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Prostitución semántica

Los juegos del PP con el concepto de Nación – Hermann Tertsch / ABC

Hermann Tertsch

HERMANN TERTSCH – @Hermanntertsch12/08/2017 

Llevamos dos días de los nervios algunos españoles porque en pleno agosto nos ha arrebatado la última de nuestras certezas. Dice Andrea Levy, la pensadora del Partido Popular, que en España hay naciones sin estado. Eso lo ha dicho y aunque después ha querido dar por desmentidas mil cosas que no ha dicho, esa que ha dicho no la desmiente. Afirma, muy cierto, que existe una única nación, la española, pero añade sin despeinarse que dentro de la misma existen naciones sin estado. Es decir, que ya ha llegado la joven por sí misma al descubrimiento de Pedro Sánchez de la nación de naciones. El PP usa el verano para acomodarse donde se había colocado el PSOE hace un año. Así, el PSOE se podrá ir un poco más lejos en otoño. Siempre todos en el mismo camino, en la misma dirección hacia la destrucción de la Nación española y la deslegitimación de la Constitución. Sin dar jamás un paso atrás. Sin una enmienda. Sin una mínima reflexión sobre la posibilidad de que las soluciones quizás pudieran estar en la dirección contraria a una centrifugación de cuarenta años cuyos resultados son palmariamente catastróficos y amenazan con llevarnos al enfrentamiento civil a medio plazo.

Pues no. El PP, el último partido político que defiende o defendía aún verbalmente la existencia de la Nación Española se lo está replanteando. Dicen que no, pero saben que sí. Como siempre que el PP abandona una posición en algo trascendental para España, lo hace emulando las más perversas transformaciones del PSOE. Así ha sucedido con el terrorismo de ETA, con la Memoria Histórica, con la ideología de género, con la política fiscal, con la reforma constitucional y ahora con este comienzo de adaptación a la demente y vacía posición del PSOE sobre la Nación. Que no soluciona nada y por el contrario cede de nuevo posiciones al enemigo y debilita al Estado. Inspirada como está en aquella felonía de «la nación discutida y discutible» de Zapatero, ser lamentable y venenoso allá donde actúe.

Esta vez el PP parece tener prisa. Porque se le echa encima el día 1 de octubre y ya está buscando acomodo para la situación que surja cuando una nueva brutal afrenta y desafío al Estado de Derecho quede sin la respuesta proporcional necesaria que exigiría la suspensión o radical revisión de la autonomía. Cada vez son más los que creen que el Gobierno no se va a atrever a tomar las medidas necesarias para frenar el golpe de estado, detener a los culpables y restablecer el orden y la ley en Cataluña y toda España. Una tarea histórica que habría sido más fácil antes, si algún líder pensante y responsable hubiera puesto los intereses del Estado y de la Nación Española por encima de sus mezquinos intereses de legislatura. Pero esa tarea histórica de acabar con esta deriva suicida tendrá que hacerse más pronto que tarde. Si no es ahora será más adelante con mayor coste. Cuarenta años ya atacan y agreden los separatistas, con balas, odios y mentiras a la Nación española. Y les ha cundido. Frente a ellos no hubo ni hay una defensa integral y coherente de quienes juraron defender Constitución y Nación. No hay respuesta con músculo moral ni proyecto nacional frente al inmoral y totalitario desafío. La respuesta es una baba retórica, mezcla de pensamiento débil y miseria moral de Pedro Sánchez o la chiripitifláutica «pensadora» del PP. Pero además de necedad e impotencia hay bajeza: porque esta orgía de la prostitución semántica, este alarde de contorsionismo verbal, pretende vaciar de significado todos los conceptos para que los españoles acaben por no entender que se les está robando la patria.

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No callaremos – Ramón Pérez Maura / ABC

Ramón Pérez Maura

Malos tiempos para la libertad. Se derrumba la Venezuela de Pablo Iglesias y los suyos, mas ellos siguen empleando aquí los tribunales para actuar con un rigor inimaginable en los lugares en los que gobiernan aquellos a quienes han aleccionado las gentes de Podemos. El juzgado de Primera Instancia Nº 3 de Zamora ha condenado a mi colega y amigo Hermann Tertsch por la publicación en la Tercera de ABC el 17 de febrero de 2016 del artículo “El abuelo de Pablo”. Se le impone una indemnización de 12.000 euros al padre del secretario general de Podemos. La razón de ello es que en aquel artículo Tertsch afirmaba, recogiendo lo ya aparecido en otras publicaciones a las que nadie ha demandado, que Manuel Iglesias Ramírez, abuelo de Pablo Iglesias, fue condenado a muerte por la desaparición y el asesinato en noviembre de 1936 del marqués de San Fernando y su cuñado Pedro Ceballos, tras la saca perpetrada en su domicilio.

La sentencia no niega que Iglesias participara en esa saca con “el Chaparro”, “el Hornachego”, “el Vinagre”, “el Ojo de Perdiz” y “el Cojo de los Molletes”. Pero sí niega que él asesinara a las dos víctimas pues la investigación sobre la saca fue “archivada provisionalmente” e Iglesias fue condenado a muerte por rebelión militar. Pena, que como explicaba Tertsch en su artículo, le fue conmutada por 30 años de prisión de los que, ya se sabe lo de la dureza del franquismo, sólo cumplió cinco.

Ha sido ésta una causa verdaderamente extraña. Primero porque el padre del secretario general de Podemos presentó su demanda en los juzgados de Madrid, como es lógico por ser esta ciudad la sede de ABC y, sorprendentemente, el tribunal declaró su “incompetencia territorial” y lo despachó a Zamora, residencia del demandante al que no se le debía haber ocurrido acudir directamente al juzgado allí. Después, el día de la vista oral, el 19 de abril de 2017, se decidió celebrar la vista a puerta cerrada. La sentencia no aclara si el motivo de expulsar al público –sin que hubiera habido ningún incidente- fue por proteger el supuestamente ya mellado honor de la familia Iglesias o porque la libertad de información no es un bien protegible cuando se juzga a periodistas.

Al fin la sentencia conocida ahora condena a Tertsch a pagar la indemnización referida y los costes del proceso y “a retirar a su costa de la web y del caché el artículo referido”. No entraré en lo del caché, porque en el diccionario de la Real Academia Española no hay más que dos acepciones de “caché”: la cotización de un artista y la distinción o elegancia de una persona. Y como el pobre Tertsch tenga que hacerse cargo de la distinción y elegancia de la familia Iglesias le aconsejo que opte por pedir conmutar la pena por una de cárcel. 

En cuanto a lo de retirar el artículo de la web, aquí ya hemos llegado a la censura más absoluta, una que supera lo que vemos en Venezuela. ABC es un diario publicado en papel. Los diarios en papel tienen una hemeroteca que sólo se censura en regímenes como el de la fenecida Unión Soviética. Esa hemeroteca de ABC, todas las páginas publicadas desde el 1 de enero de 1903, pueden ser vistas por cualquiera en http://hemeroteca.abc.es/ Ahora el juzgado de Zamora pretende eliminar de la hemeroteca digital el artículo de Tertsch. Y supongo que después irá a la Biblioteca Nacional y también censurará allí nuestras páginas cortando esa Tercera con una cuchilla. Ni Chávez se atrevería a tanto. Llegaremos a volver a publicar portadas con el titular “Este número está visado por la censura” como la aparecida el 16 de octubre de 1935.

Ellos lo tienen claro. No pararán hasta que nos callen. Pero no callaremos.

Fuente: ABC

Un rebaño hacia el abismo – Hermann Tertsch / ABC

OTRA vez estamos ahí. En el lugar de la matanza. Esta vez en Manchester. Tres días con enviados especiales de todas las televisiones del mundo que se disputan las imágenes de las flores, las notas de condolencia y las caras, llorosas el primer día, tristes el segundo y cariacontecidas el tercero.

Tres días de jóvenes cantando el «Imagine» de John Lennon sin saber lo representativo que es de nuestros males como himno de una sociedad sin referentes morales, sin anclajes en la realidad y sin instinto de supervivencia. Como himno del cordero adormecido y feliz antes de ser degollado.

Allí están periodistas y políticos, los transmisores del bacilo de la inanidad, adalides de la multiculturalidad y la tolerancia con la intolerancia. Ellos garantizan que no aparezca en las televisiones frase disonante ni expresión que cuestione que este nuevo crimen islamista es una catástrofe natural a la que debemos subordinar nuestras conductas. No se emitirá nada que pueda ser remotamente interpretado como «racista», «xenófobo» o «islamófobo».

Han de silenciar e impedir toda reacción natural de exigencia de responsabilidades o, peor aun, de autodefensa. Sería ultraderechismo. Incitación al odio. Muy reprobable.

Por eso, solo aparecen en las televisiones del mundo occidental los buenos occidentales, convencidos de que «la violencia nada tiene que ver con el islam». La solución es «más tolerancia», «hacer frente a los terroristas con más amor y oración» por citar a Margot Kassmann, voz de una iglesia evangélica alemana muy responsable de hacer de sus fieles un rebaños de víctimas propiciatorias. La católica no mucho menos.

Olvidadas quedaron las lúcidas palabras de Benedicto XVI en Ratisbona con exigencias a unos y otros, a los cristianos de mayor defensa de sus principios, valores y espacio y a los musulmanes a asumir unos valores de la civilización común que desprecian en su afán de dominio.

Y no solo los jóvenes fanáticos que se vuelan por los aires. También los llamados moderados que predican en las mezquitas europeas la llegada del califato y la conversión o sometimiento total de los infieles. No se les puede culpar por creerlo. Por considerar al mundo cristiano irremediablemente depravado, corrompido y en naufragio.

Ni por desearnos a los infieles lo que consideran el bien infinito del sometimiento a Alá. Quieren compartir con nosotros la bendición del islam. Desprecian a los hombres incapaces de defender a sus mujeres en las calles y dispuestos a que sus hijos no crean en nada. Nos desprecian por infieles.

Los recién llegados tanto como los que nacen en familias llegadas hace medio siglo. Otra vez ahí. Con los jefes musulmanes británicos tristes porque han muerto niñas, pero inamovibles de su pretensión de que mucho peor peligro que los asesinos yihadistas es la islamofobia.

Con los muertos de Manchester aun por enterrar se niegan ofendidos a más controles sobre unas comunidades que han criado a los asesinos. Jamás entregan al poder infiel a un fiel sospechoso. Radicales o moderados, entre ellos nunca habrá el abismo que los separa del infiel.

Nunca retroceden. Conquistan un espacio tras otro. Iglesias se convierten en mezquitas. Los parques y calles adyacentes también. Después el barrio. Siempre de forma irreversible. Donde ellos son más, pronto no hay otra cosa. Puede que no haya fuerza ya para reaccionar.

Que nuestro rebaño infiel de la sociedad abierta europea esté condenado a seguir a galope hacia el abismo, ante las bombas, la brutalidad y la extensión de la sharía por barrios, ciudades y regiones. Pero nadie pretenda que la causa es la injusticia, la pobreza o la discriminación. La causa es nuestra trágica debilidad y el mensaje totalitario del Islam al que solo cabe hacer frente o someterse.

Hermann Tertsch

Sórdida bandera de la igualdad – Hermann Tertsch / ABC 

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La presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, presume de tener solo 900 euros en la cuenta corriente. También de no tener patrimonio, pese a sus más de cinco lustros de vida laboral. Algunos pensarán que se organiza mal si no tiene una reserva mínima para un gasto extraordinario. Y que si tan mal se organiza en casa, no podrá hacerlo mucho mejor fuera. Eso sería una reflexión propia de una lógica vetusta y ajena al Zeitgeist y las rubias progresistas. Hoy, lo conveniente es presumir de pobre. Y de orígenes pobres, si paupérrimos, mejor. Ahí tienen a los candidatos socialistas en la carrera de primarias disputándose la niñez más menesterosa. «Yo tuve una infancia muy modesta». -«La mía mucho más»- «¡Pues anda que yo! Toda esta pretensión de orígenes pobres, sean ciertos o no, solo son una estafa más de la impostura ya permanente de los políticos de las democracias europeas. La pretensión de pertenecer a los más desfavorecidos se produce en la España de hoy en muy diferentes formas y lleva a límites grotescos. Como los de la familia de Pablo Iglesias, supuestos perseguidos del franquismo y en realidad privilegiados por el empleo público y cuantiosas prebendas del régimen de un Franco que antes había perdonado la vida y la cárcel a su abuelo y lo instaló en la clase media pese a su siniestra andadura como comisario político del batallón Margarita Nelken. O todos los «niños de papá» que dirigen Podemos como las Serra, la desasistida Rita Maestre o ese Ramón Espinar que habla de sí como «hijo de obrero» y es un mimado y tramposo cachorro del sistema con privilegios hasta en la Tarjeta Black de su padre. La impostura es sangrante en esta nueva era de adoración de la Igualdad como Bien Supremo. La igualdad es el instrumento más eficaz del totalitarismo.

Hay un concepto de igualdad que ha sido una bendición para la especie humana. La igualdad entre los hombres hechos a semejanza de Dios es el concepto fundamental cristiano que hizo posible la evolución de la sociedad occidental hacia una cultura con la dignidad, individualidad y libertad del ser humano como principal referente. Después de diversos ensayos, algunos terroríficamente fallidos, quedaba demostrado que el sistema político que mejor garantiza la corrección de errores y abusos contra el individuo es la democracia. Sin embargo, celebra ya su retorno triunfante un concepto de igualdad que no es el de que todos nacemos iguales con la llama de la divinidad y el libre albedrío. Sino el de una igualdad que nos impone conductas y sentimientos para un orden social que mutila carácter, reprime voluntad y exige sumisión.

La igualdad de los seres humanos por naturaleza desiguales sólo puede simularse con la mentira y con la fuerza. Está en plena marcha el nuevo proyecto ideológico igualitario en su fase grotesca y ridícula, la farsa, en la que los políticos pretenden tener, querer y sentir lo mismo que la masa. Pero también está avanzada la fase tenebrosa, cruel y eventualmente sangrienta, el drama. Norbert Bolz con su «El discurso de la desigualdad» (edit. Wilhelm Fink, Munich) hizo el gran alegato contra las siniestras tendencias de ese nuevo igualitarismo sentimental, el nuevo totalitarismo. El castigo a quienes se rebelan contra el dictado ideológico y sentimental se practica ya con buena conciencia. De momento con una represión no violenta. Y ya funciona la eficaz movilización mediática del odio hacia quienes discrepan, luego no quieren ser iguales. Hay europeos que perciben el peligro. Pero aun no hay masa crítica la reacción. La sórdida bandera de la igualdad vuelve a ser, disfrazada de justicia, la gran amenaza para unas libertades en retirada.

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La libertad como nación – German Yankee

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Ermita de Arriaga

Estoy convencido de que es saludable ser impertinente. Otra cosa es que resulte posible porque, si miramos a nuestro alrededor, parece que el sentimiento de pertenencia a un grupo es un refugio cálido para la debilidad de la razón o los desasosiegos que produce su ejercicio. Y si contemplamos no solamente el presente, sino también el pasado -ya que tiene razón Berlin al asegurar que no se puede hablar de renacimiento del nacionalismo porque nunca ha muerto- repararemos en un amplísimo consenso acerca de la vieja afirmación de Herder. Pertenecer a un pueblo es una necesidad humana.

Herder, en contra de lo que a veces predican algunos diletantes ilustrados, no era un visionario impresentable. Creía en la autonomía del hombre pero, convencido al mismo tiempo de los límites de la abstracción, proponía como remedio la necesidad de pertenencia a una cultura. El propio Berlin, reivindicando de alguna manera su figura, asegura que la individualidad racional puede resultar altamente destructiva si no está, según sus propias palabras, “situada”.

La cuestión -y a mi modo de ver el problema- es cómo determinar qué pueda contener aquella cultura o cómo “situar” adecuadamente al ciudadano. Porque si nada estaría más alejado de la verdad que tachar a Berlin de nacionalista -Berlin entiende que el nacionalismo es una perversión, una “exaltada condición de la conciencia nacional”- sí considera ésta como la construcción simbólica en la que subyacen los contenidos de la identidad.

¿Qué podría contener la identidad vasca? ¿Acaso la raza? Imposible, no resiste el más elemental análisis. La raza es un continente sin contenido, un renglón para una clasificación a todas luces contradictoria e inconsistente. Cuando en el País Vasco se hace alguna referencia a la raza, como por ejemplo cuando se alude a las “peculiaridades” del factor RH, en el propio ridículo de estas afirmaciones se encierra el descrédito. Volviendo la vista atrás, cuando en 1914 el compositor donostiarra José María Usandizaga estrenaba en Madrid Las golondrinas, con un resonante éxito que confirmaba una prometedora trayectoria truncada por la muerte temprana, la prensa nacionalista no pudo contener su furor. Apegada a lo que se dio en llamar “renacimiento cultural vasco”, y además de resaltar cruelmente su cojera y su palidez (como hiciera, por cierto, Baroja, autor de vasquidad jamás puesta en duda), la prensa nacionalista le reprochó haber abandonado “los ensueños vascos de sus abuelos” para hacer música extranjerizante. Pero, casi de modo arquetípico para la mayoría de los vascos, Usandizaga tenía un abuelo italiano y una abuela francesa. Don Miguel de Unamuno, al leer que en Caracas se había instituido un importante premio para quien demostrara la existencia de la raza vasca, escribió a Pedro Eguillor, que estaba dispuesto a triplicar la dotación a quien lograra demostrar que todos los vascos pertenecían a una misma raza. No tuvo que entregar el dinero.

Martínez Sierra, libretista de Las Golondrinas, tuvo la humorada de decir a los periodistas, cuando preguntaban a Usandizaga sobre aquellas polémicas, que el músico guipuzcoano no quería hablar porque le daba vergüenza su marcado acento vasco. ¿Estará la identidad por ese lado? Uno de los elementos que, por su particularidad, aparece en todos los catálogos es el idioma, el euskera, una lengua complicada y de origen discutido que habla menos del 25% de la población. Es, desde luego, una lengua no románica, es decir, en absoluto presente en los modos y maneras de las sociedades del entorno vasco, al margen de algunos intercambios menores.

Lo cierto es que el primer nacionalista no puso un énfasis extremo en la consideración de la lengua como característica determinante de la nación o de la identidad nacional. Sabino Arana, fundador del nacionalismo vasco, compitió con Unamuno por una cátedra de euskera que ninguno de los dos obtuvo, reaccionó contra él cuando Unamuno -convencido de que las lenguas eran organismos vivos que, como los seres biológicos, nacen, crecen y mueren- profetizó la desaparición del vascuence, y hasta estableció complicadas reglas ortográficas e inventó raros neologismos. Hizo todo eso pero entendía que eran rasgos más importantes, y en verdad definitivos, la raza o incluso una determinada concepción de lo religioso o tradicional que la industrialización comenzaba a poner en peligro. Por ello pensaba Arana, precisamente, que lo pernicioso de verdad era que los “extranjeros” aprendiesen el euskera y contaminasen el país en su propia lengua.

Más adelante, son algunos publicistas empeñados en establecer una identidad que superase el problema expuesto gráficamente con la alusión a los abuelos de Usandizaga y ratificado por la constante inmigración, los que colocan el vascuence por encima de cualquier otra consideración. La teoría pierde fuerza de nuevo hasta que, en los años 60, escritores e intelectuales que pertenecen o están próximos a ETA, y siguiendo tesis como las de Edward Sapir o Benjamin Lee Whorf, afirmarán que la lengua determina la visión del mundo, insistirán en el uso del euskera para la reconstrucción de la nación vasca, y reprocharán al Partido Nacionalista que hubiera abandonado ese fundamental objetivo. Y es paradójicamente cuando la mayoría de ellos han dejado aquella militancia y arrumbado aquellas tesis, cuando los gobernantes de la Comunidad Autónoma y el partido que los sustenta nos dicen, el comienzo de la década de los 80, que bien podríamos pasar diez años sin cultura, sin “otra cultura”, pero si en ese plazo no recuperábamos el euskera lo habríamos perdido para siempre. Y con esa pérdida, llegaría la de una visión del mundo específica y propia, un elemento fundamental de la esencia de nuestra personalidad subjetiva.

Al margen de los quiebros del nacionalismo vasco en esta cuestión, me parece evidente que se pueden decir y ver las mismas cosas, desarrollar similares argumentos y tener idénticos sentimientos, en idiomas distintos. Y que, por otra parte, la filología es incapaz de descubrirlos. Países distintos hablan la misma lengua y otras naciones acogen y oficializan varios idiomas. Especialmente paradigmático es, además, el caso vasco, en el que el español ha convivido durante siglos con el euskera. En español se defendieron las instituciones forales y en español nació el nacionalismo vasco. Si se ha impuesto no ha sido por opresión alguna, aunque la haya habido en diferentes períodos, sino por la preeminencia, como en toda Europa, de la cultura elaborada y urbana sobre la rural. A nadie se le ocultará, además, la cotidiana contradicción que supone asegurar que el euskera es parte de nuestra identidad y esencia de nuestra personalidad colectiva y, al mismo tiempo, hablar de “aculturación” por la traducción al vascuence, por ejemplo, de las exitosas series televisivas norteamericanas.

Si afirmo que no podemos aceptar la raza ni el idioma, y si nadie se atreve a incluir entre nosotros la religión como determinante de la nacionalidad, ¿será la tierra una característica de la identidad? Igualmente imposible. Vaya por delante que hasta los paisajes más tópicos son recientes y obra de decisiones arbitrarias, pero, además, la tierra no es nada, aunque no falten nacionalistas que la personifiquen, sin los sujetos que la habitan. Por ello es preciso abandonar el concepto de soberanía territorial, que no tiene justificación ni teórica ni histórica; aborrecer de la expresión “primero la patria, luego los hombres”, y defender los derechos individuales y las libertadas ciudadanas.

¿Habrá, sin embargo, una cultura que nos defina? Ya sea entendida como creaciones específicas o como un catálogo de usos y costumbres, tampoco es posible. Toda la civilización se basa en el intercambio y en las influencias mutuas, y cualquier referencia a la cultura como emanación de una determinada personalidad colectiva raya en el ridículo. No creo que ninguno de nosotros podamos “situarnos” con estos elementos. Nos queda, por tanto, o el recurso a la anécdota o el reconocimiento de que el hecho vasco es cambiante y artificial, una construcción histórica que no responde a ninguna esencia, que es obra del desarrollo y de los efectos -previstos e imprevistos- de la voluntad humana y que, precisamente porque podemos cambiarlo acogiéndonos a nuestra libertad, no nos determina en absoluto. Toda esta construcción queda muy bien reflejada, aunque involuntariamente, en una escena de la película norteamericana El pasaje, en la que Anthony Quinn interpreta el papel de un pastor vasco que ayuda a atravesar los Pirineos a la familia de un científico alemán que huye de los nazis. La actriz Kay Lenz interpreta a la hija del científico y, en lo alto de la montaña, dice a Quinn: “Nunca he visto a un vasco…”. “¿No?”, pregunta éste. Y Kay Lenz continúa: “…pero había oído decir cosas horribles de ellos”. “Crea todo lo que le digan”, responde el protagonista volviendo los ojos hacia las cumbres.

Suele asegurarse que los nacionalismos parten de un sentimiento de humillación, siempre subjetivo, independientemente de que tenga una base real o irreal. A mí me parece, sin embargo, que en la raíz de estos movimientos sociales tan extendidos está, más bien, una suerte de incapacidad o pereza para superar racionalmente ese estadio de prejuicios, más cómodo, que implica la inconsistencia de las caracterizaciones de la identidad nacional.

Todos, no sólo los nacionalistas, constatamos que el original impulso por mudar nuestro entorno, la sociedad y las instituciones, no tiene su base inicial en poner en juego la pura razón. Como hasta la psicología enseña que la pura razón no es fuente siquiera del interés elemental que pone en marcha el pensamiento, el filósofo alemán Robert Spaemann ha llamado al origen del compromiso político la “facticidad fatal”. Esto, que puede verse claramente en el compromiso político “nacional”, es también aplicable a otros compromisos, en cuanto todos se orientan hacia situaciones de excepción en las que los prejuicios, a veces incluso eminentemente personales, ponen en juicio la totalidad y lo que debe considerarse como totalidad. Hamlet, que representa bien ese malestar inicial cuando clama “¡Maldición y pesar por haber venido al mundo con la misión de arreglarlo!”, mostrará también, comenta el propio Spaemann, que la cuestión de la reflexión sobre el origen es tan paralizadora e irresponsable como preguntarse, al igual que el personaje de Shakespeare, si la decisión que le impulsaba a la venganza partía realmente del espíritu de su padre o de la ilusión de un genio maligno.

La verdadera cuestión es, al contrario, convencerse de que no todo compromiso (independientemente de los fines propuestos) hace razonable a quien lo asume, sino que también puede ofuscar cuando el deseo de “salirse con la suya” es superior al de ver las cosas, y las ideas, tal y como son.

La negativa a analizar críticamente cuanta propuesta puede hacerse para determinar una identidad nacional es la que nos conduce al nacionalismo, no las características propuestas o su situación coyuntural. En esas circunstancias, el único instrumento válido para los nacionalistas es el dirigismo intervencionista que, impidiendo las consecuencias del debate y la libertad, evite a su vez la destrucción de unos contenidos poco razonables y mantenga así la cohesión de un grupo heterogéneo, objetivos que suelen superponerse a las muy mentadas aspiraciones de “construcción nacional”.

No hay manera de vertebrar un país con las alusiones a una improbable identidad nacional y, para mantener simbólica y agobiantemente los rasgos preestablecidos hay que acudir a la confrontación de una comunidad controlada y dirigida.

Pero para que entre nosotros se ponga de relieve el drama de una identidad en la que dudosas esencias son mantenidas tan sólo por el dirigismo, podría hablar de España entera, dando la vuelta a los tópicos sobre el País Vasco. Les invito, para ello, a un juego de imaginación.

Imaginen una novela adaptada al cine -una película de esas que ahora utilizan la etiqueta de “cine vasco”- en la que el protagonista pretenda la independencia de Euskadi. Para ello, y mientras vive una apasionada historia de amor, utiliza la violencia y es respondido con la fuerza. Acabará sucumbiendo, pero el guión destacará sus virtudes poniéndose de su lado. ¿Qué reacción produciría entre “bienpensantes” e instituciones políticas españolas?

Ejercitados ya en la ficción, imaginen ahora que el Gobierno vasco permitiera que un empresario privado instalara una tienda junto a su sede oficial para vender, a modo de recuerdo turístico, pasaportes del País Vasco o camisetas con la inscripción “Ciudadano de Euskadi” junto a otros souvenirs de parecida intención.

Piensen, ya habituados al procedimiento, en un presidente de la Comunidad Autónoma Vasca que, en sus documentos e inscripciones, evitara cualquier referencia a España. Y, si se cansan con la ficción, recuerden simplemente lo que ocurre cuando en cualquier rincón del País Vasco se coloca la bandera autonómica sin la presencia de la española.

Pues bien, la película que les ha resumido podía perfectamente ser Lo que el viento se llevó, en la que, a fin de cuentas, todo eso ocurre. La tienda con inútiles pero intencionados pasaportes la vi hace años en la sede del Gobierno de Texas. Poco antes había visto hace años en California un desfile presidido por su Gobernador en el que toda la avenida en la que me encontraba estaba flanqueada exclusivamente por banderas del Estado, y si visitan ustedes la tumba de Jeferson verán que decidió obviar la mención a la presidencia de los Estados Unidos y reseñar para la posteridad únicamente su vinculación a Virginia y a su Universidad.

Ya sé que la intencionalidad de estos supuestos es distinta aquí que allí, pero es precisamente al peso de esa intencionalidad simbólica a lo que quiero referirme. En Estados Unidos esas anécdotas no quiebran la convivencia porque el patriotismo es constitucional y la identidad nacional no es otra cosa que lealtad constitucional. En España, el patriotismo parece demasiado a menudo ser la administración estatal de los símbolos para ocultar la intrínseca debilidad de nuestras pretendidas esencias.

Me parecen alarmantes, por ello, los ejercicios de enfrentar una identidad a otra, oponer esencias a esencias, recurrir al Estado y a la nación española para combatir los nacionalismos periféricos, contemplar en las campañas electorales cómo proliferan, sin contenidos ideológicos serios, los “programas nacionales”. Me parece alarmante, en definitiva, que no se acepte que es imposible definir cualquier nación por la raza, la sangre, el territorio, las costumbres, la cultura o la psicología. El concepto de nación de Herder, al que hacía alusión al comienzo, me parece menos justificable que el de Renan que, mediante el principio de concebirla como un resultado y no como una construcción invariable (y con la metáfora del plebiscito cotidiano), trataba, en palabras de Finkielkraut, de reinsertar el concepto en la categoría del Estado liberal y de la razón ilustrada.

Herder, a mi entender, se equivocaba asegurando que los ojos del alma individual debían ser conscientes del reconocimiento del alma colectiva, pero no me parecen muy extraviados sus recelos frente al Estado y su disciplina. Si me niego a que las relaciones interindividuales sean arrebatadas por un vaporoso e inquietante concepto de la comunidad nacional (y aún más por algún mesías interpretando esa suerte de confusión), me opongo igualmente a que la autonomía individual, que considero la única base de la organización política, sea expropiada por la pretendida racionalidad de un Estado que, además de sentirse erróneamente con la información precisa para indicarnos lo conveniente en cada momento, termina siempre por inventarse una simbología sin el menor fundamento racional.

Apareció hace tiempo, en Francia, y seguido de una sonora polémica, el libro Voyage au centre du malaise français de Paul Yonnet. Era la primera vez, me parece, que un sociólogo procedente del 68, con un trayectoria tan clásica como la atención a los fenómenos cotidianos con su famoso libro Juegos, modas y masas, la de los prejuicios marxistas y la presencia habitual en las páginas de Le Débat, defendía tesis que se han calificado de próximas al racismo.

Yonnet no es un simple gritón, pero su última obra me defrauda tanto por la conclusión como por el método. Sorprende, en este sentido, que tras su trayectoria crítica se conforme con la invención de un enemigo a su medida: un antirracismo -en concreto se refiere a la asociación SOS-Racisme-, que habría rescatado de los escombros de la izquierda una concepción diferencialista del mundo en la que la lucha de razas sustituye a la lucha de clases. Pero el horror al racismo convive perfectamente con el rechazo a la falacia del “relativismo cultural” y el verdadero enemigo de Yonnet sería lo que los franceses llaman “integración republicana”: a un emigrante sólo se le pide que renuncie a aquello cuya renuncia se exige también a los franceses: lo que atente contra las libertades y los derechos humanos.

La conclusión de Yonnet, por otra parte -y el peligro parece evidente- es que la pretendida “identidad francesa” que trata de perpetuar define lo que llamaríamos “el buen francés”, con su nómina de costumbres, apriorismos religiosos, ideas… El siguiente paso sería el del Frente Nacional: si la “asimilación” es imposible, la emigración debe ser prohibida. Esta suerte de totalitarismo xenófobo olvida, claro, que el rechazo al racismo no se basa en la igualdad de las comunidades -¿qué son las comunidades raciales?-, sino en la igualdad de los hombres. Yonnet, como tantos otros, a fuerza de querer salirse con la suya, ha dejado de ser razonable.

Vuelvo a mi país y al carácter distorsionante y desintegrador de la tantas veces citada “identidad nacional vasca”. Han sido frecuentes las imposiciones de determinadas maneras de ser “verdaderamente vascos” o “buenos vascos”, arrojando a las oscuridades del infierno a quienes no compartían el modo de ver las cosas de los predicadores. Cuando se ha utilizado el truco desde los poderes públicos o sociales, la confusión degenera en batallas por ser más o menos vasco que el vecino.

Pero no es este un modo exclusivo del nacionalismo. El modo “vasquitivo” (que coexiste con el indicativo, el imperativo…) es moldeable y cada vez son más los que lo emplean a su antojo revelando hasta qué punto la simbología nacional cae sobre nosotros como una losa. Y hasta qué punto también se aleja de nuestro horizonte una construcción razonable de las relaciones humanas y políticas. Pondré algunos ejemplos anotados durante el secuestro por ETA del empresario guipuzcoano Julio Iglesias Zamora. El comunicado de condena de la asociación Gesto por la Paz aseguraba que el acto terrorista era “una muestra más del carácter estrictamente mafioso y antivasco”. Un portavoz del PP aseguraba poco después que su partido representaba “la forma sensata de ser vasco”. El vicepresidente del Partido Socialista de Euskadi declaraba a un periódico que “los de HB son indignos de considerarse vascos”. Es decir, ser vasco implicaría una dignidad especial, una calidad moral que cada uno puede definir, una forma de comportarse. Quien se aleje de los parámetros fijados no sería un hombre -o, en su caso, un político- amoral, inmoral o indigno, sino “indigno de considerarse vasco”, “vasco de manera insensata” o “antivasco”. Es algo así como luchar contra la apropiación indebida con otra apropiación indebida o, sencillamente, con la estafa. El País Vasco es el paraíso de los Robin Hood que roban identidades a los ladrones de identidades.

Quizá no es ajena a esta paradoja y a esta curiosa competición la asunción de comportamientos extremistas e incluso el hecho de encontrar amplios estratos del mayor radicalismo en zonas de votantes habitadas fundamentalmente por emigrantes de baja posición económica. Desconcertados ante lo que puedan entender los establecidos por “integrarse socialmente” -o intuyéndolo en su estado puro- batallan por ser “más vascos que los vascos”.

Lo importante es ser ciudadanos y abandonar la disyuntiva entre la nación vasca y otras colectividades. Buena parte de la que se llama intelectualidad vasca ha pasado de oprimida a pusilánime, y parece incapaz de pensar por sí misma para encerrarse en un cuadrilátero en el que, tan apegados a nuestra situación y tan fascinados en el fondo con el imaginario del nacionalismo, sólo se puede actuar contra él o de acuerdo con él. Nunca por uno mismo.

No será lógico conservar la nación o el sistema si hay que hacerlo a costa de la libertad o, incluso, del debate sereno, de la independencia de pensamiento o del espíritu crítico. Se trataría, por tanto, de potenciar, o simplemente poner en acción, de entre las “identidades personales” que señala Musil en El hombre sin atributos -la familiar, la política, la profesional…- aquella que nos lleva a reírnos de todas las demás, a ponerlas en cuestión, a mirarlas con ironía. En el País Vasco, empeñados en no ser impertinentes de ninguna manera, siempre hay alguna identidad que se toma rigurosamente en serio, que se convierte en dogma y termina por entintar de totalitarismo todas las demás.

Por eso propongo la impertinencia como programa y la libertad como nación. Porque entiendo que solamente se puede comprender la tradición a la manera popperiana, es decir, como un texto arcaico que se propone a la lectura, a la relectura, a la discusión racional y a la transformación permanente. Todo “nosotros” debe ser cuestionado; el historicismo que pretende que las prácticas deban ser enjuiciadas en un determinado contexto debe ser rebatido; y la única pertenencia admisible debe ser algo parecido a lo que Habermas llama “patriotismo constitucional”, la decisión de organizarse de una determinada manera basada no en el todo concreto de una nación sino en procedimientos abstractos y siempre abiertos. “Un experimento” llamaba El Federalista a la Constitución de los Estados Unidos aludiendo a una provisionalidad en cuyo seno “la democracia y los derechos humanos -escribe Habermas- constituyen la materia dura en que se refractan los rayos de las tradiciones nacionales”.

Hay una curiosa novela de un no menos curioso autor, Trevanian, que se titula El verano de Katya. La protagonista, después de recorrer algunas poblaciones del País Vasco, repasar sus costumbres, comprobar que para decir “tengo sed” empleaban enrevesadas frases llenas de imágenes y circunloquios y que, en realidad, no querían decir que tenían sed sino otras cosas, concluye que “los vascos son gente muy tortuosa”. Mi tesis es que se debe creer a Katya y no a Anthony Quinn

Origen: Club de Libertad Digital

Contra Franco morimos mejor – Jorge Bustos

12 may. 2017 03:09

La necrofilia española es un desorden colectivo de la afectividad que no tiene cura. El necrófilo se alimenta de muertos, del mismo modo que el Minotauro exigía carne paritaria -siete mozos y siete doncellas- para entretener el hambre en el laberinto. De la heroína hay quien ha salido, pero de la necrofilia aquí no sale nadie y la única solución es conllevarla, como el independentismo. Si cualquier toxicómano recurre a la metadona, el necrófilo debe acostumbrarse a tolerar excentricidades como la vida, el presente y el futuro en pequeñas dosis. Pero siempre está expuesto a una recaída majestuosa, la de ese dipsómano que atraca el minibar a la vuelta de una reunión de alcohólicos anónimos. El Valle de los Caídos es el gran minibar del más reincidente necrófilo ibérico, que es el antifranquista.

El necrófilo antifranquista es una criatura maravillosa, es decir, no opera con la realidad actual sino con el símbolo antiguo, la magia negra y el postureo tertuliano. No llegó a tiempo para luchar con éxito y algún valor contra el Franco vivo, culpa que lo atormenta y que trata de expiar luchando con denuedo contra el Franco muerto, para lo cual debe primero resucitarlo, siquiera en efigie. O en calcio seco, que es todo lo que debe de quedar en la fosa de Cuelgamuros. No se trata de exhumar a Franco, disparate que a nadie se le ocurre, sino de votar una proposición no de ley sin efectos vinculantes que inste a la conveniencia de la posibilidad de la hipótesis aconsejable de exhumar a Franco, que es distinto.

Ningún terruño de España se libra de la fúnebre afección, especialmente virulenta allí donde la españolidad siempre fue más acusada, caso del País Vasco. En Basauri acaban de convocar varias plazas de sepulturero, peón sepulturero y tubero-soldador. Los candidatos, eso sí, deberán acreditar el nivel PL1 de euskera, porque nadie como el necrófilo comprende el derecho de los muertos a ser enterrados en su lengua vernácula.

Rico es el arte español en temática mortuoria desde los capiteles románicos hasta Berlanga, y el PSOE, Podemos y Cs no hacen otra cosa que continuar tan berlanguiana tradición con sus votos antifranquistas. Ahora bien, no creo que ningún artista español supere el mutis del escritor Boris Vian, que murió de un ataque cardiaco mientras protestaba enérgicamente en el cine contra la adaptación de su novela Escupiré sobre vuestras tumbas. Esto no lo mejora ni Maduro, el hombre que según Pastrana asesina a sus compatriotas para distraer la atención de la corrupción del PP.

El necrófilo cazafachas se diferencia del niño de El sexto sentido en que no ve a Franco en ocasiones, sino que lo ve a todas horas y en cualquier lugar: detrás de una joyería de Serrano, de un diputado pijo, de la factura de la luz o de otra final de la Champions alcanzada por el Madrid. Su trabajo es ingente, pues tiene que luchar no solo contra el franquismo histórico sino contra el franquismo imaginario, que resulta inabarcable, del mismo modo que un obseso sexual se pone palote con la silueta de una guitarra.

Sobre antihéroes y tumbas convendría opinar con la modestia de los hechos, no con la exageración del simbolismo. Ni el fémur de Cervantes equivale al Quijote ni las caries de la calavera de Franco encarnan sus infamias. Al español de hoy debería bastarle con el peso de la historia sobre el dictador y esa última voluntad de Beckett: “Una lápida de cualquiera color, con tal de que sea gris”.

El Mundo

Perderéis como en el 36 – Fernando Sánchez Drago 

 

FERNANDO SÁNCHEZ DRAGÓ

19/03/2017 04:00

Ahora, gracias al donoso escrutinio de dos historiadores (Álvarez Tardío y Villa García), ya sabemos, camaradas del soviet de Vachekas, con che de checa y ka de tuerka, que perdisteis las últimas elecciones de la República, que recurristeis a un pucherazo y que el Gobierno, ilegítimo, del Frente Popular fue fruto de un golpe de Estado: el segundo, después del que fracasó en Asturias. Y volveréis a perder por idiotas, pues idiota hay que ser para meter la pata hasta las posaderas en el charco de la misa de la Dos: lo que se dice un pan como unas hostias (sin consagrar). Ninguna persona juiciosa, por teófoba que sea, respalda el liberticidio que se perpetraría impidiendo a los católicos seguir por la tele la ceremonia de más predicamento en la religión mayoritaria del país. Hay que tener jeta para sostener que esa emisión no cumple los requisitos de servicio público. ¿Y los programas de niños cocinillas, los de prensa rosa o los de las cervecitas en la playa cuando aprieta el caloret, por poner tres ejemplos sangrantes, sí? Decenas de miles de fieles, por edad o enfermedad, no pueden ir a la iglesia. ¿Qué hacemos? ¿Obligarlos a vivir en pecado mortal de ésos que según los curas preconciliares conducían derechitos al infierno? Manda huevos de Lunes de Pascua que quienes cristianos no somos tengamos que convertirnos por amor a la libertad en defensores de algo que no es asunto nuestro.

A Pablenin, que reniega de su apellido y lleva como nombre de pila el del fundador de la institución que tanto odia, le ha salido por la culata el balín del anticlericalismo apolillado. La misa de la Dos bate récords de asistencia. ¿Estará el catecúmeno de mi amigo Verstrynge conchabado con ese Papa Francisco que parece uno de los suyos? Yo, que fui el primer periodista en sufrir acoso por parte de quien entonces era poco más que un galopín, debería estarle agradecido. Mi programa literario vuelve el 23 de abril a la Dos y lo hace inmediatamente después de la misa del mediodía. Seguro que el tirón de ésta incrementará su audiencia. Spasiba, camarada.

Te doy la paz. Olvidado queda aquel día de 2013 en el que, desencajonado por Isabel Gemio y recibido por mí a puerta gayola, me llamaste bufón al servicio del poder. Está en YouTube, por si alguien pone en duda mi palabra. Anda, monaguillo bolchevique, ya va siendo hora de que te bajes del púlpito. Ite, missa est. La vuestra, claro. La de la Iglesia, no.

Origen: ELMUNDO