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Maestras con hiyab y otros disparates – Artiro Perez-Reverte


06 Mar 2017/ARTURO PÉREZ-REVERTE / Patente de corso

De aquí a un par de años –si es que no ha ocurrido ya– saldrá de las facultades españolas una promoción de jóvenes graduadas en Educación Infantil y Primaria, entre las que algunas llevarán –lo usan ahora, como estudiantes– el pañuelo musulmán llamado hiyab: esa prenda que, según los preceptos del Islam ortodoxo, oculta el cabello de la mujer a fin de preservar su recato, impidiendo que una exhibición excesiva de encantos físicos despierte la lujuria de los hombres.
Ese próximo acontecimiento socioeducativo, tan ejemplarmente multicultural, significa que en poco tiempo esas profesoras con la cabeza cubierta estarán dando clase a niños pequeños de ambos sexos. También a niños no musulmanes, y eso en colegios públicos, pagados por ustedes y yo. O sea, que esas profesoras estarán mostrándose ante sus alumnos, con deliberada naturalidad, llevando en la cabeza un símbolo inequívoco de sumisión y de opresión del hombre sobre la mujer –y no me digan que es un acto de libertad, porque me parto–. Un símbolo religioso, ojo al dato, en esas aulas de las que, por fortuna y no con facilidad, quedaron desterrados hace tiempo los crucifijos. Por ejemplo.

Pero hay algo más grave. Más intolerable que los símbolos. En sus colegios –y a ver quién les niega a esas profesoras el derecho a tener trabajo y a enseñar– serán ellas, con su pañuelo y cuanto el pañuelo significa en ideas sociales y religiosas, las que atenderán las dudas y preguntas de sus alumnos de Infantil y Primaria. Ellas tratarán con esos niños asuntos de tanta trascendencia como moral social, identidad sexual, sexualidad, relaciones entre hombres y mujeres y otros asuntos de importancia; incluida, claro, la visión que esos jovencitos tendrán sobre los valores de la cultura occidental, desde los filósofos griegos, la democracia, el Humanismo, la Ilustración y los derechos y libertades del Hombre –que el Islam ignora con triste frecuencia–, hasta las más avanzadas ideas del presente.

Lo de las profesoras con velo no es una anécdota banal, como pueden sostener algunos demagogos cortos de luces y de libros. Como tampoco lo es que, hace unas semanas, una juez –mujer, para estupefacción mía– diera la razón a una musulmana que denunció a su empresa, una compañía aérea, por impedirle llevar el pañuelo islámico en un lugar de atención al público. Según la sentencia, que además contradice la doctrina del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, obligar en España a una empleada a acatar las normas de una empresa donde hombres y mujeres van uniformados y sin símbolos religiosos ni políticos externos, vulnera la libertad individual y religiosa. Lo que significa, a mi entender –aunque de jurisprudencia sé poco–, que una azafata católica integrista, por ejemplo, acogiéndose a esa sentencia, podría llevar, si sus ideas religiosas se lo aconsejan, un crucifijo de palmo y medio encima del uniforme, dando así público testimonio de su fe. O, yéndonos sin mucho esfuerzo al disparate, que la integrante de una secta religiosa de rito noruego lapón, por ejemplo, pueda ejercer su libertad religiosa poniéndose unos cuernos de reno de peluche en la cabeza, por Navidad, para hacer chequeo de equipajes o para atender a los pasajeros en pleno vuelo.

Y es que no se trata de Islam o no Islam. Tolerar tales usos es dar un paso atrás; desandar los muchos que dimos en la larga conquista de derechos y libertades, de rotura de las cadenas que durante siglos oprimieron al ser humano en nombre de Dios. Es contradecir un progreso y una modernidad fundamentales, a los que ahora renunciamos en nombre de los complejos, el buenismo, la cobardía o la estupidez. Como esos estólidos fantoches que, cada aniversario de la toma de Granada, afirman que España sería mejor de haberse mantenido musulmana.

Y mientras tanto, oh prodigio, las feministas más ultrarradicales, tan propensas a chorradas, callan en todo esto como meretrices –viejo dicho popular, no cosa mía– o como tumbas, que suena menos machista. Están demasiado ocupadas en cosas indispensables, como afirmar que las abejas y las gallinas también son hembras explotadas, que a Quevedo hay que borrarlo de las aulas por misógino, o que las canciones de Sabina son machistas y éste debe corregirse si quiere que lo sigan considerando de izquierdas.

Y aquí seguimos, oigan. Tirando por la borda siglos de lucha. Admitiendo por la puerta de atrás lo que echamos a patadas, con sangre, inteligencia y sacrificio, por la puerta principal. Suicidándonos como idiotas.


Publicado el 5 de marzo de 2017 en XL Semanal.

El matrimonio y el estado – Luis I. Gómez / Instituto Mises

 • Agosto 15, 2017

 

No recuerdo bien donde leí que el caos comienza con la confusión de conceptos. No es una afirmación aplicable a todo lo que entendemos por caos, evidentemente, pero describe muy bien la situación en que nos encontramos cuando del concepto “matrimonio” se trata.

El Matrimonio –que no es lo mismo que una boda- es, para los católicos, un sacramento a través del cual una pareja recibe la gracia divina con el fin de llevar adelante un proyecto de vida común según los principios cristianos. En la sociedad, desde hace ya mucho tiempo, una Boda –que no es lo mismo que el Matrimonio- es un acto por el que dos personas, por lo general una mujer y un hombre, festejan y hacen público su deseo de fundar una familia y vivir juntos. Para el Estado, una Boda (aunque lo llamen matrimonio) es un acto administrativo cuya regulación es necesaria para determinar si una relación puede ser socialmente promocionable. Y es precisamente este carácter promocional el que parece hacer interesantes las delimitaciones conceptuales a la hora definir “matrimonio civil”.

Los niños. No olvidemos el hecho de que la familia es también un marco apropiado para los niños – el Matrimonio católico está dirigido a los hijos, la promoción estatal también favorece a los hijos, el carácter a largo plazo de una definición social (secular) de la unión familiar proporciona apoyo para el desarrollo de los hijos … y en última instancia, por extensión, el concepto de matrimonio/boda/familia estará siempre relacionado con la cuestión del derecho de adopción, el “derecho a un hijo”, aunque este último término sea raramente utilizado en esa forma.

Fijémonos ahora en el caso de una pareja de homosexuales que se pregunta por qué su relación no puede ser denominada matrimonio. Quienes  consideran el matrimonio como un sacramento religioso argumentarán que sin sacramento, no hay Matrimonio. Quienes consideran que el estado debe, mediante acto administrativo, dar su “bendición regulatoria” a las uniones vitales, no podrán negar ese derecho a ninguna forma de unión vital. Hacerlo sería discriminación. Si el acuerdo social tácito, o si el estado decide denominar su acto legal “matrimonio”, está claro que una pareja estable homosexual debe poder acceder a tal acto administrativo.

Ocurre que, mientras que la definición religiosa de Matrimonio, en tanto que Sacramento, no es intercambiable, la definición estatal del mismo puede ser ampliada o alterada en función de la voluntad de los gobernantes siempre que el consenso social lo permita. Una mujer y un hombre, dos mujeres, dos hombres, tres … o más, hermanos… esas y otras combinaciones son posibles, pues una definición de matrimonio por parte del estado no sitúa en su centro las consideraciones morales (aunque no las desprecia) sino el criterio de promocionabilidad: ¿qué debe promocionar el estado mediante subvenciones o desgravaciones fiscales? ¿La procreación y el número de hijos? ¿La asunción de responsabilidad de cada miembro de la unión vital respecto del otro? ¿Sólo el hecho de vivir juntos? En realidad, las opciones son casi infinitas. Y creánme, no me desagrada en absoluto la idea de procurar rebajas fiscales a cuantas más personas mejor: ¡cada Euro que no está en manos del estado es un euro infinitamente mejor utilizado!

De otra manera: si lo que se trata de promocionar/subvencionar/regular no es el matrimonio en sí mismo sino sus consecuencias positivas para la sociedad… ¿por qué no centrarse justamente en ellas? La educación de los hijos, el cuidado de un ser querido, la reducción del uso de recursos mediante la economía familiar, … perfectamente posible  que una sociedad decida promover estas cosas. Sin duda esta forma de pensar nos evitaría el engorroso debate emocional sobre el concepto de „matrimonio”: quien educa un niño tiene más gastos e invierte más esfuerzo. Quien no tiene niños –no importa si voluntaria- o involuntariamente – no tiene esos costos.  La subvención de aquellos no podría ser considerada discriminatoria con quienes no tienen hijos. Por otro lado, aumentaría el número de personas ávidas por disfrutar de tales ventajas fiscales/estatales: menos dinero para el estado, más para las personas que lo usarán provechosamente para ellos o para la sociedad.

No necesitamos que el estado defina „matrimonio“. Ni que lo institucionalice. Las cuestiones morales entorno al matrimonio volverían al ámbito al que siempre pertenecieron: el del diseño personal de la vida de cada uno. De pronto, gracias a la no intervención del estado, la discusión sobre si la unión vital de dos homosexuales es un matrimonio o no, abandona el ámbito de lo general: ellos van a decidir que sí, que son un matrimonio, y así lo van a comunicar en su Boda; los creyentes de algunas religiones dirán que no, y se reservarán el derecho privado de impartir el sacramento matrimonial a quien ellos juzguen merecedores del mismo.

Objeciones finales: si bien parece oportuno que el estado abandone la regulación de un asunto privado como es el matrimonio –mediante la derogación del llamado “matrimonio civil”- queda abierta la cuestión sobre si es pertinente que el estado promocione/subvencione/regule actuaciones personales incluso si éstas son claramente favorables al conjunto social. Pero eso ya es asunto para otro día.

Nota: el uso de mayúsculas y minúsculas en la palabra “matrimonio” es intencionado

Origen: El matrimonio y el estado | Instituto Mises

Rafael García Fernández Rafita, el asesino que anuncia que reincidira

Rafael García Fernández Rafita tenia 700 denuncias –sí, 700– de los vecinos de Alcorcón (Madrid) por tener aterrorizado a todo su barrio y por incontables delitos (quemar y robar coches, disparar a la gente con una escopeta de perdigones en la que resultaron heridas 2 personas, robos de carteras, amenazar con matar y violar, y un largo etcétera)

Sandra Palo (22 años), fue secuestrada en 2003 a punta de navaja por Rafael García Fernández Rafita y otros tres chicos, la violaron repetidas veces entre los cuatro individuos, la hicieron todo tipo de torturas, la atropellaron 15 veces con un coche, la apuñalaron muchas veces, la rociaron con gasolina y la prendieron fuego cuando estaba todavía viva.

Todo eso mientras la indefensa chica les suplicaba que no la mataran. Sandra Palo murió con unos dolores absolutamente insoportables.

Después de los horribles hechos Rafael García Fernández fue amenazando a la gente que le caía mal de “darles matarile y quemarlos vivos como había hecho con Sandra Palo.

Al ser menor de edad en el momento del horrible y salvaje asesinato –tenía 14 años en 2003–, el juez sólo le impuso la ridícula pena de cuatro años de internamiento en un centro de menores.

Dicen que en el centro de menores tenia aterrorizadas a las educadoras pues les decía que iba a violarlas y quemarlas vivas.

Ahora, superada la mayoría de edad– está en libertad.

Según un compañero suyo en el centro de menores, el asesino a dicho que “si le gusta una chica, se acostara con ella, tanto si la chica quiere como si no quiere”

Dado que no sabemos en que parte de España está el violador y asesino, todas las personas estamos en peligro (especialmente las niñas y adolescentes).

Hasta ahora no se había tenido imágenes de él, pues era menor y nuestras maravillosas leyes protegen al delincuente y no a la víctima.

Ahora está en la calle, haciendo su vida, a pesar de los informes de los psicólogos quienes han señalado que no se ha reinsertado, ni arrepentido y que las posibilidades de reincidencia son numerosísimas.

La Fiscalía y el Defensor del Menor pretenden que nunca más se vuelva a emitir esta imagen por ningún medio de comunicación, lo cual sorprendentemente está ocurriendo.

Fue emitida por Telecinco y en menos de 12 horas ya estaba quitada de su página Web.

La madre de la víctima defiende su derecho a que la imagen se pueda ver… Si la ley no lo hace, ¡lo haremos nosotros!

Por eso, es importante que hagamos una cadena en Internet y reenviemos este texto por correo electrónico a todos nuestros contactos para que todo el mundo sepa como es la cara de este angelito y estar prevenidos.

¡QUE LE CONOZCA TODO EL MUNDO!

Por ella, por ti, por mi, por todos/as… enseñemos como es.

Memorias y Confusiones: La nueva imagen de Ibiza, Palma 1974 – Mariano Planells

En Última Hora (Palma de Mallorca) me entrevista Toni Torres y quizás llevado por la exuberancia de mi atuendo hippy de Ibiza titula con entusiasmo: Mariano Planells, la nueva imagen de Ibiza. En realidad es totalmente cierto que Ibiza esta conformando una nueva imagen en el exterior, y muy poderosa. Y es cierto que yo contribuí con mis libros a que Ibiza dejara de ser un reducto olvidado sometido a un caciquismo atroz, después de una guerra civil que fue espantosa. Pero no fue mi imagen personal sino mi trabajo lo que se proyectó de mil formas y lo que llegó a obtener una extraordinaria popularidad.

Reproduzco la entradilla de la entrevista, donde casi todo es cierto, en especial lo de polémico y lo de egocéntrico, y eso me salvó de morir tragado por los lobos. No me tragaron y muchos todavía no me han digerido, pero con el tiempo he mandado una carta de dimisión -o de discreción- a mi ego. Como dice Pániker, pasados los cuarenta años, hay que desprenderse del ego. Pero hacerlo antes, sería suicida. La entrevista es con motivo de mi primer librito sobre el pintor ibicenco Vicente Calbet, en 1974. Como dice Toni, tres meses después, me incorporaría a filas con destino al Aaiún, en pleno proceso de descolonización.

Publico estas dos fotos porque no tengo otras copias. Para mi son un pequeño documento de la época. Un tiempo después, a comienzos de los años 80, Toni Torres desapareció en el mar con su velero. Salió de Ciudadela con destino a Mallorca. Nunca llegó. MP ***

Presentación. Anuncio del 30 de junio de 1974 en Diario de Ibiza Quince días antes habíamos culminado la edición y la presentación del libro o catálogo (lo que ustedes gusten) de Vicente Calbet -al que unos años más tarde los catalanistas rebautizarían como Vicent, Vicenç en Mallorca; lo cierto es que en Ibiza decimos Vicent. Por cierto los catalanistas de hoy, muchos de ellos conversos y neofanáticos a la causa catalana, harían bien en anotar que este anuncio de la presentación quizás sea el primero que se ha publicado jamás en catalán en la isla, al menos a este tamaño (media página). Predominaba el castellano, lo cual no era óbice para se publicara a voluntad en catalán. Hoy podrían tomar nota y dejar en paz a la gente, que cada cual escriba como quiera o como le convenga

Origen: Memorias y Confusiones: La nueva imagen de Ibiza, Palma 1974

Antonio Escohotado después de tantos años | El Estado Mental

 

Hace un tiempo, para los padres de los jóvenes muertos por sobredosis Antonio Escohotado debía de ser una especie de enviado de Satanás, el defensor de la muerte. Se veía en muchos programas de televisión, ellos gritándole y él manteniendo la calma, esperando a que llegara su turno para explicar su punto de vista. Era entonces conocido, básicamente, como estudioso y defensor de las drogas: hablaba del placer que podía proporcionar el cabal uso del éxtasis, la cocaína, el peyote o la heroína mientras sus compañeros de tertulia se revolvían en sus asientos. Era el siglo pasado. En este, el filósofo dejó de acudir a los platós de televisión. Se fue a vivir al lejano oriente y luego se encerró a escribir Los enemigos del comercio, una trilogía de la que hasta ahora se han editado sus dos primeras entregas y que han levantado nuevas ampollas a personas muy distintas de las que discutían con él en las cadenas privadas de los años 90. Muy dylaniano este septuagenario: ha probado muchas más drogas que tú y no siente la más mínima inclinación por complacer a nadie que se haya imaginado tener afinidad con él. Algunos lo consideran un reaccionario. Para otros es la misma encarnación de la contracultura que, para sorpresa de aquellos que la concebían como un concepto estático, ahora le tocaba ser liberal y lucir bigote.

Trece años atrás, este periodista sin carrera de periodista tenía 28 años y el filósofo –sin carrera de filósofo, según leo en Wikipedia: sólo terminó Derecho– 61. Rolling Stone publicó una décima parte de esta entrevista considerando que las otras nueve eran prescindibles. Ahora cualquier medio lo consideraría así al margen de su contenido: en la mayoría de redacciones, cualquier texto que tenga un mes de vida, carece de valor. Sin embargo, como algunos de nosotros pensamos que gran parte del mal que nos aturde tiene que ver con la falta de perspectiva, la velocidad y la sobreinformación, y como es una pena que los medios acostumbren a forjar su labor sobre la elipsis de los trabajos ajenos, os dejamos esta charla que tuvo lugar en primavera de 2002, menos de un año después de que cayeran las torres gemelas. Él acababa de volver del trópico después de 60 semanas y perfilaba el texto de su aventura para Anagrama antes de ponerse manos a la obra con su monumental Historia moral de la propiedad, que aún está en proceso. Comprobamos con este material inédito cómo este hombre, que muchos quisimos ver como un padre –aunque él nos detestara como hijos–, calentaba motores antes de tocarle los cojones a gran parte de sus lectores habituales.

Hace unos días hablé con Antonio Escohotado por correo electrónico de mis intenciones de publicar en EEM la conversación completa que mantuvimos entonces. Él quiso echarle un vistazo a la antigualla y yo le envié el texto. Siendo él bastante crítico con aquellos que abjuran de cambiar de opinión por considerarlo una traición a sus principios, y considerando como considera la inteligencia algo maleable, fluido y en continuo cambio, he aprovechado para pedirle que matice lo dicho entonces, y también para hacerle alguna pregunta en torno al fenómeno Podemos, dos detalles que dotarán de vigencia a este refrito que en realidad nunca fue cocinado del todo. Reestructuro la entrevista entonces entre lo respondido en primavera de 2002 –y recién matizado– y lo respondido en este invierno de 2015.

PRIMAVERA DE 2002

En el barrio de Escohotado, muy cerca de la Gran Vía de Madrid, las putas miran la tarde sostenida mientras los niños se suben a los toboganes. No sé si es la norma, pero se han convocado en la plaza dos coches patrulla con nueve policías. Hablan con dos senegaleses. Un yonqui se ha acercado a ellos con un litro de cerveza embutido en una bolsa que alza como un trofeo: «¡No he bebido!», les grita sonriendo. Luego se sienta, prende un cigarrillo y echa algún trago furtivo. Escohotado vive cerca, en una casa llena de madera, una mujer joven y guapa, y una niña de tres años que camina por la casa ensayando el lenguaje que acaba de aprender y que reinventa a su manera. Antonio Escohotado llega después que yo, con dos cartones de tabaco y sin la horquilla para la guitarra española que necesita. Sirve cerveza y ofrece cigarrillos, menos a su hija Claudia, que se ha acercado a él para decirle algo con demasiada saliva y obtener un beso.

¿Te sientes identificado con Timothy Leary?

No. Leary fue más un hombre espectáculo. A mí también me ha tocado ser un poco hombre espectáculo, pero básicamente lo que he hecho son libros. Él hacía propaganda de la LSD, los hongos psilocibios, la mescalina… Fue un gran agitador, un revolucionario de la vertiente sesentayochista de los Estados Unidos, que no tiene nada que ver con el mayo del 68 francés.

¿Has probado 142 drogas?

Eso dicen, pero me alegro que me lo preguntes porque lo que quizá haya es 142 fármacos reseñados en Aprendiendo de las drogas. No son 142 drogas diferentes, y algunas no las probé, así es que no exageremos…

Pero en el libro hablas desde la experiencia de consumo en dosis crecientes.

Claro, pero neurolépticos menciono cinco o seis, de marca. Y sólo he probado uno, el haloperidol. A ojo de buen cubero, de las 142 si pones 50 vamos bien.

De todas ellas, ¿cuál te aleja más de la realidad?

He tomado muchas que te alejan de la realidad, o al menos que te llevan a una realidad aparte, como diría Castaneda. Por ejemplo la ketamina, lleva a unos terrenos de extrañeza profunda. Por eso es tan peligroso su uso es sitios como los afterhours. Es una substancia muy fuerte, y si no la tomas con alguien que te eche una mano puedes tener un tropezón y caerte, yo qué sé, a un pozo. Es muy incapacitante desde el punto de vista de nuestros reflejos. (Llega su hija Claudia, de tres años. Se acerca a Antonio y le da un beso.) «¡Me ha dado un beso! ¡Qué buena, que me ha dado un beso!» (Claudia va hacia su madre y le cuenta con una voz minúscula que le ha dado un beso). «Esta niña es una castigadora, suele negarse a los cariños…»

¿A qué se debe la fiebre del éxtasis?

A que es una droga extraordinaria para relacionarse y comunicarse sentimentalmente. Como todo, tiene su lado circunstancial, de moda. Lo que no entiendo –quizá porque ya soy un carroza– es que la droga más extraordinaria que se ha descubierto para sincerarse se tome con un fondo de música atronadora, en un ambiente de marcha destroyer que propende a la sobredosis, anulando los mejores efectos en beneficio de unos más anfetamínicos, más como si te metieras una gran raya de cocaína… ¿Por qué se toma así?, no lo sé. Ahora bien, se toma porque no había una droga comparable.

La llaman la droga del amor.

Sí, la llaman así, y tiene mucho sentido. También la han etiquetado como afrodisíaco, pero no es cierto porque retrasa o imposibilita el orgasmo, tanto el femenino como el masculino. No es nada genital pero sí tremendamente amorosa, gentil… una droga para ligar, no para follar.

¿Y cuál es la droga para follar?

Hay varias. El cáñamo tiene prestigios no infundados en esa materia porque presta sensaciones desacostumbradas, y quizá prolongue el orgasmo. Pero hay otras de la familia del éxtasis –descubiertas por Alexander Shulgin, el mismo químico que descubrió el éxtasis– capaces de provocar más orgasmos y más intensos, como la 2C-B. Y hay bastantes más, pero de qué sirve soltar nombres como bromodimetoxifenetilamina…

Y conseguir eso será difícil.

No creas. Se estuvo vendiendo en las smart shops holandesas hasta hace poco. España acaba de meterla en lista IV. Eso está muy bien. Si la 2C-B está allí significa que se puede producir y vender con receta. Ya es algo. Ten en cuenta que el éxtasis, la heroína o el cáñamo están en lista I, que agrupa drogas carentes –supuestamente– de uso médico, que no se pueden producir ni recetar, que están fuera del mercado. Voy a echarme una clara. ¿Quieres?

Sí. (Sirve cerveza). Si el cáñamo relaja y tranquiliza ¿por qué no se legaliza?

Desde que el señor Corcuera se inventara aquella inconstitucional ley, que por cierto sigue vigente, se han dado cuenta de que es una forma de saquear al personal con multas. Pero en España hay una legalización de facto.

¿Fumas a diario?

Muchos fuman coreográficamente, es decir, como se fuma tabaco. Eso lo hice en tiempos, pero ya no me gusta. Primero que no fumo hachís del moro hace más de quince años porque es un asco. Pero un poco antes de cenar o un poco después fumo un poco de marihuana. Para poder colocarme, porque si fumas a todas horas creas tolerancia y no puedes colocarte. Lo que manda el moro es básicamente polvo de cáñamo y henna con aceite de palma. Ya son muy malas las plantas que se cultivan en Ketama, y encima la elaboración es un fraude completo… Quien fuma eso solo puede quedarse aturdido, adormecido. Curiosamente, a parte de nuestra juventud le das hachís afgano o una buena hierba y reacciona con sensaciones de desagrado, porque fuma coreográficamente.

¿Qué piensas del cultivo hidropónico, con luz artificial y sistema de riego automático?

El error se paga mucho más caro que a cielo abierto. Una maceta de geranio puedes dejar de regarla unos días, y seguirá viva. Pero una planta hidropónica, si no la cuidas bien, si le pones un poco más de nitrógeno, de potasio o de fósforo se te muere en pocas horas… Como es alta tecnología, el rendimiento es mayor y también el riesgo de quemar la planta. Hay momentos en que crece diez centímetros diarios. Te sientas un par de horas delante de ella y ves cómo sube. Es prodigioso si usas la luz correcta, la semilla correcta y los nutrientes correctos… Será una marihuana superior a todo el hachís que hayas fumado. Y o bien la vendes o te la fumas. Los equipos son hoy baratos, en comparación con lo que costaban hace algunos años. Dones de la libre competencia.

¿Estamos peor que con Hipócrates, se han demonizado las drogas lo suficiente para no avanzar en la liberalización del consumo?

No te creas, en tiempos de Hipócrates había relativamente pocas substancias disponibles. Los griegos conocían sobre todo combinaciones, pero hoy hay muchas más. Es como desplazarte en carreta de bueyes o en un BMW: vas evidentemente mejor en el coche, si lo que quieres es ir rápido, sin ruido… El campo de las drogas psicoactivas es uno de los terrenos donde el progreso se ha manifestado de manera más visible. Quizá la prohibición no sea sino la primera asimilación del enorme arsenal de sustancias que la química de síntesis pone a disposición del ser humano.

¿Y la heroína, la gran droga tabú de la sociedad occidental?

Su efecto es muy sutil, y hay que tomarla 6 o 7 veces antes de orientarse. De buenas a primeras bien puedes no notar nada, o vomitar. En ese caso toca tumbarse un rato en alguna habitación sin luz ni ruido, porque si no lo haces persistirá mareo acompañado por dolor de cabeza, y basta estar inmóvil en esas condiciones para entrar en una agradable duermevela, donde sueñas despierto. El gran secreto del opio y sus derivados es reducir un tercio el ritmo cardiaco, digestivo y respiratorio, algo que se experimenta como plus de energía y serenidad, defendiendo de catarros y gripes por ejemplo También hay efectos secundarios como el estreñimiento, dada la ralentización del metabolismo, pero cualquier análisis desapasionado de estos analgésicos tropieza con el hecho de que a la heroína le tocó la china de gran monstruo, príncipe de las tinieblas…

¿Y eso que se dice de «coge tu mejor orgasmo, multiplícalo por mil y ni siquiera andarás cerca»?

Falso. Eso viene de Burroughs, es la mitología del yonki. La exageración nace del uso de los opiáceos a partir de la prohibición, que se consolida a finales de los años 30, cuando empiezan a consumirlo grandes intérpretes de jazz, o el mismo Burroughs. De ahí la fama de superorgásmica e irresistiblemente peligrosa… que toma el rábano por las hojas. Solo está claro es que es un extraordinario euforizante, y quizá la mejor droga para sobrellevar los achaques de la ancianidad.

Por eso William Burroughs seguía siendo yonki a los ochenta y tantos años.

Dicen que lo dejó al final, y que se hizo alcohólico… Luego oí que se mantuvo hasta el final en metadona.

Se tergiversó mucho lo que dijiste de Bin Laden en el Vagamundo.

Sí… Hace poco me mandó Quintero las tres entrevistas, y comprobé lo que dije: Bin Laden es un gran héroe en el sentido griego de la palabra, es decir, un protagonista. Salvo que se descubra que no tuvo nada que ver con los atentados de las Torres Gemelas, será uno de los grandes nombres de la historia contemporánea. Bastante más que George Bush, a quien se llevará el olvido como a tantos otros presidentes norteamericanos. El rapto de los cuatro aviones es tan misterioso todavía… pero sus autores ingresan con grandes letras en los anales, siendo sin duda gentuza, carniceros repugnantes. Macbeth marca la historia del teatro, sin dejar de ser un asesino. Por no hablar de Atila o Hitler.

Para mucha más gente de lo que parece es un héroe no solo por protagonista. Es difícil aceptar la prepotencia norteamericana en algunos casos.

Por supuesto, a los americanos convendría frenarles, para evitar que listillos como Cheney les conviertan en Al Capone del planeta entero. Eso no altera que sean el imperio más benévolo con mucho de los conocidos, a quien se detesta casi siempre por mezquindad. Bin Laden se propuso subvertir la situación en Arabia, que tiene un 27% de la producción de petróleo actual, cosa que se dice pronto, y es justo que lo haga con una familia real saudita que lleva un siglo matándose de puertas adentro, subvenciona el wahabismo como cualquier usufructuario de La Meca y se mueve en jumbos privados, dando  propinas de mil dólares a aparcacoches mientras el nivel de vida de su país se estanca o empeora. Porque los sauditas –por no hablar de los iraníes, los iraquíes o los argelinos– no le ven el fruto a su petróleo como los noruegos, sin perjuicio de que la responsabilidad sea suya: no podemos ir nosotros a sacarles las castañas del fuego. Lo trágico del asunto es que Bin Laden no quiere subvertir esos regímenes para instaurar un reino de libertades y civismo, sino para retroceder al siglo XIII-XIV y el brote fundamentalista de Algazel que propone convertir al pensamiento en lacayo de la fe. ¿Qué buena salida tiene esa gente? Pues aparentemente ninguna. Porque quienes están masacrando a esos pueblos son sus oligarquías, no los americanos. Y ellos prefieren odiar a los americanos, que tan sólo rebañan un poco del plato, por no ponerse a liquidar a sus propios líderes y al barbárico anacronismo.

Estuviste en la cárcel cuatro veces.

Sí, todas por drogas. Dos veces por cultivo de marihuana y otras dos por tráfico de cocaína, aunque fuese por un mismo sumario. En un caso estuve de preventivo tres meses, que ya es una barbaridad tener a un tío de preventivo ese tiempo. Luego me condenaron a dos años y cumplí un año en el penal de Cuenca, donde lo pasé fenomenal. Lo recuerdo como uno de los puntos más altos de mi vida.

¿Qué año era?

El 89. Todo el 89. Desde diciembre del 88 hasta diciembre del 89. Cuando me dieron el segundo grado tampoco quería salir el fin de semana. Estaba encantado redactando Historia general de las drogas. Había entrado con dos maletas llenas de fichas. Encontré a un director que me concedió incomunicación para no tener que aguantar a nadie y poder escribir. Me dejaron entrar un pequeño ordenador y no hice otra cosa que leer y escribir. Era un pulso con la policía y la sociedad, y me gustaba ir ganando, aunque en otros planos me guste perder. Me he peleado físicamente tres veces y las tres me han zurrado. Eso parece más noble que lo contrario, porque «la derrota es botín de almas bien nacidas», en palabras del Quijote. Pero en Cuenca debía ganar. Lo que me pasó con la policía se llama hoy «delito provocado», y supone sobreseimiento para el metido en la trama de entrapment. Una semana después de mi sentencia, dictada por la Audiencia de Palma, la de Córdoba resolvió un caso calcado entendiendo que el animus delicti se suplantaba, y ese criterio es hoy nuestra doctrina legal. Pude haber recurrido la sentencia, y probablemente habría ganado, pero era la ocasión ideal para unas vacaciones humildes aunque pagadas, recibiendo la comida por debajo de la puerta, solo, sin salir al patio, escribiendo y leyendo. Algunos pensaban que había perdido la cabeza, pero yo sabía que por primera vez la tenía en su sitio.

¿Eres consciente de que, de alguna forma, eres el padre de una generación?

No sé de qué generación. Veo que hay gente joven que me hace caso… Doy una conferencia en Orense o Castellón de la Plana, y gente entre 18 y 25 años puede ser el 80 % del público, lo cual me responsabiliza y me hace decir, cojones, Antonio ¿qué está pasando? Cuando me puse a estudiar con mínimo detalle el tinglado económico, poco antes de escribir Caos y Orden, comprendí que defraudaría a la parte de esa juventud que espera simplismo ideológico, con recetas como más gasto social y un impuesto sobre las grandes fortunas. Los amigos más jóvenes dijeron: «¡Antonio, si te burlas de los antiglobales estás acabado!, ¡antiglobales son la mayoría de los que te leen!». Pues qué le vamos a hacer. No hay color si la elección es perder el respeto de algunos o enajenar el que uno se tiene.

Sí, había escuchado que estabas estudiando mucha economía y que te considerabas del lado del neoliberalismo.

Uff. Cuando no es un formalismo académico, la teoría económica estudia el nexo entre medios y fines, registrando aquellos casos donde una acción desemboca en resultados no pretendidos. Por ejemplo, Jesús se pregunta en cierto momento qué merito tendrá prestar cuando hay garantías de recobrar el crédito, aunque dicha actitud no es el medio idóneo para promover una financiación de la pequeña y mediana empresa; también Marx creyó que nacionalizar convierte al empleado en copropietario, aunque eso condenase a un poder adquisitivo permanentemente inferior al de los «esclavos del sueldo». El liberal se ciñe a los medios, evitando la arrogancia de mandar sobre procesos económicos hipercomplejos, porque –como dijo Bacon– solo nos acercamos a controlar la naturaleza obedeciéndola. Los usos mercantiles son frutos de una inteligencia tan impersonal como no caprichosa, y la historia enseña que los reiterados intentos de militarizar la economía sabotean cualquier esperanza de desahogo. No he conocido a nadie que sepa definir la diferencia entre neo y ultraliberal, pero quienes denuncian esos fantasmas bastante tienen con reponerse de un régimen que implosionó solito, tras devastar al mundo inaugurando su era totalitaria. A la posición razonable –el culto oficial de la libertad– deben llamarla pensamiento único, porque todavía no se enteraron de qué va la diferencia entre liberales.

¿Y de qué va?

Unos confían en las bondades de privatizar todo, y otros combinan libertad con instituciones como la seguridad social o los bancos centrales. Puedes optar por Keynes y por Hayek, el uno abrumadoramente seguido entre los años 40 y los 80, y el otro de entonces acá. Ambos son hombres sabios y pragmáticos, en las antípodas del demagogo analfabeto que sigue hablando de una teoría económica marxista. Hasta leer detenidamente El Capital no me di cuenta de que es lo contrario de una investigación: en vez de estudiar esto o lo otro, acumula miles de páginas al servicio de una idea fija, que finalmente es Monsieur Le Capital como forma atea de Satán. Tan genérico es su análisis del mundo industrializado que ni una sola vez menciona la palabra «empresario», porque todos los malos se concentran en la vaguedad del «capitalista». Siete décadas después de publicarlo el mayor país del planeta lo convierte en verdad revelada, suponiendo que el fabricante/inventor puede ser sustituido por gerentes de empresas nacionalizadas, y así le fue. Creerlo es un acto de fe y de grandiosa ignorancia.

¿Pero eso es un disparate hoy día, o ha sido un disparate siempre?

La industria a gran escala estaba empezando a instalarse cuando Marx lanzó su Manifiesto, gracias a instituciones como la propiedad intelectual, el papel moneda y el propio fabricante/inventor, cuyos planes de democratizar tal o cual artículo exigen créditos descomunales, y el disparate es insistir en el simplismo.

¿Pero no nos faltará perspectiva para entenderlo?, es decir, ¿no se tratará de que esa ciencia de la historia de Marx en la que el feudalismo sigue al esclavismo, el capitalismo al feudalismo y el socialismo al capitalismo…

Sí, algo que le enseñó Hegel, mi maestro inicial…

…va a concluirse más tarde de lo que se creía?

No es cierto que el derecho sea una superestructura y que las relaciones de producción sean la infraestructura. El derecho es la infraestructura del desarrollo. Pero el derecho, no la legislación, en el sentido del par de normas que señala Hume como permanentes y universales: Uno, que la propiedad ni se pierde ni se gana por violencia o fraude; dos, que los pactos se cumplen, y en caso contrario quien cumplió será indemnizado. Allí donde se cumplen estas dos reglas tienes un país rico. En otro caso pueden sobrar materias primas, territorios feraces y hasta algún genio, pero el país es pobre. Pongámonos a producir, almacenar y distribuir sin empresarios, montemos un mundo de empleados exclusivamente: la gigantesca burocracia y el mesiánico líder ligado a ese monstruo no evitarán que esa mano de obra llegue, se siente en su mesa o banco de taller y quiera cada año trabajar menos y cobrar más. La economía política no admite voluntarismos. ¡El mundo es más duro que una nuez! ¿Para qué beber si mearemos gran parte? Bueno, pues así está la cosa. Podría sonar más razonable no beber y no mear. Se impone una visión lo bastante compleja y realista del mundo. La glorificación de victimismo ya está en el Sermón de la Montaña –con aquello de poner primeros a los últimos– y es un discurso de resentimiento y guerra civil. Añádase la bobada de que el que el rico lo es porque roba al pobre, cuando en una sociedad industrial son los ricos quienes dan de comer a los pobres. ¿A quién roban Bill Gates o Henry Ford? Crean ingentes cantidades de empleo, ponen más barato lo que antes era más caro y esa utilidad que ofrecen la premia el cuerpo social comprando sus productos y haciéndoles ricos.

Sí, pero Bill Gates ahora va a comprar satélites para adueñarse de Internet, satélites que sólo se puede permitir él. Es como una especie de Doctor No, de Dios monopolizador. Y qué regulará los precios entonces, sino su voluntad.

Pues haces mal en pensar eso. Gates, o Ford, o el señor Birome, que descubrió el bolígrafo y fue el hombre más rico de la tierra durante un tiempo, o el noruego que descubrió el tetrabrik… Todos ellos son benefactores sociales. Cualquier inventor destacado que tenga mano para fabricar su hallazgo va a adquirir posiciones de monopolio. Pero ese monopolio dura poco. Le está pasando a Gates, le pasó a Ford y al señor Birome. Es absurdo confundir economía política con teología dogmática. Ya está bien de profesar la fe del cabrero cuando surge Internet. ¿Dónde hubo un sindicato rico dispuesto a subvencionar a otro sindicato pobre? Pasemos de los sermones a las investigaciones. San Agustín y San Marx nos dicen que es una maldad querer comprar barato y vender caro. ¿Dónde iremos comprando caro y vendiendo barato?

Pero tú una vez fuiste creyente.

Le perdí el respeto a la religión prontísimo, aunque me interesó mucho la filosofía de la religión. En el colegio me quisieron expulsar dos veces por monstruo blasfemo, con planes de meter sapos en el sagrario.

Yo me refería a otro tipo de credo. Al marxista.

Sí, pero porque había que atacar a Franco y la única facción que parecía capaz de hacerle daño era el PC. Efectivamente, me integré en una célula, repartía Nuestra Bandera y Mundo Obrero, iba a algunas manifestaciones a recibir porrazos… Pero desde el principio, aunque no hubiese estudiado economía, ya me parecía todo aquello de una tosquedad dantesca. A mis camaradas les parecía un «esteticista» y cuando empezaron las drogas, el sexo y el rock & rollme convertí en un decadente vicioso.

Entonces aquí acaba el proceso de la descripción y evolución de sociedades. El capitalismo es el punto de llegada.

Creí que tras la caída del Muro vendría algún periodo anodino, pero todo vuelve a calentarse y de fin de la historia nada. Iberoamérica es un polvorín, como Asia; África está desapareciendo desde el punto de vista de la población humana, y la situación en el mundo próspero se ha hecho más volátil en proporción al desarrollo de la ingeniería financiera, que miente cuando propone dominar el riesgo con algoritmos como el de Black y Scholes. Le dedico a eso un par de capítulos en Caos y orden. Como antes separamos Iglesia y Estado, procede ahora separar economía y clase política, porque ese contubernio es muy peligroso para la estabilidad del dinero. Van a pasar cosas, esperemos que no tan terribles como las del siglo XX.

Habría que hablar mucho…

Mogollón.

… estoy de acuerdo contigo, pero no puedo evitar hacer distinciones morales en función del progreso de los pueblos. Por ejemplo, muchos países musulmanes están anclados en medioevo (para entendernos con ojos occidentales) y hay cosas terribles como el burka…

La venta de las mujeres…

… sí, sí, pero a lo que me refiero es que el progreso, de alguna manera, obliga moralmente. Estados Unidos es el país más desarrollado, la capital del imperio y creo que es normal que se le exija más responsabilidad. Si vemos cómo estaba occidente en la época medieval…

Pues quemando brujas…

… pues por eso, estábamos como ellos ahora. Es como si occidente tuviese la obligación moral de la edad, es el hermano mayor que ya ha pasado por la pubertad (ha tenido su Ilustración) y no puede responder nunca con las mismas armas que el adolescente. Y lo hace. Y por eso, aunque el grado de estupidez o de barbarie sea menor, parece más reprochable.

Por una parte que no se inmiscuya, por otra, que lo haga con serena ecuanimidad. Eso manda la pelota al tejado ajeno. A Occidente le costó cinco siglos de sangre, sudor y lágrimas, con tesituras tan patéticas como España queriendo aplastar a los Países Bajos durante ochenta años, cuando eran el único foco de industria, ciencia y libertades. Las zonas atrasadas deben salir de ello por sí mismas, probablemente aprovechando el aprendizaje de sus emigrantes. Y, por supuesto, no toleraremos que vengan a nuestros territorios con costumbres como cortarles el clítoris a sus hijas o lesionar a sus esposas. Podemos y debemos exigir reciprocidad, que en su tierra nos toleren como nosotros a ellos en la nuestra. Do ut des, la regla romana, significa «doy para que des, doy porque diste».

Para ti el mal de la sociedad reside en la falta de entusiasmo.

Más bien es el mal de los intelectuales, que finalmente representan a gentuza como inquisidores o comisarios del pueblo, da igual que sean leninistas o nazis, velando por la pureza ideológica de grupos y personas… La sociedad que dejó de creer en los obispos comenzó a creer en los intelectuales que aún tenían cierta talla, como Sartre. Pero hoy hemos llegado a intelectuales tipo Baudrillard, por ejemplo, y los que seguirán, de pensamiento débil, posmodernos, pajilleros mentales que protestan y protestan básicamente porque les hacen menos caso cada vez. Se extinguirán, y me alegro. No son científicos, ni exploradores, ni aventureros, ni vividores. Son simplemente dogmáticos vestidos de no dogmáticos.

He leído que para ti uno de los problemas de esta sociedad es que dice sí a la tradición y sí a la vanguardia.

No puedo haber dicho eso, porque pienso que todo el trabajo del pensamiento –que es el de la ciencia– es en poder decir sí a lo que nuestros antecesores afirmaron con fundamento, y sí a todo aquello que, por prejuicio, ignorancia o debilidad dijeron no.

Creo que recordar que el énfasis estaba en la incondicionalidad de los síes. En la falta de criterio.

Creo que la obra del espíritu es conseguir que el sí se amplíe. O lo has leído mal o estaba mal escrito. Cuando se integran tradición y vanguardia la tradición deja de ser un tópico rancio, y la vanguardia deja de ser una especie de banderita relamida. Se engranará la voluntad de seguir adelante –la evolución– con la realidad inmediata.

¿Qué piensas de lo de Racionero? 

No me parece una acusación de plagio que haya una coincidencia de título con otro libro.

¿Y lo del Nobel de Garzón?

¿Nobel de Garzón?, pues no lo sabía… De la paz, imagino. Me cae bien Garzón, salvo cuando se pone pantalón corto y botas para jugar el partido anual antidroga. El Nobel de literatura está tan desprestigiado que hoy por hoy es casi ofensivo recibirlo. Hubo cinco escritores magistrales por encima de todos, que se quedaron curiosamente sin premio: Proust, Kafka, Joyce, Borges y Jünger. Es un poco como esos programas de pseudodebate y gallinero en la tele, donde tantos chillan para tomar la palabra y no soltarla. Algunos solo van cobrando, y otros pondrán dinero de su bolsillo por aparecer. En mi caso, cierto cóctel de hormonas llevó a perder más tiempo del debido vengando la represión sexual, pero nunca dejó de ser prioritario estudiar esto o lo otro. Luego aparecieron las drogas para añadirle pimienta al plato. No firmo vivir cien años, ni tengo aguante para soportar una vida mala. De hecho, voy renovando el botiquín de venenos elegantes para no mendigar un rato más de mal rato cuando llegue, porque hasta ahora la salud y el ánimo me preservaron de humillaciones. Creo que lo más sano fue amar el contacto de primera mano con las cosas, y preferir investigarlas a enjuiciarlas. Como de cerca nunca son lo que parecen de lejos, estudiar lleva a cambiar continuamente de idea, descubriendo qué equivocado andaba uno.

Dicen que antes de los treinta años hay grandes matemáticos y poetas. Y que a partir de los treinta surgen los grandes novelistas y filósofos.

Lógico, porque los matemáticos –y los poetas hasta cierto punto también– están tratando con elementos y substancias simples. Pero la novela o la filosofía, las ciencias humanas, tratan con substancias complejas. Y esa complejidad es el resultado de la acumulación de estratos temporales. Antes tenía más memoria y capacidad estructurante, pero no tenía capacidad para ver lo uno, lo otro y lo demás, como dijo Platón. Lo demás viene con la edad. Antes estás en la elementalidad de lo uno o lo otro, o uno o cero, como en los sistemas binarios. Para captar el matiz es necesario ser como el búho, que solo despliega sus alas al caer la tarde. Metido en este barrio urbano de mala muerte, para multiplicar el espacio doméstico duermo cuando los demás se mueven y despierto poco antes de que se vayan a dormir. Así tengo tiempo para leer, pensar o tocarme las narices.

A mí me ocurre algo parecido, prefiero la noche, pero todo el mundo me habla de los biorritmos y de que es mejor vivir de día.

Sí, pero eso es cuestión de creértelo o no creértelo. ¿Tú estás casado?

No.

¿Y vives solo o con alguien?

Solo.

Entonces es muy distinto. Si vives con alguien y sobre todo con niños, hay tal algarabía que debes protegerte. Podría hacerlo al revés, levantarme a las cuatro de la mañana y trabajar hasta que se levantaran los demás… Tengo seis hijos y todos salvo uno se han criado a mi alrededor, de modo que he tenido que inventar métodos para sobrevivir: antifaces, tapones de cera, pastillas para dormir cuando se ponen pesados…

Llega su mujer con su hija de la calle. Le explica a Antonio que ha sido tan mala que donde han estado le han pedido que vuelva otro día sin la niña. Claudia, de tres años, habla desde otra habitación con frases que salen distorsionadas de su boca y que se distorsionan aún más por el pasillo. Antonio Escohotado escucha y le responde: «Pégale. Pégale dos hostias». Pero no parece importarle demasiado, la llama con vehemencia para regañarle y cuando Claudia acepta escucharle, Escohotado la abraza y deja que le ponga una toalla en la cabeza mientras le explica cosas que solo ella es capaz de comprender.

INVIERNO DE 2015

Como liberal convencido en este siglo de pensamiento único, ¿crees que estamos en un momento fértil para que proliferen las utopías?

Hay que acordarse de Ortega y La rebelión de las masas: que la sociedad-masa es el producto de una bonanza económica, donde a la tecnificación se añade un progreso sustancial en igualdad jurídica, es decir, en que ya no hay castas y las clases sociales son posiciones totalmente móviles. En esa sociedad bendecida por ambas cosas surgen individuos y grupos menos diferenciados que antes, y caprichosos de alguna manera, como corresponde ser a los niños mimados de la historia. No se trata de condiciones materiales sino de «actitud», en este caso una personalidad que ha perdido el eje interno: el deber es para ella una necesidad que acosa desde fuera, de la cual intenta librarse cultivando utopías, «ese pontificar sobre todas partes desde ninguna». Ortega ve en ello no solo memez sino inmoralidad, porque la utopía niega lo que el mundo físico tiene de profundidad insondable, de sorpresa y de pormenor, optando por exigirle en vez de exigirse. Para cambiar una realidad inadecuada lo más insensato es agravarla imponiendo esquemas maniqueos, tras de los cuales late siempre la misma depuración eugenésica. La eugenesia es siempre genocida.

¿Qué te parece lo de Podemos?

Habrá que darles cuerda, como dicen los chinos, y ver qué hacen con ella, pues el contubernio llamado Estado autonómico les ha puesto las cosas a huevo. Salvo el millón o millón y medio de nomenklatura, el país está tan profundamente indignado, que bien se puede llevar un buen mordisco electoral, y vendrá bien cualquier zurra a esa pandilla, que por lo demás –aquí y en todos los países donde la moralidad sigue siendo cutánea– es el peaje pagado por la democracia. A principios de los noventa me granjeé críticas con artículos sobre el Gal y el latrocinio contemporáneo del Quinto Centenario, y salvo error, estos señores sacaron de ahí su idea de la «casta». Me escandalizaba entonces que el servicio público hubiese pasado tan rápidamente de obligación a profesión, y encima una profesión transmitida de padres a hijos. El final de la servidumbre coincidió con el fin de las castas o estamentos, gracias a las cuales conocer la familia de cada individuo permitía pronosticar su rango social. Esa ley de la cuna fue lo abolido al pasar de las sociedades estamentales a las clasistas, donde todos subimos o bajamos continuamente en ingresos y consideración. La incoherencia llamada sociedad sin clases es una sociedad inmóvil, coagulada porque así lo manda algún putsch orquestado por pobres de espíritu, y no es casualidad que esas llamadas democracias populares se conviertan en monarquías como las instaladas en Cuba, Corea del norte o Venezuela, presididas por un redentor ateo elevado a los altares. El comunismo es el gobierno conservador por excelencia, y España un país afecto al esquema cliente-cacique, sembrado de capillas mafiosas, como todos aquellos donde la ética profesional no desahució al espectro del trabajo como maldición. Esa mezcla de paletería y barbarie sigue llamando a exigir del prójimo cosas que cada cual no se exige a sí mismo, como por ejemplo comprar y vender en B.

¿Consideras a Pablo Iglesias un ejemplo de esos “hombres débiles nacidos al amparo de la bonanza económica y la igualdad jurídica, que rechazan el deber y abrazan utopías”?

Excelente definición momentánea. Habrá sin duda oportunidad de confirmarla o descartarla.

¿A quién vas a votar?

Votaré a Ciutadans, que ahora se llama Movimiento Ciudadano. Su líder empieza teniendo un excelente inglés, condición curiosamente omitida por todos los primeros mandatarios españoles desde Franco, aunque cumplida también por Sánchez y Aguirre.

Para muchos de nosotros el modo en que se ha gestado esta crisis nos hace ver este sistema como algo despiadado. Los mismos bancos que vendieron la basura financiera que hizo quebrar a sus inversores e inició la bola de nieve que debilitó las economías fueron los que luego hicieron préstamos a los gobiernos con la condición de recortar el gasto social y los salarios, asegurándose así de que se les devolvía «su» dinero. ¿Es esa la prueba de que el capitalismo funciona?

Dos capítulos de Caos y orden se dedican a la ingeniería financiera, examinando el ejemplo de LTCM [Long-Term Capital Management, fondo de inversión libre de carácter especulativo cuyas millonarias pérdidas hicieron intervenir a la Reserva Federal de los Estados Unidos en 1998] como agujero negro derivado de pretender que es posible obtener los frutos del riesgo sin arriesgar. Esto, que en teoría es poco coherente, resulta refutado en la práctica por algunos herederos de LTCM; pero sería banal imaginar que dicho cebo desaparecerá por el fracaso, pues no solo tropezamos a menudo con la misma piedra. Mientras haya accionistas dispuestos a cambiar de Ceo por un desaprensivo que promete dividendos espectacularmente superiores, y mientras haya aspirantes a domar matemáticamente el riesgo, el esquema recurrirá.  Lo pertinente es saber –y podemos averiguarlo sin sombra de duda– si lo que Greenspan llama era de la exuberancia irracional ha supuesto en la última década un retroceso en la renta global, nacional y per cápita.

El otro día te vi en Youtube, en una conferencia que diste recientemente. Me consta que sigues consumiendo drogas y parece que envejeces bastante bien. Supongo que aún no te has puesto en serio con la heroína. ¿Lo harás?

Llevo un diario minucioso sobre dieta farmacológica y otras intimidades desde 1984. Si lo publicara en vida sería no solo impúdico sino un serio estímulo para que una turba gris incendiase nuestra casa. Pero el texto sorprenderá, informará y dará de sobra para que mi descendencia mejore su poder adquisitivo algún tiempo. No me puedo quejar para nada de los resultados hasta ahora, y cuando venga lo inevitable me iré sin haber pasado por análisis y hospitales, tras dos décadas sin una febrícula o un catarro, gripes, depresiones o siquiera desfallecimientos. Hipócrates, Galeno y Sydenham tenían razón en su criterio sobre el opio como tónico insuperado hasta hoy. Naturalmente, requiere mesura y elegancia –amor propio– para rendir sus dones, machacando al tragón ansioso, que ya acelerará su fin olvidando la carga impuesta al aparato digestivo, y peleándose con la hermana gravedad en cada tramo de escalones. Los ricos de espíritu se conseguirán para el resto del camino un botiquín de eutanásicos dulces, asegurándose lo que el antiguo llamaba mors tempestiva, oportuna. Y mientras tanto a vivir, dando rienda suelta al deber/placer del conocimiento.

El Estado Mental, S.L.

Tamayo y Baus, 6; 28004 Madrid.

Origen: Antonio Escohotado después de tantos años | El Estado Mental

Cáñamo | Memorias de Ibiza (V)

Memorias de Ibiza (V)

ANTONIO ESCOHOTADO

Pensador, ensayista y profesor universitario español. Obtuvo notoriedad pública por sus investigaciones acerca de las drogas, y son conocidas sus posiciones antiprohibicionistas.

Antonio Escohotado junto a su primera esposa Cristina Álvarez de Lorenzana, su hijo Román, la francesa Dany (con su hijo Cedric en brazos) y Daniel, su primogénito, en la puerta de la casa payesa de Can Sala.
Antonio Escohotado junto a su primera esposa Cristina Álvarez de Lorenzana, su hijo Román, la francesa Dany (con su hijo Cedric en brazos) y Daniel, su primogénito, en la puerta de la casa payesa de Can Sala.

Dejé el relato en la primera parte de la robinsonada, un 31 de diciembre de 1970, tras desembarcar en una casa payesa cochambrosa por dentro, cuando una chimenea traidora y una tromba de agua conmovieron el plan de empezar una vida en la dirección del explorador, tras un lustro de funcionario en el ICO con un firmamento espiritual donde Sartre y Guevara se alternaban como estrella polar. No sé qué exigua proporción aprovechó entonces lo simultáneo del Mayo francés y los festivales de rock para tomar partido por lo segundo, aunque fuimos más de uno y quizá la mayoría terminamos en Ibiza, trocando la casaca de Robespierre por el taparrabos de Tarzán, al sentir de una forma u otra que la revolución no pasaba por cambiar la vida del prójimo sino la propia. Fuese como fuese, mi proyecto revolucionario incluía un primogénito de ocho años a la sazón, con el que iba a celebrar la llegada de 1971 en términos pacíficamente heroicos –tras habilitarnos el austero confort reservado a las gentes de frontera–, aunque la distancia entre aspiraciones y logros estuviese a punto de abrirse como la boca en un bostezo, ofreciendo una película independiente de su guion.

Nuestro gozo se fue al pozo básicamente porque de todas las casas rústicas que conozco ninguna ignora las debidas proporciones entre plato y tiro, y la ley de Murphy –según la cual todo irá del peor modo imaginable si no atamos cada cabo– nos metió justamente en la única casa chapucera aquella noche de temporal. También cabía la posibilidad de que algo bloquease el tubo, aunque estaba fuera de cuestión subirse al tejado para inspeccionar entre tinieblas y chuzos. Las cenizas volátiles de cualquier chimenea rebotan un momento mientras caldean su paso, pero aquella era una hija de su madre que soltaba humo como un carburador desajustado, y en pocos minutos toda la parte alta del cuarto era una nube parda. Apenas alivió darle una corriente de aire exterior a través del pequeño y único ventano, que en vez de tener cristal se cerraba y abría con una rústica puertecita de madera, y por ella se coló poco después una ráfaga de viento lo bastante furiosa como para apagar casi todas las velas y parte de los quinqués, mientras la lluvia arreciaba con rumores de trueno. De hecho, no había tenido tiempo para recoger los folios y calcos desperdigados cuando nos deslumbró un rayo lo bastante cercano como para no sonar a trueno sino a desgarradura del cielo y la tierra, añadiendo al humo el olor punzante del ozono.

Era el momento de abandonar aquella penumbra fría y a la vez sofocante, usando el coche para salir en busca de algún hotel o pensión, y todavía no entiendo por qué resistí la tentación. Supongo que pesó la pereza de ponerse a buscar un nuevo refugio en plena noche, desconociendo por completo la isla, aunque quizá fue más fuerte mirar la cama con sábanas nuevas que nos habíamos montado frente a la chimenea, y el proyecto de cena triunfal en el seno de una naturaleza domada y a la vez respetada, como la que rodea al explorador cuando monta su campamento en torno a una hoguera. El chico me tomó de la mano, sin decir palabra, y puedo recordar lo siguiente como si hubiese sido ayer, porque el amor filial nos sostuvo en el trance extraño y ambiguo, a él sacando arrestos de la confianza en su viejo, y a mí con la resolución de cuidarle sin echar a perder la aventura.

–¡Maldita sea!, ¿seguimos peleando?

–Como te parezca.

Su respuesta tardó lo bastante como para sugerir un mar de dudas, y otra cosa me habría inquietado por temeraria. Sin embargo, bastó volver a prender las velas y quinqués recién apagados para devolverle al recinto la calidez que regala ese tipo de luz; ningún rayo volvió a caer remotamente tan cerca, y lo absurdo del caso –un recinto gélido donde solo nuevas corrientes de aire frío mantenían el humo a raya– empezó a mitigarse cuando la conversión de los troncos en brasas mermó su tasa, y la condenada chimenea empezó a irradiar lo que debía en vez de aire irrespirable. La leña de algarrobo se reveló casi tan noble como la de encina y olivo, convirtiéndose en carbones de llama azulada, y el problema técnico de evitar nuevas nubes con cada recarga fue solventándose con abrir entonces un rato la gran puerta de doble hoja.

Cristina y Antonio, un 24 de julio de 1964, un poco antes de la revolución sexual
Cristina y Antonio, un 24 de julio de 1964, un poco antes de la revolución sexual.

Seguía siendo ridículo, desde luego, pero ya no temblábamos de frío, y volvió la idea de reorganizar la cena contando con la condición impuesta por la humareda, que dejaba metro y medio respirable y una capa cada vez más asfixiante hasta el techo. Había esperanzas de que su densidad fuese decreciendo, o al menos no aumentando, y movernos agachados de allá para acá permitió acabar sentándonos sobre cojines frente al fuego, y sustituir los previstos huevos fritos con patatas por algunas latas que supieron a gloria: de primero maíz el Hombre Verde, y de segundo calamares en su tinta. Me consoló ver que el rostro del chaval se iluminaba con la humilde pitanza, y aunque no suele faltarme capacidad para improvisar bromas, ni una sola de las que se me pasaron por la cabeza pareció oportuna, y solo ocasionales “qué rico” de Daniel jalonaron el silencio de aquella cena, donde me abrumaba lo cutre y mediocre de nuestra circunstancia. Quería disculparme por esa mísera Nochevieja, pero habría contribuido a su sensación de desamparo en vez de mitigarla, y preferí ni mirar el reloj ni recordarle la fecha.

Era más bien hora de meternos juntos en la cama improvisada –por supuesto, con parte de la ropa puesta, incluyendo el pantalón–, donde las emociones y la energía desplegada desde primera hora de la mañana no tardaron en rendir al muchacho. Tras apagar unas luces y reducir otras, me quedé algunas horas insomne, contemplando la pequeña montaña de brasas que finalmente nos había permitido entrar en calor, y no tardaron en oírse las breves carreras de una o quizá más ratas, último toque siniestro de la aventura comenzada con tan mal pie. Ibiza se había mostrado arisca, y al despuntar la mañana vimos que había dos dedos de nieve, algo lo bastante anómalo como para no repetirse en las dos décadas siguientes.

Un cielo sin rastro de nubes derritió enseguida la escarcha acumulada sobre el coche, nuestra más flamante pertenencia, y me aseguré de que la próxima noche sería confortable alquilando un apartamento en San Miguel de una senecta dama alemana, viuda del doctor Oetker y administradora de sus famosas y nutritivas papillas. Nunca más me iba a pillar desprevenido el frío, y cuando pude hacerme con la primera casa payesa en condiciones instalé una estufa noruega de hierro colado que sería la envidia de todos, y permitió pasar los inviernos en camiseta, como tan insensatamente había prometido a mi chico el primer día. Para entonces traducía como una ametralladora, rondando las diez holandesas diarias, y en los siguientes trece años cayeron unos cuarenta libros, que daban para vivir con relativo desahogo la bohemia elegida. Tardé unos seis meses en conocer a las primeras personas fascinantes y frecuentar La Tierra, el bar más sensacional de cuantos haya visto, donde era raro no ligar amistosa o carnalmente, y poco a poco entré en los círculos que abastecían a la tribu de sus alimentos espirituales.

Una noche de luna llena en junio fui capaz por primera vez de copular en plena subida de ácido con una joven dama a quien acababa de conocer.

Hacia 1975 la isla alcanzó quizá el pináculo de su madurez, y una noche de luna llena en junio fui capaz por primera vez de copular en plena subida de ácido, en un aprisco perdido sobre los altos del valle de Morna, cerca de San Carlos, con una joven dama a quien acababa de conocer, sellando con la experiencia casi veinte años de amor apasionado. Cinco años antes, al dejar Madrid, solía justificar la aventura ibicenca por la asignatura pendiente de una “revolución sexual”, aunque para entonces esa extravagancia se había convertido en una especie de mano invisible que reunía a unos pocos centenares de personas, convencidas de que buscarse a sí mismo pasaba por combinar ese empeño ético con desobediencia civil ante el atropello de la Prohibición. Casi todos nos conocíamos más o menos de cerca, y que La Tierra hubiese perdido su alma con la marcha de Eileen, la dueña, fue una de las razones para abrir un bar en el campo con equipo para hacer música en vivo, donde siguiésemos viéndonos, y así nació Amnesia, una criatura de 1976. Una serie de casualidades me convirtieron en director y primer accionista del invento, pero unos meses como empresario del sector sobraron para entender que era incompatible con seguir estudiando y escribiendo, y me di por contento con recuperar el dinero puesto al comienzo.

Mucho más acorde con la vocación era entrar en la UNED, donde pude ser profesor a distancia hasta febrero de 1983, cuando el periódico de mayor tirada puso mi nombre bajo el titular “El catedrático de Ética es un traficante de droga dura”, y di con los huesos en la cárcel, para empezar con un trimestre de prisión preventiva. Se me imputaba dirigir una mafia hippie monopolizadora del negocio en la isla, cosa halagadora para quien había llegado allí queriendo contribuir como fuese al rechazo de la Prohibición, pero nada compatible con ser el padre de cuatro hijos o siquiera seguir viviendo, y el embrollo terminó con un año de vacaciones humildes aunque pagadas en el penal de Cuenca. Por fortuna, llevaba tiempo investigando la materia, y antes de cumplir estaba en las librerías el mamotreto llamado Historia general de las drogas, que me sacó de pobre al convertirse en obra de referencia. Muchos decidieron entonces que tenía razón acusando a la policía de montarme una trampa, cuyos amenos detalles quizá cuente algún día. Aquella etapa en una mal llamada celda de castigo –cuando se trata más bien de un cuarto tan incomunicado como conviene, dada la compañía disponible– fue una de las mejores en toda mi vida, porque oponer las armas del entendimiento al arsenal del energúmeno resultó un gustazo cotidiano.

Quizá la tenacidad paciente empezó a templarse durante la Nochevieja de 1970, cuando todo salía rematadamente mal y el gusanillo de la conciencia sugería retirada, volviendo al ICO y a la condición de intelectual transgresor sin necesidad de romper un plato, como los literastas. El humo, el frío y las ratas, sin olvidar el apoyo del primogénito, contribuyeron a algo tan poco frecuente como cambiar de rumbo en mitad de la travesía, crucial para quien solo podía encontrarse no separando la aventura y el proceso de acumular conocimientos. Eso lo sé ahora, cuando se acerca el medio siglo de aquello, y bendigo vivir estudiando la mayor parte de cada día, con la euforia de quien tiene la libido puesta en un objeto tan fiel e inmortal como el devenir de esto y aquello, qué pasó aquí y allá. Descubrí que lo imaginario nunca se acerca en audacia e inventiva a lo real, y aquella noche me puso en camino hacia la escritura donde sobran casi todos los adjetivos, comprendiendo que nombres y verbos son suficientes para describir. Las ristras de epítetos quedan reservadas a profetas, propagandistas y demás embaucadores, todos volcados en evitar que el lector saque sus propias conclusiones de la información disponible.

Origen: Cáñamo | Memorias de Ibiza (V)

Memorias de Ibiza (IV) – Antono Escohotado / Cáñamo

Memorias de Ibiza (IV)

ANTONIO ESCOHOTADO

Pensador, ensayista y profesor universitario español. Obtuvo notoriedad pública por sus investigaciones acerca de las drogas, y son conocidas sus posiciones antiprohibicionistas.

Ibiza, 1960. Una sociedad apartada del circuito comercial y cultural.
Ibiza, 1960. Una sociedad apartada del circuito comercial y cultural.

He estado varias entregas sugiriendo al lector aspectos rara vez mencionados, sin omitir tampoco algunos de los repetidos ad nauseam –como ir ligeros de ropa o pasados de pastillas–, y supongo que el caso estrictamente personal puede contribuir también a la ilustración, con datos directos e indirectos, sobre lo misterioso en última instancia del lugar, una sociedad apartada del circuito cultural y comercial hasta los años setenta. Su endogámica comparsa desconfiaba como pocas del foraster, sin perjuicio de necesitarle para salir de una miseria sobre todo física y espiritual, cuando llenar los montes de terrazas apenas daba para ir tirando en términos nutritivos.

Mi primogénito Daniel y yo llegamos a Valencia en un flamante R-12 al atardecer del 30 de diciembre de 1970, y cuando lo tuvimos metido en el transbordador aproveché para presentarle el mar, que no veía desde la primera infancia. Aquí tienes la inmensidad sin sombras, creo haberle dicho, mientras miraba desde cubierta la extensión oscura punteada por luces tenues y móviles, tan distintas del haz regular proyectado por dos faros. Con ocho años y medio, absorbía boquiabierto la novedad de dejar Madrid y el pijo colegio de Los Rosales por la aventura de reencontrar la naturaleza –¿qué querrían decir con eso los mayores?– en una isla perfecta para quienes buscaban una alternativa al asfalto y la aglomeración, todo ello tan difuso también como la trigonometría o el Tíbet, cuando lo único capital y tangible era ver dividida a la familia. Mientras él y su jefe iban hacia el sur, para establecer una cabeza de playa en otra vida cotidiana, su madre y su hermano menor palpaban las virtudes del norte en Múnich, planeando reunirse todos tras despejar las incertidumbres de la instalación en Ibiza.

Dormimos en un camarote con cuatro literas, acompañados por un marroquí y una fricona1 guapa y muy desenvuelta, primer indicio de que íbamos por el buen camino, y a primera hora de la mañana estábamos ya dando vueltas en busca de Can Neus, la casa payesa donde viviríamos, sobre la cual solo sabíamos que andaba por la salida hacia Santa Eulalia y tenía su llave bajo una piedra pintada de amarillo. No fue nada fácil encontrarla, y el cárter del coche estuvo a punto de sucumbir en los diversos caminos de tierra que acabaron desembocando allí. Aunque hacía frío, el sol de mediodía nos mostró una construcción humilde y encantadora, de una sola planta, con techos planos y ventanos pequeños –justo como esperaba–, que en vez de cisterna adosada tenía un pozo a treinta pasos de la puerta. Los conocidos de Madrid que la alquilaron –en realidad, amigos de amigos– estaban pasando unos días en Formentera, y nada más entrar comprobamos que no eran espíritus domésticos. El mobiliario de la sala se reducía a un bargueño bien bruñido, una mesa de cocina y otra baja situada frente a la chimenea, con algunas sillas diminutas de madera como las típicas de la isla, una alfombra raída de tono claro frente al hogar y tres o cuatro jergones rellenos alternativamente (unos de lana y otro de paja) levantados del suelo por palés y adecentados por cobertores de tela más o menos gruesa, con algunos almohadones de colores chillones en la parte alfombrada.

Esperando la llegada del progreso
Esperando la llegada del progreso

Levantando el paño que cubría la mesa baja apareció un tablón de formica con tres ladrillos apilados en cada ángulo a modo de patas, el mismo material usado para el conato de cocina que creaba una pequeña bombona azul de butano con hornillo, sostenida sobre dos tablas que sobresalían lo bastante a cada lado para sostener algunas sartenes y cazos. El vano creado por ellas ofrecía espacio para una olla de esmalte marrón, una paellera pequeña y cacharros adicionales, rematando esa esquina con dos anaqueles del invento que luego me serviría para mil cosas –entre ellas hacer estantes para libros–, pues paredes blandas y un par de clavos permiten sostener cualquier tabla con simple cordel envolviendo sus extremos. En una de las baldas había pimentón, sal, romero, tomillo y algunos botes de especias, confirmando que alguien estuvo allí no mucho tiempo atrás, y en otra más ancha había platos y un cajón con cubiertos.

Aparte de la sala, que en vez de cuadros o algo con moldura exhibía grandes pósteres sujetos con chinchetas, un mínimo pasillo daba a dos pequeñas habitaciones comparativamente más lujosas, una con cama de matrimonio y otra con dos camas individuales, todas provistas de somier y colchones de muelles, y ambas adornadas con mesillas de noche, armario y espejo. Algunos quinqués sujetos con clavos a las paredes recordaban la ausencia de electricidad, por si no bastasen a esos efectos montones de cera petrificados aquí y allá, aunque una primera inspección no deparó paquetes de velas ni petróleo para cargar los quinqués.

Lo recuerdo como la foto de primera comunión, porque nunca había visto por dentro una casa de campesinos pobres, ni tampoco una vivienda tan descuidada. Lo tentador era mandar el sitio al carajo, aunque habíamos dejado Madrid pasando por el escalón intermedio de algunos meses en una casita de campo en Ávila, donde aprendí algo de jardinería, otro tanto sobre lámparas no eléctricas y ante todo pasé a ser competente como ojeador de leña seca y leñador, todo ello pensando por supuesto en la robinsonada que emprenderíamos2. Llevaba hacha y sierra en el coche, y le sugerí al chico que tomase nota de cuanto le pareciese oportuno comprar, comprobando detalles como sábanas, mantas, toallas y cualquier otra cosa encontrada por cajones y rincones, mientras me ponía a inspeccionar los alrededores.

Ibiza, 1960

–Podemos comprar todo lo que necesitemos, y dormir en un hotel si no logramos montar un buen campamento. Pero ¿qué tal abrirnos paso como pioneros?

–Lo que yo quiero es estar contigo, padre. Donde sea.

Comprobé que el agua del pozo olía bien, vi que faltaba cualquier cosa parecida a un retrete y me costó más de lo previsto encontrar leña seca, de manera que cuando logré reunir una carga colmada quedaban tres horas escasas de luz. Volamos

por eso a hacer una compra grandiosa en la pequeña tienda del camino, donde nos hicimos con escobas duras y suaves, naftalina, detergentes, un limpiabiberones para los cristales de todos los quinqués y cinco de ellos nuevos, paquetes de distintas velas, dos juegos de sábanas, petróleo y, fundamentalmente, lo que el chico eligió en materia de comida y bebida. Nos aplicamos de vuelta a limpiar, reponer y organizar los elementos disponibles, urgidos por el condenado frío y la oscuridad que surgía al cerrar la puerta de doble hoja; pero el entusiasmo rinde frutos, y poco antes de oscurecer teníamos una cama apetitosa para los dos, con tres jergones reunidos cerca de la chimenea, por supuesto usando las sábanas nuevas para aislarnos de sus telas. La mesa baja abundaba en toda suerte de viandas, y yo había convertido la de cocina en mesa de trabajo, con la máquina de escribir, el papel, los calcos y el par de diccionarios flanqueados por cuatro quinqués relucientes. Renunciamos a los dormitorios, donde dos pequeñas estufas de galleta incandescente nos habrían sometido a un calor no solo insano sino falso, que en vez de templar un recinto abrasan el metro y medio situado delante, humedecen aún más el aire y acaban asfixiando por consumir su oxígeno. Con el crepúsculo avanzado cerramos la puerta, terminamos de encender los diez quinqués, quizá el triple de velas, y cuando todo quedó nimbado por una luz incomparablemente acogedora, la autocomplacencia empezó a hacer de las suyas y acerqué una cerilla a la chimenea, exclamando:

–¡Preparémonos para un yantar medieval, hijo, pronto nos quedaremos en camiseta!

Teníamos troncos de diámetro suficiente para diez o doce horas de fuego vivo, y había preparado el que nunca se apaga, con un núcleo de leña muy fina y ramas progresivamente gruesas, evitando que la cercanía ciegue corrientes. Y, en efecto, las primeras lenguas de fuego empezaron a serpentear desde la base, anunciando su fiesta de luz y calor; pero no tardó en llegar el humo y fue inútil abrir el ventano para que respirase, e incluso la puerta, porque aquella chimenea era de las mal paridas. Hacer una ensalada de tomate y huevos fritos con patatas se tornó absurdo en una casa llena de humo, donde el desconcierto creció con la irrupción de un aguacero que impuso cerrar la puerta, cuya ventolera acabó entrando por el ventano como un soplo capaz de apagar bastantes luces. No sé si me invento retrospectivamente que a ambos nos entraron ganas de usar el servicio. En todo caso, el par de horas siguiente tuvo algunos momentos como de repetición a cámara ultralenta, en los que entraré.

  • 1. El femenino de fricón o freak, que puede traducirse por mutante. Aprovecho para recordar que dentro del movimiento hip hubo siempre una distinción entre el buenismo de orientalistas veganos, seguidores de gurús indios opuestos a “las drogas” –los hippies–, y el sector menos edificante de los freaks, que preferían alimentar a la tribu con substancias psicoactivas, insumisión y prácticas libertarias. Para estos segundos, la parafernalia de flores, campanitas, cánticos a Krisna y “espiritualismo trascendental” de los primeros era cuando menos una ñoñería de incautos, dispuestos a encontrar sabiduría insondable en tópicos como que “la felicidad es muy importante”, motto del archimillonario Maharishi Mahesh, con su permanente sonrisa y ramo de flores. Solía fotografiársele sentado o tumbado, al superar poco el metro y medio.
  • 2. Quizá no sea ocioso recordar que había pedido excedencia en el ICO, donde estuve seis años dedicado al servicio de fusión y concentración de empresas, empleo bien remunerado pero no acorde con la sed de aventuras que compartía con mi esposa. Decidimos que la familia podría vivir de traducciones –yo dictando y ella mecanografiando cuando el libro consintiera ese ritmo, y sin perjuicio de que ella tuviera ingresos por otro lado–, básicamente en f

Origen: Cáñamo | Memorias de Ibiza (IV)

"Engullimos de un sorbo la mentira que nos adula y bebemos gota a gota la verdad que nos amarga" Diderot. / "El que tiene la verdad en el corazón no debe temer jamás que a su lengua le falte fuerza de persuasión" Ruskin – (Bitácora-Biblioteca virtual y PERSONAL, recopilatória de aquellos artículos que despiertan mi interés)

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