Ibárruri refiriéndose a los componentes de la oposición, con la frase “nosotros no debiéramos tolerar que se sentasen ahí”.

Resultado de imagen de cadaver de lopez ochoa

 

Por su parte, el pontevedrés José Calvo Sotelo (fundador del Bloque Nacional, grupo parlamentario que englobaba a varios pequeños partidos, y que había obtenido la plaza de diputado en Cortes siendo miembro de Renovación Española), expresó que “España vive sobrecogida (…) por todas partes, desorden, pillaje, saqueo, destrucción” y denunció que : “Se está desatando en España una furia antimilitarista que tiene su arranque y origen en Rusia y que tiende a minar el prestigio y la eficacia del Ejército español” y continua defendiéndole:  en Asturias se ha asesinado y torturado por cientos a hombres indefensos. Se ha robado, se ha incendiado”.

“La Pasionaria” entonces, gritando sin tener turno oratorio, advirtió a Calvo Sotelo que era la última vez que hablaba en el Congreso: “Este es tu último discurso”. Calvo Sotelo, respondió, dirigiéndose al presidente que acababa de recriminarle por su percepción acerca del significado del ejército, solicitando que rectificase“Yo tengoseñor Casares Quiroga, anchas espaldas (…) Lo repito: mis espaldas son anchas; yo acepto con gusto y no desdeño ninguna de las responsabilidades que se puedan derivar de actos que yo realice, y las responsabilidades ajenas, si son para bien de mi patria y para gloria de España, las acepto también (…) Señor mi vida podéis quitarme, pero más no podéis. Es preferible morir con gloria a vivir con vilipendio”.

En la sesión parlamentaria del 1 de julio de 1936, el diputado socialista Ángel Galarza Gago ratificó la amenaza de la Pasionaria, legitimando el empleo de la violencia contra Calvo Sotelo por “erigirse en jefe del fascismo y querer terminar con el Parlamento y los partidos”. Galarza continuó su discurso dirigiéndose a Calvo Sotelo:  Pensando en Su Señoría, encuentro justificado todo, incluso el atentado que le prive de la vida”. Los diputados de centro y derecha protestaron con fuerza. En el tumulto originado se oyó a la Pasionaria gritar “hay que arrastrarlos”[4] Fieles discípulos de sus maestros, Galarza, el creador del cuerpo de  Guardias de Asalto, imitó a Pablo Iglesias Posse, quien, en el mismo lugar el 7 de julio de 1910, se había dirigido a Antonio Maura,  líder de los conservadores, con estas palabras: “Hemos llegado al extremo de considerar que antes que su Señoría suba al poder debemos llegar al atentado personal“. Y cumplidores de su palabra, 15 días más tarde el militante socialista Manuel Posa Roca hirió con dos disparos a Antonio Maura. No se encontró, o no se quiso encontrar, relación directa entre Pablo Iglesias y el frustrado magnicida. Así pasará con el de Calvo Sotelo hasta que muchos años después los historiadores saquen a la luz los hechos.

De los motivos iniciales, Núñez Morgado refiere lo siguiente: «En Madrid, como en toda España, ya lo hemos repetido, todos los días tenían lugar atentados y crímenes. En el entierro de un Guardia Civil, en los primeros días de julio, cayeron heridos a bala varios jóvenes derechistas que acompañaban el féretro. Entre otros, el joven Andrés Sáinz de Heredia, a quien se supuso, con fundamento, que había caído derribado por bala disparada por el Teniente de los Guardias de Asalto, señor Castillo ardoroso militante marxista e instructor de las milicias social comunistas. Amigos de aquél buscaron compensación en la venganza. Y en nueva réplica de odio y venganza el capitán Femado Condés creyó el momento de vengar a su colega Castillo.

El 14 de julio estaba convocada otra sesión en las Cortes. En ella, Calvo Sotelo seguiría defendiendo tanto la necesidad como la aptitud de las fuerzas armadas españolas, pero no le dejaron. En la madrugada del 13 de julio, José Calvo Sotelo  fue obligado a salir de su domicilio, siendo asesinado, a continuación, por un grupo de milicianos socialistas gubernamentales, miembros de “La Motorizada” vinculados al político Indalecio Prieto. Entre ellos, su escolta, el capitán de la Guardia Civil Fernando Condés y quien fue su guardaespaldas Luis Cuenca Estevas, autor material del asesinato y con anterioridad del de Matías Montero.

La importancia de este hecho la reflejó el propio Indalecio Prieto en “El Liberal” de ese mismo día: “La trágica muerte del Sr. Calvo Sotelo servirá para provocar el alzamiento (…) Será una batalla a muerte, porque cada uno de los dos bandos sabe que el adversario si triunfa no la dará cuartel.”

Fuente: La tradicion viva

El golpe de los generales – VerdadesOfenden / La Tribuna del País Vasco

[Img #9294]
En el centro de la imagen, Modesto y Negrín

 

Veo en la narración que durante estos 40 años en democracia se nos has hecho de las desventuras democráticas en la II República, asaltada por aquellos militares golpistas, una serie de hechos sobradamente documentados que no acaban de encajar con lo que tenemos por cierto. Y no sin cierta sorpresa, ya que en esta sociedad 2.0, con las fuentes originales digitalizadas, esto no se hace, manteniendo un discurso oficial cargado de tópicos que no se sostienen ni ayudan a entender y comprender quiénes y cómo fueron nuestros abuelos ni las razones por las que se pelearon.

Si no me fallan los números, los datos públicos y mi buen juicio, a mí me sale una cifra de cinco golpes de Estado en apenas seis años, lo que además de ser una barbaridad muy poco democrática, es algo que nadie nos cuenta. Una realidad que, créanme, les confieso que me preocupa. España es líder en Europa en no leer libros, y quizás por ello la historia esté tan desvirtuada. Les cuento lo que he leído por si he de corregir el relato. Veamos:

14 de Diciembre de 1930 

El capitán Galán inicia un pronunciamiento militar en la ciudad de Jaca que ha de traer la II República. Orquestado desde el “Pacto de San Sebastián” firmado en agosto, y coordinado desde el Comité Revolucionario Nacional, Galán inicia un plan de sublevación general, apoyado desde el PSOE, la CNT y la UGT, que reforzarán la sublevación con una huelga general, instrumento antisistema y golpista preferido para levantar a las masas y asaltar el poder, como en octubre de 1917 en Rusia.

La asonada es disuelta en apenas unas horas tras cuatro cañonazos por fuerzas gubernamentales leales a la Corona. A media mañana del domingo 14 de diciembre de 1930, el Consejo de Guerra condena a los capitanes Galán y García Hernández a la pena capital. En 2 horas se consuma todo. Galán rechaza confesión y grita la orden de fuego. La II República ya tiene a sus dos primeros mártires.

En una operación dirigida por el general Mola son detenidos y hechos presos los líderes golpistas socialistas y republicanos que habían firmado el pacto para forzar la renuncia de Alfonso XIII y formar un gobierno liderado por Niceto Alcalá Zamora (derecha republicana), Alejandro Lerroux (Partido Radical), Manuel Azaña (Acción Republicana) y Álvaro de Albornoz (radical socialista) junto con Largo caballero, Indalecio Prieto y Fernando de los Ríos por el PSOE.

Resultado de imagen de capitan galan jaca

13 de abril de 1931

Las elecciones municipales celebradas en toda la nación arrojan unos resultados confusos. El ministro de la Guerra Berenguer cursa telegrama a todas las capitanías adelantando los primeros datos recabados: victoria de los republicanos en las grandes ciudades, un hecho cierto que no desvirtúa que los monárquicos habían ganado por mayoría absoluta en todo el Estado. Pero los resultados oficiales jamás se publicarán.

El ministro de Estado Romanones pregunta al general Sanjurjo (republicano) si podría responder de sus fuerzas para controlar desórdenes. “Hasta ayer por la noche podía contarse con ella”. Todo lo que obtiene el conde de Romanones de Alcalá Zamora es que se respetará la vida del Rey. Solo unos pocos ven el error. “El Rey se equivoca si piensa que su alejamiento y pérdida de la Corona evitarán que se viertan lágrimas y sangre en España. Es lo contrario, señor”, advierte de la Cierva al Rey, pero este se exilia para evitar derramamientos de sangre.

Apenas un mes después de dicha proclamación, ardían en España cientos de templos cristianos a manos de turbas marxistas. “Ni todos los conventos de Madrid valen la vida de un republicano” dirá el presidente del gobierno, a la sazón Manuel Azaña, cuando se le pidió que detuviera los saqueos. Había comenzado la II República.

Resultado de imagen de madrid quema de iglesias

Enero de 1933

Los sindicatos ferroviarios anarquistas CNT convocan huelga general en todo el territorio nacional. La ley de expropiación forzosa de latifundios está en el alero. Se proclama el comunismo libertario en diferentes poblaciones, y hay choques con las fuerzas de orden público en multitud de ciudades y pueblos, colocación de bombas, explosiones y asesinatos. En Casas Viejas es asaltada la casa cuartel de la Guardia Civil. La represión que se desata será terrible. La izquierda gana 26 mártires en su camino inexorable hacia la revolución.

Resultado de imagen de casas viejas

Octubre de 1934

Tras las elecciones de noviembre de 1933, ganadas por las derechas gracias al temido voto de la mujer, al que se opuso con firmeza Prieto o Nelken, la izquierda más bolchevique, representada por el secretario general del PSOE, Largo Caballero, “El Lenin español”, decide no posponer más la revolución proletaria que 17 años antes Lenin ha logrado en Rusia.

3 de enero de 1934. “El Socialista publica”: “No puede haber concordia. Atención al disco rojo”, dando estado oficial al proyecto revolucionario.

El 27 de septiembre de 1934, el editorial de “El Socialista” publica: “Las nubes van cargadas camino de octubre: repetimos lo que dijimos hace meses: atención al disco rojo. El mes próximo puede ser nuestro octubre. Nos aguardan jornadas duras. La responsabilidad del proletariado español y sus cabezas será enorme. Tenemos nuestro ejército a la espera de ser movilizado y nuestros planes de socialización.”

El levantamiento se produce el 5 de octubre de 1934 tras declararse otra huelga general por la UGT en todo el territorio nacional. Companys declara la independencia en Cataluña. Aunque la revolución es controlada, se enquista en Asturias, a donde envían a Franco para resolver la rebelión. El 18 de octubre de 1934, el líder socialista Belarmino Tomás pacta con el general López Ochoa la rendición revolucionaria. Los daños en Oviedo, semidestruida, son inmensos. La biblioteca es volada por los aires, perdiéndose más de 80.000 volúmenes. Mueren cerca de 1.000 personas, y hay casi 30.000 detenidos. La Generalitat catalana se suspende y los líderes que no huyen son encarcelados. Se detiene y encarcela a los principales dirigentes del PSOE como Prieto y Largo Caballero. La izquierda de nuevo se instala en el victimismo y reclama la amnistía. Será el lema de las elecciones de febrero de 1936.

Resultado de imagen de asturias 1934

16 de febrero de 1936

Las izquierdas, agrupadas en el “Frente Popular”, repiten la misma estrategia del 14 de abril de 1931, y declaran la victoria unilateralmente. En paralelo se están produciendo violaciones sistemáticas en colegios electorales y saqueos de urnas. Las Juntas Provinciales del Censo se ven impedidas a dar datos ante la ofensiva popular que reclama amnistía y el poder por la violencia (los datos oficiales jamás se publicarán).

Algunos gobernadores civiles, huyen. Las hordas secuestran las actas electorales. A partir del día 20, el Frente Popular hará el resto desde la Comisión de Validez de actas parlamentarias, anulando las de las provincias donde las derechas habían triunfado. Alcalá Zamora lo contará todo en sus memorias (secuestradas durante 70 años) y en la entrevista al “Journal de Geneve”, publicadas ya en 1937.

El 5 de marzo de 1936, Mundo Obrero, órgano de prensa del PCE, decía: “exigimos el reconocimiento de la necesidad del derrocamiento revolucionario de la dominación de la burguesía y la instauración de la dictadura del proletariado en la forma de soviets”. Se incrementó la censura de prensa y la detención y asesinato de líderes de la oposición. El estado de pre-revolución en que se había sumido España lo narraba Gil Robles en Cortes el 15 de julio, tras el asesinato de Calvo Sotelo:

“Desde el 16 de junio al 13 de julio, inclusive, se han cometido en España los siguientes actos de violencia, habiendo de tener en cuenta los señores que me escuchan que esta estadística no se refiere más que ha hechos plenamente comprobados y no a rumores que, por desgracia, van teniendo en días sucesivos una completa confirmación: Incendios de iglesias, 10; atropellos y expulsiones de párrocos, 9; robos y confiscaciones, 11; derribos de cruces, 5; muertos, 61; heridos de diferente gravedad, 224; atracos consumados, 17; asaltos e invasiones de fincas, 32; incautaciones y robos, 16; Centros asaltados o incendiados, 10; huelgas generales, 129; bombas, 74; petardos, 58; botellas de líquidos inflamables lanzadas contra personas o casas, 7; incendios, no comprendidos los de las iglesias, 19. Esto en veintisiete días. Al cabo de hallarse cuatro meses en vigor el estado de alarma, con toda clase de resortes el Gobierno en su mano para imponer la autoridad”.

El 17 de julio de 1936,  se alzó mi abuelo con sus compañeros de armas buscando defenderse de la revolución de los soviets.

..Ganaron.!

Imagen relacionada

Origen: El golpe de los generales — La Tribuna del País Vasco

Regulación, socialismo y esclavismo. El secuestro de la libertad que hundió Roma – Antonio Escohotado.

Fragmento de la trilogia definitiva del pensador, doctor en filosofia,  doctor en derecho, quimico existencial, rockero, ex comunista, poliglota, freak e ibicenco de adopcion”Escota” un hombre casado con la libertad, cuyo devenir “cambiar” plasmado en sus libros a mi me ayuda a crecer cada dia.


——————————-

“Agricultura, negocios, crédito”

Los romanos cultivaron cebada y trigo, nabos, rábanos, habas, guisantes, olivos y vid en proporciones parecidas a las de cualquier comarca mediterránea sin regadío, y adormidera a título de planta medicinal. Como en Egipto, el caldo de las cabezas fue su tisana, lo mismo que el opio su aspirina. La cría de ganado no llegó a desarrollarse en gran escala, y en terrenos áridos mantenían rebaños de cabras. Los minifundistas estaban exentos de reclutamiento, y de centurión para abajo las legiones originales reunían a granjeros de tamaño medio, cuyo nivel de vida mantuvo un estatuto digno”

“e incluso al alza mientras Roma fue librando sus guerras itálicas.

El primer templo a Concordia —diosa de la paz social— se erige en 367 a. C., coincidiendo con una ley que obliga al terrateniente a emplear en sus propiedades a un número de esclavos no superior al de hombres libres. El campo quizá no se trabajaba con especial eficacia, aunque los agricultores podían vivir de él como propietarios e incluso como jornaleros. Durante un periodo próximo a los dos siglos, desde las conquistas políticas populares en la Urbe hasta acabar de someter a la vecindad, el precio de los productos agrícolas guardó una relación sostenible con los de otras cosas, produciendo estímulo para el diligente y ocupación para el indigente.
El deterioro dramático llegaría con la transformación de Roma en superpotencia, cuando una legislación imprevisora y grano regalado por países tributarios hizo menos o nada viables las granjas.

Para entonces los tribunos de la plebe habían sacado adelante la lex Claudia (218 a. C.), que prohíbe a senadores e hijos suyos cultivar el comercio, haciendo que gran parte del efectivo se invirtiese en compras de tierra. La normativa sobre proporcionalidad entre hombres libres y siervos de las explotaciones agrarias estaba en desuso, y rentabilizar dichas compras sugirió el tipo egipcio de plantación, que explota algún monocultivo con cuadrillas de centenares e incluso miles de esclavos. Italia no era el valle del Nilo, y se había puesto en marcha un proceso con dos incógnitas: una era el rendimiento del nuevo agricultor, que carecía no ya de arraigo sino de cosa remotamente parecida a familia; la otra, el reciclado del granjero pequeño y mediano, que tras vender su parcela emigró con ese respaldo a Roma y otras ciudades itálicas para abrirse camino profesionalmente.

Pero el agro dejó de consumir gran parte de los productos urbanos, y sus emigrantes no tardan en comprobar el efecto de semejante cosa en las ciudades. Por una parte estaban dejando de recibir un producto agrícola diversificado, por otra seguían llenándose de esclavos tanto más nefastos para el emprendedor humilde cuanto que sus amos profesionalizaban a todos los aptos.
Lejos de suscitar crecimiento, el resultado de ambas cosas fue una proletarización políticamente explosiva en los núcleos urbanos, añadida a una catástrofe en el rendimiento agrícola. Los rebaños de subhumanos que explotan las tierras, a menudo encadenados como los criminales de minas y galeras, sólo pueden hacerse cargo de monocultivos cerealeros, y para que su grano fuese rentable sería preciso interrumpir la competencia de cargamentos regalados por países vasallos, cosa impensable cuando los Cónsules calman a la plebe precisamente así.

Devastado material y humanamente por los nuevos latifundia, que sientan las bases para un deterioro irreversible del suelo, el agro itálico no tarda en defraudar hasta las esperanzas de sus mayores terratenientes.
Toma una generación admitirlo, sin embargo, y cuando los propietarios propietarios intenten volver a explotarlo en régimen de aparcería descubrirán que la mano de obra libre escasea y es incapaz de revertir la situación. El mercado agrícola se ha contraído, privando de capital y estímulo a quienes podrían esforzarse en mejorar la productividad, unos porque perdieron gran parte de su inversión en el modelo egipcio y otros porque ya no trabajan sus tierras.
Desde la victoria definitiva sobre Cartago (201 a. C.) —unas dos décadas después de la lex Claudia— empieza a ser evidente que la mano de obra campesina está disminuyendo en términos tanto relativos como absolutos. Cien años más tarde el campo necesitaría medidas proteccionistas, no ya para sostener la gama tradicional de cultivos sino el vino y el aceite, sus productos estelares. El tráfico de manufacturas finas —que llegan de Oriente Medio, e incluso de India y China— es una parte ínfima del total, y el intercambio se concentra en artículos de primera necesidad. El taller tampoco evoluciona hacia la fábrica, ni siquiera allí donde se agrupan físicamente varios del mismo dueño. Coordinar unos con otros para producir algún artículo de modo más económico y abundante, como ya hicieron corintios, atenienses y otros griegos, es una iniciativa ajena al empresario romano. La fábrica en cuanto tal no se le ocurre a nadie, quizá porque implica autonomizar en alguna medida el trabajo.”
“1. El tejido económico y los 16 linajes.
Los éxitos de las legiones dirigen hacia Roma gran parte del metal amonedado en el Mediterráneo, ofreciendo óptimas perspectivas financieras. Con todo, la elite que controla ese efectivo mantiene el crédito en una situación de asfixia, que sumada a la falta de exportaciones y la proporción de trabajo remunerado en especie condena a una circulación monetaria mínima, inspirando una mezcla de rigor con medidas de gracia dictadas por miedo a rebeliones populares. Ya a mediados del siglo IV a. C. cuenta Livio que «si bien toda la plebe estaba metida hasta el cuello en deudas, aceptar la propuesta del cónsul Aulo Verginio acabaría con todo tipo de crédito». El dinero se esconde cuando merman las garantías del prestamista, desde luego, pero Verginio no propuso cambiar lo básico de la legislación —que era incautar todos los bienes del deudor moroso y venderle como esclavo—, sino tan solo suprimir el derecho de los acreedores a descuartizarlo en tantas partes como deudas hubiese dejado pendientes.

Pretender que eso fulminaría «todo tipo de crédito» describe el clima reinante. Para los prestamistas griegos, fenicios y judíos el aval más seguro era algún negocio, u otro patrimonio sujeto a prenda; sus equivalentes romanos sentían tanto desprecio por la contabilidad como aprecio por la intimidación, ignoraban el préstamo comercial y alimentaban —supuestamente en beneficio propio— el defecto crónico de liquidez. Aunque los griegos nunca legislaron sobre el interés del dinero, el temor a levantamientos hace que Roma no tarde en prohibir la «usura» (una apócope de usus aureus) por el camino más razonable a “su juicio, consistente en decretar la gratuidad de todos los préstamos. El efecto de este compromiso entre senatores y populares es en ciertos casos un púdico velo, que disfraza la cuantía nominal de lo prestado —el prestatario reconoce haber recibido diez cuando recibió cinco—, y en otros una simple parálisis de la financiación[31].

El principal negocio consiste en hacerse cargo de ingresos, pagos y otras gestiones estatales mediante societates de senadores, cuyos contables hacen también funciones de “depósito y anticipo. Polibio cuenta que «toda transacción controlada por el gobierno romano se entrega a contratistas»[32], y datos muy fiables muestran que los 16 linajes (gens) más influyentes en el 367 a. C. conservaron su influencia hasta el fin de la República (31 a. C.)[33]. Lindante con lo milagroso, dicha estabilidad coincide con un sistema de monopolios tan plácido como inflexible, articulado sobre un club de proveedores para lo seguro —suministros militares, obras públicas, préstamos hipotecarios—, cuya adhesión al ritual se manifiesta en esta esfera haciéndola refractaria a toda suerte de novedades.

La rivalidad comercial parece una afrenta tan digna de castigo como la insumisión militar, y el genocidio de un pueblo ya rendido como el cartaginés parte de ese presupuesto. Roma sabe sitiar y luchar a campo abierto, no someterse a las reglas de un juego pacífico que sólo esquiva los números rojos con cambios sutiles y constantes, adaptados a cada momento.

Conquistar prácticamente toda la cuenca mediterránea reafirma su idea sobre el ocio consustancial al bien nacido, prolongada en certezas como que el Fisco vivirá siempre con comodidad gracias a tributos pagados por otros países. Forma parte de ese imaginario creer que las redes tejidas por mercaderes griegos y cartagineses pueden pasar al club de los negocios seguros sin convertir sus superávits en déficits.
IV. Las guerras sociales
La lucha de clases se recrudece en vez de mitigarse con las victorias militares, alumbrando entre 131 y 121 a. C. una primera década de agitación que no deja de ofrecer resultados positivos. El principal es que la milicia romana —y no sólo sus jefaturas— reciba parte del botín obtenido en países próximos y remotos, pues merced al reparto de terreno público promovido por Tiberio y Cayo Graco —miembros de la gens más ilustre, aunque tribunos de la plebe— «no menos de medio millón de individuos obtuvieron parcelas en Italia»[34]. Ambos quisieron crear clase media, y a ese gran éxito en tal sentido añadieron la incorporación a la política del orden ecuestre o de los caballeros, antigua clientela del patricio[35], que acabaría siendo lo más parecido a un estamento empresarial. También se propusieron crear una gran colonia en Cartago, que descargase a Roma de hambrientos y abriera en otras latitudes caminos de desarrollo pacífico.

Cabe pensar que todo habría ido a mejor si Tiberio no hubiese sido asesinado a garrotazos por un grupo de senadores y sicarios suyos, y si años después su hermano Cayo no se hubiera suicidado ante la presión acuciante del mismo enemigo. Pero el drama romano no pende tanto de lo que hagan tales o cuales personas como de que ambos bandos defiendan aspiraciones incoherentes. El lema de la facción democrática es condonar deudas y seguir prohibiendo el interés del dinero, y aunque ninguno de los Gracos crea en semejante remedio buena parte de su apoyo es populismo demagógico y les obliga a hacer acrobacias sin red. Como otros hombres benevolentes de la Antigüedad, pensaban la estructura productiva desde «una clase culta ociosa que despreciaba el trabajo y los negocios, y amaba naturalmente al agricultor que la nutría, tanto como odiaba al prestamista que explotaba al agricultor»[36].

Pensar la economía política sin reducirla a algún modelo de economía doméstica es privilegio de unos pocos estadistas antiguos, y no caracteriza desde luego a estos heroicos hermanos. Para el romano la esfera mercantil es una combinación de vileza y recovecos misteriosos, donde ninguno parece consciente de la diferencia esencial: enriquecerse produciendo objetos demandados libremente y lograrlo explotando algún monopolio o vendiendo protección.

1. Subarriendo y subvenciones. La facción democrática ha logrado consumar el reparto de tierras, ha socorrido al indigente rural con obras públicas (las primeras grandes calzadas), y ha obligado a que la nobleza comparta sus magistraturas. Sin embargo, hipoteca el futuro con dos actos de singular repercusión. Uno es subarrendar la Hacienda a contratistas privados —para «aumentar las rentas públicas», según Cayo Graco—, y otro cronificar el sistema de «raciones» representado por la annona, una requisa en principio inespecífica de víveres para atender al indigente. Este racionamiento se materializa en vales que acaban vendiéndose, y para cuando llegue la próxima guerra civil la mitad está en manos de no indigentes[37].

Se ha dado el primer paso para convertir el mercado en un economato, que no se detiene en harina o pan y se prolonga a artículos como aceite, salazones, embutidos e incluso óleos para el masaje en baños públicos, pues simboliza la victoria del populismo y cualquier líder encuentra en él un modo de atraerse a los desposeídos. Pronto el vino se subvenciona también, imponiendo a cultivadores y vinateros la carga de venderlo casi regalado. La lentitud del transporte impide esperar la llegada de remesas exteriores, y las provincias itálicas son urgidas a abastecer con sus productos a las ciudades. Pero cuando llegan cargamentos masivos desde Asia Menor e Hispania el obsequio combinado de víveres vuelve a hundir los precios agrícolas.

La anona no sólo es la mayor amenaza potencial descubierta contra la seguridad jurídica, sino una paradoja. Representa la victoria de la ciudad sobre el campo, cuando los éxitos de Roma se han debido a una milicia formada exclusivamente por granjeros de tipo medio, donde el minifundista estaba exento del reclutamiento.

Durante siglos el Senado inventó amenazas de guerra —o montó conflictos— precisamente para poder reclutar a la clase media, sometiéndola entretanto al rigor del juramento militar. Ahora los demócratas de ese estamento han creado una institución que asegura la ruina progresiva del agro propio, estrangulando por igual al granjero y a sus intermediarios.

Pasaje de: Escohotado, Antonio. “Los enemigos del comercio I.” 2008-01-01.

13 de Agosto Celebración de la liberación de Tenochtitlan (Ciudad de Méjico) por Cortés y sus aliados los indígenas del valle de Puebla-Tlaxcala. El espíritu que les animaba

Cuando se viaja por América, todavía hoy,  y  las gentes se asombran ante la fuerza y la grandeza de la naturaleza, se admira con más intensidad la obra de titanes que supusieron los descubrimientos, la conquista y la liberación de las Américas, obra que valora más cuando se miden las condiciones y medios con que se realizó.Y la pregunta que se puede hacer a continuación es ¿qué es lo que diferenciaba a estos héroes de otros hombres vulgares?:

Y la respuesta es la Fe.

En el aniversario de la liberación, 13 de agosto de 1521, de México-Tenochtitlan por Cortés le tomaremos como modelo y representante del espíritu y valores que informaban a estos conquistadores, del que disponemos de mucha información gracias a los cronistas y biógrafos: Bernal Díaz del Castillo, Francisco Cervantes de Salazar, Gomara, Herrera, Fernández de Oviedo, Navarrete, Madariaga…

Escudo de los Cortés
 

Sobre el libro de éste último sobre Cortés nos apoyaremos especialmente.

Sus juicios son especialmente agudos y provienen de un pensador que por sus posiciones políticas no son “sospechosos”.

Como él indica, “Cortes, es uno de aquellos hidalgos de fortuna que se precipitaban en tumultuoso torrente hacia el continente desconocido con sus personas, sus bienes, su vida entera; del mismo linaje histórico que Ojeda y Nicuesa, Pedrarias y Balboa, Pizarro y Solís, u otros tantos conquistadores vigorosos centauros del Descubrimiento-Conquista que galopaban sobre el continente sin dejarse arredrar ni por la flecha indígena, ni por la naturaleza inhóspita y cruel, ni por sus propios rivales, hasta que el indígena, la naturaleza o el rival ponía trágico fin a su vida y aventura.

Como ellos, Cortés se lanzaba al Nuevo Mundo movido por una ambición tácita y oculta que la mera existencia de lo ignoto provocaba en su alma, por la tensión entre la vitalidad virgen de su ser y el ámbito sin límites en qué aplicarla, tensión que actuaba en todos ellos, pues estaba en el aire, pero que sólo sentía cada cual según el metal de su ánimo.

Estas tendencias naturales habían ido tomando forma histórica concreta durante los siete siglos de la Reconquista en que España había sido almáciga de guerreros.

En aquellos siete siglos (que terminaron cuando Cortés tenía seis años de edad), la única profesión que un español viril creía digna era la lucha contra el infiel.

De esta tradición surgen Cortés y todos los conquistadores.

Fueron al Nuevo Mundo a «fazer nuevas moradas» y «a ganar el pan» con su lanza y espada, y tan lejos estaban de abrigar la menor duda sobre la ética de su profesión como el accionista de una empresa lo está hoy de abrigar dudas sobre la ética de sus dividendos o el obrero especializado sobre la de sus altos jornales.

Era una forma de vida establecida y reconocida tácitamente, una ley no escrita que obligaba al hidalgo o caballero a ganarse la vida, hacerse la fortuna y fundar o mantener su linaje por medio de las armas.

El trabajo no tenía nada de deshonroso en sí; al contrario, el buen artífice era objeto de universal estima, quizá mayor que en nuestra era mecanizada. Sólo era vergonzoso el trabajo para el caballero o hidalgo, porque implicaba falta de valor para ganarse la vida y la fortuna por medios más peligrosos.

Por tanto, los conquistadores, vástagos de veinte generaciones de vencedores de moros, acudían al Nuevo Mundo imbuidos de la certeza absoluta de estar en su derecho y en su deber como hidalgos al ganar nuevas moradas y abundancia de pan luchando contra aquellos nuevos infieles en tierras ignotas.

Pero además sentían igual derecho e igual deber no sólo como hidalgos sino como soldados de Cristo.

Como Cortés solía repetir en cuanto a él concernía, «no tengo otro pensamiento que el de servir a Dios y al Rey».

¿Qué quería decir con servir a Dios? Hombre de su siglo, profundamente empapado en la fe, más todavía, de alma tejida con fibra de la misma fe, para Cortés no eran frase vana estas palabras.

¿Cómo podríamos nosotros, para quienes la fe es una lotería que se gana o se pierde según la suerte de cada alma, comprender aquella edad en que era la fe como el aire y la luz, una de las condiciones mismas de la existencia, el aliento con el que se hablaba, la claridad con que se veía?

Cortés respiraba la fe de su tiempo. «Rezaba por las mañanas en unas Horas —dice Bernal Díaz— e oía misa con devoción.» Era una fe sencilla, fundada sobre la roca viva de la unidad y de la verdad. Verdadera porque una; una porque verdadera.

Lutero había nacido ya, pero su voz no resonaba todavía —al menos en el Nuevo Mundo—. Todos los hombres, cualquiera que fuese su nación o su color, eran o cristianos o infieles o capaces de que la luz del Evangelio los iluminara e hiciera ingresar en el girón de la cristiandad.

Servir a Dios quería decir una u otra de estas dos cosas tan sencillas: traer al rebaño de la Iglesia a los pueblos ignorantes todavía ajenos a la fe, o guerrear contra aquellos infieles que, por negarse a la conversión, se declaraban enemigos de Dios y de su Iglesia.

Este era precisamente el plan de acción de Cortés en aquellas tierras desconocidas que le aguardaban a Occidente: si los «indios» se declaraban dispuestos a escuchar a su fraile, a dejarse bautizar y a aceptar la soberanía del Emperador de la cristiandad, paz; si se oponían, guerra.

Este servicio de Dios era desde luego también servicio del Rey-Emperador. Al fin y al cabo ¿no era el Emperador ministro de Dios en la tierra?

Este pensamiento era la base de toda la filosofía política, no sólo española sino europea, y es seguro que Cortés lo oiría definir y comentar más de una vez en las aulas salmantinas: había que obedecer al Rey no como Rey sino como ministro de Dios.

Cortés serviría pues al Rey por el mero hecho de que conquistaría para la cristiandad el ánimo y la voluntad de un nuevo Imperio.

Téngase en cuenta que, en aquellos tiempos, Estado y religión, civilización y fe, eran una misma cosa, de modo que el servicio de Dios y el del Rey eran uno y lo mismo en este otro sentido de que la conversión, a ojos de aquel siglo, no era tanto un acto religioso e individual como social y colectivo.


Cujus rex eius religio era el principio de aquella edad no sólo entonces, cuando nadie soñaba todavía con la Reforma, sino aún más tarde cuando la Reforma vino a hacer de este principio, tan extraño para la actualidad, factor de tan grave importancia para la historia de la Cristiandad.


Así se explica que Cortés se embarcase en su aventura con quinientos soldados y sólo un fraile y que tanto él como sus compañeros tuviesen una certeza tan absoluta de la santidad de su causa, pues, una vez establecido su poder sobre la tierra conquistada y «pacificado» el pueblo, la conversión era pan comido. No había en esta actitud ni sombra de tiranía espiritual:


La conversión era pan comido puesto que la fe cristiana era la única verdad, y, por lo tanto, los indios, libertados de su paganismo por las armas españolas, no podrían dejar de ver con sus ojos ya libres la luz de aquella única verdad.


No nos extrañe esta actitud: no sonriamos con sonrisa de superioridad, porque los hombres de nuestros días piensan y obran de idéntica manera con respecto a su religión, que llaman Democracia liberal.


En ella creen con fe no menos ingenua, teniéndola por la felicidad evidente para todo hombre de buen sentido, y en esta fe cobran fuerzas para imponer el progreso y la libertad a todas aquellas sociedades que no comparten su religión cívica.


Ha cambiado la letra pero la música es la misma. Pecaríamos de injustos al ver hipocresía en la actitud de Cortés. Hipócritas y egoístas los hay hoy y los había entonces, pero entonces como ahora, la mayoría de los hombres de acción no veía contradicción o falta de armonía alguna entre sus fines y sus métodos.


Cortés era sin duda uno de estos conquistadores sinceros. Cuando hablaba de servir a Dios y al Rey decía lo que sentía, es decir, su fe como agente cristianizador y civilizador de almas paganas y de Estados bárbaros.


A buen seguro que no era cosa fácil encarnar una religión tan absoluta en sus normas.
El Capitán, como sus soldados, hallaría a veces la armadura de un soldado de Cristo bien rígida para los movimientos libres que pide la vida de los humildes humanos.


En tales momentos, Cortés pecaba; a no ser que hallase en su conciencia una junta elástica entre el ideal absoluto del Evangelio y la práctica relativa de la realidad. Así le veremos aceptar mujeres indias, regalo frecuente de sus amigos indígenas, no sin bautizarlas primero.


Pero en cuanto a la conquista en sí, Cortés se nos presenta como un conquistador persuadido de su derecho a dominar a aquellos infieles para hacerlos entrar en el jirón de la Iglesia, pero a la vez consciente de su deber de no recurrir nunca a las armas hasta haber agotado todos los medios pacíficos de hacerse con la voluntad de los indígenas.


Esta actitud no era tan sólo mero deseo de economizar sus escasas tropas; era también consecuencia de su opinión teórica basada en su concepción religiosa, como lo prueba su práctica de hacer leer por el escribano público ofertas de paz tres veces repetidas antes de iniciar un ataque.


Esta ceremonia, no era para él mero trámite de leguleyo..


Ejemplos de su actuación, poniendo por encima los intereses espirituales sobre los materiales, aunque los primeros pusieran en peligro los segundos, los tenemos abundantemente.


Como cuando los españoles asistiendo a un servicio religioso indígena, escuchando en silencio un sermón de un sacerdote indio, vestido con largas mantas de algodón y que llevaba el cabello, al modo ritual, sin lavar ni peinar desde que había sido ordenado, masa sólida cimentada con la sangre de sus víctimas humanas. Cortés, por media de Melchoi, el intérprete indio, explicó a los indígenas que «si habían de ser nuestros hermanos, que quitasen de aquella casa aquellos sus ídolos que eran muy malos y les hacían error, y que no eran dioses, sino cosas malas, y que les llevarían al infierno sus ánimas v se les dio a entender otras cosas santas y buenas y que pusiesen una imagen de Nuestra Señora que les dio y una cruz y que siempre serían ayudados y tendrían buenas sementeras y se salvarían sus ánimas».

Los indios no se atrevían por miedo a sus dioses y desafiaron a los españoles a que se atreviesen ellos, con lo que pronto verían cómo los dioses les harían perderse en el mar. Cortés mandó entonces despedazar a los ídolos y echarlos a rodar gradas abajo; hizo limpiar y purificar el templo, lavar las espesas capas de sangre seca que cubrían los muros y blanquear todo y después hizo edificar un altar sobre el que puso la imagen de la Virgen adornada con ramos y flores: «Y todos los indios estaban mirando con atención».


 

Esta escena parecerá sin duda de lo más anticientífico a muchos arqueólogos y no faltarán racionalistas escépticos que, blandiendo la Inquisición, declaren la religión de Cortés tan sangrienta como la de los indígenas y, por lo tanto, el cambio de ídolos sin significación alguna para la humanidad.

Pero el observador sobriamente imparcial pensará de otro modo. No hay quien lea la página en la que Bernal Díaz refiere este episodio sin sentir la fragancia de la nueva fe y de la nueva leyenda que vienen a llenar el vacío creado por la destrucción de los sangrientos ídolos:


La Virgen Madre y el Niño, símbolos de ternura y de debilidad, de promesa y de abnegación, en vez de los sangrientos y espantosos dioses.


Al realizar este acto simbólico, Cortés obedecía sin duda al impulso de una fe ingenua y sencilla -único rasgo ingenuo y sencillo en aquel carácter tan redomado- pero también a un seguro instinto del valor de los actos y de los objetos concretos y tangibles en el gobierno de los pueblos.


La destrucción de los ídolos iba a transfigurarse en una de las escenas legendarias de su vida en cuanto sus inauditas hazañas hiciesen de él una figura heroica cubierta de leyendas floridas; porque, en efecto, la leyenda es un acto cuya verdad vive en la esfera de los símbolos y Cortés iba a ejecutar más de una vez este acto tan simbólico y creador, único que podía elevar a los indígenas de Nueva España de sus sórdidos ritos caníbales al nivel elevado del ritual cristiano.


Los indígenas estaban por lo visto más dispuestos de lo que hubiera podido creerse para aceptar el cambio, pues cuenta Bernal Díaz que, al volver la armada inesperadamente a causa de una avería en un navío, hallaron «la imagen de Nuestra Señora y la cruz muy limpio y puesto incienso». Y añade: «Dello nos alegramos».


Cortés consideraba gracia de Dios las victorias que había conseguido y se preocupa en su correspondencia de los sacramentos. Leámoslo en Bernal Díaz,: «En las cuales cartas les hizo saber las grandes mercedes que Nuestro Señor Jesucristo nos había hecho en las victorias que hobimos en las batallas y reencuentros desque entramos en la provincia de Taxcala, donde agora han venido de paz, y que todos diesen gracias a Dios por ello, y que mirasen que siempre favoreciese a los pueblos totonaques nuestros amigos y que le enviase luego en posta dos botijas de vino que había dejado soterradas en cierta parte señalada de su aposento…»

 
Caída sensible, se pensará, para un caudillo que así pasa de sus consejos de política en favor de los totonaques y su devoto agradecimiento al Señor a Quien atribuye su gloria y sus victorias, a pedir que le manden dos botijas de vino escondidas en su aposento de Veracruz.


Pero, un momento. Sigamos leyendo: «… dos botijas de vino que había dejado soterradas en cierta parte señalada de su aposento y ansí mismo trujesen hostias de las que habíamos traído de la isla de Cuba porque las que trujimos de aquella entrada ya se habían acahado».


Aquel vino no era pues para banquetes y no lo había ocultado a sus sedientas tropas para aplacar la sed del General; era para la misa y se había apartado para asegurar la continuidad del sacramento. «En aquellos días —añade Bernal Díaz — en nuestro real pusimos una Cruz muy suntuosa y alta y mandó Cortés a los indios de Çimpançingo y a los de las casas questaban juntos de nuestro real que lo encalasen y estuviese bien aderezado»

 
Junto con la confianza en sus hombres, fe en la victoria sin la que la victoria es imposible, Cortés sentía la vocación de conquistar vastos territorios y pueblos para el Imperio cristiano cuyo soldado tenía conciencia de ser.


Para él, la propagación de la fe y la de las banderas de España eran una misma cosa, y tan evidente que no admitía ni duda ni discusión.


Así escribe al Emperador cómo, para animar a sus soldados, les hizo valer que estaban «en disposición de ganar para Vuestra Majestad los mayores reinos y señoríos que había en el mundo. Y que demás de facer lo que a cristianos éramos obligados, en puñar contra los enemigos de nuestra fe, y por ello en el otro mundo ganábamos la gloria, y en éste conseguíamos el mayor prez y honra que hasta nuestros tiempos ninguna generación ganó».


Estas palabras de su pluma prueban hasta qué punto eran inseparables en su espíritu los motivos nacionales y los religiosos, lo que no ha de sorprendernos en un hombre de su tiempo, sea cual fuere su nacionalidad, y menos todavía en un español, acostumbrado por una guerra siete veces secular contra el moro invasor a ver en el extranjero al infiel y a identificar la fe con el patriotismo.


Además, al arrostrar tan ingentes peligros, Cortés confiaba de pleno en la ayuda divina.


El relato de Bernal Díaz es aquí inestimable, en contraste con el más corto y sobrio del propio Cortés; pues mientras el soldado, a pesar de su tendencia a sacar a luz a los de filas, se ve arrastrado por la belleza misma del valor sereno de su caudillo a ensalzar los méritos de Cortés, de cuya alma inconmovible hace irradiar ante nuestros ojos todo el ánimo que inunda a su ejército, Cortés se limita a apuntar al cielo como la fuente de la fuerza que él comunica a sus hombres en palabras cuya misma sencillez hacen llegar haste nosotros el aroma de su sinceridad: «Y que mirasen que teníamos a Dios de nuestra parte y que a El ninguna cosa es imposible, y que lo viese por las victorias que habíamos habido, donde tanta gente de los enemigos eran muertos y de los nuestros ningunos» .


La constancia y la firmeza de esta seguridad en el apoyo de Dios, que Cortés sentía como una fuerza siempre viva en su alma, resaltan y se confirman en una escena que debemos a Andrés de Tapia.


Había procurado Cortés hacerse con toda la información y con todos los consejos posibles por parte de los indígenas en quienes confiaba, y en particular de Teach, el cempoalés, «hombre cuerdo, e según él dicie, criado en las guerras entre ellos. Este indio dijo al marques: “Señor, no te fatigues en pensar pasar adelante de aquí, porque yo siendo mancebo fui a Mexico, y soy experimentado en las guerras, e conozco de vos y de vuestros compañeros que sois hombres e no dioses, e que habéis hambre y sed y os cansáis como hombres; e hágote saber que pasado desta provincia hay tanta gente que pelearán contigo cient mill hombres agora, y muertos o vencidos éstos vendrán luego otros tantos, e así podrán remudarse e morir por mucho tiempo de cient mill en cient mill hombres, e tú e los tuyos, ya que seáis invencibles, moriréis de cansados de pelear, porque como te he dicho, conozco que sois hombres, e yo no tango más que decir de que miréis en esto que he dicho, e si determináredes de morir, yo iré con vos.” El marqués se lo agradeció e le dijo que con todo aquello quería pasar delante, porque sabie que Dios que hizo el cielo y la tierra les ayudarie, e que así él lo creyese».

 
Estas eran las fuerzas que alimentaban su valor. No eran nuevas en él. Le habían impulsado desde el principio, iluminando sus ambiciones más densas con una luz y elevándolas con un espíritu sin los cuales no hubiera sido capaz de mantener su dominio sobre los soldados y capitanes que impacientes se agitaban en torno suyo como abejas y avispas; pero aunque le animaron desde el principio, no cabe duda de que fueron creciendo en poder e intensidad a medida que iba pasando de prueba a prueba, elevándose de victoria a victoria, entre peligros que hubieran quebrantado el coraje de un hombre sólo impulsado por una vitalidad animal.


Cortés veía en su victorias la mano protectora del Señor cuyos intereses servía devotamente, por pecador que tuviera conciencia de ser.


De modo que, sin darse cuenta aún de la índole primordial de su victoria, que los acontecimientos iban a revelarle, y así, demasiado realista para atribuirse todo el mérito del triunfo, le concede sólo ocho líneas de una larga carta al Emperador, explicando la victoria porque «quiso Nuestro Señor en tal manera ayudarnos».

 
Cortés hizo repetidos esfuerzos para convertir a Moteczuma. No es posible que correspondiesen a lo arduo de la tarea. la distancia espiritual que los separaba era demasiado grande, aparte de que le faltaban los elementos mentales y lingüísticos necesarios para construir el puente sobre aquel abismo, acercándose al ser recóndito y remoto del Emperador azteca.


Es significativo que, aunque Cortés en persona se daba cuenta de la vanidad de los ídolos mejicanos, sus soldados, sin exceptuar a Bernal Díaz, y no pocas de sus cronistas, entre ellos Torquemada, Cervantes de Salazar y Gómara, creían a pies juntillas en su existencia y en su poder para aconsejar directamente y «hablar» a Moteczuma y a sus sacerdotes, con no menos fe (quizá con más fe) que los mismos mejicanos.


Así resulta que la religión, si no de Cortés, al menos de parte de los españoles que en su órbita giran, era tan capaz como la de Moteczuma y los suyos de absorber otros dioses, gracias a la virtud proteica del diablo.


Para los cristianos sencillos de aquellos días, para todos los soldados y para gran número de los fralles, aun de los más cultos, era el diablo el que se hacía pasar por Vichilobos, Tetzcatlipoca y demás figuras monstruosas que adoraban los mejicanos; con lo cual aquellos «bultos» cesaban de ser meras figuras de piedra o de simientes amasadas con sangre, meros apoyos materiales de los ensueños vacuos de una estirpe atrasada, para transfigurarse en criaturas vivientes, dotadas de una voluntad y de un lenguaje propios —hecho que hacía de la conversión de los indígenas una especie de conquista espiritual, una cruzada de los soldados de Dios contra el espíritu del Malo.


Puede compararse la actitud mental popular en estas materias con la del propío Cortés cotejando el relato de Cortés sobre su famosa destrucción de los dioses del Gran Teocalli con la página en que Andrés de Tapia refiere la misma escena.


Significativa imágen, metáfora de la liberación de Méjico, la Catedral sustituyendo el Gran Teocalli, Templo Mayor azteca, lugar de asesinatos rituales

Cortés escribe con su concisión usual y con su elegancia positiva y concreta. Al referirse a los dioses indígenas y al Dios universal de los cristianos, habla un lenguaje claro, inteligente, casi pudiera decirse que moderno y racionalista «los bultos y cuerpos de los ídolos en quien estas gentes creen -escribe al Emperador— son de muy mayores estaturas que el cuerpo de un gran hombre. Son hechos de masa de todas las semillas y legumbres que ellos comen, molidas y mezcladas unas con otras, y amásanlas con sangre de corazones de cuerpos humanos, los cuales abren por los pechos, vivos, y les sacan el corazón, y de aquella sangre que sale de él, amasan aquella harina, y así hacen tanta cantidad cuanta basta para facer aquellas estatuas grandes. E también, después de hechas, les ofrescía más corazones, que asimismo les sacrifican, y les untan las caras con la sangre. A cada cosa, tienen su ídolo dedicado, al uso de los gentiles que antiguamente honraban sus dioses, por manera que para pedir favor para la guerra tienen un ídolo, y para sus labranzas otro, y así para cada cosa de las que ellos quie ren o desean que se hagan bien, tienen sus ídolos a quien hon ran y sirven.» 
 
Estos fueron los ídolos, bien claro lo dice y bien claro lo ve, que creyó necesario derrocar: «los más principales de estos ídolos y en quien ellos más fe y creencia tenían, derroqué de sus sillas y los fice echar por las escaleras abajo, e fice limpiar aquellas capillas donde los tenían, porque todas estaban llenas de sangre que sacrifican, y puse en ellas imágenes de Nuestra Señora y de otros santos, que no poco el dicho Mutecçuma y los naturales sintieron; los cuales primero me dijeron que no lo hiciese porque si se sabía por las comunidades, se levantarían contra mí, porque tenían que aquellos ídolos les daban todos los bienes temporales y que, dejándoles maltratar, se enojarían y no les darían nada y les secarían los frutos de la tierra y moriría la. gente de hambre. Yo les hice entender con las lenguas cuan engañados estaban en tener su esperanza en aquellos ídolos que eran hechos por sus manos de cosas no limpias; e que habían de saber que había un solo Dios, universal Señor de todos, el cual había criado el cielo y la tierra y todas las cosas, y hizo a ellos y a nosotros, y que éste era sin principio, y inmortal, y que a El habían de adorar y creer y no a otra criatura ni cosa alguna».

 
Lenguaje de hombre inteligente y claro, muy por encima no sólo del de sus soldados, que no habían pasado por Salamanca, sino también del de muchos frailes educados en la Universidad y que, en punto a erudición, sobrepasaban a Cortés.


En estas palabras, Cortés mide la religión de los mejicanos como hombre del Siglo, y bien devoto creyente de los dogmas de la Iglesia entonces universal para todos los europeos.


Pero, al lado de esta transparencia intelectual, vibraba en él otra calidad que no deja pasar tan fácilmente en sus cartas, fríamente objetiva, al Emperador; bajo su mente clara ardía un corazón religioso que explica su acción violenta contra los dioses indígenas, referida con tanta sencillez en su informe al Emperador.


Este Cortés vibrante y trepidante es el que nos transmite Tapia en su relato, si bien algo desfigurado por la visión personal del narrador. Refiere Tapia cómo, cuando Cortés fue a visitar el teocalli, había en Méjico poca gente española por andar casi todos en busca de minerales por las provincias: 

 «e andando por el patio me dijo a mí: “sobid a esa torre e mirad que hay en ella”; e yo sobí […] e llegué a una manta de muchos dobleces de cáñamo, e por ella había mucho número de cascabeles e campanillas de metal; e quiriendo entrar, hicieron tan gran ruido que me creí que la casa se caía. El marqués subió como por pasatiempo, e ocho o diez españoles con él; e porque con la manta que estaba por antepuerta, la casa estaba escura, con los espadas cuitamos de la manta; e quedó claro. Todas las paredes de la casa por de dentro eran hechas de imaginería de piedra […] eran de ídolos, e en las bocas déstos e por el cuerpo a partes tenían mucha sangre de gordor de dos e tres dedos; e descubrió los ídolos de pedrería e miró por allí lo que se pudo ver, e sospiró, habiéndose puesto algo triste, e diJo, que todos los oímos: “¡Oh Dios! ¿Por qué consientes que tan grandemente el diablo sea honrado en esta tierra?” E: “Ha, Señor, por bien que en ella te sirvamos”.»
 
Tal fue sin duda el estado de ánimo en que se puso Cortés, mas no su lenguaje, que ya conocemos directamente por sus cartas al Emperador. El soldado cronista empaña con sus propias supersticiones el cristal claro en que Cortés reflejaba la realidad. Al ruido de los cascabeles habían acudido sacerdotes y otros circunstantes.


Cortés mandó llamar a los intérpretes y les dijo: «Dios que hizo el cielo y la tierra os hizo a vosotros y a nosotros e a todos, e cría lo con qué nos mantenemos, e si fuéremos buenos nos llevará al cielo, e si no, iremos al infierno, como más largamente os diré cuando más nos entendamos; e yo quiero que aquí donde tenéis estos ídolos esté la imagen de Dios y de Su Madre bendita, e traed agua para lavar estas paredes, e quitaremos de aquí todo esto.»

 
Aquí ya refleja Tapia con alguna mayor fidelidad el estilo de su jefe, y sigue diciendo: «Ellos se reían, como que no fuera posible hacerse, e dijeron: “No solamente esta ciudad, pero toda la tierra junta tienen a éstos por sus dioses, y aquí está esto por Uchilobos, cuyos somos; e toda la gente no tiene en nada a sus padres e madres e hijos, en comparación déste, e determinarán de morir ; e cata que de verte subir aquí se han puesto todos en armas y quieren morir por sus dioses.” El marqués dijo a un español que fuese a que tuviesen gran recaudo en la persona de Motecçuma, e envió a que viniesen treinta o cuarenta hombres allí con él, e respondió a aquellos sacerdotes: “Mucho me holgaré yo de pelear por mi Dios contra vuestros dioses, que son nonada”; y antes de que los españoles por quien habia enviado viniesen, enojóse de palabras que oía, e tomó con una barra de hierro que estaba allí, e comenzó a dar en los ídolos de pedrería; e yo prometo mi fe de gentilhombre, e juro por Dios que es verdad que me parece agora que el marqués saltaba sobrenatural, e se abalanzaba tomando la barra por en media a dar en lo más alto de los ojos del ídolo, e así le quitó las máscaras de oro con la barra, diciendo: “A algo nos hemos de poner por Dios”».

 
Este admirable relato confirma en un todo el carácter de Cortés analizado en nuestras páginas.


En aquel momento era el dueño de hecho y sin disputa de un imperio que había conquistado por una obra maestro de previsión, cautela, sagacidad, paciencia y astucia.


Y una mañana, «por pasatiempo», va de visitar al Gran Teocalli, ve los ídolos y las trazas repuguantes del cruel culto y sacrificio; se entristece, interroga a Dios, ofrece servirle para libertar aquella tierra y gente de tales abominaciones; predica a los sacerdotes como puede; oye su resolución de morir por sus dioses y cauto como Capitán, adopta rápidamente ciertas precauciones tácticas, pero ¿cambia su estrategia?


¿Da ni un segundo de atención a la idea de que en un instante puede destruir el éxito espléndido de todo un invierno de trabajos, de bravura y de inteligente perseverancia? ¿Recuerda que tiene cantidades ingentes de oro en sus arcas? ¿Piensa en su potencia, ya seguramente establecida?


Ni un segundo. Echa mano de una barra de hierro y, sin esperar siquiera a que hayan llegado los treinta o cuarenta españoles que ha mandado llamar, se abalanza sobre los ídolos y los destroza, dándoles primero en lo alto de los ojos en presencia de los sacerdotes espantados.


Tapia, y sin duda también sus compañeros presentes, le vieron entonces «saltar sobrenatural», elevarse en el espacio tan alto como los ídolos gigantescos que iba a desafiar y a destruir.


Era en efecto sobrenatural y se elevaba más alto que sí mismo. «Considerando que Dios está sobre natura» —había escrito poco antes al Emperador—.


Así ahora alzado hacia Dios por su fe, se elevaba sobrenatural. La marcha que había comenzado unas semanas antes en las marismas de Veracruz, hacia lo alto, elevándose paso a paso, lucha a lucha, victoria a victoria, por los escalones gigantescos de la cordillera haste la altiplanicie de la capital misteriosa y recóndita, tenía que terminar en la más alto de las ascensiones haste aquella cúspide del Teocalli más empinado donde Cortés dio un golpe de barra histórico entre los ojos del feroz Uitehilipochtli.


Aquél fue el momento culminante de la conquista, la hora en que el anhelo del hombre por alcanzar lo más alto triunfa sobre su querencia a contentarse con disfrutar de lo ya conseguido; la hora en que la ambición y el esfuerzo vencen al éxito, en que la fe vence a la razón.


Si Cortes hubiera sido un hombre menos razonable, aquel acto hubiera podido descontarse como una temeridad por bajo de las normas que todo hombre debe alcanzar para que se le considere como en plena madurez; pero Cortés encarnaba la razón y la cautela.


Su acto no puede pues interpretarse como caída por bajo de la razón, sino al contrario, como subida por encima de la razón. Por eso ha entrado de lleno en la leyenda, como todos los actos en que el hombre se eleva por encima de los hombres.”


Estos son los espíritus que conformaban los hombres notables de la España del Siglo de Oro. ¿Volverán sus inquietudes a llenar nuestros anhelos.

 ———-

Recibe la información de actualizaciones al momento subscribiendo en la dirección

Para recibir las novedades de Anotaciones en el Facebook
Entra en
https://www.facebook.com/AnotacionesRenL
Ponte encima de “Te gusta”
Y selecciona “Recibir notificaciones” 

 

Origen: 13 de Agosto Celebración de la liberación de Tenochtitlan (Ciudad de Méjico) por Cortés y sus aliados los indígenas del valle de Puebla-Tlaxcala. El espíritu que les animaba

La Sanjurjada – Julio Domínguez Arjona


                 El general Sanjurjo y el el general Garcia de la Herranz por las calles de Sevilla tras el golpe

JULIO DOMÍNGUEZ ARJONA
10 de Agosto  de 2014

 

Se conoce como La Sanjurjada al fallido golpe de Estado que intentó parte del ejército español  tal día como hoy, 10 de agosto de 1932 contra la II República, liderado desde Sevilla por el general Sanjurjo. Constituyó el primer levantamiento de las Fuerzas Armadas contra la República desde su instauración en 1931, y su fracaso convenció  a muchos políticos  republicanos de que el peligro de las conspiraciones había pasado y la aceptación de la República era definitiva. . El tiempo demostró que estaban equivocados .-

Sanjurjo se sublevó en Sevilla la mañana del 10 de agosto de 1932, con un resultado de 10 muertos y 18 heridos el pronuncimiento fue un exito en Sevilla, pero fracasó en Madrid, pues un telegrafista los puso sobre aviso .En Madrid el golpe tuvo un desenlace muy distinto y constituyó un fracaso desde el principio: el Presidente del Consejo de Ministros, Manuel Azaña, y su gobierno ya conocían el plan , y la mayoría de militares rebeldes fueron detenidos después de un breve combate en la Plaza de Cibeles.  Tras la capital, ninguna otra ciudad secundó el golpe.-

Siempre he pensando si  el golpe encabezado por Sanjurjo  hubiese sido un exito , ( en parte lo fue ) se habria  producido un regimen transitorio de regencia que hubiera dado paso a la instauracion de una monarquia parlamentaria .y de paso nos habriamos ahorrado, años de guerra , un millón de muertos y muchos años de odio irreconciliables.-

Mientras tanto, en Sevilla los comunistas y los anarquistas reaccionaron rápidamente y declararon una huelga general que Sanjurjo no pudo controlar. Cuando vio todo perdido, sus seguidores le recomendaron que huyera a Portugal, siendo  detenido en Ayamonte (Huelva) cuando trataba de pasar la frontera. Tras el desconcierto que reinó en la ciudad cuando el golpe se vino abajo, la respuesta marxista popular, no se hizo esperar y al dia siguiente del fracaso de la intentona golpista le pegaron fuego al  Circulo Labradores, al Circulo Mercantil , ( como ven en la foto superior de la calle Sierpes )  entre otros . amen de las habituales manifestaciones, tumultos diversos atentados a templos y casas particulares .-

Tras el golpe, la depuracion tras este fracasado pronunciamiento fue la  suspensión e incautación de 114 periódicos , deportaciones de mas 138 personas  a Villa Cisneros ; mas de 300 detenidos en Madrid y 145 procesados. En Sevilla fueron un total de 145, asi como la destitucion , de jefes, oficiales de la guarnición de Sevilla asi como la el desarme y disolucion de la Guardia Civil y Asalto de nuestra Capital. Incautación de las fincas propiedad de los implicados. Sanjurjo, fue en un primer momento  condenado a muerte, y posteriormente, tras su indulto por iniciativa del Presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, pasó una temporada en el penal de El Dueso, exiliándose finalmente en Estoril (Portugal). –

Sanjurjo, junto con los generales Emilio Mola, Francisco Franco y Gonzalo Queipo de Llano, comenzó a trazar planes para derrocar el gobierno del Frente Popular., en un segundo golpe que al no triunfar en toda España  desencadeno la Guerra Civil .  Curiosamente, los dos primeros murieron en sendos accidente de aviación , casualidades de la vida .-


EFECTOS DE LA SANJURJADA
          
11 de Agosto de 2016 

Tras publicar ayer en la sección “Tal Dia Como Hoy “,  La Sanjurjada , un lector ha tendio a bien remitirme esta curiosa foto superior de lo que ocurrió tal dia como hoy el 11 de Agosto de 1932 y concretamente en la Palmera , la atacada casa de Luca de Tena , envuelta en humo ( obra de Anibal González, y conocida popularmente por “el cuarto de kilo de la plaza de España” ) .-

En  la noche del 10 de agosto, Sanjurjo conocedor del del fracaso, de su intentona de golpe  el centro de la ciudad ya estaba ocupado por las masas obreras. Al día siguiente comenzaron  las venganzas que no se hicieron de esperar .-El balance fue de un guardia civil muerto, en el intento de asalto a la cárcel del Pópulo; tres civiles heridos, varios intentos de asalto a casas particulares; los incendios de los locales del Nuevo Casino , Círculo Mercantil y Círculo Labradores, de los chalets de Luca de Tena ( foto superior ) y Villa Casa Blanca, que quedó  totalmente destruida y  saqueada, sin que las autoridades hicieran nada por evitarlo.-

También fueron dañados de diferente consideración, las iglesias de San Ildefonso, San Juan de la Palma y San Martín, las dos últimas por las masas obreras . Todos los edificios citados fueron ocupados por la multitud, sus bienes destruidos y arrojados a la calle, sin que las autoridades hicieran nada para evitarlo .-

Una especie de preludio, o ensayo general de lo que ocurriría en Sevilla cuatro años después con resultado diferente .-

Correo electrónico del autor: Pulsar aquí

Pagina diseñada y administrada por Julio Domínguez Arjona .
Copyright ©  Texto Julio Domínguez Arjona  Prohibido expresamente cualquier reproducción  total o parcial de las fotos , y textos sin autorización expresa y escrita del autor

Origen: LA SANJURJADA

La verdadera historia del País Vasco: así se unieron Álava, Vizcaya y Guipúzcoa a Castilla – Cesar Cervera / ABC

El nacionalismo vasco se cuida en esconder que las tres provincias históricas se anexionaron a Castilla de forma pacífica hace más de siete siglos. Los matrimonios entre nobles y la afinidad cultural fueron las principales armas castellanas

Fernando «el Católico» recibe la pleitesía de las Juntas Generales de Vizcaya, reunidas en Guernica, en 1476
Fernando «el Católico» recibe la pleitesía de las Juntas Generales de Vizcaya, reunidas en Guernica, en 1476 – Wikipedia
CÉSAR CERVERA – Madrid 21/10/2014 

Lejos de la imagen que quieren transmitir los nacionalistas de un pueblo aislado del resto de regiones españolas, la historia de lo que hoy conforman las tres provincias vascas está directamente vinculada a la del Reino de Castilla desde hace más de siete siglos. Y, si bien el Señorío de Vizcaya y el Señorío de Arriaga (aproximadamente el 40% de la actual Álava) conservaron durante un tiempo sus propias instituciones, no tardaron en adoptar la legislación castellana.

No obstante, cada una de las tres regiones históricas, cuyos territorios no corresponden exactamente a los actuales, protagonizó distintos procesos de unión al Reino de Castilla. Así, el único punto en común entre las tres es que la anexión se efectuó en el marco de la competencia entre la Corona de Navarra y la Corona de Castilla. Si finalmente la balanza se inclinó a favor de los reyes castellanos, fue por la capacidad de estos de desarrollar una política de mutua conveniencia para estas regiones, donde cabía el respeto por sus instituciones medievales.

Guipúzcoa: la población eligió Castilla

La primera mención documental sobre Guipúzcoa data del siglo XI y la incluye como una tierra perteneciente al Reino de Pamplona. Sin embargo, los esfuerzos por mantener la zona de Guipúzcoa bajo la influencia navarra naufragaron en 1076, con la muerte de Sancho IV de Pamplona. Ese año, la mitad occidental del territorio guipuzcoano pasó a Castilla, regida por Alfonso VI, mientras el resto se incorporó al dominio del rey navarro-aragonés (monarquía que duró hasta 1134). A partir de entoncesa, serán los señores de Vizcaya quienes gobiernen la mayor parte de Guipúzcoa en nombre de los reyes castellanos.

En el año 1200, Alfonso VIII de Castilla incorporó Guipúzcoa de forma definitiva a su reino. Nada pudo hacer Navarra para evitarlo, frente al potencial militar de los castellanos y la firme decisión de las pueblas guipuzcoanas. Si bien la nobleza local era defensora de la causa navarra, el pueblo, con vocación comercial, sentía mayor vinculación con el Reino de Castilla. Pronto la decisión se demostró sumamente acertada. Durante los siguientes años, frente al inmovilismo navarro que en las últimas décadas del siglo XII solo había fundado San Sebastián (con el objetivo de obtener una salida al mar), Castilla promovió una ambiciosa reestructuración del territorio. La fundación de un total de veinticuatro núcleos, en algunos casos se trataba solo de la concesión de la categoría de villa, asentó el dominio castellano en Guipúzcoa en la primera mitad del siglo XIII.Además de para fortalecer su posición, los reyes castellanos vieron claro el potencial marítimo de levantar villas en la zona. Entre los años 1203 y 1237, los reyes Alfonso VIII y Fernando III impulsaron la creación de cuatro localidades costeras –Fuenterrabía, Guetaria, Motrico y Zarauz– que en el futuro se revelaron cruciales para la presencia marítima del Reino de Castilla en el Cantábrico.

La nobleza alavesa entregó la región

Hasta el siglo X la región de Álava era tan solo un territorio fronterizo del reino asturiano, donde se repetían las invasiones musulmanes desde el valle del Ebro. Cuando el dominio musulmán menguó en el norte de España, las coronas de Castilla y Navarra pusieron sus ojos en la región de Álava y desplegaron su influencia sobre los condes locales. En 1076, con el asesinato de Sancho IV de Pamplona, el rey Alfonso VI de Castillaincorporó a su reino La Rioja, Vizcaya, Álava y, como ya hemos mencionado, parte de Guipúzcoa. No en vano, esta anexión y otras posteriores fueron solo de carácter temporal y hubo que esperar hasta principios del siglo XIII para que se produjera su unión definitiva a Castilla.

Entre 1199 y 1200, la preeminencia navarra sobre Álava sufrió un vuelco en el contexto de un episodio bélico contra Castilla. El rey Alfonso VIII de Castilla conquistó por la vía militar Vitoria y parte de Álava. Al contrario del caso de Guipúzcoa, donde la población defendió la causa castellana y la nobleza la navarra, el dominio castellano sobre Álava fue previamente negociado con los nobles alaveses, descontentos con la política de los reyes navarros de fundación de villas. Sin embargo, el territorio dominado por el Señorío de Arriaga, cerca del 40% de la actual Álava, fue independiente a Castilla hasta su autodisolución en 1332, fecha en la que se produjo la entrega voluntaria de las tierras de la Cofradía a Alfonso XI. En contrapartida a la autodisolución de esta institución de orden feudal, los hidalgos alaveses obtuvieron de Alfonso XI el reconocimiento de un estatuto jurídico privilegiado.Así y todo, la adhesión a Castilla se puede considerar plena desde el siglo XIV, salvo por un breve periodo de la guerra civil castellana en el siglo XIV entre Pedro I y Enrique de Trastámara, durante la que Carlos II de Navarra retuvo bajo su corona a las villas más importantes de Álava.

Vizcaya, un baluarte militar para Castilla

En el periodo de los Tercios de Flandes, cuando se hablaba de vizcaínos se hacía referencia a cualquier habitante procedente de las regiones vascas. Una demostración del protagonismo que adquirió el Señorío de Vizcaya en la incipiente Monarquía hispánica. Pero mucho antes de su adhesión, al igual que en Álava y Guipúzcoa, los nobles de Vizcaya se vieron en la tesitura de si acercarse a la esfera de Navarra o a la de Castilla. En su caso, la influencia castellana se impuso casi desde el principio y muchos historiadores afirman que el señorío de Vizcaya ya era vasallo del Reino de Castilla en 1379. Con todo, desde el siglo XII los reyes castellanos habían efectuado continuas alianzas con los señores de Vizcaya para sus empresas en la Reconquista. En agradecimiento a su esfuerzo bélico, los monarcas castellanos dispensaron numerosos cargos, honores y estados a los nobles vizcaínos. Fue, por tanto, una región históricamente beneficiada y cuidada por Castilla.

El Señorío de Vizcaya fue heredado por los sucesivos descendientes de la familia López de Haro, de origen navarro pero afiliación castellana, hasta que en 1370 recayó por herencia materna en el infante Juan de Castilla, permaneciendo desde entonces el señorío vinculado a la Corona, primero a la de Castilla y luego, a la de España. La única condición era que el señor de turno jurase defender y mantener los fueros del señorío (los fueros de Vizcaya), que en su texto afirmaban que los vizcaínos podían desobedecer al señor que así no lo hiciera

Origen: La verdadera historia del País Vasco: así se unieron Álava, Vizcaya y Guipúzcoa a Castilla

Carta de Alfonso Ussía. A quien corresponda


A quien corresponda
A la presumible alcaldesa de Madrid y a quien en realidad gobierna sobre ella: He leído que han previsto eliminar del callejero de Madrid más de trescientos nombres. Agustín de Foxá, José María Pemán, Salvador Dalí, Santiago Bernabéu – no hay huevos–, y Pedro Muñoz-Seca, entre otros. Por franquistas. Permítanme que hoy me ocupe exclusivamente del último. Nació en el Puerto de Santa María, se doctoró en Derecho y Filosofía y Letras en Sevilla, se instaló en Madrid para cumplir con sus sueños de autor teatral y estrenó en la Capital de España 187 comedias.

Casado y con nueve hijos, la segunda de ellos, mi madre.
Don Pedro pudo ser franquista, pero sus antecesores en el odio no le permitieron la libertad de elegir. En julio de 1936 estrenó en Barcelona, en el Teatro Poliorama, su comedia la «La Tonta del Rizo». No iba con segundas porque no conocía a la señora Carmena. En Barcelona fue detenido y llevado a la prisión-checa de San Antón. Y cuatro meses más tarde, el 28 de noviembre de 1936, torturado y asesinado en Paracuellos del Jarama, sacrificio que compartió con otros cinco mil españoles, más de un centenar de los cuales eran menores de edad. Hijos de militares. Pena de muerte.
Don Pedro, que no le hizo mal a nadie y bien a muchos , perteneciente a la clase media andaluza, era el segundo varón de la familia, precedido por su hermano don Francisco, médico del Puerto de Santa María y seguido por su hermano don José, pediatra con toda su carrera desarrollada en Madrid. Hasta que pudo vivir y mantener a su familia con sus éxitos teatrales, trabajó en el bufete de don Antonio Maura e impartió clases particulares a domicilio de Griego, Latín y Hebreo. Entre sus éxitos, a punto de cumplirse el centenario de su estreno, destaca «La Venganza de Don Mendo» la obra teatral que comparte con «Don Juan Tenorio» de Zorrilla, el honor de ser la más representada en la historia del Teatro en España.
Don Pedro era colaborador de ABC, lector de ABC y suscriptor de ABC, entre otros motivos por su estrecha amistad con don Torcuato Luca de Tena. Y era monárquico. Su amistad con Don Alfonso XIII está documental y visualmente demostrada. Podían quitarle ustedes la calle por monárquico y lector de ABC, pero no por franquista, que podía haberlo sido, pero sus antecesores en el odio lo asesinaron antes de que pudiera elegir.
Siendo portuense y vecino de Madrid, su gran amor fue San Sebastián. Allí, en el Teatro Victoria Eugenia, estrenó una decena de obras. Se enamoró de una villa de Ondarreta. Era amigo de los Llobregat que tenían una casa «Toki Ona», que significa «Villa Grande», y de los Satrústegui y Padilla, propietarios de «Toki Eder», «Villa Hermosa». Mi abuelo quiso bautizar a su casa «Toki El Timbre», pero no pudo hacerlo porque ya, sus antecesores en el odio, lo habían asesinado. Cuando se confirmó su muerte, Don Alfonso XIII le envió desde el exilio una carta a mi abuela, con el sobre manuscrito: «Dª Asunción Ariza, Viuda de Muñoz-Seca. ‘‘Villa Toki El Timbre’’. Ondarreta. San Sebastián. España». Los Muñoz-Seca no vivían allí, pero la carta llegó.
Durante el cautiverio –horas y horas pasé junto a sus compañeros supervivientes conociendo detalles–, Don Pedro se convirtió en el repartidor de optimismos y esperanzas. De cuando en cuando aparecía por ahí el despreciable Gálvez, uno de los más abyectos personajes de la época, visitador de checas y ejecutor de quienes consideraba sus adversarios. Don Pedro había ayudado a Gálvez, un mal poeta, a sobrevivir durante años. El 27 de noviembre, le llegaron rumores de su inmediato «traslado» a Valencia. Ya lo había firmado Santiago Carrillo. Se trataba de unos «traslados» a Valencia muy fugaces, por cuanto el traslado finalizaba siempre en la hilera de la muerte de Paracuellos, ante el pelotón de fusilamiento del Frente Popular.

Don Pedro se encerró con el padre Ruiz del Rey, en una celda en la noche del 27. Salió fortalecido. De su puño y letra escribió a su mujer la última carta. Está fechada el 28 de noviembre de 1936, horas antes de ser pasado por las armas. En la carta, que le llegó a mi abuela a través del encargado de Negocios de México con tres años de retraso, don Pedro le relaciona las pequeñas deudas que ha dejado entre sus compañeros. Tranquiliza a la familia. Manda un profundo beso a sus hijos y les hace ver que su sacrificio es por España. Ordena a su mujer que se ocupe de su madre, allá en el Puerto de Santa María. Se reafirma en su Fe y le ofrece a Dios todos sus sufrimientos. Perdona a sus verdugos. Es una carta de dos cuartillas, emocionante y sintética. Algunos de sus hijos murieron sin leerla. En la postdata la última frase: «Como comprenderás voy tranquilo y libre de culpas».

A las seis de la mañana se oyó su nombre. Abrazos y despedidas. Los milicianos «Dinamita» y Riquelme –sus antecesores en el odio–, le arrebataron el abrigo, rompieron sus gafas y para humillarlo, le cortaron sus largos y célebres bigotes. Con un alambre le ataron las muñecas y lo llevaron al camión de los afligidos. Ya en Paracuellos, pidió un cigarrillo. Había sido un fumador empedernido y llevaba diez años sin fumar. Un miliciano piadoso se lo encendió y lo puso en su boca. «Cuando queráis. Dentro de poco estaré en un lugar muchísimo mejor que éste».

A las 8,23 de la mañana, junto a ciento tres compañeros de martirio, se puso ante las ametralladoras, algunas de ellas manejadas por brigadistas internacionales. No pudo abrir los brazos porque los tenía atados con los nudos de bramante. Gritó «Viva España y Viva El Rey».

 Y cayó a saco, con la cabeza rota y el pecho atravesado. Sus huesos descansan en una de las inmensas fosas comunes.

Sus antecesores en el odio, presumible señora alcaldesa de Madrid y el Coletas que en Madrid manda, lo fusilaron cuando contaba 57 años de edad. No había hecho mal a nadie. Ustedes, ahora, los herederos del mismo odio, lo quieren fusilar de nuevo borrándolo del callejero de Madrid. Toda una vida cultural desarrollada en Madrid, y de nuevo, la ráfaga de los disparos del rencor.

 Pobre Gentuza.