Archivo de la categoría: iberoamerica

Cuba, el gran engaño de América – Zoe Valdes

ZOÉ VALDÉS 15 AGO. 2017 03:15

RUDY

 

Algún día debiéramos estudiar los proyectos de nacional-socialismo que rondaron por la mente de Fidel Castro en su juventud. En aquella época, era un asiduo lector de Mi lucha, de Adolf Hitler;después viró hacia textos más leninistas que marxistas en sus años de matrimonio con una burguesa cuyo hermano le conseguía botellas (puestos ficticios muy bien remunerados) en el Gobierno de Fulgencio Batista Zaldívar, el mismo que le salvó la vida, y al que el gordito pesado de Birán dejaría chiquito.

Esos sueños del “Novio de la patria” -como el propio Castro se hizo llamar a inicios del tumbe castrocomunista, cuando empezó a autodenominarse “el Papá de todos los cubanos”-, cundieron en la febril mente del joven Hugo Chávez antes de ser entrenado ideológica y militarmente en Cuba y de convertirse en un militar golpista, años más tarde. Devenido entonces presidente bajo una dictadura constitucional (sueño truncado del castrismo con Salvador Allende en Chile, preferían la anhelada guerrilla), declaraba su socialismo nacionalista del siglo XXI, revivido por el bolchevique Raúl Castro, hermano de la Bestia de Birán, y tan bestia y sanguinario como él, o más.

Las relaciones entre Cuba y Venezuela no siempre fueron tan retorcidas ni estuvieron dominadas por un carácter tiránico como las que hoy observamos.

La bandera cubana fue concebida en 1849 por el militar venezolano Narciso López, en Nueva York. La Asamblea Constituyente de Guáimaro la adoptó en 1868, y en 1902 se convirtió en el símbolo de la Cuba independiente. Es la misma enseña que, sin saber su origen, hemos visto quemar por opositores venezolanos como muestra de odio a los invasores castristas. Una pena;los invasores castrocomunistas se han adjudicado la bandera como se han apropiado de una isla, pero esa bandera no representa a la tiranía. La bandera cubana es la bandera de los cubanos, libres o no.

Venezuela y Cuba siempre se mantuvieron aliados. La sólida y genuina cultura cubana que tanto admiraban los venezolanos, al igual que numerosos latinoamericanos, era sin embargo lo que menos interesaba a los que se adueñaron del destino de la isla y expulsaron a sus artistas y escritores al exilio, fusilaron a los defensores de la libertad y persiguieron y apresaron a tantos inocentes por el mero hecho de opinar en contra de lo que se avecinaba: el odio. Y, con el odio, el castrocomunismo.

El producto de marketing creado por Fidel Castro, la revolución comunista tropical plena de aversión y rencor, llegó y triunfó allá donde se predicó. Por el contrario, su revolución interna fracasó. Una rabia urdida frente a un enemigo inventado no podía llegar a nada.

Durante más de 58 años, el gran lobo feroz se ha llamado “el imperialismo yanqui”. Con el odio a ese ogro supuestamente amenazador, los Castro ganaron el fervor de América Latina y del resto del mundo.

Sin embargo, 30 años de férrea invasión soviética en Cuba no sensibilizó a los libertarios del mundo. A nadie le importó esa desastrosa invasión. Todos, eso sí, deploraron aquella otra invasión traicionada por J. F. Kennedy, conducida por un grupo de cubanos patriotas que intentaron en vano, abandonados por el Gobierno norteamericano, de defender su país del totalitarismo. Como tampoco nadie apoyó la guerrilla que emprendieron miles de cubanos en las lomas del Escambray en contra del comunismo; muchos de ellos habían combatido a Batista. Los dejaron solos.

La soledad de Cuba es épica. Así y todo, pocos escriben la verdad. Ni antes ni ahora reconocen que los cubanos llevan 58 años batallando contra un monstruo que ha conseguido extender sus tentáculos a través de América Latina y del mundo; también hacia Estados Unidos: sus universidades, sus instituciones y al mismísimo Gobierno. El castrismo se apoderó de Nicaragua, de El Salvador, de Argentina, de Bolivia, del Perú, de Ecuador, de una parte de México, y, por fin, de Venezuela entera, la niña de sus ojos.

Fidel Castro quiso enseñorearse de Venezuela desde los años 60. Allí envió a sus guerrilleros, allí murió Antonio Briones Montoto. Hoy sus sobrinos viven como pachás en Miami, y hasta son dueños de restaurantes y clubes de moda, en lo que ha sido la invasión castrista de Miami más onerosa con la anuencia y el apoyo del Gobierno de Barack Obama‘Su intercambio cultural’ unilateral ha servido para que los hijos, nietos y sobrinos de los militares castristas se asienten con sus millones, y los multipliquen, en la ciudad odiada por sus abuelos, padres y tíos, corazón de la mafia del exilio cubano.

Volviendo a Venezuela. Castro la quería a todo coste, primero que a los demás países de América Latina. La perdió en los 60 cuando su guerrilla fracasó. Entretanto, se metió en Chile, y allí tuvo a Salvador Allende -a pesar de que éste ganara en unas elecciones y no por los embates de una guerrilla-. Su plan era otro, cual un Napoleón, más que un Bolívar, el de usurpar más que liberar. Entonces citaba a Napoleón y a Romain Rolland en sus cartas a Celia Sánchez, antes de verse descubierto en su obsesión hitleriana-leninista.

Tras Chile con Allende y el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), Argentina y sus montoneros hoy devenidos millonarios, vinieron Nicaragua y el Frente Sandinista de Liberación Nacional (desde el ICAIC y el ICAP de Cuba se les enviaba armamento), El Salvador y su Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, el Uruguay de los tupamaros, el Perú y Sendero Luminoso, Colombia y las FARC, y así sucesivamente, hasta Angola, Etiopía, Granada, Panamá, y todas las guerras y movimientos injerencistas y batallones de narcoguerrillas y movimientos terroristas. De todo eso los Castro han sido los creadores.

Venezuela no caía. Venezuela con sus gobiernos difíciles se resistía. No perdieron tiempo. Tanto Hugo Chávez como Nicolás Maduro formados en la isla, fueron entrenados para que un día tomaran el poder y convirtieran al país en el horror que es Cuba. Con el tiempo, paciencia y sus entretejidos tentáculos, lo lograron.

Ya lo decía aquella marcha compuesta por el esbirro castrista Agustín Díaz Cartaya a inicios de 1959, autor del himno del 26 de julio, primer movimiento guerrillero dirigido por Fidel Castro, en el peor estilo soviético, la Marcha de América Latina, donde se resume el papel hegemonista de la isla caribeña: “De pie, América Latina… Marchemos junto al socialismo… Cuba, faro de América toda… América revolución”. China y Corea del Norte han llamado siempre a Cuba “el pequeño hegemonista”;el grande era la URSS.

Desde el primer día en que Chávez tomó las riendas se vio el carácter de marioneta en sus intenciones. Los venezolanos no oyeron a los cubanos que les advirtieron lo que se proyectaba, lo mismo que en Cuba: hambre, desolación, odio, división de las familias, exilio, represión, persecuciones. Comunismo, en una palabra.

Muerto Chávez, el mejor discípulo de los Castro, heredaron el poder Nicolás Maduro Diosdado Cabello, designados por Chávez, entrenado el primero también en la isla, y todavía más adocenado y súbdito del máximo poder del Comité Central del Partido Comunista cubano, dirigido por los temibles hermanos y por generales tan asesinos como ellos, Ramiro Valdés y toda su cohorte, que a través del Gobierno narco-castrista hacen y deshacen a su antojo.

Han pasado 18 años de dictadura. Hoy muchos vuelcan su mirada hacia el terror de Venezuela. En Cuba, una tiranía de 58 años conmueve solamente a unos cuantos. Pocos reconocen que el foco de esa atrocidad está en La Habana. Que Cuba ha sido el engaño de América toda, parodiando al himno. Que ese núcleo de oprobio continuará extendiéndose por el mundo.

Venezuela fue convertida en la provincia de ultramar castrista, la provincia rica, bajo la coacción y sometimiento de miles de militares cubanos.

De qué vale que la Unión Europea tome medidas en contra de Venezuela si a Cuba, el meollo del horror, la dejan intacta y le facilitan todo. De qué vale que la ONU condene a Nicolás Maduro si ensalza a los Castro y los reconoce como mediadores entre la narco-guerrilla de las FARC y el Gobierno colombiano.

Sacar a los Castro y a toda su casta significaría liberar a Cuba y a Venezuela, acabaría de una vez y por todas con esa maldición que lleva más de medio siglo acechando y destruyendo por donde pasa y se instala, ahora con su nueva máscara de falsa democracia

Origen: ELMUNDO

“Hugo Chávez nos enseñó a respetar a América Latina” – Rafael Fraguas / EL PAÍS

J. C. MONEDERO | PROFESOR DE CIENCIA POLÍTICA EN LA COMPLUTENSE

El español Juan Carlos Monedero, profesor de Ciencia Política de la Complutense, ha sido su asesor presidencial durante nueve años.

Juan Carlos Monedero.
Juan Carlos Monedero.

Juan Carlos Monedero, de 50 años, es quizá el español que más de cerca y durante más tiempo, casi una década, ha tratado al presidente venezolano recién fallecido, del que ha sido asesor político desde el año 2004. Ha sido fundador del Centro Internacional Miranda, que ha asesorado a Hugo Chávez hasta su muerte. Profesor titular de Ciencia Política en la Facultad de Políticas y Sociología de la Universidad Complutense, Monedero estudió en la Universidad alemana de Heidelberg donde escribió una tesis muy crítica sobre el socialismo en la República Democrática Alemana.

Pregunta. ¿Cómo entró en contacto con Hugo Chávez?

Respuesta. Gracias a sus enemigos. En 2002, yo era asesor de Gapar Llamazares, coordinador de Izquierda Unida. Fue entonces cuando Chávez sufrió el golpe de Estado, como reconoció José María Aznar al ser preguntado: supe pues que si el Vaticano, los americanos y la oligarquía eran sus enemigos y estaban contra él, Chávez debía de estar haciéndolo bien. En 2004 me ofrecieron hacerme su asesor, y acepté, tras dejar la asesoría con Llamazares.

P. ¿Comenzó a colaborar con él?

R. Sí, en el mismo palacio de Miraflores de Caracas.

P. ¿Cómo era Hugo Chávez, cuál era su rasgo más característico?

R. Le dolía enormemente su pueblo. La gente del pueblo le reconocía y le sentía como a uno de ellos. En Basil, en Uruguay, desataba mucha pasión y afecto.

P. ¿Qué destacaría de su personalidad?

R. Su inteligencia, su memoria prodigiosa y su enorme capacidad de trabajo –era capaz de laborar 24 horas seguidas- , tanta, que volvía locos a sus colaboradores.

P. ¿A usted también?

R. Sí. Podía estar recitando poemas una hora seguida, como le escuché una vez en Montevideo junto al cantante y poeta Daniel Viglieti (autor de “A desalambrar”).

P. ¿Le atribuye alguna afición especial?

R. Devoraba los libros. Siempre me pedía libros. Si tuvo alguno de cabecera serían los referidos a Simón Bolívar.

P. ¿Cree o no que poseía sensibilidad para los asuntos internacionales?

R. Cuando se gestaba el UNASUR (mecanismo de integración latinoamericana) le vi desplegar esfuerzos sobrehumanos para que países como Colombia o Chile se integraran. Si tenía que bajar sus banderas para que otros las alzaran, no dudaba en hacerlo. He visto a Lula, Evo Morales, Correa y Lugo, dándole las gracias por todo lo que les había ayudado. “Ahora que estamos unidos, vemos lo difícil que ha sido lograrlo, luego cuando tú estabas solo, ¡cuánto has tenido que padecer!”, les escuché decirle. Verdaderamente, Lula adoraba a Hugo Chávez.

P. ¿Alguna crítica?

R. La oposición venezolana le llamaban “la Regaladera” por su ayuda generosa a los países de su contorno. Qué distinto trato daba a sus vecinos del que nos propina a nosotros Ángela Merkel.

P. Como politólogo, ¿cómo definiría a Hugo Chávez?

R. En la perspectiva del pensador latinoamericano Ernesto Laclau, lo definiría como un populista de izquierdas, entendiendo el populismo como surgido en Venezuela en un momento histórico de reconstrucción del cemento social. Hay que recordar que Chávez llega al poder en Venezuela tras 25 años de políticas de ajuste, como a las que ahora nos somete el Partido Popular. Venezuela era entonces un país desestructurado, resignado, sin esperanza. El populismo se convierte pues en la herramienta política para consumar un proceso destituyente de las ruinas políticas y para comenzar otro proceso, constituyente, de construcción de un modelo político nuevo.

P. ¿Cómo veía a su pueblo?

R. Me sorprendió mucho que un pueblo como el venezolano, al que se consideraba analfabeto, llevaba en el bolsillo su Constitución, que habían discutido entre todos los venezolanos. Aquí, sin embargo, pese a que se nos considera alfabetizados, se nos dice que no se puede abrir el melón constitucional porque no estamos preparados. Chaves me enseñó a respetar a los pueblos de América Latina. Vibraba con todo lo relacionado con los pueblos del continente, su música, su arte, su belleza. Se deleitaba escuchando a Dudamel y la Joven Orquesta de Venezuela…

P. ¿Recuerda alguna anécdota personal con él?

R. Muchas. Una vez en un ¡Aló presidente!, él hablaba sobre el expolio de Colón y los conquistadores españoles. Yo me escondía detrás de una senadora, Piedad Córdoba. Pero él me buscó y, recordándome mi apellido, que le hacía gracia, me dijo: “Monedero, no te escondas y vete calculando cuántas toneladas de monedas de oro y plata nos tenéis que devolver”. Por otra parte, había otra España, la que le ayudaba, como la que yo representaba, que le convocaba y le recordaba al exilio republicano.

P. ¿Algun desencuentro durante sus nueve años de asesor?

R. Una vez, en 2009, durante una sesión de balance crítico del Proceso Bolivariano se molestó mucho, pero reconoció que la crítica desempeñaba un papel esencial. En otra ocasión estaba yo en directo en la televisión y me llamo para saludarme y agradecerme mis juicios, con lo cual demostró que si bien otras revoluciones devoran a sus hijos, la suya se proponía aceptar y hacer prevalecer la autocrítica.

Origen: “Hugo Chávez nos enseñó a respetar a América Latina” | Internacional | EL PAÍS

13 de Agosto Celebración de la liberación de Tenochtitlan (Ciudad de Méjico) por Cortés y sus aliados los indígenas del valle de Puebla-Tlaxcala. El espíritu que les animaba

Cuando se viaja por América, todavía hoy,  y  las gentes se asombran ante la fuerza y la grandeza de la naturaleza, se admira con más intensidad la obra de titanes que supusieron los descubrimientos, la conquista y la liberación de las Américas, obra que valora más cuando se miden las condiciones y medios con que se realizó.Y la pregunta que se puede hacer a continuación es ¿qué es lo que diferenciaba a estos héroes de otros hombres vulgares?:

Y la respuesta es la Fe.

En el aniversario de la liberación, 13 de agosto de 1521, de México-Tenochtitlan por Cortés le tomaremos como modelo y representante del espíritu y valores que informaban a estos conquistadores, del que disponemos de mucha información gracias a los cronistas y biógrafos: Bernal Díaz del Castillo, Francisco Cervantes de Salazar, Gomara, Herrera, Fernández de Oviedo, Navarrete, Madariaga…

Escudo de los Cortés
 

Sobre el libro de éste último sobre Cortés nos apoyaremos especialmente.

Sus juicios son especialmente agudos y provienen de un pensador que por sus posiciones políticas no son “sospechosos”.

Como él indica, “Cortes, es uno de aquellos hidalgos de fortuna que se precipitaban en tumultuoso torrente hacia el continente desconocido con sus personas, sus bienes, su vida entera; del mismo linaje histórico que Ojeda y Nicuesa, Pedrarias y Balboa, Pizarro y Solís, u otros tantos conquistadores vigorosos centauros del Descubrimiento-Conquista que galopaban sobre el continente sin dejarse arredrar ni por la flecha indígena, ni por la naturaleza inhóspita y cruel, ni por sus propios rivales, hasta que el indígena, la naturaleza o el rival ponía trágico fin a su vida y aventura.

Como ellos, Cortés se lanzaba al Nuevo Mundo movido por una ambición tácita y oculta que la mera existencia de lo ignoto provocaba en su alma, por la tensión entre la vitalidad virgen de su ser y el ámbito sin límites en qué aplicarla, tensión que actuaba en todos ellos, pues estaba en el aire, pero que sólo sentía cada cual según el metal de su ánimo.

Estas tendencias naturales habían ido tomando forma histórica concreta durante los siete siglos de la Reconquista en que España había sido almáciga de guerreros.

En aquellos siete siglos (que terminaron cuando Cortés tenía seis años de edad), la única profesión que un español viril creía digna era la lucha contra el infiel.

De esta tradición surgen Cortés y todos los conquistadores.

Fueron al Nuevo Mundo a «fazer nuevas moradas» y «a ganar el pan» con su lanza y espada, y tan lejos estaban de abrigar la menor duda sobre la ética de su profesión como el accionista de una empresa lo está hoy de abrigar dudas sobre la ética de sus dividendos o el obrero especializado sobre la de sus altos jornales.

Era una forma de vida establecida y reconocida tácitamente, una ley no escrita que obligaba al hidalgo o caballero a ganarse la vida, hacerse la fortuna y fundar o mantener su linaje por medio de las armas.

El trabajo no tenía nada de deshonroso en sí; al contrario, el buen artífice era objeto de universal estima, quizá mayor que en nuestra era mecanizada. Sólo era vergonzoso el trabajo para el caballero o hidalgo, porque implicaba falta de valor para ganarse la vida y la fortuna por medios más peligrosos.

Por tanto, los conquistadores, vástagos de veinte generaciones de vencedores de moros, acudían al Nuevo Mundo imbuidos de la certeza absoluta de estar en su derecho y en su deber como hidalgos al ganar nuevas moradas y abundancia de pan luchando contra aquellos nuevos infieles en tierras ignotas.

Pero además sentían igual derecho e igual deber no sólo como hidalgos sino como soldados de Cristo.

Como Cortés solía repetir en cuanto a él concernía, «no tengo otro pensamiento que el de servir a Dios y al Rey».

¿Qué quería decir con servir a Dios? Hombre de su siglo, profundamente empapado en la fe, más todavía, de alma tejida con fibra de la misma fe, para Cortés no eran frase vana estas palabras.

¿Cómo podríamos nosotros, para quienes la fe es una lotería que se gana o se pierde según la suerte de cada alma, comprender aquella edad en que era la fe como el aire y la luz, una de las condiciones mismas de la existencia, el aliento con el que se hablaba, la claridad con que se veía?

Cortés respiraba la fe de su tiempo. «Rezaba por las mañanas en unas Horas —dice Bernal Díaz— e oía misa con devoción.» Era una fe sencilla, fundada sobre la roca viva de la unidad y de la verdad. Verdadera porque una; una porque verdadera.

Lutero había nacido ya, pero su voz no resonaba todavía —al menos en el Nuevo Mundo—. Todos los hombres, cualquiera que fuese su nación o su color, eran o cristianos o infieles o capaces de que la luz del Evangelio los iluminara e hiciera ingresar en el girón de la cristiandad.

Servir a Dios quería decir una u otra de estas dos cosas tan sencillas: traer al rebaño de la Iglesia a los pueblos ignorantes todavía ajenos a la fe, o guerrear contra aquellos infieles que, por negarse a la conversión, se declaraban enemigos de Dios y de su Iglesia.

Este era precisamente el plan de acción de Cortés en aquellas tierras desconocidas que le aguardaban a Occidente: si los «indios» se declaraban dispuestos a escuchar a su fraile, a dejarse bautizar y a aceptar la soberanía del Emperador de la cristiandad, paz; si se oponían, guerra.

Este servicio de Dios era desde luego también servicio del Rey-Emperador. Al fin y al cabo ¿no era el Emperador ministro de Dios en la tierra?

Este pensamiento era la base de toda la filosofía política, no sólo española sino europea, y es seguro que Cortés lo oiría definir y comentar más de una vez en las aulas salmantinas: había que obedecer al Rey no como Rey sino como ministro de Dios.

Cortés serviría pues al Rey por el mero hecho de que conquistaría para la cristiandad el ánimo y la voluntad de un nuevo Imperio.

Téngase en cuenta que, en aquellos tiempos, Estado y religión, civilización y fe, eran una misma cosa, de modo que el servicio de Dios y el del Rey eran uno y lo mismo en este otro sentido de que la conversión, a ojos de aquel siglo, no era tanto un acto religioso e individual como social y colectivo.


Cujus rex eius religio era el principio de aquella edad no sólo entonces, cuando nadie soñaba todavía con la Reforma, sino aún más tarde cuando la Reforma vino a hacer de este principio, tan extraño para la actualidad, factor de tan grave importancia para la historia de la Cristiandad.


Así se explica que Cortés se embarcase en su aventura con quinientos soldados y sólo un fraile y que tanto él como sus compañeros tuviesen una certeza tan absoluta de la santidad de su causa, pues, una vez establecido su poder sobre la tierra conquistada y «pacificado» el pueblo, la conversión era pan comido. No había en esta actitud ni sombra de tiranía espiritual:


La conversión era pan comido puesto que la fe cristiana era la única verdad, y, por lo tanto, los indios, libertados de su paganismo por las armas españolas, no podrían dejar de ver con sus ojos ya libres la luz de aquella única verdad.


No nos extrañe esta actitud: no sonriamos con sonrisa de superioridad, porque los hombres de nuestros días piensan y obran de idéntica manera con respecto a su religión, que llaman Democracia liberal.


En ella creen con fe no menos ingenua, teniéndola por la felicidad evidente para todo hombre de buen sentido, y en esta fe cobran fuerzas para imponer el progreso y la libertad a todas aquellas sociedades que no comparten su religión cívica.


Ha cambiado la letra pero la música es la misma. Pecaríamos de injustos al ver hipocresía en la actitud de Cortés. Hipócritas y egoístas los hay hoy y los había entonces, pero entonces como ahora, la mayoría de los hombres de acción no veía contradicción o falta de armonía alguna entre sus fines y sus métodos.


Cortés era sin duda uno de estos conquistadores sinceros. Cuando hablaba de servir a Dios y al Rey decía lo que sentía, es decir, su fe como agente cristianizador y civilizador de almas paganas y de Estados bárbaros.


A buen seguro que no era cosa fácil encarnar una religión tan absoluta en sus normas.
El Capitán, como sus soldados, hallaría a veces la armadura de un soldado de Cristo bien rígida para los movimientos libres que pide la vida de los humildes humanos.


En tales momentos, Cortés pecaba; a no ser que hallase en su conciencia una junta elástica entre el ideal absoluto del Evangelio y la práctica relativa de la realidad. Así le veremos aceptar mujeres indias, regalo frecuente de sus amigos indígenas, no sin bautizarlas primero.


Pero en cuanto a la conquista en sí, Cortés se nos presenta como un conquistador persuadido de su derecho a dominar a aquellos infieles para hacerlos entrar en el jirón de la Iglesia, pero a la vez consciente de su deber de no recurrir nunca a las armas hasta haber agotado todos los medios pacíficos de hacerse con la voluntad de los indígenas.


Esta actitud no era tan sólo mero deseo de economizar sus escasas tropas; era también consecuencia de su opinión teórica basada en su concepción religiosa, como lo prueba su práctica de hacer leer por el escribano público ofertas de paz tres veces repetidas antes de iniciar un ataque.


Esta ceremonia, no era para él mero trámite de leguleyo..


Ejemplos de su actuación, poniendo por encima los intereses espirituales sobre los materiales, aunque los primeros pusieran en peligro los segundos, los tenemos abundantemente.


Como cuando los españoles asistiendo a un servicio religioso indígena, escuchando en silencio un sermón de un sacerdote indio, vestido con largas mantas de algodón y que llevaba el cabello, al modo ritual, sin lavar ni peinar desde que había sido ordenado, masa sólida cimentada con la sangre de sus víctimas humanas. Cortés, por media de Melchoi, el intérprete indio, explicó a los indígenas que «si habían de ser nuestros hermanos, que quitasen de aquella casa aquellos sus ídolos que eran muy malos y les hacían error, y que no eran dioses, sino cosas malas, y que les llevarían al infierno sus ánimas v se les dio a entender otras cosas santas y buenas y que pusiesen una imagen de Nuestra Señora que les dio y una cruz y que siempre serían ayudados y tendrían buenas sementeras y se salvarían sus ánimas».

Los indios no se atrevían por miedo a sus dioses y desafiaron a los españoles a que se atreviesen ellos, con lo que pronto verían cómo los dioses les harían perderse en el mar. Cortés mandó entonces despedazar a los ídolos y echarlos a rodar gradas abajo; hizo limpiar y purificar el templo, lavar las espesas capas de sangre seca que cubrían los muros y blanquear todo y después hizo edificar un altar sobre el que puso la imagen de la Virgen adornada con ramos y flores: «Y todos los indios estaban mirando con atención».


 

Esta escena parecerá sin duda de lo más anticientífico a muchos arqueólogos y no faltarán racionalistas escépticos que, blandiendo la Inquisición, declaren la religión de Cortés tan sangrienta como la de los indígenas y, por lo tanto, el cambio de ídolos sin significación alguna para la humanidad.

Pero el observador sobriamente imparcial pensará de otro modo. No hay quien lea la página en la que Bernal Díaz refiere este episodio sin sentir la fragancia de la nueva fe y de la nueva leyenda que vienen a llenar el vacío creado por la destrucción de los sangrientos ídolos:


La Virgen Madre y el Niño, símbolos de ternura y de debilidad, de promesa y de abnegación, en vez de los sangrientos y espantosos dioses.


Al realizar este acto simbólico, Cortés obedecía sin duda al impulso de una fe ingenua y sencilla -único rasgo ingenuo y sencillo en aquel carácter tan redomado- pero también a un seguro instinto del valor de los actos y de los objetos concretos y tangibles en el gobierno de los pueblos.


La destrucción de los ídolos iba a transfigurarse en una de las escenas legendarias de su vida en cuanto sus inauditas hazañas hiciesen de él una figura heroica cubierta de leyendas floridas; porque, en efecto, la leyenda es un acto cuya verdad vive en la esfera de los símbolos y Cortés iba a ejecutar más de una vez este acto tan simbólico y creador, único que podía elevar a los indígenas de Nueva España de sus sórdidos ritos caníbales al nivel elevado del ritual cristiano.


Los indígenas estaban por lo visto más dispuestos de lo que hubiera podido creerse para aceptar el cambio, pues cuenta Bernal Díaz que, al volver la armada inesperadamente a causa de una avería en un navío, hallaron «la imagen de Nuestra Señora y la cruz muy limpio y puesto incienso». Y añade: «Dello nos alegramos».


Cortés consideraba gracia de Dios las victorias que había conseguido y se preocupa en su correspondencia de los sacramentos. Leámoslo en Bernal Díaz,: «En las cuales cartas les hizo saber las grandes mercedes que Nuestro Señor Jesucristo nos había hecho en las victorias que hobimos en las batallas y reencuentros desque entramos en la provincia de Taxcala, donde agora han venido de paz, y que todos diesen gracias a Dios por ello, y que mirasen que siempre favoreciese a los pueblos totonaques nuestros amigos y que le enviase luego en posta dos botijas de vino que había dejado soterradas en cierta parte señalada de su aposento…»

 
Caída sensible, se pensará, para un caudillo que así pasa de sus consejos de política en favor de los totonaques y su devoto agradecimiento al Señor a Quien atribuye su gloria y sus victorias, a pedir que le manden dos botijas de vino escondidas en su aposento de Veracruz.


Pero, un momento. Sigamos leyendo: «… dos botijas de vino que había dejado soterradas en cierta parte señalada de su aposento y ansí mismo trujesen hostias de las que habíamos traído de la isla de Cuba porque las que trujimos de aquella entrada ya se habían acahado».


Aquel vino no era pues para banquetes y no lo había ocultado a sus sedientas tropas para aplacar la sed del General; era para la misa y se había apartado para asegurar la continuidad del sacramento. «En aquellos días —añade Bernal Díaz — en nuestro real pusimos una Cruz muy suntuosa y alta y mandó Cortés a los indios de Çimpançingo y a los de las casas questaban juntos de nuestro real que lo encalasen y estuviese bien aderezado»

 
Junto con la confianza en sus hombres, fe en la victoria sin la que la victoria es imposible, Cortés sentía la vocación de conquistar vastos territorios y pueblos para el Imperio cristiano cuyo soldado tenía conciencia de ser.


Para él, la propagación de la fe y la de las banderas de España eran una misma cosa, y tan evidente que no admitía ni duda ni discusión.


Así escribe al Emperador cómo, para animar a sus soldados, les hizo valer que estaban «en disposición de ganar para Vuestra Majestad los mayores reinos y señoríos que había en el mundo. Y que demás de facer lo que a cristianos éramos obligados, en puñar contra los enemigos de nuestra fe, y por ello en el otro mundo ganábamos la gloria, y en éste conseguíamos el mayor prez y honra que hasta nuestros tiempos ninguna generación ganó».


Estas palabras de su pluma prueban hasta qué punto eran inseparables en su espíritu los motivos nacionales y los religiosos, lo que no ha de sorprendernos en un hombre de su tiempo, sea cual fuere su nacionalidad, y menos todavía en un español, acostumbrado por una guerra siete veces secular contra el moro invasor a ver en el extranjero al infiel y a identificar la fe con el patriotismo.


Además, al arrostrar tan ingentes peligros, Cortés confiaba de pleno en la ayuda divina.


El relato de Bernal Díaz es aquí inestimable, en contraste con el más corto y sobrio del propio Cortés; pues mientras el soldado, a pesar de su tendencia a sacar a luz a los de filas, se ve arrastrado por la belleza misma del valor sereno de su caudillo a ensalzar los méritos de Cortés, de cuya alma inconmovible hace irradiar ante nuestros ojos todo el ánimo que inunda a su ejército, Cortés se limita a apuntar al cielo como la fuente de la fuerza que él comunica a sus hombres en palabras cuya misma sencillez hacen llegar haste nosotros el aroma de su sinceridad: «Y que mirasen que teníamos a Dios de nuestra parte y que a El ninguna cosa es imposible, y que lo viese por las victorias que habíamos habido, donde tanta gente de los enemigos eran muertos y de los nuestros ningunos» .


La constancia y la firmeza de esta seguridad en el apoyo de Dios, que Cortés sentía como una fuerza siempre viva en su alma, resaltan y se confirman en una escena que debemos a Andrés de Tapia.


Había procurado Cortés hacerse con toda la información y con todos los consejos posibles por parte de los indígenas en quienes confiaba, y en particular de Teach, el cempoalés, «hombre cuerdo, e según él dicie, criado en las guerras entre ellos. Este indio dijo al marques: “Señor, no te fatigues en pensar pasar adelante de aquí, porque yo siendo mancebo fui a Mexico, y soy experimentado en las guerras, e conozco de vos y de vuestros compañeros que sois hombres e no dioses, e que habéis hambre y sed y os cansáis como hombres; e hágote saber que pasado desta provincia hay tanta gente que pelearán contigo cient mill hombres agora, y muertos o vencidos éstos vendrán luego otros tantos, e así podrán remudarse e morir por mucho tiempo de cient mill en cient mill hombres, e tú e los tuyos, ya que seáis invencibles, moriréis de cansados de pelear, porque como te he dicho, conozco que sois hombres, e yo no tango más que decir de que miréis en esto que he dicho, e si determináredes de morir, yo iré con vos.” El marqués se lo agradeció e le dijo que con todo aquello quería pasar delante, porque sabie que Dios que hizo el cielo y la tierra les ayudarie, e que así él lo creyese».

 
Estas eran las fuerzas que alimentaban su valor. No eran nuevas en él. Le habían impulsado desde el principio, iluminando sus ambiciones más densas con una luz y elevándolas con un espíritu sin los cuales no hubiera sido capaz de mantener su dominio sobre los soldados y capitanes que impacientes se agitaban en torno suyo como abejas y avispas; pero aunque le animaron desde el principio, no cabe duda de que fueron creciendo en poder e intensidad a medida que iba pasando de prueba a prueba, elevándose de victoria a victoria, entre peligros que hubieran quebrantado el coraje de un hombre sólo impulsado por una vitalidad animal.


Cortés veía en su victorias la mano protectora del Señor cuyos intereses servía devotamente, por pecador que tuviera conciencia de ser.


De modo que, sin darse cuenta aún de la índole primordial de su victoria, que los acontecimientos iban a revelarle, y así, demasiado realista para atribuirse todo el mérito del triunfo, le concede sólo ocho líneas de una larga carta al Emperador, explicando la victoria porque «quiso Nuestro Señor en tal manera ayudarnos».

 
Cortés hizo repetidos esfuerzos para convertir a Moteczuma. No es posible que correspondiesen a lo arduo de la tarea. la distancia espiritual que los separaba era demasiado grande, aparte de que le faltaban los elementos mentales y lingüísticos necesarios para construir el puente sobre aquel abismo, acercándose al ser recóndito y remoto del Emperador azteca.


Es significativo que, aunque Cortés en persona se daba cuenta de la vanidad de los ídolos mejicanos, sus soldados, sin exceptuar a Bernal Díaz, y no pocas de sus cronistas, entre ellos Torquemada, Cervantes de Salazar y Gómara, creían a pies juntillas en su existencia y en su poder para aconsejar directamente y «hablar» a Moteczuma y a sus sacerdotes, con no menos fe (quizá con más fe) que los mismos mejicanos.


Así resulta que la religión, si no de Cortés, al menos de parte de los españoles que en su órbita giran, era tan capaz como la de Moteczuma y los suyos de absorber otros dioses, gracias a la virtud proteica del diablo.


Para los cristianos sencillos de aquellos días, para todos los soldados y para gran número de los fralles, aun de los más cultos, era el diablo el que se hacía pasar por Vichilobos, Tetzcatlipoca y demás figuras monstruosas que adoraban los mejicanos; con lo cual aquellos «bultos» cesaban de ser meras figuras de piedra o de simientes amasadas con sangre, meros apoyos materiales de los ensueños vacuos de una estirpe atrasada, para transfigurarse en criaturas vivientes, dotadas de una voluntad y de un lenguaje propios —hecho que hacía de la conversión de los indígenas una especie de conquista espiritual, una cruzada de los soldados de Dios contra el espíritu del Malo.


Puede compararse la actitud mental popular en estas materias con la del propío Cortés cotejando el relato de Cortés sobre su famosa destrucción de los dioses del Gran Teocalli con la página en que Andrés de Tapia refiere la misma escena.


Significativa imágen, metáfora de la liberación de Méjico, la Catedral sustituyendo el Gran Teocalli, Templo Mayor azteca, lugar de asesinatos rituales

Cortés escribe con su concisión usual y con su elegancia positiva y concreta. Al referirse a los dioses indígenas y al Dios universal de los cristianos, habla un lenguaje claro, inteligente, casi pudiera decirse que moderno y racionalista «los bultos y cuerpos de los ídolos en quien estas gentes creen -escribe al Emperador— son de muy mayores estaturas que el cuerpo de un gran hombre. Son hechos de masa de todas las semillas y legumbres que ellos comen, molidas y mezcladas unas con otras, y amásanlas con sangre de corazones de cuerpos humanos, los cuales abren por los pechos, vivos, y les sacan el corazón, y de aquella sangre que sale de él, amasan aquella harina, y así hacen tanta cantidad cuanta basta para facer aquellas estatuas grandes. E también, después de hechas, les ofrescía más corazones, que asimismo les sacrifican, y les untan las caras con la sangre. A cada cosa, tienen su ídolo dedicado, al uso de los gentiles que antiguamente honraban sus dioses, por manera que para pedir favor para la guerra tienen un ídolo, y para sus labranzas otro, y así para cada cosa de las que ellos quie ren o desean que se hagan bien, tienen sus ídolos a quien hon ran y sirven.» 
 
Estos fueron los ídolos, bien claro lo dice y bien claro lo ve, que creyó necesario derrocar: «los más principales de estos ídolos y en quien ellos más fe y creencia tenían, derroqué de sus sillas y los fice echar por las escaleras abajo, e fice limpiar aquellas capillas donde los tenían, porque todas estaban llenas de sangre que sacrifican, y puse en ellas imágenes de Nuestra Señora y de otros santos, que no poco el dicho Mutecçuma y los naturales sintieron; los cuales primero me dijeron que no lo hiciese porque si se sabía por las comunidades, se levantarían contra mí, porque tenían que aquellos ídolos les daban todos los bienes temporales y que, dejándoles maltratar, se enojarían y no les darían nada y les secarían los frutos de la tierra y moriría la. gente de hambre. Yo les hice entender con las lenguas cuan engañados estaban en tener su esperanza en aquellos ídolos que eran hechos por sus manos de cosas no limpias; e que habían de saber que había un solo Dios, universal Señor de todos, el cual había criado el cielo y la tierra y todas las cosas, y hizo a ellos y a nosotros, y que éste era sin principio, y inmortal, y que a El habían de adorar y creer y no a otra criatura ni cosa alguna».

 
Lenguaje de hombre inteligente y claro, muy por encima no sólo del de sus soldados, que no habían pasado por Salamanca, sino también del de muchos frailes educados en la Universidad y que, en punto a erudición, sobrepasaban a Cortés.


En estas palabras, Cortés mide la religión de los mejicanos como hombre del Siglo, y bien devoto creyente de los dogmas de la Iglesia entonces universal para todos los europeos.


Pero, al lado de esta transparencia intelectual, vibraba en él otra calidad que no deja pasar tan fácilmente en sus cartas, fríamente objetiva, al Emperador; bajo su mente clara ardía un corazón religioso que explica su acción violenta contra los dioses indígenas, referida con tanta sencillez en su informe al Emperador.


Este Cortés vibrante y trepidante es el que nos transmite Tapia en su relato, si bien algo desfigurado por la visión personal del narrador. Refiere Tapia cómo, cuando Cortés fue a visitar el teocalli, había en Méjico poca gente española por andar casi todos en busca de minerales por las provincias: 

 «e andando por el patio me dijo a mí: “sobid a esa torre e mirad que hay en ella”; e yo sobí […] e llegué a una manta de muchos dobleces de cáñamo, e por ella había mucho número de cascabeles e campanillas de metal; e quiriendo entrar, hicieron tan gran ruido que me creí que la casa se caía. El marqués subió como por pasatiempo, e ocho o diez españoles con él; e porque con la manta que estaba por antepuerta, la casa estaba escura, con los espadas cuitamos de la manta; e quedó claro. Todas las paredes de la casa por de dentro eran hechas de imaginería de piedra […] eran de ídolos, e en las bocas déstos e por el cuerpo a partes tenían mucha sangre de gordor de dos e tres dedos; e descubrió los ídolos de pedrería e miró por allí lo que se pudo ver, e sospiró, habiéndose puesto algo triste, e diJo, que todos los oímos: “¡Oh Dios! ¿Por qué consientes que tan grandemente el diablo sea honrado en esta tierra?” E: “Ha, Señor, por bien que en ella te sirvamos”.»
 
Tal fue sin duda el estado de ánimo en que se puso Cortés, mas no su lenguaje, que ya conocemos directamente por sus cartas al Emperador. El soldado cronista empaña con sus propias supersticiones el cristal claro en que Cortés reflejaba la realidad. Al ruido de los cascabeles habían acudido sacerdotes y otros circunstantes.


Cortés mandó llamar a los intérpretes y les dijo: «Dios que hizo el cielo y la tierra os hizo a vosotros y a nosotros e a todos, e cría lo con qué nos mantenemos, e si fuéremos buenos nos llevará al cielo, e si no, iremos al infierno, como más largamente os diré cuando más nos entendamos; e yo quiero que aquí donde tenéis estos ídolos esté la imagen de Dios y de Su Madre bendita, e traed agua para lavar estas paredes, e quitaremos de aquí todo esto.»

 
Aquí ya refleja Tapia con alguna mayor fidelidad el estilo de su jefe, y sigue diciendo: «Ellos se reían, como que no fuera posible hacerse, e dijeron: “No solamente esta ciudad, pero toda la tierra junta tienen a éstos por sus dioses, y aquí está esto por Uchilobos, cuyos somos; e toda la gente no tiene en nada a sus padres e madres e hijos, en comparación déste, e determinarán de morir ; e cata que de verte subir aquí se han puesto todos en armas y quieren morir por sus dioses.” El marqués dijo a un español que fuese a que tuviesen gran recaudo en la persona de Motecçuma, e envió a que viniesen treinta o cuarenta hombres allí con él, e respondió a aquellos sacerdotes: “Mucho me holgaré yo de pelear por mi Dios contra vuestros dioses, que son nonada”; y antes de que los españoles por quien habia enviado viniesen, enojóse de palabras que oía, e tomó con una barra de hierro que estaba allí, e comenzó a dar en los ídolos de pedrería; e yo prometo mi fe de gentilhombre, e juro por Dios que es verdad que me parece agora que el marqués saltaba sobrenatural, e se abalanzaba tomando la barra por en media a dar en lo más alto de los ojos del ídolo, e así le quitó las máscaras de oro con la barra, diciendo: “A algo nos hemos de poner por Dios”».

 
Este admirable relato confirma en un todo el carácter de Cortés analizado en nuestras páginas.


En aquel momento era el dueño de hecho y sin disputa de un imperio que había conquistado por una obra maestro de previsión, cautela, sagacidad, paciencia y astucia.


Y una mañana, «por pasatiempo», va de visitar al Gran Teocalli, ve los ídolos y las trazas repuguantes del cruel culto y sacrificio; se entristece, interroga a Dios, ofrece servirle para libertar aquella tierra y gente de tales abominaciones; predica a los sacerdotes como puede; oye su resolución de morir por sus dioses y cauto como Capitán, adopta rápidamente ciertas precauciones tácticas, pero ¿cambia su estrategia?


¿Da ni un segundo de atención a la idea de que en un instante puede destruir el éxito espléndido de todo un invierno de trabajos, de bravura y de inteligente perseverancia? ¿Recuerda que tiene cantidades ingentes de oro en sus arcas? ¿Piensa en su potencia, ya seguramente establecida?


Ni un segundo. Echa mano de una barra de hierro y, sin esperar siquiera a que hayan llegado los treinta o cuarenta españoles que ha mandado llamar, se abalanza sobre los ídolos y los destroza, dándoles primero en lo alto de los ojos en presencia de los sacerdotes espantados.


Tapia, y sin duda también sus compañeros presentes, le vieron entonces «saltar sobrenatural», elevarse en el espacio tan alto como los ídolos gigantescos que iba a desafiar y a destruir.


Era en efecto sobrenatural y se elevaba más alto que sí mismo. «Considerando que Dios está sobre natura» —había escrito poco antes al Emperador—.


Así ahora alzado hacia Dios por su fe, se elevaba sobrenatural. La marcha que había comenzado unas semanas antes en las marismas de Veracruz, hacia lo alto, elevándose paso a paso, lucha a lucha, victoria a victoria, por los escalones gigantescos de la cordillera haste la altiplanicie de la capital misteriosa y recóndita, tenía que terminar en la más alto de las ascensiones haste aquella cúspide del Teocalli más empinado donde Cortés dio un golpe de barra histórico entre los ojos del feroz Uitehilipochtli.


Aquél fue el momento culminante de la conquista, la hora en que el anhelo del hombre por alcanzar lo más alto triunfa sobre su querencia a contentarse con disfrutar de lo ya conseguido; la hora en que la ambición y el esfuerzo vencen al éxito, en que la fe vence a la razón.


Si Cortes hubiera sido un hombre menos razonable, aquel acto hubiera podido descontarse como una temeridad por bajo de las normas que todo hombre debe alcanzar para que se le considere como en plena madurez; pero Cortés encarnaba la razón y la cautela.


Su acto no puede pues interpretarse como caída por bajo de la razón, sino al contrario, como subida por encima de la razón. Por eso ha entrado de lleno en la leyenda, como todos los actos en que el hombre se eleva por encima de los hombres.”


Estos son los espíritus que conformaban los hombres notables de la España del Siglo de Oro. ¿Volverán sus inquietudes a llenar nuestros anhelos.

 ———-

Recibe la información de actualizaciones al momento subscribiendo en la dirección

Para recibir las novedades de Anotaciones en el Facebook
Entra en
https://www.facebook.com/AnotacionesRenL
Ponte encima de “Te gusta”
Y selecciona “Recibir notificaciones” 

 

Origen: 13 de Agosto Celebración de la liberación de Tenochtitlan (Ciudad de Méjico) por Cortés y sus aliados los indígenas del valle de Puebla-Tlaxcala. El espíritu que les animaba

Che Guevara, la mayor estafa (criminal) del siglo XX | Instituto Juan de Mariana

Tengo que confesarte, papá, que en ese momento descubrí que realmente me gusta matar (Ernesto Che Guevara)

 

El pasado siglo será recordado, entre otras cosas, por haber alumbrado a los peores criminales que ha conocido la historia. Muchos, la mayoría, fueron comunistas. Y entre ellos se encuentra Ernesto Guevara de la Serna, el Che.

Pero este estudiante de medicina argentino añade un factor que le diferencia de sus colegas: sigue siendo, aún a día de hoy, un ídolo para muchísimas personas. Aunque no se puede decir, por citar solo unos ejemplos, que Lenin, Stalin, Mao o Fidel Castro hayan sido juzgados socialmente con la severidad que merecerían, es raro contemplar, salvo en los residuos que todavía abrazan la fe marxista, una reivindicación de sus figuras.

Con el Che, en cambio, se acepta con toda naturalidad que no escasos sectores de la sociedad exhiban su efigie, como si se tratara de Gandhi o de John Lennon.

En ese sentido, son de alabar iniciativas como la de nuestros amigos de la Fundación Bases en Rosario (Argentina), ciudad natal del tristemente célebre Guevara. Este think tank liberal ha emprendido una campaña para que las autoridades políticas de esa localidad retiren una estatua en honor al Che porque “es un asesino que no merece homenajes”. Nos unimos, sin duda, a tan encomiable cometido.

Y es que, ciertamente, Guevara, más allá de haber pasado a la posteridad como un icono para millones de jóvenes despistados, fue eso, un asesino.

No dudó, por ejemplo, en apretar el gatillo con sus propias manos en Sierra Maestra para acabar con la vida de aquellos compañeros que generaban alguna duda en su celo revolucionario. Y, posteriormente, tras el triunfo de los barbudos, ordenó ejecutar, sin ningún atisbo de garantías, como reconocía sin rubor alguno, a casi dos centenares de personas en la fortaleza de La Cabaña. La mayoría de los detenidos eran inocentes y ninguno se había hecho acreedor al fatal desenlace.

Además de un asesino múltiple confeso, el Che, en su posterior paso por la política cubana, destrozó el país, tanto desde el Banco Nacional como en los diversos ministerios que dirigió. También colaboró desde un primer momento en la creación tanto del Estado policial castrista como de los campos de concentración, lugar al que iban a parar los enemigos de la revolución comunista, entre ellos los homosexuales. Y todo ello jalonado por escritos profundamente racistas. Un sujeto al que nada bueno se le puede atribuir.

Guevara fue un fanático de unas ideas, las comunistas, que inexorablemente conducían a la muerte y la destrucción. No fue un libertador ni un luchador por la justicia social, signifique eso lo que signifique. Tan solo buscó implantar sanguinarias dictaduras, ya fuese en Cuba, en el Congo o en Bolivia, donde finalmente hace casi 50 años la CIA lo capturó y el ejército del país andino puso fin su atroz trayectoria.

Origen: Che Guevara, la mayor estafa (criminal) del siglo XX | Instituto Juan de Mariana

Carta de Zapatero a Fidel Castro

EL día 10 de abril de 2007 Luis María Ansón publicó en El Mundo, en la sección Canela fina, la copia de una carta que envió José Luis Rodríguez Zapatero a Fidel Castro.

Quede el documento guardado para la historia.

«Querido y admirado Presidente, mi Comandante:

El ministro de Asuntos Exteriores de mi Gobierno, Miguel Ángel Moratinos, me da cuenta de su viaje oficial a Cuba y me informa de la evolución favorable de la salud de Vuestra Excelencia. No sabe cómo lo celebro porque mi generación se ha educado con la vista puesta en la Cuba comunista y en la figura irrepetible de Fidel Castro, centinela de la libertad, caudillo del Caribe por la gracia del destino histórico y comandantísimo de los ejércitos de Tierra, Mar y Aire de la perla de las Antillas.

Las nuevas generaciones que viven en el hedonismo, no tienen conciencia clara de lo que ha supuesto para el mundo la lucha de Vuestra Excelencia por la libertad, por los Derechos Humanos y por la política social, todo ello frente a la voracidad del Imperio, frente al incalificable bloqueo impuesto por los Estados Unidos. A pesar de esa tropelía histórica, Cuba es hoy, gracias a Vuestra Excelencia, un paraíso de libertad, una nación justa en la que se respetan y acatan las leyes derivadas de la voluntad general libremente expresada, con un pueblo libre y esperanzado que disfruta de un alto nivel de vida, habiéndose sustituido en todas vuestras ciudades el caduco signo de la cruz por el de la hoz y el martillo. El ministro Moratinos se ha quedado en un pasmo ante el progreso y la dicha de la ciudadanía cubana.

Ciertamente la depravación del turista extranjero ha obligado al Gobierno de Vuestra Excelencia a mantener en las calles a las jineteras pero la inmensa mayoría de la nueva generación vive feliz, encuadrada en ese frente de juventudes admirable que es la organización de los pioneros.

Di instrucciones a mi ministro para que no abogara por los llamados «presos políticos», que no son otra cosa que mercenarios al servicio de una potencia extranjera, traidores a la patria o terroristas que pretenden socavar los cimientos de la gloriosa Revolución, el régimen establecido por Vuestra Excelencia, que es ejemplo en todo el mundo de respeto a los derechos humanos y a las libertades. Sólo la falacia del ultraderechista Aznar pudo llevar a la decadente Europa a la posición fascista de tomar medidas contra el régimen de Vuestra Excelencia. Naturalmente yo he decidido restablecer una relación privilegiada con el Gobierno democrático de Vuestra Excelencia. También di instrucciones a mi ministro para que no atendiera a los disidentes, ridículas minorías resentidas, incapaces de comprender la grandeza de la Revolución que Vuestra Excelencia, patria o muerte, ha llevado a cabo.

Dentro de dos años, mi Comandante, se cumplirán los 50 años del acceso a la jefatura del Estado de Vuestra Excelencia. Me propongo acudir a La Habana, en compañía de todo mi Gobierno para rendir a Vuestra Excelencia el homenaje que todos los demócratas del mundo le debemos. Medio siglo, 50 años, ganando una tras otra todas las elecciones ejemplarmente democráticas que se han celebrado en vuestro país, hollado un día por aquella España de infausta memoria, colonialista, católica e inquisitorial, es acontecimiento sin precedentes.

Aprovecho esta carta, mi Comandante, para implorarle que me conceda el alto honor de permitir que España se incorpore al eje Castro-Chávez-Evo, que tiene en permanente tembladera a los Estados Unidos y a su presidente fascista, el malhadado Bush.

En espera de sus gratas noticias, le reitero, mi Comandante, mi deseo y el del pueblo español de su pronto restablecimiento y quedo como siempre a la entera disposición de Vuestra Excelencia con mi renovada admiración y mi deseo permanente de seguir recibiendo vuestras enseñanzas”.

José Luis Rodríguez Zapatero.

En Madrid, y en el Palacio de la Moncloa, a 7 de abril del año 2007.

Demoledora crítica de Felipe González a la gestión de Zapatero en Venezuela

Su “diálogo” con Maduro ha “multiplicado por seis el número de presos políticos y no se ha devuelto poder a la Asamblea”.

LD/Agencias

2017-07-25

Felipe González | EFE

El expresidente del Gobierno Felipe González considera que el diálogo que están llevando a cabo en Venezuela su sucesor José Luis Rodríguez Zapatero y otros expresidentes ha conseguido “lo contrario de lo que se pretendía” y ha tenido como resultado “multiplicar por seis el número de presos políticos, desabastecimiento e inflación infinitamente mayores y en ningún momento se ha devuelto poder a la Asamblea democráticamente elegida“. Los presos, ha dicho, han pasado en este último año de 72 a más de 430.

En una entrevista en Antena 3, recogida por Europa Press, González se ha mostrado también crítico con la actitud del Gobierno español que, a su juicio, “se ha puesto de perfil”. “Cuando le conviene ataca a Venezuela, incluso por razones políticas internas y cuando le conviene apoya el diálogo de Zapatero”, ha lamentado.

Además, aunque ha admitido que el Gobierno “parece que ampara de alguna manera a la oposición”, cree que en España no se ha sido “generosos ni seriosen la cantidad de venezolanos que huyen de la persecución, que piden asilo”, puesto que no se ha concedido ninguno. “No digo que haya miles de peticiones justificadas, pero sí un centenar de personas que saben que si volvieran a Venezuela irían directamente a la cárcel”, ha dicho.

También ha lamentado que no se haya defendido “la liberación y el traslado a España ni siquiera de (el preso político) Yon Goicoechea, ciudadano con nacionalidad española y con dos hijos pequeños que son españoles”.

En cuanto al diálogo que llevan a cabo Zapatero y los expresidentes Leonel Fernández (República Dominicana) y Martín Torrijos (Panamá), cree que “desde el principio estuvo mal enfocado”, porque la delegación de mediadores se nombró “al gusto de Maduro” y porque para negociar tiene que haber una agenda y no se puede decir que “el diálogo tiene valor por sí mismo”. González ha reiterado que nunca ha hablado con Zapatero de su labor en Venezuela.

En la situación actual, el expresidente socialista está convencido de que aún hay “una salida democrática para el país” que hoy todavía está en manos de su presidente, Nicolás Maduro, y que pasaría por cancelar la convocatoria de la Asamblea Constituyente prevista para el día 30. “Puede tener un ataque extemporáneo de responsabilidad y de inteligencia política y facilitar la salida”, ha dicho.

Tres opciones para superar la actual situación

A su modo de ver, en Venezuela hay ahora tres opciones: que Maduro cancele la Constituyente, libere a los presos políticos y acceda a negociar un calendario electoral; o que siga adelante y consume su “golpe de Estado continuado” con una Asamblea Constituyente donde “todos los candidatos son suyos” y que ocupará el palacio legislativo desalojando a la Asamblea Nacional.

La tercera sería que las Fuerzas Armadas, que deben ser “obedientes al mandato constitucional”, optaran por la “desobediencia”, cosa que, en su opinión, podría estar legitimada dada la situación actual. A su juicio, el poder de Maduro es ahora “que las Fuerzas Armadas lo toleran” pero ya “muchos” piensan que los militares podrían dejar de apoyar unas iniciativas que no son constitucionales.

En todo caso, ha puntualizado que no cree que la situación legitime una intervención de los militares, sino una desobediencia como está haciendo la fiscal general, Luisa Ortega.

La Constituyente es la ‘democracia orgánica de Franco’

González ha avisado de que la Constituyente que planea Maduro “a lo que más se parece es a la democracia orgánica de Franco; tercio de municipios, tercio de cabeza de familia y tercio de sindicatos” y es “contraria a la propia Constitución bolivariana”. Según ha dicho, hay un 90 por ciento de posibilidades de que la presida el expresidente de la Asamblea Nacional Diosdado Cabello, pero también podría hacerlo la esposa de Maduro porque hay una “pequeña lucha” entre ellos.

En este contexto, ha dicho que le gustaría “que el presidente Maduro comprendiera que en este momento ha convertido a Venezuela, y está a punto de culminar esa faena, en un Estado fallido donde las instituciones no existen, existe un poder dictatorial y arbitrario“, sin alimentos y sin seguridad, hasta el punto de que “hay más muertos por habitante en Caracas que en Damasco”.

Origen: Libertad Digital

Historia: Los misterios de la torre de cráneos azteca que aterrorizó a los conquistadores – Héctor G. Barnes

Después de dos años de excavaciones, arqueólogos mexicanos han dado con restos humanos que desvelan que la función de estos sacrificios puede no ser la que se pensaba

Foto: Algunas de las calaveras que, a cientos, conforman el edificio circular. (Reuters/Henry Romero)

Algunas de las calaveras que, a cientos, conforman el edificio circular. (Reuters/Henry Romero)
04.07.2017 – 05:00 H.

“Fuera del templo, y enfrente de la puerta principal, aunque a más de un tiro de piedra, estaba un osario de cabezas de hombres presos en guerra y sacrificados a cuchillo, el cual era a manera de teatro más largo que ancho, de cal y canto con sus gradas, en que estaban ingeridas entre piedra y piedra calaveras con los dientes hacia fuera”. Esta es la descripción que de uno de los grandes misterios de Tenochtitlán, estas “dos torres hechas de cal y cabezas con los dientes fuera”, ofrece el cronista Francisco López de Gómara en ‘Historia de las conquistas de Hernán Cortés‘. No porque lo viese con sus propios ojos; su fuente fueron los testimonios de Andrés de Tapia y Gonzalo de Umbría, quienes acompañaron al conquistador en su campaña de 1521 cuando entró en la gran ciudad azteca.

Han tenido que pasar casi 500 años para que un grupo de investigadores por fin haya dado con lo que puede ser el gigantesco osario del que López de Gómara hablaba en su libro. Durante todo este tiempo muchas teorías defendieron que se trataba únicamente de las cabezas de los guerreros enemigos de los aztecas, colocadas a la vista de todos para amedrentar a los invasores y enemigos. Los nuevos hallazgos, como ha informado ‘Reuters‘, matizan dicha teoría, ya que entre los 676 cráneos recién encontrados (un número que probablemente aumentará en el futuro) hay también restos de niños y mujeres.

Los cráneos conforman una estructura circular de seis metros de diámetro cuya base aún no se ha encontrado; puede haber miles más

“Esperábamos que hubiese solo hombres, obviamente jóvenes, al ser guerreros, pero también hay mujeres y niños que no iban a la guerra”, ha explicado el biólogo antropólogo Rodrigo Bolaños. “Esto es algo realmente nuevo”. Las calaveras, entre las que probablemente figuraban también las de conquistadores asesinados o perdedores del juego de pelota han sido halladas cerca del Templo Mayor, uno de los más grandes de Tenochtitlán, donde ahora se localiza Ciudad de México. El visitante curioso puede encontrar el yacimiento en el número 24 de la calle República de Guatemala.

La antropóloga Íngrid Trejo en el yacimiento de Templo Mayor (Tenochtitlán). (Reuters/Henry Romero)
La antropóloga Íngrid Trejo en el yacimiento de Templo Mayor (Tenochtitlán). (Reuters/Henry Romero)

Los sacrificios humanos en las culturas precolombinas están bien documentados, aunque su funcionalidad no ha terminado de quedar clara en muchos casos, especialmente debido a que los códices donde se relata su existencia fueron escritos por conversos. Es probable, a la luz de los presentes hallazgos, que los cráneos no perteneciesen tan solo a enemigos de los aztecas y, por lo tanto, no tuviesen una función aleccionadora, sino religiosa o ritual. Estos conforman una estructura circular de seis metros de diámetro cuya base aún no se ha encontrado, a pesar de que las excavaciones comenzaron hace ya dos años.

Un templo formado por huesos

Los investigadores mexicanos coinciden en que muy probablemente se trata del conocido como Huey Tzompantli (o Gran Tzompantli), una macroestructura de alrededor de 60 metros de diámetro que se encontraba en una de las esquinas de la capilla de Huitzilopochtli, el dios azteca del sol, la guerra y los sacrificios humanos. Según el testimonio de Andrés de Tapia, la estructura estaba compuesta por decenas de miles de cráneos; los datos, no obstante, oscilan entre los 30.000 y los 136.000.

Se trata, en opinión de uno de los arqueólogos, “de un culto a la vida, no un rito de muerte”

El tzompantli era un altar propio de las culturas mesoamericanas donde se clavaban las cabezas recién cortadas de los sacrificados, que configuraban una especie de empalizada. Su nombre proviene de unir la palabra “tzontli” (“cabeza”) y “panli”(“fila”). Se han encontrado ejemplos de esta clase de construcción en Chichén Itzá (1951) o Tula (1970). El más grande y famoso de todos ellos es, no obstante, el de Tenochtitlan. En agosto de 2015 el Instituto Nacional de Antropología e Historia dio a conocer el hallazgo de 35 cráneos humanos, una cifra que se ha multiplicado durante los últimos años. Se considera que son los mismos que los que aparecen en hasta siete testimonios diferentes de la época, entre los que también se encontraban los de Bernal Díaz del Castillo, el jesuita José de Acosta o el propio Hernán Cortés.

Lo más probable, dados los últimos hallazgos, es que los cráneos tuviesen una función religiosa, relacionada con el proceso de la vida y la muerte. Como explica Raúl Barrera Rodríguez, arqueólogo de dicho instituto en ‘El Economista‘, “es el elemento que reivindica la identidad guerra del pueblo mexica y su centro de poder político, religioso y económico, y su descubrimiento puede considerarse como uno de los más importantes que han ocurrido en el Templo Mayor”. Se trata, por lo tanto, “de un culto a la vida, no un rito de muerte”. El hecho de que los cráneos expuestos se colocasen mirando hacia el templo de Huitzilopochtli probablemente significaba que se trataba de una ofrenda al Sol.

Abel Guzman, Rodrigo Bolaños and Miriam Castaneda en el laboratorio. (Reuters/Henry Romero)
Abel Guzman, Rodrigo Bolaños and Miriam Castaneda en el laboratorio. (Reuters/Henry Romero)

Los arqueólogos encontraron hace años una plataforma rectangular probablemente construida entre 1486 y 1502, en la sexta etapa del Templo de Mayor, son sillares de tezontle y recubrimiento de estuco. Sobre esta, había incrustaciones de postes de 20 o 30 centímetros de diámetro a una distancia de 60 centímetros, y al lado, una estructura de tres hileras de cráneos unidos con argamasa y gravilla. Según el primer análisis de antropología física de los primeros 35 restos, la mayoría de los cuales pertenecían a adultos de entre 20 y 35 años, mujeres de menos de 35 años y seis niños (quizá ixiptlas, cuidados de forma especial al ser considerados de origen divino). La mayoría probablemente se trataba de “cautivos de los pueblos sometidos por Tenochtitlán”, según Barrera.

Origen: Historia: Los misterios de la torre de cráneos azteca que aterrorizó a los conquistadores. Noticias de Alma, Corazón, Vida